sábado, 14 de abril de 2012

Al sur de Hiperbórea "El Mar" 3 bis

Duermo, y noto a los espíritus inquietos. Me desespero intentando escuchar sus voces, enterarme del peligro del que me alertan. Es difícil saber si ha sido un sueño o si ha sido real. Desperté envuelta en frío, poco antes del alba. Lucos dormía sonoramente, arrebujado en su capa. Debía haberla despertado mucho antes, pero el guerrero se durmió durante su centinela. No era la primera vez que sucedía tal cosa. Al rato, despertó Lucos, no se disculpó, tan solo compuso una cara de circunstancias ante mi expresión malhumorada.

Lucos se ha vuelto a dormir durante la guardia. A veces me pregunto cómo ha sobrevivido durante tanto tiempo. No le digo nada, aunque es suficiente con que vea mi rostro para que sepa lo que pienso. No ha pasado nada, esta vez. Pero la próxima sí podría pasar. Quizás los espíritus intentaban despertarme para avisarme.

Revuelvo el pelo de Sando, que no vea problemas entre los adultos que lo acompañan. Ya tiene bastante con estar solo. Sentirse solo. ¿Qué será de él cuando encontremos un lugar donde dejarlo? Pero estará mejor que con nosotros, esta no es vida para un niño.

Este lugar es agradable, me gusta este enorme río, pero pronto partiremos y será mejor que no nos entretengamos. No digo nada y me pongo a recoger el campamento, Sando ya conoce lo que viene a continuación. No sé si desea partir pero no se queja ni protesta.

Cuando más tarde vamos a partir, escuchamos sonidos procedentes del camino. Oímos ruidos y rápidamente nos escondemos. Indico a Sando que no haga ruido pero ya lo sabe. Lo sabe muy bien, espero que no esté asustado. Me pregunto quienes serán esos hombres, y si representan un peligro para nosotros. Ocultos entre arbustos y rocas, vemos que se aproximaba un grupo de unos veinte hombres, soldados de Turán en su mayoría, como atestiguaban sus capas y cascos, armados de lanzas, espadas y arcos. Dos carrozas, una de ellas de hermosa factura, con un tiro de cuatro caballos, traqueteaban perezosas en el centro de la fila. Dos exploradores de dicha comitiva nos sorprendieron apareciendo en la espesura y nos condujeron hasta el camino. Mi piel se eriza cuando nos descubren, pero me dejo llevar sin oponer resistencia, es lo que hace Lucos y me fío de su experiencia. No parecen bandidos. Espero que no piensen que nosotros lo somos.


La fortuna hizo que Lucos reconociera a uno de los soldados, precisamente el segundo oficial, un capitán llamado Kerkan. Me informó que no lo veía desde hacía dos años, y por lo visto había medrado en el ejército turanio. No tenía con él especial amistad, sin embargo compartieron momentos difíciles, allá en Koth; consideraba que se podía confiar en él. Se saludaron, sin excesivo entusiasmo, pero sonriendo ambos.

- Por Mitra, Lucos, te veo igual. Hum, no, no, esa cicatriz es nueva, jajajaja –se fijó en mi y en mi cinturón de huesos-. Frecuentas raras compañías, amigo. Tiene el aspecto de una salvaje, ¿Del reino fronterizo o Hiperbórea? ¿Y el niño?

- Aswarya. Una buena amiga. Este es Sando, un superviviente –Lucos fue tan parco en palabras como solía-. ¿Capitán, eh?

Las cosas van bien. Lucos conoce al capitán Kerkan. Se saludan, no parecen amigos pero tampoco enemigos. Con eso es suficiente. Se sonríen. Me pregunto cuando le ha ganado Kerkan a Lucos a los dados.”

-Soy de Hiperbórea -contesto a su pregunta, aunque prefiero que hable Lucos. El acento es extraño, aunque yo también le parezco extraña a él. Oigo como hablan mientras miro todo lo que nos rodea.

Soltaron algunas trivialidades. Kerkan relató que se dirigían a la desembocadura del río, en misión de escolta de la hija de un noble príncipe turanio, habían perdido una decena de hombres ya debido a los ataques de los bandidos. Por eso contrataron a dos mercenarios en el trayecto. Quizá le interesaría a Lucos también. Entretanto tenía lugar la conversación, se acercó otro oficial que desmontó, un poco rechoncho, de piernas cortas. Y un tercero, que se mantuvo a caballo, el comandante de la partida: un hombre alto, enjuto, de ojos de águila.


El oficial panzudo no quitó la vista lasciva de mi cuerpo. Habló, y su tono y palabras resultaron ofensivos:

- Dicen que las salvajes hacen cosas en el lecho inauditas, ¿es cierto eso? – su sonrisa enseñó la falta de un diente. Descarado, paseó sus ojos porcinos desde mi entrepierna hasta mis senos. Lucos, sin aviso previo, le propinó un puñetazo que lo tumbó y casi le rompe la nariz. Ya tenía Lucos su arma que llevaba a la espalda desenvainada amenazando al tipejo con despellejarle allí mismo y ahora. Media docena de arcos nos apuntaron. En momentos como este me alegra tener a mi lado a Lucos y olvido que se duerme en las guardias, no le importa que los arcos le apunten ni que nos superen en número. Una parte de mi piensa que se arriesga demasiado, a otra parte le gusta que lo haga.


El comandante hizo que sus hombres bajasen los arcos y tomó la palabra:

- Necesito sujetos como tú, muchacho. Con agallas. ¿Le has propuesto que se unan a nosotros, Kerkan?

Kerkan asintió. Era cierto que le había ofrecido a Lucos una buena suma de oro por sus servicios, lo había escuchado a pesar de que no comprendí toda la conversación. Lucos guardó la espada y se dirigió a mí:

- ¿Qué te parece? Es una manera de ganar un poco de dinero y además, si nos asaltan los bandidos, en un grupo así tendremos oportunidad. Por lo que me ha contado, parece que hay mucho movimiento de bandas de saqueadores en estos momentos. Por supuesto que no me uniré a ellos si tú no lo haces, no temas. Pero parece una buena propuesta.

De nuevo, Lucos consultaba conmigo. Resultaba evidente que mi voto lo valoraba por encima de cualquier oferta que le hicieran. O al menos, la que en estos momentos le propusieron. Evalúo la propuesta. Mercenarios. Encontrar un trabajo en mitad de ese desierto. No es mala idea, tampoco tenemos prisa. ¿Quiero viajar con ellos? Los soldados me miran, pero no me importa, siempre lo hacen. Solo uno ha sido grosero, pero podrían ser más según avance el día. Iríamos más seguros... o no, porque los bandidos podrían ver provechoso atacar la caravana. Pero Sando si estaría más seguro y ganaríamos algún dinero. Dinero que Lucos perderá a los dados inmediatamente, quizás incluso pierda nuestro único caballo. Las dos opciones representan un riesgo, no hay nada que nos de seguridad. Pero Lucos me pregunta y la decisión es mía. El quiere unirse pero la decisión es mía.

-Parece una buena oferta, me parece bien -asiento. No esperaba encontrar trabajo en medio del desierto.

jueves, 12 de abril de 2012

Hay muchos traseros que patear 30


Ghost, Simo, Rivers



En el horizonte las diminutas montañas ganaban terreno a la desolada planicie y al cielo crepuscular, alzándose como torreones inmensos, semejando a una fila de afilados dientes pertenecientes a alguna bestia imposible, que les esperaba ansiosa. Hacia allí se dirigía el vehículo, envuelto en traqueteo veloz, polvo rojizo y en el silencio anguloso y caliente que cayó sobre los ocupantes tras las últimas explicaciones de Helen y Rivers, cosa que no gustó a Simo, pues, efectivamente, les dejaba casi sin opciones. Al cabo, el hombre, Yanec, que os acosaba con una mirada penetrante buscando la verdad en las vuestras, rompió la monotonía causada por el ruido del motor:

- Desconozco el cuento del que hablas, de esa Alicia y del conejito blanco – no correspondió al saludo con la mano de Ghost, de hecho, no movió un músculo en tal sentido. Se rascó la barbilla, miró a Simo, luego a Rivers, para dejar clavada sus pupilas unos instantes en Ghost y posarla finalmente en Rivers:

- La historia es cierta. Lo suficientemente increíble para ser verdad.

- ¿La crees? – preguntó su hermana.

- Sí. Este hombre no miente. Puede que encaje con cierta información que poseemos, recuerda.


Yamec se aproximó a Ghost, le abrió la sujeción de metal, pero antes le susurró al oido: -Es mejor que los míos no sepan que eres una sintética-. Una mirada significativa y luego liberó a Rivers y Simo. El viaje continuó con apenas monólogos, algo más relajados, con tabletas de chocolate de contrabando, tabaco, aunque con pocos datos más, solo un par: otro marine, Joe, se encontraba en el segundo todoterreno, tuvieron que “tranquilizarle”, pues les atacó, salió huyendo sufriendo un ataque de ansiedad. La siguiente revelación les dejó a todos en un mutismo tan desolador como el yermo que cruzaban. El año: 2238. No respondieron a ninguna otra pregunta, salvo que se encontraban en el planeta Grapa, en un extremo del Borde Exterior, tercer cuadrante. No teníais idea del mismo, existían decenas de planetas; Helen rebuscó en su base de datos, encontró el nombre, su única información es que una instalación minera hacía poco se montó allí. Claro, que eso era, en “su tiempo”.

Llegó de golpe la fría noche, sin intermediarios, pero la caravana de dos vehículos no se detuvo, tan solo una vez para necesidades del cuerpo, y comer algo en menos de una hora. La marcha veloz continuó bajo el siempre mismo sucio cielo, ahora teñido de oscuridad resbaladiza con aspecto de una plancha grasienta. Pudieron ver a Joe, había despertado, un hilillo rojo, seco, corría por su frente. No tenía buen aspecto, huraño, malencarado, no quiso dirigirles la palabra. Contaron siete de aquellos contrabandistas, gente de Fe, o lo que fuese.

Amanecer brutal de un sol rompedor, henchido de salvaje cólera, arropado por el viento que como un látigo empezaba a fustigar desde primera hora de la aurora. Las montañas ya estaban encima y la silueta de unas instalaciones mineras abandonadas creó una escena fantasmal en los ojos de los marines. Yamec habló un rato con alguien por radio, lejos de los atentos oídos incluso de Helen. Varios edificios de distintas alturas se levantaban junto a una cadena montañosa que no sobrepasaba el kilómetro de alto, la primera comitiva que daba la bienvenida a las inmensas moles más alejadas que se elevaban imponentes. Las instalaciones se encontraban media enterradas en la arena, prisioneras por la tierra que incesante era traída y llevada por el viento. Los edificios bajos estaban completamente hundidos en las dunas, en otros la inmensa mole de arena llegaba hasta más allá del segundo piso. Caminaron como fantasmas que regresaban a un pueblo muerto y desaparecido. Allí donde la arena no había digerido los bloques de metal y cemento la herrumbre dominaba las instalaciones desoladas.

Ascendieron por un último puente y a través de una compuerta bajaron un pasillo angosto hasta dar en una sala circular, iluminada con luz artificial. De ella partían otros tres pasillos con las compuertas abiertas. Había de todo, desde armamento sencillo, comida, ordenadores, dos motocicletas de nueva factura que nunca antes habían visto, cacharros, ropa, varios catres y futuristas literas. Para su sorpresa se dieron de bruces con sus camaradas, Dillon, Carlo, Anette, Benley, Viviana, Sandro y Jenny. Faltaba el sargento; supusieron, quisieron creer, que andaba en otro lado de la instalación. También había otra gente, con ropas semejantes a las de sus captores, cinco en pie, más o menos armados y al fondo se adivinaban tres figuras en las camas. Sus compañeros no parecían prisioneros, llevaban sus fusiles y equipos.




Dillon, Carlo


El matasanos de la unidad y sus dos camaradas fueron conducidos a una amplia estancia circular, con luz artificial, bien iluminada. De ella partían otros tres pasillos cerrados por sendas compuertas. Había de todo, desde armamento sencillo, comida, ordenadores, dos motocicletas de nueva factura que nunca antes habían visto, cacharros, ropa, varios catres y futuristas literas. Ocho personas, como informó Viviana, estaban allí: tres cuerpos sudorosos tendidos en sus camas, los dos hombres que les acompañaban, otra mujer joven vestida como ellos, cabeza rasurada hasta más allá de la mitad de la cabeza donde caía en cascada una larga melena rubia un tanto sucia, con un tatuaje circular con los horóscopos en el hombro derecho, que no apartó el cañón de su fusil de los recién llegados y dos hombres maduros, con barba, igualmente armados; uno de ellos en particular peligroso, Dillon lo supo en cuanto lo vio, un tipo alto, fuerte, coleccionista de cicatrices en su pétreo rostro y en sus brazos, dura mirada. No abrieron la boca.


Imagen



Dejaron que se lavasen en un pequeño aseo, en uno de los pasadizos. Después, Frost se enfrentó a un mal parto, el niño venía en mala posición, la mujer había perdido bastante sangre, tenia fiebre y sus pulsaciones iban muy aceleradas. Contaría con poco más de treinta años, una cara curtida por el tiempo y las experiencias, unos ojos inmensos negros que llenaban por completo la sala. Era hermosa, como la luna llena en un cielo intensamente negro enmarcado por una cabellera rizada igualmente ala de cuervo. Sonrió al comentario del médico:

- De hecho, me comí la caja entera.

Le pareció ver cierta inquietud en los ojos del enorme soldado, le tomó por el antebrazo:

- Haz lo que debas, pero salva al bebé. La savia de la nueva vida debe sustituir a la ya caduca.

Dillon sedó a la embarazada, practicó una cesárea, era lo más práctico y mejor. No resultó nada complicado en realidad, sus ágiles manos y conocimientos le guiaron paso tras paso. Lo peor era la pérdida de sangre. Anette realizó análisis de sangre y la de Viviana y uno de los hombres coincidía el grupo sanguíneo, realizó transfusiones. Antes, examinó a los dos heridos, la chica, de apenas quince años, tenía perforado el brazo izquierdo, infectada la herida. Su fiebre era muy alta, padecía convulsiones, llagas en la boca, pupilas dilatadas y nadaba en un mar de sudor. Le habían extraído la bala, Dillon limpió y arregló el asunto, realizó comprobación con su equipo, en la corriente sanguínea de aquella muchacha danzaba una sustancia que desconocía, y el resto de datos, elementos, y bioquímica de la pobre chica estaban fuera de lugar, desorbitados al máximo. El chico, algo más mayor, herida de bala en el muslo y un costado, una costilla rota. Dillon terminó con Nasia, así se llamaba la mujer, que dio a luz un niño hermoso, gordete, pelón y con unos pulmones salvajes, se encargó de la adolescente y operó al muchacho.

Al poco, anochecía, y el hombre alto que estuvo antes fuera, dejó entrar al resto de la patrulla de marines, entendiendo que era lo correcto, comprendiendo o queriendo creer que de verdad no erais mala gente. Por fortuna, no hubo saltos en el tiempo, y Sandro, Benley y Carlo aparecieron desde la oscuridad exterior. Se lavaron, comieron algo más, nadie habló demasiado. Sandro empezó a intimar con la joven a la que cayó bien desde el principio, sin embargo el tipo de las cicatrices rondó amenazante.

Al fin encontraban un lugar donde descansar, reposar un rato en cierta seguridad, aparente al menos. No obstante los dos grupos se vigilaban. Nasia recobró el sentido y dio de mamar a su bebé. Pronto, a pesar de su estado, dio órdenes a sus compañeros, y Benley le relató lo acontecido, más o menos, saltándose alguna cosa. A Dillon y los otros les mostraron imágenes de las criaturas de la noche, tal como las había descrito Viviana, no se trataba de los demonios de las tenebrosas profundidades del pasado que temía Dillon. Su tamaño era el de un gato grande, el aspecto asqueroso, intimidante. Ellos los llamaban Nocturnos, así de simple.


Les dejaron literas, comida, bebida, en otra apartada sala a la que se accedía desde uno de los pasajes. Se relajaron un tanto, a pesar de todos los pesares, de su enigmática y terrible situación, fuera de su tiempo, de sus vidas anteriores. Con el temor de una nueva escapada hacia el futuro. Nasia dijo que mañana conversarían, Benley accedió, Jenny se escondió en un rincón, sentada, azorada, sin acabar de comprender – ni quererlo – todo eso de los cambios temporales. Como siempre, el que se sentía a sus anchas era Sandro, que incluso se dedicó a afeitarse y se dio una ducha, algo que acabaron por imitar los demás. Eso sí, tuvieron que usar cada tres la misma poco agua.

El de las cicatrices, que se llamaba Herberg, husmeó la armadura “radiada”, Anette le previno de nuevo, pero el hombre pasó de ella. La marine, sin desear crear conflicto alguno, le advirtió nuevamente del riesgo. Herberg miró con indiferencia a la mujer, cogió la prenda de combate, le dio la vuelta y la examinó un rato. El más alto, el que parecía más sociable, Berman, se fue, volvió al poco con una armadura distinta. Los soldados le echaron un vistazo, era más liviana que la vuestra y a la vez más resistente, más difícil de perforar.

Berman: - Vuestra armadura está algo obsoleta, ha transcurrido muchos años.

Benley aprovechó el momento:-¿Qué planeta es este, Berman? ¿Quiénes sois?

Berman:- Estamos en Grapa, en un extremo del Borde Exterior, en el tercer cuadrante. No hay vida aparte de las hormigas que ya conocéis y los nocturnos. Eso creemos, tampoco lo hemos explorado. Lo encontramos hace un par de años, acondicionamos las instalaciones mineras abandonadas y nos sirve de guarida.

Grapa. A ninguno le sonaba de nada, como tantos otros planetas. Viviana mencionó que creía recordar que existía un asentamiento minero. Vaya noticia.

Berman:- Toda esta zona es un campo de guerra: piratas, bandas de contrabandistas, rebeldes y alguna que otra corporación. Los gobiernos no se preocupan y los marines nunca se han visto por aquí. Yo nací en este sector, jamás vi. hombre o mujeres como vosotros; ninguno de nosotros ha visto jamás marines.

Benley: - No somos distintos a los demás.

Anette: - ¿Dónde tenéis vuestra nave? – Inquirió, curiosa. Berman dudó, abrió la boca y la cerró. Alcanzó a balbucear:

- No hay naves. En una semana, dos, un mes, vendrá un transporte a recogernos.

Después se escabulló en sus quehaceres. Agradeció la labor de Dillon y su enfermera Anette, y explicó que ellos tenían un médico, muerto en el último asalto igual que otros componentes de su grupo, les tendieron una trampa. El cabo Benley reunió a su tropa en el compartimiento que os cedieron. Tuvo que cantarle de nuevo las cuarenta a Sandro en relación a su acercamiento a aquella fémina. No quería problemas. Anette propuso desarmarles y hacerse con el control del lugar. El cabo no estaba de acuerdo, mejor un pacto de no agresión. Eso sí, acordaron dejar en todo momento dos soldados de centinelas. AL día siguiente aclararían más cosas con su jefe, Nasia. Viviana informó que ella era la segunda, el comandante de aquellos desarrapados regresaría pronto según le habían contado.

Transcurrió una noche sin agobios, calmada, con guardias regulares y a la postre innecesarias. El amanecer trajo un nuevo día ardiente y caluroso; también a sus compañeros, que entraron flanqueados por cinco hombres y dos mujeres, armados hasta los dientes, y que no parecieron demasiado sorprendidos por su presencia, sí curiosos y alerta.




Jake Rivers



El hecho de que sus captores no sepan siquiera al cuento al que Ghost se refiere, da que pensar, mucho. Sin embargo a él le parece bien, ¿a quién pueden importarle las historias sobre una niña con alucinaciones? Les cuenta su historia, sin más adornos ni rodeos, y esperaba que les mirasen como a locos a cambio. – ¿Lo han creído?- él jamás se tragaría una historia semejante, la ha vivido en persona y aún así le cuesta mucho creerla. -Esta gente es rara, demasiado rara- ignora cómo puede parecerles posible esto y dudar sin embargo de la deserción. Quizás el tal Yanec tenga cierto talento de interrogador. Todo el mundo cae en una serie de errores al mentir, cómo desviar la vista, sudar… son leves pistas que están allí para quien sepa buscarlas, por eso le intriga. Si ese hombre realmente ha sido capaz de discernir la verdad de la mentira, no se trata de un fugitivo cualquiera, debe poseer cierta formación.

También podrían tener información, de hecho Yanec menciona algo al respecto. Pero incluso si saben de la desaparición del Independencia sigue siendo una historia demasiado fantasiosa. Tan solo le resulta razonable la reacción de la mujer, mostrándose más escéptica.

Debería dejar a plantearse todo eso, después de todo les están liberando, para él es suficiente. También llevan a Joe en otro vehículo, sedado. El pobre diablo estaba cerca de un ataque de nervios, habrá acabado teniéndolo en el peor momento posible. Por ahora está bien, o todo lo bien que puede estar, no hay motivo de preocupación. Si debiesen temer por la vida de su compañero también deberían temer por las suyas propias. El siguiente dato resulta más demoledor. Han transcurrido casi cincuenta años. Ahora es su turno de no creer lo que escucha. ¿Cómo puede ser posible?, ¿es obra de la antimateria?, ¿han avanzado en el tiempo al entrar en los restos del Independencia?, ¿fue justo tras la explosión? Su mente sucumbe a una tormenta de dudas, de preguntas sin respuesta posible. –Quizás estén jugando con nosotros… eso tendría sentido- desorientarles, confundirles, puede venir bien para doblegarles. – ¿Y acaso quieren doblegarnos?- carecería de sentido.

No lo entiende, y no entenderlo le hace sentir furioso. Decidió vengarse de quienes proporcionaran la bomba a esa mujer… ahora deben estar todos muertos o seniles. Técnicamente, ni siquiera es un marine, deberían haberlo licenciado hace décadas. No dejó mucho atrás, había dedicado los últimos años al cuerpo, quizás tan solo sus padres lamentasen la pérdida, ellos jamás dejaron de creer que un día abandonaría esta clase de vida para volver a la colonia con ellos. Jamás lo habría hecho, pero sería un duro golpe para ellos cuando les dijeron que la nave simplemente había desaparecido. Ahora serán ellos quienes hayan desaparecido, hace tiempo quizás. –Si los demás supiesen en lo que estoy pensando…- no puede permitírselo, durante años siempre se ha mostrado como un hombre al que no le importa nada, la imagen ideal tanto para aliados como para enemigos, debe seguir siendo así. Tal vez por eso guarda silencio durante casi todo el viaje, interrumpido únicamente por algunas preguntas razonables, comenzando por la más obvia. –Las armas, vuestras primeras preguntas… deduzco que este lugar no es demasiado tranquilo, ¿verdad?- pregunta mirando a sus captores, o rescatadores, está un poco confuso sobre ese punto. Debería preguntar de forma más concreta, pero podrían tomárselo a mal, mejor esperar un poco.


El clima de esta roca es detestable. Hace demasiado frió o demasiado calor, jamás un término medio. Afortunadamente está acostumbrado a las condiciones climáticas adversas, incluso a combatir en ellas. –La próxima vez que nos estrellemos, podríamos escoger un poco mejor- comenta mirando hacia sus compañeros.

Quienes les recogieron ya no les tratan tanto como a unos prisioneros, es de agradecer, aunque agradecería más sus armas, se siente un poco raro sin ellas.
Llegan a un lugar similar a un pueblo, un pueblo fantasma. Aquí no puede vivir nadie, y no les culpa por ello, él también preferiría cavar un profundo agujero antes de compartir su vivienda con la arena del desierto y sus alimañas correspondientes.

El pueblo propiamente dicho no es su destino, lo es una especie de base subterránea, mucho mejor sin lugar a dudas. El lugar recuerda a un campamento improvisado, con las armas bien a mano y todo el material necesario, sin preocuparse mucho por la decoración. Nada sorprendente, excepto claro está la presencia del resto de sus compañeros, menos el sargento.

Rivers no sabe bien cómo reaccionar. Si saludan a los demás pueden comprometer a estos, tal vez ya se encuentren en una situación ventajosa, no merece la pena arriesgarse a “venderlos” sin motivos. Procurando ser disimulado, les mira, tratando de analizar la situación, observando cómo le devuelven la mirada. Por supuesto también se fija en todos los alrededores. La distancia hacia las armas, el resto de gente, las posibles salidas… cualquier cosa útil. Ahora parecen correr poco peligro, pero nunca se sabe, lleva demasiado tiempo combatiendo como para pensar en otra cosa. Debe pensar en un modo de salir de aquí, tal vez por las malas, si la situación lo requiere. Por el momento le conviene mostrarse más cansado y débil de lo que está realmente.
Será muy importante la reacción de los compañeros que ya estaban aquí. Si también los ignoran, es porque las cosas están mal, si saludan de algún modo, ya pensará entonces en cómo responderles. Aunque al menos no parecen haber perdido sus armas*




Simo Kolkka


Tras unos segundos de incertidumbre, el hombre dio por buena la historia. Le dieron ganas de reír. Empezaba a entender por que a aquella gente la iba tan mal. La fe y la guerra en conjunto eran un tema complicado. No era raro que un marine tuviera algún tipo de creencia religiosa. A algunos les ayudaba a seguir disparando, a arrastrarse hasta una enfermería después de perder las dos piernas, o a cargar con un compañero medio muerto a hombros a través de kilómetros de campo de batalla. Pero el problema estaba cuando los altos cargos tenían mas objetivos que el cumplir la misión con el mínimo número de bajas en el bando propio. En aquella ocasión, eso jugaba a su favor, así que tampoco tenía sentido darle mas vueltas. Sin embargo, la siguiente revelación fue la que verdaderamente causó efecto. 2238. Eso eran... ¿casi 50 años? Al principio se quedó completamente en blanco. No sabía ni que pensar. Simplemente se quedó sentado como estaba, mirando el paisaje. Por un segundo habría jurado que las dunas se movían para hacerles burla. Cerró los ojos, contó hasta 5, y entonces volvió a funcionar como siempre. Sus captores no habían dicho el año hasta después de oír su historia. Podía ser una trampa. Un juego mental. Si lo que querían era confundirlos, aquel era un gran movimiento. Así que aun quedaba una pequeña esperanza de que no fuera verdad el que casi toda la gente que había conocido estaba muerta o bastante cerca de estarlo. Se mantuvo en silencio el resto del viaje. Parecían estar a salvo de momento, así que no tenía mucho sentido intentar algo.

Cuando empezaron a verse los edificios a lo lejos, se sintió ligeramente reconfortado. Con un poco de suerte allí dentro haría menos calor, y estarían a salvo de aquella infernal arena. Mientras se iban acercando, pensó en que al fin y al cabo, la cosa no era tan complicada. Tenían que buscar al resto del equipo, y un transporte para salir de aquel lugar. Aunque bien pensado, si era cierto que habían "viajado en el tiempo", podían haberlo hecho "también" al salir de la nave, por lo que para el resto de marines habrían pasado... ¿años? Aquella era una historia de locos. Una vez llegaron, miró con curiosidad el lugar. Desde luego no era demasiado acogedor, pero dependiendo de a que enemigos se enfrentasen, era un buen lugar para defenderse. Mientras los guiaban hacia el interior, intentó memorizar la distribución de los edificios, y el número de personas con las que se cruzasen. Dentro, les aguardaba otra sorpresa. El maldito equipo al completo. O al menos lo que quedaba de él. Por un momento estuvo tentado de correr a abrazar a Anette (puesto a abrazar a alguien...), pero por suerte se fijó en la actitud de Rivers a tiempo. Al parecer se había acabado el actuar sin pensar. Volvían a ser marines por un momento. Conociendo su suerte, debía de ser el momento en el que al hacer como que no los reconocían se estaban cargando la coartada de sus compañeros. Se giraría hacia el hombre con el que habían compartido transporte las últimas horas, y señalando uno de los ordenadores, preguntó:

- ¿Podríamos usar uno de los ordenadores?- en caso de que se lo permitieran, haría un gesto a Ghost, para que fuera ella quien lo utilizase.- Vamos, seguro que estos tipos tienen el Counter Strike instalado. B-4-4. Recuerdo haberle pedido al coronel que incluyese ese arma en el equipamiento estándar de la unidad. Me amenazó con mandarme al calabozo. Podemos mirar también los resultados de las Super Bowl de los años posteriores a que nos marcháramos. Quien sabe, quizás cuando solucionemos esto seamos ricos.





Helen



Helen intento relajarse el resto del viaje. Aunque el echo de que el hombre hubiera descubierto que era una sintética le llenaba un mar de dudas. ¿Cómo lo había descubierto a simple vista? ¿Acaso era él otro sintético aun más sofisticado capaz de verlo u olerlo? ¿Cuántos de los captores serian sintéticos? ¿Por qué debería evitar que alguien supiera es una sintética? Las dudas y preguntas crecían de modo exponencial y sabia que no era aquel ni el momento ni el lugar. Peor aun, debería esperar a que sucediera algo extraordinario para enterarse. Así que cuando le hizo tal revelación ella respondió en susurro con gesto burlón agarrándole la mano

- ¿Lo soy? Gracias por recordármelo, a veces lo olvido.


Llegaron por fin al final del trayecto, aunque Ghost hubiera apostado que aquel lugar solo se trataba de una parada para pasar la noche, otros signos dejaban claro lo contrario, que aquel lugar era la base de aquella gente. Su cabeza estaba empezando a digerir que estaban cincuenta años más adelante. Al menos se sentía agradecida de saber el nombre del planeta, y el año. Aunque ella hubiera calculado simplemente una década o dos como margen de error. La estación minera recién instalada que recordaba estaba en un abandono asombroso. Claro que, con las hormigas y a saber que otros bichos habría allí, no debería ser algo para sorprenderse. De hecho, lo sorprendente era que hubiera humanidad en el planeta. Al ver como la arena ganaba terreno a los edificios, Helen lanzo un silbido de asombro.

Helen se mantuvo callada. No tenia nada que decir ni hacer y había mucho que ver y conocer. Sobretodo que había pasado en cincuenta años. Vio al resto de los compañeros pero no dijo nada, imitando a Rivers y Simo. Faltaba saber si ellos no eran prisioneros como aparentaba. Simo quería acceder a los datos con una mentira obvia y le pidió que fuera. Asintió y se puso a su espalda. De súbito oyó a Carlo saludarla como amigos de toda la vida. La sintética no sabia que hacer y le miro como si fuera un desconocido.

- ¡Perdón!, ¿qué me dices?




Dillon Frost


Se fijó en los adelantos del mundo moderno. Curioso, sin comprender, sin entender la magnitud de todo aquello. Lo aceptaba simplemente para no tener que volverse loco. Vio las máquinas, aquellas literas tan poco estéticas...y a los heridos. Su atención se centró en ellos y en las personas que los rodeaban. Una mujer los apuntaba. La ignoró. Ella no era tan peligrosa como el hombre lleno de cicatrices. Se podía notar el riesgo que emanaba de él igual que cuando uno miraba directamente a los ojos de un tigre. Un carnicero, un asesino, un depredador. Ni siquiera les saludaron. Él tampoco. Debía sentirse inquieto por estar rodeado de enemigos en un futuro cercano. No lo estaba. Solo le preocupaban las vidas que tenía que salvar. Eso no iba a cambiar por mucho que los tiempos lo hiciesen. Siempre había gente a la que ayudar.
Se lavó las manos. Se enfrentó al parto. Uno complicado. Bien, le gustaban los retos. La mujer le devolvió la broma. Luego le cogió por el brazo, más seria.
-He venido aquí por los dos.-Sabía que la prioridad era salvar al bebé antes que a la madre. Pero él era un marine. Podía con todo. Realizaron transfusiones, cortó y no troceó. Aquello no se parecía en nada a los arreglos con los que solía remendar a los marines. No era una muñeca de trapo. Sangre, vísceras, y algo en el interior. Era un procedimiento asqueroso y doloroso, igual que una herida, solo que al final había una recompensa sagrada. Sacó al niño, cortó el cordón. Lloraba. Estaba vivo. La madre también. Lo sostuvo entre sus brazos y lo vio llorar, retorcerse, arrugado, con esas manitas que tenía. Tan frágil, tan pequeño, tan hermoso, tan lleno de vida. Y olvidó todo el horror que había dentro de su alma. Su pasado y su futuro, los compañeros muertos, los días de pena y los entierros militares. Entre sus manos sostenía algo que de verdad importaba.

Cualquiera que conociese un poco a Dillon habría encontrado una anomalía en su rostro que habría asustado a la mayoría ya que era algo que no solía verse. Una blanca sonrisa, abierta de par en par, enmarcada en ese rostro negro. Ya no de oscuridad, sino de felicidad. Arropó al pequeño y lo dejó al lado de la madre. Salió del improvisado quirófano manteniendo aún la sonrisa.
-Ha sido niño...-Y en ese instante su voz no sonó distante, grave ni gélido, sino cercana, humana. No había que lamentar muertes. Por primera vez en su carrera militar el número a contabilizar no era de bajas, sino de "altas". Se sintió bien.

Atendió a los otros heridos. El chico no estaba mal del todo.

-No es nada, no te preocupes.-Una costilla rota y una herida de bala en la pierna y en el costado. Las había visto peores. La chica le intrigaba más. Sacó la bala, la remendó como a una muñeca de trapo. Hizo un análisis de su sangre. Algo no encajaba. La lectura era irregular. La repitió, el ordenador podía estar mal. No, no lo estaba.

-¿Qué le ha pasado a esta mujer?-Un veneno, le dijo su mente.- ¿Tiene algo que ver con esas criaturas que salen a cazar por la noche?-Tomaría una muestra. Debía descubrir que efectos nocivos provocaba aquella infección y si algún antibiótico lograba afectarlo.

Se reunieron con los demás. No eran mala gente. Solo desconfiados. Puede que fuesen contrabandistas o forajidos pero para ellos eran del futuro, se salían de su jurisdicción. Les mostraron imágenes de los seres que moraban en la noche. No era lo que se esperaba. Sus conocimientos sobre biología no eran muchos. Pidió toda la información que tuviesen sobre ellos. Como atacaban, que comían, donde dormían. Todo lo que supiesen. Algo le decía que se verían las caras con ellos tarde o temprano.

Les dejaron solos. Les dieron comida y agua. Brindó por el sargento. Se acercó a Jenny. La hizo levantarse y la sentó entre ellos.

-No hay motivos para tener miedo o dudar mientras estemos juntos. Los parámetros de nuestra misión no han cambiado. Vamos a protegerte con saltos en el tiempo o aunque el aire de este planeta se convierta en fuego ardiente.-Hablaron con los demás. Les inquietaba la armadura. Venía del pasado. Aquello debía resultarles tan extraño a los forajidos como a ellos mismos. Sacaron algo de información. El nombre del planeta. ¿Qué más daba? Y que una nave vendría a buscarles. Faltaba su comandante. Les explicaron que allí no había marines, que el médico había muerto en el último asalto. Una vida peligrosa. Aquel era un universo indómito.

Sandro sería un problema. ¿Cuando no lo era?

-Puedo caparle, como a los perros en celo.-Sugirió. Ya no sonreía. No podían saber si lo decía en serio o en broma. Ni siquiera él lo sabía. Anette sugirió tomar aquel lugar por las armas. El cabo fue más sensato.-Nos han acogido en su hogar a pesar de todo.-No veía necesaria la fuerza de las armas. Pasó la noche. Las guardias no sirvieron para nada. El día amaneció. Les trajo una nueva sorpresa. A sus compañeros.

No hicieron nada, como si no les conociesen. Carlo se acercó a ellos y les habló. Helen fingió que no le conocía. ¿A que venía eso? La mente del médico empezó a elucubrar una teoría en la que sus reencontrados compañeros provenían de una línea temporal distinta donde ellos jamás habían existido. "No puede ser tan complicado". Una cosa era pensar en saltar en el tiempo y otra muy distinta jugar a la ciencia ficción. Se acercó a sus compañeros. Estaban bien. El sargento no estaba con ellos. "Maldición, debe seguir esperándoles". Apretó los dientes. ¿Qué pretendían? ¿Hacer que no se conocían?

-Han visto nuestras armas, armaduras, insignias y chapas, cincuenta años más viejas que las suyas. Sino son idiotas se habrán dado cuenta de que formamos parte de la misma unidad. Me alegro de veros, muchachos.-No sonrió. Se alejó de ellos. Tenía trabajo que hacer. Iría a ver al recién nacido, por rutina, y a la madre. También al chico y, finalmente, a la chica herida. Vería si su sangre se había limpiado o si podía hacer algo para solucionarlo. Aunque antes de todo buscaría al cabo.

-El sargento, señor, aún debe estar esperándonos...-Si es que la sed o las hormigas, o los Nocturnos, no le habían matado.



Jake Rivers


Por lo visto los demás no han tenido que contar ninguna historia rara, o al menos eso parece. Carlo se acerca a ellos con naturalidad para saludarles. Ghost por su parte simplemente lo ignora. No tiene sentido para Rivers, ahora ya saben que pueden comportarse con normalidad ante sus compañeros, ¿por qué seguir con el engaño?, si hubiese algún problema les habrían ignorado.

-Carlo- responde a modo de saludo, aunque sin moverse demasiado para evitar poner nervioso a nadie –Lo que ha ocurrido… es un poco raro de explicar- muy raro en realidad. Podría intentar hacer un resumen, de hecho se disponía a hacerlo, pero Dillon también les saluda, más o menos… en realidad no les saluda, solo intenta reprenderles. –Es lógico, solo existen millones de historias que haber contado a vuestros captores, naturalmente nosotros debíamos saber que no arruinaríamos la vuestra-, a veces le resulta molesta la gente tan prepotente. –No puede evitarlo, es así- piensa para no responder alguna estupidez más grande aún. Probablemente se hayan conformado con decir la verdad, tal como ellos deberían haber hecho desde el principio. Además, la mención del sargento llama su atención. No le ve con los demás, pero pensaba que estaría en algún otro lugar, quizás la enfermería, si existe algo similar a una enfermería. –El sargento no está con nosotros, dábamos por hecho que debía estar con vosotros. ¿Cómo os separasteis de él?- Al parecer ostentar el mando en esta unidad, lo que queda de ella, es sinónimo de mala fortuna, muy mala.

Mira a quienes les han traído hasta aquí. Evidentemente otros encontraron al resto de la unidad y no ha ocurrido ninguna confrontación violenta, o eso parece. No dan la sensación de prisioneros, así que estaría bien preguntarse en que situación se encuentran Ghost, Joe, Simo, y él mismo. –Bueno, ya nos habéis traído hasta aquí, junto a nuestros compañeros además- sonríe mirando a sus “rescatadores”. – ¿Cuál es el siguiente paso?- Porque algo deben tener en mente. ¿Son prisioneros?, ¿invitados?, ¿sus presencias aquí responden a algún otro motivo? Lo que sea, le da igual, solo quiere saberlo ya para saber cómo deben reaccionar ellos mismos. Frost parece estar ayudando con sus conocimientos médicos, es buena señal, aunque es solo algo inmediato. Debe haber algo pensado para el futuro inmediato, aunque duda que a estas alturas puedan volver a uno de sus cuarteles sin más. Claro que estos hombres les han creído, quizás otros también lo hagan. Está pensando con demasiada antelación, por ahora ni siquiera tiene claro si es un prisionero, debe ir paso a paso.

miércoles, 11 de abril de 2012

Al sur de Hiperbórea "El Mar" 3


El fuego chisporroteaba. Ligera ráfagas de aire helado golpeaban de improviso las llamas las hacían oscilar bruscamente. La noche era muy oscura, sin luna, la luz fría de la miríada de estrellas moría ante el trémulo resplandor de la hoguera. Pensativa, Aswarya respondió a su compañero, y le planteó a su vez una pregunta. El guerrero cerró el puño en torno a los dados, miró directamente a los ojos de la extraña joven. Levantó luego la vista a las estrellas, y de nuevo cruzó su mirada con ella:

- He conocido hombres que quedaban vacíos cuando cumplían la venganza que con ansia buscaban. A otros no les fue suficiente y continuaron matando. Si se algo de la venganza es que es una amante insaciable.

Lanzó los dados: doble tres. Los recogió y prosiguió:


- En mi caso no valía la pena. Lo entendí más tarde. En el tuyo, probablemente sí. Es distinto, Aswarya. Lo que te hicieron merece el castigo. Y yo te ayudaré a llevarlo a cabo, si quieres. Aparte de jugar a los dados, poco más tengo que hacer –sonrió tristemente-. Pero no dediques tu vida a ello. No les devolverás la suya. Seguramente te liberes de la amargura, pero no del dolor. Supongo.

-Tranquilo –contestó Aswarya-. Se que tiene razón en cuanto a la venganza, no debe ser la meta de mi vida. Esos malditos no se lo merecen-. Aprovecharé los buenos momentos, como este. La venganza no me los quitará, lo que tenga que llegar llegará en su momento.


Los dados bailaron en el aire, giraron, cayeron y rodaron. Cinco y dos.


-Mi pobre madre me enseñó lo poco que se de leer –continuó Lucos-. En un templo leí una frase que rezaba algo así: El hombre sabio disfruta de la vida. O sabe disfrutar de la vida. No recuerdo bien. Una cita ambigua. Depende de lo que entendamos por disfrutar de la vida. Para mí es el aquí y ahora, hacer lo que deseas. Sin pensar demasiado en ello. Conversar contigo, admirar las estrellas, bañarme en este río. Tal vez no vea un nuevo anochecer, sin embargo, no me preocuparé por eso.

Se pintó una sonrisa triste en la boca de Aswarya.

“Lucos habla en voz baja, para no despertar al niño. Son agradables las noches así, tranquilas, aunque hablemos de venganza a la luz de luna. Resulta extraño como la noche alienta las confidencias que no somos capaces de hacernos a la luz del sol. Me resulta raro oírlo hablar de su mujer y su hija, de su madre, como si no hubiera tenido vida antes de que nos conociéramos. Todos tenemos vida, y un pasado que puede ser muy distinto a nuestro presente actual. ¿Llevaría mucho tiempo junto a esos dados? Siempre le dan malas tiradas, traicioneros igual que su esposa, pero los ama. Resulta todo tan extraño.

Los dados son algo fascinante, suerte sin ningún control. Arriesgarse frente a algo sobre lo que no puedes influir, ni para bien ni para mal. Y, sin embargo, confías en ellos, como si el azar fuera una persona que estuviera de tu parte y te ayudara, aunque a veces se comporte como un enemigo. Ni siquiera sé qué significan los números, cuando gana y cuando pierde.”


Las últimas frases de la conversación se sumergieron en la noche, igual que el sueño hizo con los pensamientos y recuerdos de Aswarya. Sumida en un reparador descanso, creyó que los espíritus de sus ancestros la visitaban, le hablaban, aunque ella no distinguía las palabras, tan solo el movimiento de unos pálidos labios y unos párpados cerrados sobre cuencas que estaba segura no escondían ojos. Le transmitieron la sensación de inquietud. De peligro.

lunes, 9 de abril de 2012

Hay muchos traseros que patear 29



Para Helen, Simo, Rivers




La mujer observó a los tres cautivos, atenta a cada detalle y palabra que pronunciaban. Rivers no se ganó ningún golpe; tampoco sonrisa alguna ni critica a sus comentarios. La mujer le respondió:

- Supongamos que hago ver que me creo lo que relatas, Rivers. ¿Dónde está la nave, esa Cheyenne? ¿Qué os llevó a este sector? ¿Por qué la deserción? El cuento de antes no me lo trago. He visto vuestras placas, ¿alguien me explica el año de nacimiento? ¿Qué sois, experimentos genéticos y por eso habéis huido? Tenemos tiempo antes de llegar a nuestro escondrijo.

Simo escuchó, y bebió el agua con cierta aprensión. El hombre se dio cuenta de su disimulado gesto para evitar la risa, probablemente la mujer también. Ni corto ni perezoso, el francotirador ofreció sus servicios. Esta vez fue el enmascarado el que tomó la palabra, quitándose primero parcialmente la máscara; un rostro con barba de varios días, ojos de mirada inquisitiva, nariz recta. Llevaba una pequeña placa de metal en el pómulo izquierdo:

- Te contestaré. Lo más práctico y fácil sería mataros ahora mismo. Sin embargo no hemos desperdiciado energías y agua para eso. Vuestra aparición e historia nos intriga, es una novedad por completo nueva a lo que estamos acostumbrados.

Bebió un trago de su propia cantimplora.

- No sois desertores, puedo equivocarme, aunque presiento que no; tampoco vais tras nosotros. Ocultáis algo, seguro. Mezcláis verdades a medias con mentiras parciales. Es normal, lo comprendemos. No podéis revelar vuestras órdenes o misión. Lo acepto. Pero dejadme deciros que estáis en el culo del mundo conocido, a merced de nuestras decisiones y que…como bien habéis dicho, gracias a nosotros seguís con vida. No me lo agradezcas, es lo menos que podíamos hacer. Nosotros seguimos la doctrina de Jesús, a nuestra manera.

Bebió otra vez, verificando el efecto de su información:

- Demasiado pronto te ofreces a matar a nuestro servicio. No es creíble. No conoces a nuestros enemigos, ¿y si son tus aliados?

La chica nerviosa interrumpió:

- Las malditas corporaciones son nuestros odiados enemigos. Ellas, sus manipulaciones, sus experimentos, ¡su avaricia devorando mundos y envenenando el alma de la gente!

La mujer le echó una mirada reprobadora. El varón prosiguió:

- La joven es Amhat Clarivi, impetuosa como todas las adolescentes; ella, mi hermana Nela. Mi nombre es Yanec. No debéis temer nada de nosotros si no mentís, si efectivamente no vais tras nuestro grupo. Es difícil creer lo contrario. A vuestro favor está una serie de factores que hacen que esa posibilidad se tambalee. ¿Por qué no redondeáis vuestra historia añadiendo lo que falta? También puedo asegurar que no dudaré en dejaros aquí y ahora si considero que sois una amenaza.


<<<<<<<<<<<<



Para Dillon


- Ya han visto mi placa, y conocen la historia, más o menos, claro. Por eso la mayoría me cree. No es mala gente, créeme. No se mucho de ellos, me han mantenido algo apartada. Carlo, creen en tu dios, ya ves. ¡Qué queréis que os diga! Estaba sola, nos salvaron el culo, creí que no lo contaba y de pronto tenía un techo, comida y bebida. Es un grupo perseguido, se encuentran con marines en su territorio, atad cabos. Vosotros mismos.

Viviana se defendió de los comentarios y miradas inquisitivas de sus compañeros. El interlocutor de Dillon, dijo algo a Viviana a través de los auriculares. El marine informó:

- Dice que no puede sacar a nadie, anochecerá en breve y saldrán esas cosas. Además, es peligroso para ellos moverlos. En eso tiene razón, yo creo que el bebé viene en mala posición. Uno de los heridos tiene gangrena en la pierna, me da que si no se la amputan morirá.

- ¿Cuántos son? – preguntó el cabo.

Viviana: Ocho en total. Pero me huelo que hay más fuera de aquí. Ya os digo que no me han dado muchas explicaciones.

Benley: Hum. ¿Son combatientes?

Viviana: Me da que la embarazada es una recia guerrera. Tres de ellos también, se les nota, tienen experiencia. Por supuesto nada que no podamos superar. Pardillos a nuestro lado.

Benley: ¿qué son esas cosas, esos bichos que mencionas?

Viviana: Oh. Pues…son medio invisibles, se camuflan con el entorno, como camaleones. Se les parecen, de color terroso. Me dijeron que tienen seis patas con brazos, garras, y cierta inteligencia. Se devoran así mismos si no encuentran otra presa, y aquí no las hay. Igual que las hormigas, me dijeron que se comen entre ellas. Que crían una parte para poder subsistir. Es un duro planeta.

Benley miró a aquellos dos allá arriba, dio su opinión a Dillon y los demás:

- No es seguro que nos separemos, desconocemos el detonante de ello. Nuestra vida es riesgo, Dillon. A la vez que salvar vidas, como dices, es nuestra prioridad, la de esta unidad, por encima de otra consideración. La Sigma es distinta al resto, lo sabéis, nuestro coronel se preocupó mucho en ello.

Asintieron los marines. Temieron que el cabo soltara una de sus peroratas acerca de la moral, la disciplina, el deber, que, en parte, la necesitaba. Sin embargo no fue así. Los miró ceñudo, mientras Dillon terminaba su análisis de los alimentos, sin trazas de nada raro en ellos, aparte de que era comida sintética. Un asco. Todos ellos se lanzaron a por el agua y las tortas. Benley no recriminó a Dillon, tomó el auricular y básicamente lo que les comunicó a los tipos aquellos era que sus marines entrarían y que si les pasaba algo, él mismo se encargaría de no dejar a ninguno con vida, tan solo al bebé. Luego se dirigió a Viviana, Anette y Frost:

- Bien, muchachos, adelante. Haced lo que podáis por esa madre, os esperaremos. No preocuparos. Si…si “saltamos”, ya sabéis ese dicho: Nos veremos en el Infierno. Vigilad, no bajéis la guardia. Confiamos en ti, Viviana, en tu palabra.

Soltaron el armamento pesado, y subieron la pequeña cuesta. Sus antagonistas vigilaron atentos con sus armas, uno de ellos pudo ver la placa de Dillon, después la de Anette y Viviana. La máscara ocultaba sus expresiones, pero en sus ojos se leía una sorpresa carente de falsedad. Examinaron el contenido de los dos maletines cargados de medicamentos, sustancias varias, y material quirúrgico. La voz amortiguada del más bajo surgió nerviosa:

- Tenéis que salvarla, a ella y al bebé. No me importa quienes seáis. Hacedlo.

El más alto tomó la palabra:

- Tiene fiebre. Su pulso está muy acelerado. Los dos heridos, también, heridas de bala. Un chico y una chica, casi unos críos. Por favor. No queremos malentendidos ni que nadie salga perjudicado. Que vuestra amiga Jeny nos sirva de pantalla entenderéis que es comprensible. Nos podemos ayudar mutuamente, os hemos dado comida y agua. No es casual que vosotros hayáis llegado aquí y ahora, ni que nosotros nos encontremos en este preciso momento en nuestro refugio. ÉL lo ha dispuesto así.

La compuerta tras ellos se abrió desde el centro, dejando los dos paneles a la vista un túnel en penumbra que descendía ligeramente.

<<<<



Helen



Helen empezaba a irritarse, Ghost, sin embargo, se mantenía impertérrita y elimino con una orden dentro de si toda emotividad. Irritarse era un gesto humano, pero no era adecuado en aquel instante. Se limitó a escuchar y observar. El viaje iba a ser largo.

Los anfitriones parecían ser comunicativos. Rivers había entendido perfectamente el plan de Helen y ponía su parte, mejor de lo que ella lo había echo hasta el momento, mentir no formaba parte de su programación y se le daba fatal. Simo por contra, lo estaba tirando todo por tierra con cada palabra que soltaba. ¿Lo hacia a propósito? ¿Quería darles motivos para matarlos a todos? Si era así, lo estaba haciendo muy bien. Así que cuando le susurro algo, la piloto le respondió con un gruñido ya que con la mano que quería darle una bofetada era la que estaba esposada a la barra.

- Querido, para ser sintético eres bastante idiota. - le dijo en tono que destilaba ácido - Compórtate como un hombre para variar.

Los rebeldes parecían ansiosos de saber más, lo cual era lógico. Pero Helen no quería invertir las tornas por muy feas que se mostraran. Quería obtener más información de aquellos parias. Parecía que la única manera era mediante trueque, el gran problema es que eran bastante escépticos y la verdad era dudoso que la digieran.

- La verdad es bastante complicada para ser creíble incluso para nosotros – respondió al fin al hombre - Creerías si te dijera que nos paso idéntico al cuento de Alicia en el País de las maravillas?. Nos paso parecido, fuimos detrás del conejito blanco y encontramos toda clase de... cosas imposibles. Entre ellas, aparecer y desaparecer cuando menos hace falta. ¿No te parecen razones suficientes para desertar? No nos vais a creer, estoy segura. Aun así, ¿queréis oír el resto de la historia? - Miró al suelo del Jeep con cara de tristeza y parpadeando, parecía que fuera a llorar. Y de paso, esperando a ver como reaccionaban sus compañeros.

Miró al hombre y le ofreció la mano de manera amistosa.

- Mis amigos me llaman Ghost, un placer.




Dillon Frost


Creían en el dios de Carlo. ¿Que clase de Dios era ese? Un Dios vengativo, cruel y solitario que vivía entre estrellas y cometas, observando pero jamás actuando. La fe era poderosa. A lo largo de su vida como marine había librado muchas batallas, y en ellas había acabado con todo tipo de enemigo. Y sabía que los más peligrosos eran aquellos que creían en algo. En la paz, en la libertad, o simplemente en si mismos. La fuerza espiritual eran las energías de los músculos y la sangre del corazón. Aquella gente era más peligrosa que los rebeldes que solían abatir solo por el hecho de tener fe. Por fortuna, ellos tenían armas grandes.

Negociaron. No eran muchos. Él había pensado en una especie de asentamiento pequeño. Más de ocho personas. Resultaba extraña la gente del futuro. Temían a los marines. Habían recibido una señal de auxilio de aquella misma colonia. Y debía ser del pasado. Entonces eran otros tiempos, los suyos, cuando se confiaba en las buenas aptitudes de los chicos rudos. Y un segundo después, zas, otro momento, otro lugar, y los chicos rudos eran los malos. No, ellos no habían cambiado. Solo el mundo que les rodeaba.
Escuchó con atención la descripción sobre las criaturas. No estaba seguro de si era o no cierto asunto que tenía pendiente con la mismísima negrura del universo.

-Me gustaría ver alguna foto o imagen, si la tienen.-Aunque no parecían tan voraces como...No era de los que vivían en el pasado. Cortó. Se centró en aquel áspero lugar y sus gentes desconfiadas. Benley había tomado una decisión. La más acertada, lo que indicaba que era la peor para ellos y la mejor para los demás. Los marines siempre se sacrificaban. No dijo nada, pero la nobleza de sus compañeros le embargó durante unos momentos y quedó aturdido por ese campo magnético de emociones. Los chicos duros no habían cambiado. Era el momento de la despedida. Podía ser para siempre. No solo por el hecho de "saltar", sino también por la existencia de esas criaturas. Pronto anochecería y no estaría con sus compañeros para luchar a su lado.
-Tenga cuidado, señor. Y no se vayan a ninguna parte.-Dejó atrás a la vieja Betsy. Este era un baile que nunca había conseguido aprender. Se quedó con sus armas de manos, empezó a caminar. Anette al lado, Viviana al otro. Cualquier otro hombre se contentaría de poder pasar tan duros momentos entre tan bellas amazonas. Él no, era fuego negro encerrado en una vasija de frío ébano.

Llegaron a la cima. Mantuvo las manos a la vista, no realizó movimientos bruscos. Las armas, sobre el hombro, en la cartuchera, a la vista. Les enseñó el botiquín. Le dieron el visto bueno. Con la mitad de lo que había en el botiquín un buen marine podía acabar con dos o tres de aquellos bandidos. Con la otra mitad podía hacer saltar por los aires aquel complejo. El hombre bajito fue algo maleducado. Le ignoró, pasó por su lado.

-Necesitaré agua caliente, paños limpios, una llave combinaba del siete y una pala excavadora.-Se giró hacia el hombrecillo.-Solo bromeaba.-Aunque necesitaría los paños y el agua caliente. Aunque su rostro estaba tan rígido como la piedra. Escuchó lo que decía, el otro, el alto. ¿No podían decirle un nombre al menos?-Llevo luchando como marine media vida, y como hombre; el resto. Jamás he usado como escudo a alguien más débil que yo. Tampoco creo que esto sea obra de nadie. Si ÉL quisiera salvaros, ya lo habría hecho.-Siguió adelante. Una compuerta, paneles, nada inesperado. Dos chavales a los que ayudar y una mujer con un mal embarazo.

Esperaría a que le indicasen donde podía lavarse las manos. Dejaría sus armas a un lado, salvo las blancas, y sus materiales salvo el botiquín y su música. Se quitaría la armadura.

-Que nadie la toque. Está radiada. Si alguien se la pone o coge algo hay posibilidad de que se contagie y salte en el tiempo.-No era del todo cierto, claro, pero aquella gente supersticiosa, o creyente como ellos preferían ser llamados, se lo pensaría dos veces antes de intentar sustraerle algo. Una vez aseado pediría ver a la mujer embarazada. Se presentaría ante ella. La examinaría. Contaría el tiempo entre dilataciones. Quizás pudiesen operar a alguno de los otros crios mientras el bebé llegaba. Sino, se centraría en la mujer y la nueva personita que estaba por llegar.

-Soy el Doctor Frost, y esta es la enferma Anette. Venimos a ayudarles.-La observó con severidad. Estaba hinchada.-No debería haberse comido la última bola de chocolate.-Empezaría su trabajo. Para variar, era un placer intentar salvar no solo una vida, sino traer una nueva al mundo. "Para esto me entrenaron. Para esto me adiestraron. Esto es lo que me enseñaron...Por el Coronel".



Jake Rivers


Han ido a topar con gente de fe, no sabe si eso es bueno o malo. Al menos sus principios parecen impedirles matar a los marines extraviados, siempre y cuando estos se comporten bien. En ese caso sería buena idea pensar bien lo que dicen. Evidentemente no se han creído toda la historia, pero es un problema porque aún siendo mentira es mucho más razonable que la verdad. No se imagina una sola forma de explicarlo sin ser tomado por un loco. Entonces Ghost da con el modo, Alicia en el país de las maravillas. –Muertos, estamos muertos- piensa mientras sonríe y bate la cabeza.
El lado bueno es que realmente estos tipos no quieren matarles. Incluso han recriminado a Simo que se ofrezca tan rápidamente a matar a alguien. El lado malo es que tienen algo contra los marines… y ese algo empieza a molestar a Rivers. Se ha encontrado con mucha gente que les teme o les odia, lo puede aceptar y comprender, pero esta gente ha mencionado el año de nacimiento que sale en sus placas. Eh ahí el problema, les han llamado experimento genético, por tanto algo no cuadra con las fechas.

-¿Cuál decís qué es el año actual?- una pregunta estúpida para sus captores, sin duda, a él comienza a parecerle imprescindible. Hace unas semanas no se habría planteado cosas demasiado raras, pero hace unas semanas no había sufrido los efectos de una explosión de antimateria, no se había visto a si mismo rememorando escenas del pasado, y no había visto al espectro del coronel. Su mente está dispuesta a aceptar unas cuantas cosas más.

-En cierta forma Ghost tiene razón, es cómo Alicia en el país de las maravillas. Cuando acabe de contarlo, comprenderéis porque le ha parecido mejor inventarse una historia- O les matarán a todos allí mismo, pero nunca se ha planteado demasiado los riesgos de sus elecciones. –Todo lo que he dicho es verdad, solo que falta meterlo en un contexto. Nos enviaron a una misión de rescate en una nave civil que había tenido problemas técnicos. Desgraciadamente la nave tenía algo más, una bomba de antimateria. Salimos a tiempo pero la explosión y sus… efectos secundarios, hicieron estragos en nuestra nave- Estragos… bonita palabra, un auténtico eufemismo para este caso. Sería difícil explicarlo de mejor modo –También volvió locos a algunos de nuestros compañeros, estos intentaron dejarnos encerrados en una nave que perdía oxígeno y aumentaba la temperatura a cada segundo. – Supone que sabrán enlazar esto con la parte anterior de la historia – La Cheyenne consiguió salir de nuestra nave principal, pero sin ninguna referencia para el navegador, allí todo estaba oscuro, sin estrellas o planetas. Vimos una especie de tornado, o vórtice, y lo atravesamos, al hacerlo dimos esta roca y nos estrellamos en ella. Abandonamos la nave en un vehículo blindado, pero también tuvimos que abandonarlo y buscar agua, por eso no puedo indicaros donde se estrelló nuestro pájaro, estamos algo desorientados, especialmente contando que no sé en qué dirección avanzamos desde que nos recogisteis. En lugar de agua encontramos… lo que parecían los restos de nuestra nave principal, pero envueltos en una especie de esfera. Nosotros la atravesamos y… no creeríais lo que vimos en el interior, pero luego cuando intentamos salir solo vimos más oscuridad. Durante el trayecto quedamos inconscientes y despertamos aquí – Mira las reacciones de sus captores.

Por sus palabras, una de ellas debe ser demasiado joven como para luchar, eso encajaría con su examen anterior ya que parece más inexperta, más nerviosa. Solo hay un motivo para darle armas a alguien tan inexperto, la falta de opciones. Alguien debe estar persiguiéndoles o cazándoles, lo cual también explicaría la aparente experiencia de los otros dos. –Esa misión fue hace un par de días… y entonces ninguno de nosotros llegaba a los 50 años, por eso pregunté el día hace un rato-

Nuevamente observa cada reacción, cada mueca. No van a creerle, pero esta si es la verdad. ¿Qué puede hacer al respecto?, elaborar una historia mejor tampoco serviría de nada. Se encoge de hombros –No me importa si no lo creéis, es la verdad. No somos experimentos genéticos, podéis comprobarlo por vosotros mismos, porque supongo que tendréis un médico que pueda revisarme.

- Realmente no sabe si la antimateria le ha cambiado, espera que no, pero sí sabe que sería peor si analizan a otros, o a otra más bien. –Supongo que cuesta un poco creer en una historia semejante, pero no existen más opciones, creéis o no-


Cómo poco tendrán que admitir que es la única que responde a todas las incógnitas. El problema es que si esta tampoco les parece convincente, la cosa va a ponerse muy mal. Ahora están a merced de sus decisiones… algo que detesta con todas sus fuerzas.




Simo Kolkka


Helen se tomo a mal su comentario. No seria una mujer de verdad, pero era bastante sensible. Al menos estaba esposada. Los tipos con pinta de Al Bhed no se tomaron bien tampoco el ofrecimiento de trabajar como soldados. Dijeron que solo los mantenían vivos por curiosidad, pero parecía mas un farol para que hablasen que otra cosas. Desgraciadamente, el resto del equipo no lo vio así, y rápidamente explicaron la alocada historia al completo. Contada por Rivers parecía incluso más absurda de lo que en realidad era. Podían haber hecho referencia a la masacre que produjeron entre el ejercito de hormigas. Al menos así quizás hubieran estado mas dispuestos a ofrecerles trabajado, si es que les creían. Aunque bien pensado, lo mismo las hormigas voladoras eran un animal sagrado para ellos. Jesús... ¿eso no era una canción de Luna Sea?

Ahora ya daba igual lo que dijeran. Acababan de descubrir todas sus cartas, cuando lo único que parecía mantenerlos con vida era el interés de aquellos individuos en su historia. Rivers también se ofreció a ser estudiado por un médico, para descartar que fueran mutantes. Fantástica jugada. Veremos que pasa si les da por analizar a la cylon primero... Ahora todo quedaba en manos de los captores. Se habían quedado sin nada con lo que negociar.




Carlo  


Al escuchar las palabras de todos los del equipo al cuestionar a Dios casi también empiezo a dudar de él pero tal vez esto era obra suya para que pudiéramos estar aquí y ayudar a estas personas de el mal que les aqueja.
Teníamos mas suerte que ellos, al menos tenemos la ventaja de tener un entrenamiento en la guerra,  un medico; éramos dueños de la suerte de levantarnos el  ánimo y burlarnos entre nosotros. Ellos ya habían perdido eso.

Y lo más esencial de todo, poseíamos la esperanza de salir de aquí de una u otra forma. Pensé en mi familia, y supe que mi deber era ayudar a esta gente.

- ¿Dillon, dime qué tengo que hacer?

sábado, 7 de abril de 2012

Al sur de Hiperbórea "El Mar" 2 bis


-¿Eso es el mar? –preguntó, la inocencia y el asombro pintados en la cara del pequeño Sando. Aswarya también se quedó mirando la estampa que tenía frente así, pues nunca había visto un río de al caudal. Ni el mar.

-No, muchacho. Es un río, el Nezvaya. El mar…el mar es tan grande como toda la tierra que puedas recorrer en tres lunas. O eso dicen los sabios. Yo solo he navegado una vez, costeando, cuando luché contra esas sabandijas de piratas de las Barachas.

El agua descendía tranquila, rumorosa y de tonos verdes, ocres y terrosos, acorde a las tierras que bañaba, con una calma propia de quien ha visto mucho y ya nada le sorprende. Casi no se veía el otro lado del río, la ribera opuesta, oculta en las sombras y la distancia. Cruzaron el camino seco que seguía paralelo a la costa y alcanzaron la orilla cuando las primeras estrellas titilaban en un cielo despejado y límpido. Los juncos, los chopos y algunos arbustos se apretaban en derredor. Desmontaron y Lucos retomó el hilo de su respuesta anterior:

- Mira, Sando, este pendiente era de uno de los piratas a los que destripé.

El guerrero tenía poco tacto, y se dio cuenta tarde de la cara que ponía el niño, sin duda recordando la tragedia de hacía unos días. Le revolvió la melena y se fue hasta el agua. No se lo pensó, se desnudó y se introdujo en el río. El crío, al final le imitó, siendo ambos observados por los grandes ojos de Aswarya, que deseaban abarcarlo todo.

Lo impactante del río es que está en calma, como un lago, pero no está estancado sino que continúa su camino con lentitud. Los ríos de montaña no son así. Son pequeños y fieros, avanzan rápido golpeando las rocas y árboles que encuentran a su paso –reflexionaba-. Si embargo este río avaza lento y calmado. El río se hace adulto y el ímpetu del niño queda olvidado. Se hace grande y sabio...

Allí, en las montañas... Me queda mucho camino todavía, hasta llegar a la calma. Puede que no llegue a madurar nunca.

Lucos se ríe de la sorpresa que ve en mi rostro y en el de Sando. Se lanza al río sin pensar, no piensa en cómo afectan las frases que dice ni en los peligros que puede tener el río. Después pide disculpas, se encoge de hombros, tiene alma de jugador, alma de los que se arriesgan y viven hacia delante.

Yo voy más lenta, miro primero a mi alrededor. Dejo mi cosas en la orilla, y no me alejaré mucho de ellas, aunque desee muchísimo sumergirme en aquellas aguas. Está templada. Me uno a ellos en el baño y por una vez hasta el sol parece agradable. Si alguien nos viera a lo lejos pensaría que somos una familia, pero Lucos no es mi hombre ni Sando mi hijo. Nos cuidamos mutuamente. Les he cogido cariño. Mi familia prestada. Los muertos me observan desde la orilla, apenas los distingo entre los haces de luz. Me pone nerviosa pensar que podría alejarme de ellos tan solo dejando allí el cinturón de huesos. Vuelvo pronto a recogerlo tras el baño y enseño a Sando como preparar una rama para pescar. Es difícil, porque allí hay más profundidad y los peces viajan más hondo. Allá en las montañas era más fácil, casi los veías saltar.

Aswarya logró pescar un par de peces con una improvisada lanza fabricada con una larga rama y Lucos tuvo la suerte de cazar dos liebres. Apareció con la sonrisa de oreja a oreja y esa noche, alrededor de la fogata, a cubierto de unos grandes peñascos, pudieron saborear, en silencio, de una suculenta cena. Parecía que ninguno necesitase hablar, les bastaba con esa compañía mutua que se ofrecían, respetando pensamientos y memoria.


El niño se durmió pronto y la joven lo tapó con la manta. Lucos se decidió entonces a entablar una conversación, como a veces hacía por la noche, unas pocas frases, según su costumbre, sin venir a cuento, como si en esos momentos necesitase expresar lo que sentía:

- Mi hija murió de fiebres a los dos años. Luego, mi esposa me abandonó, se largó con un recaudador de impuestos. Un amigo impidió que matase a ambos. Ahora comprendo que no valía la pena. Después me alisté como soldado, en Argos.

Masticó, tragó y te miró:

-¿Qué se siente al viajar con…con tus muertos? Me da escalofríos. No lo comprendo. Los muertos están muertos. Los vivos, vivos. Es sencillo, es lo natural. El pasado, pasado. Muerto. El presente, el ahora, está aquí. El pasado y los muertos son cadenas. Eso es, cadenas. ¿Debes creer que soy simple, verdad? Sí, lo soy. En fin.

Esperó una respuesta entretanto que hurgaba en una pequeña bolsa donde guardaba sus dados.

-No creo que seas simple, sólo que tu pueblo trata de otra manera a sus muertos. ¿Crees que no vale la pena la venganza, Lucos? Aunque te hayan hecho mucho daño. ¿No vale la pena?


Las noches son más frías, me gusta sentarme alejada del fuego, sobre todo si hay viento. Ver a Sando dormido y a Lucos jugando con sus dados en partidas solitarias donde pierde contra él mismo. Me hace preguntas, me cuenta historias. A veces sólo unas pocas frases y luego se queda pensando. Al final terminaremos por conocernos bien, aunque no sé si por comprendernos.

Aswarya Sacudió la cabeza al escuchar la triste historia del ex soldado. Todos tenemos un pasado que nos atormenta.

-Nosotros tenemos otras costumbres. Cuidamos a los muertos igual que a los vivos. Vamos a sus tumbas y les pedimos consejo, los llevamos colgados de cuello para que nos protejan. Podría haberlos dejado allí, hubiera sido más fácil -lo difícil no había sido enterrarlos, lo difícil había sido cortar las falanges de cada uno de ellos, limpiarlos, pulir los huesos hasta que fueran lisos y brillantes, con cada uno de ellos, uno tras otro, tantos cadáveres que parecía que no terminaría nunca, pero no podía dejarlos allí solos.

La joven se quedó mirando las aguas oscuras del río, arropándose en la capa, sintiendo la cálida cercanía de la hoguera.

-Hubiera sido más fácil marcharme sola y pensar sólo en mi supervivencia. Pero no podía dejarlos solos. Oía sus voces llamándome. Son el pasado, sí, pero también son mi pueblo, mi gente, mis costumbres. No puedo renunciar a eso. No puedo convertirme en otra persona. -y no puedo dejar de oírles, pienso, por mucho que me alejara no podría dejar de oírles.