Mostrando entradas con la etiqueta Los Ángeles 2029. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los Ángeles 2029. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de abril de 2012

LOS ÁNGELES, 2029 -12

Una nueva entrada de Los Ángeles, 2029, que se me había quedado un tanto atrasada.



La silueta del conductor de Ricco surgió en el arco oscuro del umbral en la puerta principal, pistola en mano. El mafioso le ordenó que llevara el coche ya al callejón. Se largaban sin más demora.  Jacob no encontró nada de interés en el policía, su identificación,  una pistola de proyectiles detonadores, munición, un cuchillo capaz de rajarte de parte a parte, y el rifle de asalto que estaba más allá tirado

-¿También robáis a los muertos?-Afirmó con severidad, más que preguntó, el sacerdote. Puso los ojos en blanco y se metió en su pequeña habitación para buscar las medicinas. Mientras, farfullaba.-Esta juventud, nos destruirá a todos, ya no respetan ni a los muertos. Así es esta maldita ciudad, no te dejan de joder, y que Dios me perdone la expresión, ni aunque estés muerto.

-Se equivoca de medio a medio, padre, yo no estoy robando nada a este pobre desgraciado, solo quiero saber por que un policía con equipo de asalto se ha plantado en esta iglesia en particular, al pobre desgraciado solo le faltaba que robaran su cadáver-.

Luego, Jacob añadió en dirección al Italiano:

- Leone, habría que deshacerse de  los cuerpos de sus hombres. La poli sumará  dos y dos y se pondrá a rastrearle por toda la maldita ciudad. Lo último que necesitamos ahora es que la poli le tenga como sospechoso.

Ricco asintió. Tomó el teléfono y dio unas cuantas directrices, pocas explicaciones, a su interlocutor al otro lado de la línea.

-Limpiarán esto. Avisarán a alguien del barrio.

Subieron todos al auto, que arrancó chirriando neumáticos despareciendo por las sucias calles en dirección al motel que propuso Mara, un escondite utilizado en anteriores ocasiones.

Tomachio dejaba atrás su iglesia, sus recuerdos. Se había embarcado en algo oscuro y no podía evitar pensar si la volvería a ver una vez más. La esperanza no era necesaria para la supervivencia. Saludó al chofer al entrar en el vehículo.

-¿Tú también estas corrompido, hijo?-Le preguntó de forma tétrica. No estaba de muy buen humor. Demasiada muerte. Debía ocuparse de los vivos y de sus almas inmortales. Por los muertos no podía hacer nada más, estaban en manos divinas. Eso debía bastar para consolarles. "Espero que estén en un lugar mejor y no en el Infierno en que merecerían estar". Después de todo los policías habían disparado y antes más de ellos se habían comportado como matones. No le gustaba la muerte, mas sabia bien que muchos irían al Infierno y que así debía ser. Estaba escrito en a Biblia.

El conductor le miró con cara poco amistosa reflejada en el retrovisor. No contestó. Mara se apresuró a indicarle la dirección, entretanto el sacerdote se ocupó de su herida, dándose cuenta de la rápida regeneración de esta, parcial pues uno de los proyectiles seguía dentro, sin embargo extrañamente sanaba. Miró a los ojos de la chica, que le devolvieron el fulgurante brillo de la locura. Para la replicante el viaje en coche resultó incomodo con el resto de los mafiosos de a centavo con los que se había liado el sacerdote.  

Vaya putada –pensaba-. ahora dependía de la supuesta seguridad que me pudieran brindar estos tipos. Ahora más que nunca debía mantener los ojos bien abiertos porque en cualquier momento una traición se dejaría caer. Me deja con mal sabor de boca el ver a este hombre, al cura, envuelto en toda esta mierda. Le deprimía. 

Muy distinta era la reflexión de Ricco. Situación interesante, se decía a sí mismo, un sacerdote que se creía el salvador de esta puta ciudad, un mecánico con afán de protagonismo y una jodida zorra. El juego empezaba, Ricco tenía ante sí sus fichas en el tablero de ajedrez, algunas más fáciles de mover, otras más difíciles. Pero aún así simples piezas al fin y al cabo. Sonreía y fumaba, impasible.

Llegaron al motel. El recepcionista apenas se fijó en ellos, no quiso pensar en la clase de reunión que tenía allí con aquellos tipos y una joven a la que recordaba vagamente. No era asunto suyo los asuntos de los clientes. Le entregó una tarjeta magnética  a Mara , y siguió amodorrado, con una botella al lado medio vacía. El conductor se quedó en el coche y ellos subieron por las sucias escaleras, hasta un cuartucho falto de muebles, una cama con sábanas que hacía un siglo fueron blancas, y dos sillas. Contaba con un baño no excesivamente pulcro.

"Tendrá que valer", decidió Tomachio.  Había curado a Mara lo mejor que podía pero necesitaba que alguien le sacase la bala. No podían ir a ningún hospital. Y seguramente de poder hacerlo sería peor. No podía fiarse de los médicos, hombres de ciencia que creen que una persona es solo carne y hueso. "No podían estar más equivocados".  Se apenó por el recepcionista, “borracho. Que novedad. Si no beben, están drogándose, con mujeres de mala vida, robando coches, asesinando, metidos en peleas...ah, señor, que rebaño tan turbulento este. Al menos este tipo es inofensivo para los demás".

-¿Y ahora que?- preguntó a Mara.-Puedo intentar sacarte la bala, si quieres. Te dolerá, pero es mejor que esté fuera que dentro. Tú eliges. No soy médico.-Ni quería serlo- Pero puedo ayudar -Y claro, debía de ser él. No dejaría que ninguno de los otros husmease entre las piernas de la muchacha. Había que estar prevenido, quien es capaz de matar es capaz de cualquier cosa. Apretó con fuerza la empuñadura de su escopeta. Miró con dureza a Jacob y a Ricco.

-¿Que vamos a hacer?¿Querías ver lo que guardo e el bolsillo, no? –Afirmó más que pregunto a Jacob- Creo que es porque intuyes qué puede ser, y que tú y tú amigo Ricco estáis aquí por eso. Y seguramente tendréis razón.-Se sentó en la cama, se secó el sudor de la frente.-Así que podéis empezar a hablar, muchachos, lo que digáis no saldrá que de estas cuatro paredes. ¿Qué creéis que es lo que guardo y qué queréis sacar de ello?

Había que poner los puntos sobre las íes antes de seguir avanzando. ¿Hacia dónde? No lo sabía. Sí, pondría a aquella gente en su lugar. Si aquella empresa, sea cual fuere, iba ha resultar complicada no se dejaría rodear de ratas, a menos que supiese de que tipos de ratas de trataban. Suponía que de las más gordas y apestosas. Mara lo miró de arriba abajo, preguntándose de qué pasta estaba hecho este hombre. Se sentó en la cama, contempló su herida y se mordisqueó el labio inferior.

Jacob se recostó en una de las sucias paredes, indolente, sacó su paquete de cigarrillos. Se dijo a sí mismo que el cura era más suspicaz que un gato escaldado. No importaba, ya se avendría a razones, no daba la impresión de que fuera tan estúpido de ir por ahí con la escopeta disparando a ciegas sin saber lo que tiene entre la manos. Encendió su cigarrillo, pensando que iba siendo hora de comprar otro paquete, la fiesta en la que se había metido no tenía muchas pintas de ser de las que acaban rápido y una de la s pocas cosas que era capaz de ponerlo nervioso era no tener un silk cut humeante entre sus dedos. Miró a Ricco,

-Permítame hablar con ellos, Ricco, déjeme exponerles la situación.

Tomó aire y empezó a hablar:

-Si la chica aún es capaz de moverse, no necesita un medico, necesita un mecánico- expulsó el humo con tranquilidad-, nadie normal recibe esos impactos y sigue tan ancho, no obstante es tu decisión, chica,¿te llevamos al hospital?.No creo, algo me dice que no te atraen demasiado los hospitales, están obligados a dar parte de toda herida de armas de fuego que traten algo que en este momento a ninguno de nosotros le haría ilusión que pasase. Además de permitir que te registren el potenciador que uses, tu nombre, dirección etc...me imagino que todo ese papeleo y luz sobre ti no te haría ni pizca de gracia; de modo que tienes dos opciones, o permites que te llevemos a un doctor callejero que conocemos, o si no te interesa y como yo creo tienes alguna clase de prótesis permites que lo arregle yo, sea como sea no pienso dejar que te vayas desangrando por todos los sitios que vayamos, seria una gilipollez.

Lanzó el humo de una fuerte calada hacia el techo con una expresión cansada en el rostro, y preguntándose como narices había sido capaz de de soltar semejante parrafada sin tomar aliento.

Al padre Tomachio no le gustaron sus palabras. Habló sobre la chica y sobre sus heridas. "¡Un mecánico ¿ que se cree que es esta chica, un coche? Yo debo de parecerle una moto de baja cilindrada." Aunque tenía algo de razón. La chica le había parecido muy valiente mientras revisaba las heridas. No había gritado. Claro, que tampoco era una chica sensible. Todo lo contrarío, era una de esas mujeres capaces de volarte la cabeza sin miramientos. Escuchó la idea de un médico callejero. "Un carnicero, más bien. Seguro que la llevan a una sala llena de basura y gérmenes y que la chica muere dos meses después por culpa de una infección". Sin embargo Mara no parecía necesitar un médico. Puede que en lo del mecánico tuviese razón, aunque él no lo hubiera dicho de esa manera. "Prótesis. Seguro que lleva prótesis porque tuvo un accidente en el pasado. Que no lo haya dicho hasta ahora indica que fue demasiado traumatizante para ella, y ahora este tipo lo dice abiertamente. Debería de tener más en cuenta los sentimientos de los demás. Las palabras duelen, a veces más que las balas."

Mara se enfureció. Agitó la cabeza como si estuviese en un concierto de música Flash. Afortunadamente, se contuvo su estallido de ira. Miró con desprecio a Jacob, que parloteaba como si supiera de todo  cuanto se mueve en esta tierra de miseria. De esos capullos que les puedes meter un tiro y dejarles atrás pues, valen menos de una mierda. Un sabiondo de las calles.

-Idiota, no tengo ningún problema mecánico que cuidar. Sabes una cosa, cabrón –se puso en pie y le quitó su recién encendido cigarrillo de los labios-, no expulses por la boca tanta mierda barata igual que si hablaras con cualquier trasto de la ultima pocilga donde hallas echado tu pestilente y jodido culo- miró al padre, con ingenuidad, y corrigió- , trasero.

Se sentó de nuevo en la cama y apagó el pitillo en una de sus heridas a modo de chapucera cauterización.  El sacerdote se quedó blanco, y Ricco silbó de sorpresa y admiración.

- Esto no me impide andar, ni me he roto nada. Tienes suerte de que no haya sido en tu pierna o estarías revolcándote en patético dolor. Seamos claros sobre algo, imbécil –se levantó una segunda vez, y el cigarro aplastado lo devolvió a la boca de Jacob- sé corresponder. Trátame bien  y no tendrás queja de mi. Pásate de listo y te aplastaré igual que a esta colilla.

El mecánico levantó las dos manos, a modo de dejar las cosas como estaban, no era asunto suyo, se apartó de la pared.

-Vale, tía, calma. Ya me ha quedado claro –claro lo jodidamente loca que estás.

Centró su atención en el sacerdote:

- Escúcheme padre, hagamos un trato, me permite examinar el objeto, delante de usted- levantó las manos en gesto pacificador- sin trucos, ni tonterías, no estoy de humor para gestos idiotas como provocar una pelea con alguien que ha sido capaz de despachar así a uno de esos tipos. El recepcionista parecería drogado pero le garantizo que en cuanto oiga el primer tiro llamará a la poli; si el objeto es lo que buscamos hablaremos de porqué un escuadrón de la policía especial se ha plantado en su iglesia, de porqué ha estado esta noche en la comisaría y del motivo de que la chiflada, evidentemente una psíquica lo dejase a su cuidado; si no, sencillamente saldremos por la puerta, sin hacer ninguna clase de ruido, sin trampa ni cartón; les dejaremos a usted y a la chica en donde quieran, luego su destino estará en sus manos o las de Dios como prefiera. No obstante le advierto de que si quiere meterse en este asunto lo hará bajo su responsabilidad; esta situación no es algo con lo que se pueda jugar a la ligera-


El cura  escuchó  su perorata con la atención más puesta  en Mara que en Jacob. "Habla demasiado. Se muestra demasiado gentil, demasiado dispuesto a ayudar. No confíes en él.¿Has olvidado ya confiar en la raza humana, Tomachio?¿Te has olvidado? No, pero últimamente solo encuentro lo peor del pozo del Infierno. Solo soy cauto. Eres un desconfiado, Jesucristo nunca perdió la fe en los demás, ni siquiera cuando le crucificaron". Y aquella voz tenía razón. Su propia voz. Se sacó aquella cosa del bolsillo y se la entregó al mecánico.

-Jugar a la ligera.-Sonrió, una sonrisa vacía.-Llevo en esto demasiado tiempo, hijo mío. Antes de que tú fueras un vestigio en el corazón de tus padres yo ya paseaba por estas calles alejadas de la ley y de Dios. Jugar a la ligera, ojalá pudiera hacerlo alguna vez, pero ese tiempo ya pasó. Puede que sea un simple sacerdote pero la maldad del hombre no pasa en vano delante de mí. Tengo mi fe y tengo mis oraciones, confío en las personas...y si todo falla.-Elevó la escopeta.-Tengo otros métodos. Sé donde me meto...-"Aunque no el motivo".

Jacob no pudo evitar una sonrisa de satisfacción. Examinó con ojos ávidos de experto  el objeto. Su mirada se cruzó con la del mafioso Ricco, sumido en sus pensamientos, divertido por la escena que tenía ante sí. Se decidió finalmente a hablar, a tomar el control. Sabía que el ser agradable y cortés no servía con un cura, al menos no con uno como el que tenían allí. Tampoco la puta parecía agradecer tal comportamiento. Él se mostraría sincero. Mostraría su sinceridad.

- Gracias Jacob, encárgate de comprobar la barra lo mejor que puedas y sepas. Me alegro de que confíe en nosotros, padre, sobre todo teniendo en cuenta la situación en la que nos hemos conocido. Pero opino exactamente igual que usted. Las cartas sobre la mesa. La mujer que le dio este trasto es una ladrona, ni más ni menos. Por eso la buscamos, y, como habrá podido adivinar, no somos policías, ni mucho menos. Ese cilindro tiene datos importantes, cuentas bancarias, programas informáticos o virus. No lo sé. Tampoco me importa, ciertamente. De hecho si me lo llevase a mi casa no serviría más que para decorar  como pisapapeles, hace falta un ordenador potentísimo para desencriptarlo, pero ese no es el caso. Tan sólo se que es el tipo de datos que una empresa oculta a las autoridades y que encarga su recuperación a gente más discreta.

Hizo una pausa, no era un discurso, podía tomárselo con calma.

 - Comprendo que mi trabajo quizás no le resulte el más apropiado según la senda cristiana, pues a veces debo emplear métodos bruscos con los criminales, al fin y al cabo no pertenecemos más que a una empresa de seguridad. Sólo que no hacemos preguntas. Simplemente eso. Bien, repito, nuestras cartas están sobre la mesa. La ladrona no solo robó ese dispositivo, se llevó más con ella, por eso es vital que nos diga todo lo que sepa sobre esa mujer - volvió a detenerse - Obviamente puede optar por contarle todo a la policía. Pero entonces sólo se crearía nuevos enemigos. Por un lado la empresa que fabricó el dispositivo, que quizás tomase represalias económicas y embargasen su iglesia, y por otro lado, y lo que es más grande, la mujer que se lo entregó, cuyas represalias mucho me temo que serán... Más desagradables. Jacob y yo vimos como asesinaba a dos tipos mientras la vigilábamos... - una nueva pausa - Claro que también cabría la posibilidad de que tratase de devolverle el artefacto, aunque supongo que esta vez existe una traba mayor. No creo que uno de los Diez Mandamientos consista en ayudar a quien roba bienes ajenos. Por no mencionar que la gente que entró en su iglesia posiblemente sean agentes de la policía corruptos trabajando a saber para quien. Los otros policías no entraron a ayudarle, sino a terminar el trabajo de los otros dos. ¿Lo pilla, verdad?

¿Por qué una psíquica confía en un cura? ¿Lo conocería de algo? ¿Quizás su cómplice? Esperaba que realmente los sacerdotes no mintiesen.


Era un gran orador, sin duda, pensó Tomachio. Mezclaba los buenos modales con la verdad más cruel. Embargarle su iglesia, morir de forma horrible a manos de la fugitiva, sí, eran las otras alternativas que Ricco le mostraba. La mejor opción era seguir con él. Al menos, eso les lo que él quería que creyese. Para Tomachio, Ricco había obviado un último camino: seguir el propio. Miró con displicencia al joven.

-No intentes meterme miedo, muchacho. Solo temo a la ira de Dios y sobre eso, tengo las espaldas bien cubiertas ¿ no crees? Si pierdo mi iglesia construiré otra, y si muero lo aceptaré como la voluntad de Dios. No soy de los flaquean por unas cuantas palabras.-Le desagradaba tener que mostrarse así ante los demás, pero esta clase de gente no entendía otro tipo de palabras.-Te diré todo lo que sé sobre esa desconocida. Nada. Vino a mi iglesia. La perseguían. Dejó caer eso que tiene tu amigo entre las manos en mi bolsillo. Y yo lo oculté. Pero no la conozco, no la había visto antes y sí, intuyo que tiene un don mental. Soy ignorante en todo esto. No sé lo que me dio, ni como espera recuperarlo. Tampoco sé como adivinó que yo se lo guardaría, puede que mirase dentro de mi mente.

No lo sabía, en la viña del señor hay gente muy extraña con increíbles capacidades.

-Ya que quieres todas las cartas sobre la mesa, te explicaré para que guardo eso. No es para ayudar a una asesina. Si piensas tal cosa eres igual que esos policías que imaginaron que había algo más que palabras entre Mara y yo.-Se pasó la mano por la boca, se relajó.-No puedo ayudar a todo el mundo. Hay gente que no quiere que la ayuden. Ni siquiera a la fuerza. Drogadictos, ladrones, asesinos, borrachos, maltratadores, narcotraficantes. Ellos creen que su vida está bien y hasta que no se dan cuenta de que no lo está, no piden ayuda. ¿Y cómo lo hacen? Vienen a mi iglesia. A veces son solo un par de yonquis que creen que en ese lugar tan oscuro encontraran un sitio tranquilo para tomar una nueva dosis. A veces son asesinos que huyendo de la policía se esconden en el templo. Y yo me tomo eso como una señal divina. Sé muy bien que los que entran no piensan en la redención, pero también sé que Dios me los manda. Entre tantos callejones oscuros él les guía a mi iglesia, no existen las casualidades. Y esa mujer entró en ella. No guardé eso para entregárselo. Solo quiero encontrarla, entenderla y ayudarla. Si todo sale bien se lo devolveré a quien pertenezca. Pero no entregaré a la mujer a la policía ni a vosotros. La cárcel no ayuda a nada. Y si todo sale mal no creo que importe mucho donde haya ido a parar ese trasto. Solo importa el alma de esa mujer.

Muchos de los que habían escuchado ese pequeño discurso, esa pequeña parte de él, lo habían tomado por un loco, un soñador, un romántico y un idiota, todo a la vez.

-Tú, Jacob, Mara...también entrasteis en mi iglesia, ¿recordáis?-Sonrió, esta vez la sonrisa fue débil pero sincera. Se dirigió de nuevo a Ricco- Lo que no entiendo es ¿trabajáis para una empresa secreta, de investigación?

Reflexionó sobe el último comentario de Ricco.

-Esos dos hombres buscaban a la mujer. No parecían ser amigos suyos. Así que es cierto, hay alguien más, aparte de vosotros, que la busca.-Respiró profundamente.-Si un puñado de pecadores hubiera usado las palabras en lugar de las armas puede que ahora alguno de ellos estuviese vivo para poder preguntarle qué está pasando. Pero la gente es violenta. Todos han muerto, salvo el que se escapó.

-Terroristas, padre. Como estos dos. Me meo de la risa. Ninguna corporación de policía o investigación privada actuaría con los métodos que vosotros usáis, ellos son mas institucionales. Así que mejor nos dejamos de idioteces y nos habláis mas en claro. Después de todo a mi me da igual vuestro papel aquí. Si esa chucheria se trae tanta información vayamos a buscar algún lector que lo pueda interpretar y lo destruimos.. El objeto por el que nos persiguen quedara inútil, y quizá les sea mas fácil desaparecer. Me pone de mala actitud el tener que esconderme como un bicho en las calles y veo que a vosotros igualmente. En cuanto a que quieren quitárselo al padre no se lo pondremos fácil. No tienen idea con quien se la juegan.

Jacob encendió otro cigarrillo. “Decididamente loca de atar”. El Italiano opinó lo mismo.

- Creo que no me han entendido.

Ricco se rascó su cabeza en un gesto casual, demasiado casual quizás.

- Primero de todo, padre, no intento meterle miedo. Imagino que habrá visto suficientes cosas como para que una simple amenaza de que puede acabar cerca de Dios no le asuste. El barrio de su iglesia no es precisamente para curas asustadizos.

Giró la cabeza hasta echar un vistazo por la ventana, fuera un par de tipos ebrios discutían sobre quien debería coger el coche. Al final la fuerza se impuso y uno de los dos empujó al otro al asiento del copiloto, en breves segundos se perdieron en la oscuridad nocturna. Una farola parpadeó.

 - Tampoco pertenezco a ningún cuerpo de policía, ni secreto ni encubierto ni nada por el estilo. Digamos que hay empresas que, dentro de la legalidad, tienen documentos o datos que, o bien no les interesa que sean conocidos por las autoridades por circunstancias que no vienen al caso, o bien temen que alguien pueda robarles dichos datos, por lo que los guardan con el mayor celo posible. Incluso de las fuerzas del orden. Para recuperar esos datos recurren a empresas de seguridad privada, de la que formamos parte tanto Jacob como yo. La ventaja que ofrecemos es que simplemente no han de darnos explicaciones acerca de qué contienen esos elementos, simplemente los recuperamos y fin del caso.

¿No entendían o no querían entender? ¿Acaso trataban de ponerle nervioso? Ilusos.

 - Imagino que hizo bien en entregarle a usted el dispositivo. Aún así si usted dice que no conoce a la muchacha confío en su palabra. Nunca vi a un cura mentir. - sonrió, ahora quien mentía era él. Descaradamente - De todas formas la muchacha volverá a por el artefacto. Y sabrá dónde encontrarlo, aunque se esconda, de eso no me cabe la menor duda. Supongo que entonces podríamos hacer ambos nuestro trabajo. Yo recuperar los cilindros robados, y usted tratar de encarrilarla en el buen camino..Y espero que sea bueno en su trabajo, si la mente de una persona es enrevesada imagínese el laberinto que puede suponer la de un psíquico.

Jacob husmeaba, trasteaba con el cilindro, observándolo desde diversa posiciones, buscando y no encontrando.

- Si me lo preguntáis os diré, que soy cien por cien artificial –soltó de súbito Mara. Jacob chasqueó la lengua, en señal de que lo sabía, de que su intuición fue correcta.


sábado, 31 de marzo de 2012

LOS ÁNGELES, 2029 -11


11



En la entrada, el agente que custodiaba la misma les había solicitado a Jacob y Ricco que aguardasen. Una sonrisa de medio lado fue su respuesta al comentario de que iban a rezar. Se escuchó el inigualable sonido de dos tiros en el interior. Silencio. Al poco de nuevo ráfagas cargadas de muerte.

- ¡Atrás! Largo de aquí. ¡Deprisa! ¡Vamos! – gritó el policía que corrió hacia el interior de la iglesia, engullido por las sombras de más allá del gran portalón. El otro se acerca corriendo, se detuvo junto al portalón, los apuntó con ademanes claros de que desaparecieran de ahí. Se pegó a la puerta, medio abierta sujetándola con la pierna.


Ambos no aceptaron la amable petición del policía. Actuaron rápido y el agente especial cayó al suelo con dos orificios en la cara y frente. Antes, demostró que estaba bien entrenado y se llevó por delante a uno de los compañeros de Ricco, que se había unido momentos antes a la pareja, al que llenó de metal su pecho. Entraron, Ricco cargando contra el poli y el mecánico detrás, disparando sin mucho tino, sintiéndose fuera de lugar, pero mostrando la pasta de la que estaba forjado. Los de dentro supieron defenderse y repelieron la agresión.


-¡No, no! ¡Deteneos!

Los gritos del cura quedaron apagados entre los disparos. Había visto llegar a dos agentes más, y también otras dos personas por la puerta principal. Creyó reconocerlas, eran dos de los testigos de esa misma noche. Seguía gritando, clamando a la razón y a la piedad, sin embargo eso no parecía servir de nada. Los policías, aquellos hombres, los criminales, aquella mujer...
Se quedó detrás de la columna, temblando de impotencia. ¿Qué podía hacer? No podía purgar aquellas almas. Las armas no deberían de existir. Veía a esa gente matarse por motivos estúpidos. Disparaban en lugar de hablar. Siempre había sido así. La gente prefería la violencia a la paz. El fuego se combate con fuego, pero este no. Era demasiado cálido. Se derretiría, era el fuego del infierno


Cuando todo hubo terminado, en el recinto sagrado los tres policías estaban muertos. Humeaban los cañones, solo quedaba en pie Ricco y Jacob, ilesos, Mara,  y el padre con un corte en la mejilla derecha, el rasguño de una bala que  apenas le rozó el rostro. No podía estar seguro si él había sido el causante de alguna de las. No había rastro del otro tipo, el de aspecto de vagabundo, ¿dónde se encontraba? Únicamente Mara había visto como lograba esfumarse por el pasillo de la puerta trasera.


-Todos...condenados.-Murmuró Tomachio.

Vio los cadáveres. Gente que no volvería a respirar, a reír, a llorar. Muertos. La muerte era algo terrible. La gente moría en un accidente y era algo horrible, por la edad seguía siendo igual de insoportable. Más la muerte causada por otros hombres era algo que el sacerdote nunca llegó a entender. No sabía como enfrentarse a eso. Cerró los ojos, dejó escapar las lágrimas y fue de cuerpo en cuerpo, otorgando la extremaunción a todos aquellos que habían caído. Mientras, su alma se resentía y sus buenas intenciones se quebraban como simple arenisca.

Al finalizar sus labores religiosas se dejó caer de rodillas, enfilando al altar, y extendió los brazos.

-Lo siento, señor...-Había fallado otra vez. Más muertes. Más dolor, más sufrimiento. Intentaba salvar a aquellas personas que sentenciaban a otras. ¿Qué mundo era aquel? No había dos bandos, solo uno, el más oscuro, y todos se mataban entre todos...

Se puso en pie, abatido, miraba al suelo, encorvado. Estaba cansado. Había dejado de estar furioso para estar triste. Comenzó a hablar, igual que si fuera el sermón de los domingos:

-Sois todos unos malditos asesinos. Esta es la casa de Dios. ¿Cómo os atrevéis a mancillar así el regalo que Él nos dio? Sois los hijos condenados del señor, no dejaré que Él llore por vosotros, yo lo haré. Dais verdadera lástima... ¿No entendéis que este no es el camino y que lo que habéis hecho no tiene marcha atrás? Necios, asesinos, ¡locos os llamo!

Bajó el tono de su voz, apesadumbrado y amargado.

-He de cuidar de vosotros. No sois la oveja descarriada...sois el carnero que paseó cerca del río de los muertos. Matáis sin saber que un día vosotros caeréis en esas aguas y que entonces comprenderéis que este no era el camino para vuestra vida...entonces será demasiado tarde.-Se contuvo, alzó la vista.-Pienso que aún puede haber esperanza. Incluso para basura como vosotros.

Observó a Mara, la muchacha estaba a lo suyo. Miraba con rabia sus heridas, se sentó una de los bancos y examinó las perforaciones. Arrugó la nariz. Le fastidiaba mucho más la reacción patética de los demás cuando vieran alguna parte plástica o artificial de su cuerpo. Le enfermaba ese momento en el que todos la despreciaban y la miraban con asco, relegando a un oscuro rincón el deseo que antes podía ver en sus ojos. Se abrazó las piernas para que no mirasen demasiado que no sangraba en exceso ni que se encontraba tan mal como debiera un ser humano.  Se sentía tan frágil que podría incluso romperse.

Tomachio se decidió a sacar del bolsillo el objeto que le había entregado la mujer con aquel don -Me lo entregó la mujer por la cual nos detuvieron a todos. No sé donde está, pero voy a dárselo. Para entender esta masacre he de seguir adelante, más allá del valle de las sombras. Vendréis conmigo, esto también os atañe...-Se mostró firme, inflexible.-Volved a matad a alguien y yo mismo os ejecutaré...Esto es lo único que entendéis ¿verdad? Las amenazas, la fuerza, la violencia. Venid conmigo si queréis, si no volved al mundo depravado del que provenís.-Les dio la espalda.-Pero si venís conmigo debéis prometer no volver a pecar como lo habéis hecho aquí…

Ricco sonrió, condescendiente. La palabrería del sacerdote le resbalaba igual que al agua en la carrocería de su flamante coche. Un destello de sumo interés asomó a sus pupilas cuando vio el objeto durante un segundo. Pensó que ante sí tenía una de esas cápsulas de Sintroc. Es más, tenía la llave para encontrar el resto. Se lo acababan de poner en bandeja.

- Iré con usted,  padre. Puede apostar que mis armas permanecerán en su sitio mientras haya alguna alternativa pacífica - y una mierda - y lo que más lamento es haber mancillado este sagrado templo, mi familia siempre ha sido muy religiosa - al menos cuando convenía - y tengo un gran respeto y fe.

Intervino entonces Jacob, espoleado por lo que, astutamente, el cura había ocultado hasta ahora. Eso le había sacado de su angustia y excitación tras lo sucedido. Le temblaban las manos y trató de serenarse.

- Hola padre. Chica- saludo como si nada a los dos - lamento el tiroteo. ¿Padre?, ¿puedo ver eso por favor?- extendió la mano con tranquilidad y sin mostrar ningún tipo de agresividad, solo afán profesional.

El padre cerró el puño sobre aquella cosa antes de que Jacob la cogiese.

-No soy tan estúpido -Lo guardó.-Esto se queda conmigo hasta que comprenda porque todos están dispuestos a matar o morir por algo tan insignificante.-Vio de refilón a Mara, encogida, abrazada a sus piernas, la sangre resbalaba hasta el suelo.

-Si te han herido creo que hay un botiquín en mi habitación...-"Sigue siendo una asesina, Tomachio, ¿lo sabes, no? Igual que aquella a quien le guardas esa píldora negra. Todos, todos allí son unos asesinos. Incluso ese mecánico ¿viste acaso piedad o pesar en sus ojos cuando vio los cuerpos?....No, no vi nada en sus ojos, solo brillaron cuando saqué esta cápsula o lo que sea...ninguno de ellos merece la pena ser salvado y aún así te preocupas por si han herido a la mujer ¡Qué la jodan! Déjame solo cuatro cartuchos del Purificador y solucionaré esto...No, jamás seré como ellos".
La gente en aquella ciudad había olvidado lo que era la muerte. La veía a diario en sus más macabras formas, y o te insensibilizabas o te volvías loco. Otra puerta que se cerraba en la mente del padre. Se sacudió la cabeza, como si hubiese estado sumergido en un sueño.

Mara no contestó. Seguía abrazada a sus rodillas, en silencio. Vio su sangre, demasiada, le pareció. No sabía cómo fingir lo que no era. Levantó su cabeza hacia el techo.

-Solo es un rasguño.

Tomachio estaba harto. Empezó a caminar hacia la salida trasera, y de paso a su habitación, en busca del botiquín. La policía no tardaría en venir. No se tomarían muy bien que algunos de sus hombres hubiesen sido asesinados. Se había adentrado en un juego oscuro del que no deseaba salir. Llegaría al fondo de aquel asunto y lo cambiaría desde dentro, como a aquellas personas. Y si nada podía cambiar, simplemente lo eliminaría...Empezaba a estar cansado, siempre ponía la otra mejilla, y era fácil. Fácil cuando la mejilla que ves reventar no es la de otra oveja descarriada...

Jacob se encogió  de hombros ante la negativa del padre, más tarde o más temprano obtendría lo que quería, de un modo u otro, y podría comprobar que es lo que buscaban, pese a las ganas que tenía de echarle el guante. Era una persona paciente, no obstante esperaba no tener que recurrir a la violencia para conseguirla, el padre parecía ser de los que no les importa dar un par de hostias sagradas bien servidas con escopeta y a la cabeza. Se acercó al Italiano.

-¿Leone, puedo hablar un momento con usted? La furgoneta de la poli de ahí fuera no es una patrulla normal, y la actuación de estos polis apesta a que no trabajaban para el servicio de Policía de la ciudad. Sugiero largarse cuanto antes. Además, necesito un sitio donde verificar esa pequeña maravilla, si podemos convencer al cura. Así sabremos si es lo que buscamos.

Ricco cabeceó en asentimiento, mostrando una sonrisa de depredador,

- Vamos, utilizaremos mi coche,

- Te interesan más las paredes y el suelo de este lugar que las vidas que te has llevado –dijo de pronto Tomachio, girándose hacia Ricco. Negó con la cabeza, abatido, mientras seguía respondiendo-Creo que tienes fe, pero no es en Dios,  chico – Se fijó en el interior destrozado de su iglesia. Se había preocupado por mantenerla de una pieza y ahora estaba agujereada como un colador. "De nada sirven estos muros tan fuertes si los que hay dentro mueren igualmente".

Cerró el puño sobre aquella cosa antes de que Jacob la cogiese.

 -La policía vendrá pronto, será mejor que nos vayamos. Aunque no tengo ni idea de a donde ir -Y una oración. "Dios guarda mis manos de los demonios, no dejes que me involucre en este infierno, ayúdame a ser una estrella en esta negra oscuridad, un guía, y no un cometa más que va ha la deriva, arrollando y chocando contra todo lo que ve, hasta que se consume...Amén”.


- A ver –Mara se puso en pie, todavía con la escopeta en su poder, cojeando un poco. Se dejó caer en el hombro del padre tratando de hacer mejor su actuación -conozco un motel que bien nos puede sacar de este reguero de mierda

-Papi- continuó hacia quien consideraba un galán de papel que había ofrecido el auto- Tú conduce y yo te digo el camino. Solo larguémonos de aquí ya. Todos...ahora  estamos en esto.

El mecánico estuvo de acuerdo, la idea de la chica era buena aunque un motel consideró que era  un sitio demasiado fácil de encontrar y localizar, pero para desaparecer ahora valdría.

-Buena idea chica- la felicitó mientras encendió un cigarrillo, con dedos temblorosos todavía, y se arrodillaba ante el cadáver de uno de los polis par echar un vistazo a su equipo e identificación por si acaso llevaba algo de interés para sus asuntos -Allí podremos charlar tranquilamente sobre todo este embrollo, y curarte esas heridas. No se como rayos aun eres capaz de caminar.

“Seguro que va colgada”, pensó. O eso o tiene implantes potenciadores, nadie normal se lleva dos tiros así en las piernas y se queda tan tranquilo como ella.

-Pobre diablo - gruñó al ver los agujeros en su cuerpo- ser bota negra no es tan bonito como lo pinta el cartel de reclutamiento ¿eh?- la amargura fue más que patente en su voz.

domingo, 18 de marzo de 2012

LOS ÁNGELES, 2029 -10


 

Un muerto en tierra sagrada, alguien que agonizaba en su iglesia. ¿Como se había llegado a esto? , se preguntaba el padre Tomachio. La chica estaba loca, asustada o perturbada por algún motivo. Disparaba con demasiada facilidad. Nadie parecía darse cuenta del daño que hacen al apretar el gatillo de un arma. La perdida de una vida, especialmente si era de un alma descarriada, era muy importante para Tomachio. Aún agonizaba, aún había esperanza. Estaba dispuesto a no dejarse vencer.

Su compañero no hacia más que hablar. Respondería con nuevos crímenes. "Mal de nuevo, padre.". Aquellas palabras resonaron en su mente. "Yo solo quería hablar....y he fallado. Por eso un hombre moría y, no, no era tiempo para la autocompasión, aún podía hacer algo, aún estaba vivo". Habló hacia la mujer de nuevo, indignado, empecinado en la no violencia, al borde de la furia.

-¡Detente! No vuelvas a disparar en esta sagrada casa. De hacerlo yo mismo te expulsaré a patadas.-A veces hay que dejar de guardar las formas. ¿Sería capaz de hacer lo que había dicho? Sí, si la chica repartía más muerte.-Guarda el arma, hija, guárdala, y no dejes que esto vaya a más. Matar no soluciona nada.

Mara no participaba de su punto de vista. Vio que el atacante se escondía detrás de una columna, al amparo de la  profunda penumbra que ensombrecía el interior de la iglesia. No bajó el arma y calculó su siguiente movimiento, un disparó al pecho, destrozando los pulmones. Visualizó las costillas partidas y el corazón agujereado.

Pensó en que podría recibir un disparo; podría resistirlo, el problema sería la reparación posterior, cuanto le costaría, su dinero era escaso. Y además el desplazamiento a la zona este, donde comenzaban los yermos. Mala cosa.

El sacerdote se giró hacia el tipo que se escondía detrás de la columna y le habló:

-Tu compañero está herido de gravedad. Llama a una ambulancia o ve a pedir ayuda. Luego discutiremos. No pienso dejarle morir.

Se acercó al moribundo. Ninguno de los presentes, excepto él, era un buen cristiano. No les interesaba la vida de aquel hombre, ni pedirían ayuda ni harían todo lo posible por evitar una muerte estúpida. Miró a Mara. No sabía que le sucedía; negó con la cabeza, lleno de infinita tristeza. Le dio la espalda a ella y al otro tipo,  y se agachó junto al desconocido que iba a morir en su iglesia.

Probó de taponar la herida del cuello con las manos, al mancharse de sangre caliente se rasgó las mangas de la chaqueta e intentó cubrir con ellas la brutal herida. No le gustaba aquello, y comprendió que poco podría hacer por el sujeto. Quizá algo por su alma.

-Tranquilo, todo saldrá bien.-Se giró unos momentos, son las lágrimas sobre los ojos y las cejas en posición de furia.-¡¡Id a pedir ayuda!!¡¡¡Ahora!!!-Luego su rostro se calmo y volvió a mirar al moribundo.

-No te preocupes, resiste. Aguanta, la ayuda no tardará en llegar...-¿Tardaría? Prefería darle falsas esperanzas que enfrentarle a la realidad en los últimos momentos de su vida. No sabía que hacer, ¿podía hacer algo? Se santiguó, manchando su frente de sangre.

-Señor, ayúdame...ayúdale...

- Esta es tu casa, padre –respondió la replicante-. No dejaré que ningún saco de mierda venga a ordenarte ni decirte que hacer.

Luego le gritó al que se protegía en la columna, sin dejar de apuntar:

-Eh, tú. Tu amigo se va a morir por vuestra estupidez, y luego te tocará a ti. Aquí nadie entra con amenazas. ¿Sabes que significa nada? Pues nada es lo que te llevarás porque es lo que hay. Rectifico, te encontrarás con el vientre reventado. ¿Me escuchas bien ahí detrás escondido? Si buscas a la idiota de tu amiga se largó por la puerta de atrás. Si tu eres tan bueno en lo tuyo ve y búscala. No me interesa que es lo que quieres pero aquí no está. Solo entró y se largó, encima de todo nos echó encima a los perros policías.

La cháchara de Mara se terminó de forma brusca cuando el  tipo se saltó el tres y cuatro, lo cual ya estaba esperando Mara. ¿Qué necesidad había de llegar a cinco?, y saltó inclinado a un lado de pronto cruzando parte del pasillo disparando su subfusil. Ni él ni la muchacha hicieron caso alguno del sacerdote, tampoco se atendieron mutuamente, se la traía floja a Mara lo que el desconocido propusiera y a este los improperios e insultos de la chica. La replicante abrió fuego igualmente lanzándose a un lado, cayendo al suelo y ocultándose entre los bancos y columnas más próximos al altar. Sintió el ardiente mordisco de un proyectil que rozó su muslo izquierdo dejando un buen corte y un segundo impacto cerca del primero con orificio de entrada y salida. Repelió el ataque con un par de descargas, las cuales atronaron en el interior del recinto sagrado; la primera casi alcanzó el cuerpo de su oponente, la segunda atravesó su antebrazo. Cayó detrás de los bancos opuestos de nuevo parapetado en otra de las columnas.

“Un tiro limpio”, pensó Mara. Un poco de cuidado y la piel se regeneraría. Reptó medio metro, luego corrió agachada cubriéndose tras el altar. Entretanto, el padre Tomacchio vio la escena como a cámara lenta, y notó como la cabeza del herido se giró a un lado, la cara perdía su color natural adquiriendo de súbito una tonalidad cenicienta, pálida; los ojos vidriosos miraban al infinito. Un último suspiro.

Las manos del sacerdote ensangrentadas, un muerto en su iglesia. Nadie le escucha.

-Lo siento, hijo mío.-Murmuro Tomachio. No había podido salvarlo. Estaba al borde del llanto.-Lo siento, señor.-Se recompuso, tenía algo importante que hacer.-Oh señor, acoge a este alma en tu seno y perdona sus pecados, sus crímenes. Espero que arrojes algo de luz a su existencia. Perdónalo, señor.

Se escuchó un leve crujido en el umbral de la entrada, el sacerdote alzó la cabeza, Vio aparecer un agente de policía armado con un fusil que, aprisa, se resguardó tras otra columna. El padre Tomachio observó, apesadumbrado y comprendiendo,  que se intercambiaba señas con la mano con el mendigo falso.

- ¡Policía de Los Ángeles! ¡Arrojen sus armas y coloquen los brazos sobre la cabeza! ¡NO lo repetiré!


La extremaunción Ignoraba los disparos, las voces, la de la chica y la del policía. Un hombre había muerto. La iglesia debía de ser un refugio para los débiles y los desamparados, pero incluso allí, la gente moría. No era un refugio, había fallado. La gente seguía muriendo. No, la gente seguía matando. Ahí estaba el problema. El padre recogió el rifle del muerto y se puso en pie.

-Este hombre ha fallecido.-alzó la voz, tétrico- Merece una sepultura digna. Ahora está en paz con Dios...-Y estalló, al borde del fanatismo, al borde, sin pasar la barrera.- ¿A nadie le importa? ¿Qué clase de mundo es este? La policía trata a todas las personas igual que a criminales. ¿Qué fue de eso de que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario? ¿Ha desaparecido? ¿Ya? Todos somos culpables, eso es lo que creen. Un rumor puede destrozarte, y al anochecer te encuentran en una comisaría llena de gente, y te acusan de acostarte con una mujer cuando uno no ve a una mujer desnuda desde...ni siquiera me acuerdo...No hay honor entre ladrones, y las chicas se prostituyen y matan a sangre fría.¿Qué clase de mundo es este? Oh, señor. ¿Por qué nos has abandonado? ¿Por qué?

Cerró los ojos, debía de hacer algo. Sujetó el rifle con firmeza, era el momento de purificar. Para entonces ya no oía voces, solo llantos. Era el mundo que lloraba.

-¿Es que acaso no queda nadie en esta ciudad por el que merezca la pena luchar?-Apuntó hacia la columna tras la que se había escondido el agente, disparó. No quería herirle, solo decirle sonoramente que si se movía sería blanco fácil. El proyectil levantó esquirlas de yeso y ladrillo.

-Atrás. No quiero matar a nadie.

- Padre, empaque sus cosas, nos largamos –le susurró Mara-. Esto ya es mucho para un día.

Asintió el cura. Escaparían por la puerta de atrás, sin quitar ojo a la columna donde se escondía el agente.

-Esto me obligáis a hacer. Se os da la vida, un don preciado, y la oportunidad de algo bueno con ella. ¿Y que hacéis? Esto. Cuando Cristo murió en la cruz seguro que no pensaba estar dando la vida por un puñado de malhechores como vosotros.

Apretaba los dientes, su rostro era una burlesca mueca de la expresión bondadosa y preocupada que había sido antes. La chica se largaría con él, era una pecadora...y ni siquiera estaba arrepentida. Eso era lo más terrible. Arrebatarle la vida a un hombre y no soltar ni una lágrima de cristal...

A Mara no le importó la irrupción del policía, a todas luces metido en al asunto con el otro sujeto. Recargó la escopeta con los dos cartuchos que le restaban, y una fea sonrisa malévola maquilló su bonita cara, el departamento de policía podía descontar su nómina de este mes, si es que ese agente corrupto realmente pertenecía a las fuerzas del orden. Se puso en pie y abrió fuego de nuevo,


La iglesia se transformó en el escenario de combate propio de los suburbios de la Zona Muerta. Los disparos de Mara se cruzaban con las ráfagas de las armas del policía y del otro asesino. El sacerdote avisó al agente. Estaba casi fuera de sí el padre, alzando la voz, frustrado, amargado pero sobre todo iracundo y furioso. Su voz fue acallada por más disparos. Silbaban las balas, los estallidos centelleantes de las descargas, volaron por los aires trozos de madera, ladrillo, yeso y plástico. Entonces aparecieron otros dos agentes de la autoridad por el pasillo de la puerta de atrás, que acababan de reventar. En el mismo instante,  por la puerta principal, otros dos hombres hicieron su aparición, sus armas escupiendo fuego contra el poli.

Conocían a uno de ellos, se trataba de Ricco y Jacob.

sábado, 10 de marzo de 2012

LOS ÁNGELES, 2029 -9




Rezó por todos y por todo, menos por él. Humildad y confianza en los demás. Tal vez excesiva. Había sermoneado al inspector, a sus compañeros testigos, a la chica de la calle. Así mismo incluso. Era su deber, su obligación. Su vida. Se quedó sentado con la escopeta al lado, con Mara persistente en su mirada vacía y de vez en cuando contemplándolo extrañada, como si no supiese quien era. Afuera dos coches de la policía silenciosos vigilaban. Hacía solo unos momentos que el resto de agentes acababa de marchar de fisgonear en la iglesia. El padre Tomachio esperaba a alguien, creía que la fugitiva regresaría. Tenía algo de ella. Un trozo de metal y plástico que la mujer le entregó quizá para protegerse, confiando en un sacerdote. En quien mejor.


La puerta de entrada se abrió un poco y entraron dos vagabundos tosiendo y encorvados, con capuchas y chaquetas sucias y rotas, y una botella de alcohol en la mano. Avanzaron unos metros tambaleándose hasta que uno de ellos se irguió y con voz serena y carente de ebriedad rompió la escena tan encantadora:

- Lamento interrumpirles. Solo un momento, luego sigan. Padre, tiene algo que queremos. Me lo da y nos vamos. Ahórrese problemas. Me entiende, ¿verdad?

Mara se giró hacia los recién llegados. Le parecieron dos  cajas negras parlantes, ondulaban en medio de una luz roja. ¿Cajas negras? Más bien eran bolsas para basura con un ojo rojo, si... Bolsas para basura con algo revolviéndose dentro que no cesaba en su contoneo. Su cerebro no reaccionaba. Miró al sacerdote y lo vio normal, nada de manchas negras goteando viscosas desde el techo.


- ¡Ah qué bien! ¡Estás bien! – abrazó de pronto al padre y continuó así unos instantes. Tomachio se mostró adusto e inerte ante el abrazo de la chica.

-Un poco de decoro, hija mía, un poco de decoro.-No sabia si sus palabras la habían convencido o el efecto de las drogas se le había pasado. Puede que fuese algo mental y necesitase ayuda de verdad. No debía mostrarse duro con ella hasta que no lo supiera.

Más invitados. Con pinta de mendigos. Y puede que lo fuesen. Sin embargo el cura sospechó. Quizá solo una tapadera. ¿Como entrarías tú en una iglesia vigilada por la policía teniendo en cuenta que el disfraz de párroco ya esta cogido? De mendigo, claro. Se mantuvo alerta y atento. Escuchó las palabras. "La noche mejora por momentos". No le había gustado aquello de "Ahórrese problemas". ¿Pensaba que iban a amedrentarle? ¿A él? ¿En la casa de Dios? Todo aquello tenía la pinta de no terminar muy bien. Tampoco podía montar un escándalo estando la policía afuera. Lo mejor sería probar la vía pacífica. Pero su compañera no pensaba igual.
- Jódete- le espetó de lama manera al tipo, la replicante. Quiso buscar en su bolso la pistola y recordó que se la había incautado la policía. Mierda-.  Vete fuera de aquí y no molestes más. El padre esta ocupado.


-Tranquila, Mara  -el ceño del padre se frunció. Cuando probó de coger la escopeta del suelo,  la muchacha se le adelantó con un movimiento rápido, preciso, y se la colocó sobre el hombro, el cañón apuntando al techo y una mueca de desprecio en la boca. Tomachio quería mostrarse seguro de sí mismo, no débil. La gente creía que por llevar alzacuellos uno deja de luchar por las cosas en las que cree. Se equivocaban. No obstante, el movimiento veloz de Mara le sorprendió. Más todavía cuando apreció la naturalidad con la que ella sujetaba el arma. El hombre que había hablado mostró una sonrisa de medio lado, artera y sucia. Su compañero sacó casi al instante un subfusil de debajo de su sucia chaqueta. La cosa se equilibraba


-¿Problemas?, Son mi especialidad. No tengo nada para ti, hijo mío. Aunque, puede que si. ¿Qué es lo que se supone que tengo que darte? ¿Y por qué?-Si aquellos hombres venían en nombre de la psiónica quería saber qué era aquella cosa y si podía entregarla tan libremente. Claro, que la mujer había venido sola y él no sabía si aquellos eran sus compañeros.-La policía está afuera. ¿Por eso habéis venido así? Podemos hablar un poco antes de hacer negocios...-Negocios, si bueno, podía llamarlo así.-Cuidad vuestras palabras. Este es un lugar sagrado. Nada de amenazas ni palabras que puedan ofender a la señorita.-Se mostraba hospitalario pero no dispuesto a ceder. No tenía porque amedrentarse en su propia casa.
           
Mara seguía embebida en sus alucinaciones. Su helada mirada de asesina estaba fija en los dos tipos de la entrada. Les soltó una palabra y una frase, y la amenaza de la violenta locura en sus ojos a punto de hablar por ella. El sacerdote quiso ser conciliador y calmar a la chica. Era un tipo duro el padre. Sí, había que serlo para sobrevivir en allí. No se acobardaba, era su hogar y lo defendería. El de cara de lobo volvió a hablar:

- Mal, mal, padre. No me ha entendido. O no me he explicado bien. La poli está ahí fuera. Pueden venir en cualquier momento. Es probable que no. No, si salimos con lo que queremos. No me tome por idiota. Usted sabe que tiene algo. Ella se lo entregó. Me lo da. Adiós. No nos volvemos a ver. Cualquier otra idea sería una estupidez. Olvídese de su iglesia, de sus obras, acostúmbrese a las rejas. Lo encerrarán, a su putita le meterán un tiro entre ceja y ceja o la dejarán como desahogo de los majaras del centro clínico del este. Derribarán la iglesia. Píenselo. Sea inteligente. Y tú, zorra, baja es escopeta antes de que te rompas una uña.

El sujeto tenía ligero acento extranjero, no quedaba claro de donde. De Europa, eso sí. Parecía tranquilo. El otro sostenía el subfusil como si hubiese nacido con él.

Mara le dejó hablar, solo que había algo que no soportaba más esa noche: que la llamasen de nuevo puta, de aquella manera. Aunque fuese así como se ganaba la vida últimamente.

Calculó la escena: primero le meto un tiro entre ceja y ceja al del subfusil. Luego le reviento el estómago al otro. Soy mejor y más rápida. No soy humana. Sacaré esta mierda de la casa de Dios. Sí, y quizá me lo agradezca y pueda revolcarme con él en su cama. Eso estaría bien.

Los pensamientos del veterano sacerdote iban por otros derroteros. “Un Subfusil. En la casa de Dios. No para defender, sino para intimidar, amedrentar, asustar. ¿No se dan cuenta de que no siento temor porque él siempre está conmigo? Ningún lugar es demasiado oscuro ni solitario. Esta gente no sabe lo que se hace. Aquí es imposible tener miedo"

"No vienen a hablar, vienen a por lo que quieren ¿He de dárselo señor? ¿Qué es lo que voy a darles? ¿Y si es algo que pone en peligro muchas más vidas? ¿Acaso no dejé escapar a la asesina? ¿Acaso eso no pone en peligro más vidas? Señor. ¿Qué he de hacer? A veces el camino es demasiado turbio para verlo. No dudo, sigo adelante, pero no sé si mis pasos son los correctos. ¿Al ayudar a estas almas descarriadas cuantas otras almas estoy sacrificando? ¿Es justo que yo elija eso? ¿Es justo elegir? ¿Existe lo que es justo, señor? Solo puedo seguir adelante".

“¿Por qué las armas en lugar de la palabra? El fuego se combate con fuego. No se erradica el mal echando sermones o cediendo limosna. Se usa la violencia. ¿He llegado ya a ese extremo? Quiero creer que no es así, que aún me quedan más palabras antes de usar mis manos...Señor, dame fuerzas. No para vencer, sino para seguir en el camino correcto.

Escuchó las palabras de aquel hombre. Querían aquel objeto, sin más. ¿Por qué no vendría la policía? Si oían disparos vendrían...salvo que les hubiese pasado algo. Y si estas dos ovejas perdidas eran capaces de inutilizar a dos policías. No eran simples criminales. "Odio que se entrenen en caminos tan sucios como la muerte."  Observó a Mara:

-Tranquila. No dispares. Matar a una persona es lo que peor puedes hacer. Te condenaría al Infierno y ni yo mismo podría ayudarte a salir. Así que, no dispares.-Aunque no fue tan necio para decirle que bajase el arma.

La cosa terminaría mal. Lo había vivido antes, situaciones semejantes, cerca del límite. En la frontera del bien y del mal. Las amenazas del desconocido hicieron que se le empezaran a fundir los plomos. ¿Entre rejas? ¿Por qué crimen? ¿Por qué tienen que llamar a la chica "putita"? ¿Por qué tanto desprecio? ¿Van a derribar mi iglesia? Para el padre aquellas palabras eran peor que los insultos. No se enfadó, tenía demasiado autocontrol para eso, sin embargo las chipas empezaron a crepitar dentro de su cabeza. "No, aún puedo hacerlo bien", se esforzaría en ello.

El sacerdote filosofaba consigo mismo y con Dios. En exceso, se estaba perdiendo en un laberinto y no encontraba el ovillo que le llevara a la salida. O tal vez se hubiese enredado más de dar con él. La joven le sacó de la maraña de sus pensamientos. Ni palabras ni más preguntas, un disparo. La chica había disparado, sin que apenas nadie pudiera apreciar la rapidísima ejecución de sus acciones, el cañón vomitó su muerte contenida. No se puede culpar a un gato cuando es acorralado y te araña. Pero ella no estaba acorralada. El problema lo tenía él. Solo podía entender una cosa. Que a veces el buen corazón de una persona, guiada por nobles virtudes, te obliga a hacer algo terrible.

Abrió fuego Mara. Una décima de segundo antes el de la sonrisa lobuna saltó  entre los bancos, tras una de las columnas. Su compañero no tuvo tiempo de repeler la agresión, el cañón de Mara escupió plomo destrozando la garganta del sicario que cayó entre los bancos del otro lado. Se arrastró ensuciando con su sangre la madera, todavía quiso girarse para disparar. El padre actuó raudo y con una patada le arrancó el subfusil de las manos. El moribundo quedó tendido,  gorgoteando la sangre en su garganta, agonizaba. Tomachio pidió el alto el fuego.

-¡Por favor, no dispares más!-Gritó- Tu alma está en peligro mortal. Te lo ruego, deja esa insensatez. A los dos os lo pido -No cayó en la cuenta que él mismo había preparado antes su escopeta. ¿Qué pensaba hacer con ella sino usarla?


- Mal. Mal de nuevo, padre. – anunció otra vez el que estaba protegido por la columna; la voz se tornó opaca, sin vida, helada-. ¿Ahora que debo hacer, padre? ¿Matar a los dos o solo a su fulana? Le ha metido en serios problemas. Quítele el arma y hablemos entre hombres. Contaré hasta cinco.


* La imagen es de la iglesia de Santa María Magdalena en la Provenza (Maries de la Mer)

domingo, 4 de marzo de 2012

LOS ÁNGELES, 2029 -8


8


Jacob escuchaba la historia, arrugando la nariz.

“Genial, primero la pasma y ahora la mafia, de repente soy voluntario por pelotas para una misión de búsqueda de una psionica que por poco no nos hace tapioca al italiano y a mi. Lo único que me llama la atención de todo esto es la posibilidad de echar un ojo a esas maravillas de las cápsulas cerebrales, tecnología punta. ¿Para quién trabajaría esa…esa psiónica?”

No las tenía todas consigo, no era lo suyo. No se arredraba, desde luego, pero no le gustaba nada el asunto. Sin embargo, le cautivó la idea de tener en sus manos una de esas cápsulas. Le fascinó la historia contada por Kyle y Leonard, dos de los primos del Italiano, la posibilidad de acceder a unos objetos que pocos habían visto. Pero tendría que ayudar a la mafia. Si no lo hacía seguro que estaba listo. Eso fijo

En eso mismo reflexionaba Ricco. Pensaba que esta noche sería una buena oportunidad para establecer un mayor contacto con el sacerdote, y, de pronto, se encontraba con este encargo.  Había trabajo que hacer. Uno más para Ricco y el primero para Jacob, quisiese o no. Las cosas eran así. Se hablaba abiertamente de cualquier cosa, pero una vez que lo escuchases, aunque no hubieses querido hacerlo, debías posicionarte con la familia o en su contra. Los miembros de la familia son leales hasta la muerte. El resto se encarga de ello. Los cadáveres no hablan.


En esta ocasión  era algo gordo. Sintroc estaba involucrada. Cápsulas cerebrales, millones de dólares en pequeñas cápsulas. Recuerdos, una personalidad... Ricco pensó cuanta gente habría dispuesta a pagar por cambiar sus recuerdos por los de otros. ¿Qué precio estaría dispuesto a pagar un hombre traumatizado al ver morir a sus padres por unos recuerdos de una infancia feliz sin traumas? La cifra seguro tendría muchos ceros. Es más, aquella no era la única utilidad que Ricco le veía. Si conseguían adentrarse en esos recuerdos... Las posibilidades eran ilimitadas. Acceso a todos los secretos de hombres poderosos que temen morir demasiado pronto. Aquello aún contenía más ceros. Sin duda Sintroc era el futuro. Su futuro. Y que ya hubiese tan buenas relaciones le encantaba. Ahora tan sólo tenía que mejorarlas, aguantarlas, y deshacerse del inútil de su primo Kyle. Seguro que su tío nombraría a su ahijado como futuro líder de la familia tras la trágica muerte de su hijo.

Los engranajes de la mente de Ricco comenzaron a trabajar en las posibilidades de aquella tecnología en relación a su futuro. Lo mismo que Jacob, aunque los puntos de vista eran bastante diferentes.
Volvió a la realidad. No era tiempo de pensar ahora en un futuro que, por otra parte, ya tenía resuelto. Debían encontrar a la psiónica. ¿Y entonces qué? ¿Capturarla? Ricco ya había visto lo que era capaz de hacer y no quería volver a encontrársela. Al menos en inferioridad de condiciones.

- Sorpréndeme Kyle. - comenzó - ¿Cómo la atraparemos? Esa mujer es capaz de volatilizar tipos con su mente y lanzar ondas de aire como si fuese un puto personaje de un manga. Pero claro, seguro que nuestro amigo tiene algo que decir con respecto a eso, ¿me equivoco? - claramente se dirigía al jefe de seguridad de la mega corporación- Por cierto, es de mala educación no presentarse, sobre todo teniendo en cuenta que usted ya se habrá informado debidamente de nosotros, si no, no dejaría tal misión en nuestras manos.

Dejó entrever su sonrisa de  dentadura perfecta,  pulsó un botón del coche y del reposabrazos surgió una abertura y luego un ruidito. Un chorro de Chardoné cayó dentro de él y segundos después una copa subía y salía del reposabrazos en una bandeja, volviendo todo después de ser retirada la copa por el mafioso a su posición original.

- Le escucho.


Ricco le daba vueltas al asunto, meciéndose ya en los brazos de la cúpula de poder de su familia. El sabor de la bebida se mezclaba con el de la ambición. Kyle se encogió de hombros:

- Ni idea, Ricco, eso es trabajo tuyo. Siempre has sido un tipo con cerebro. Y tu amigo – señaló a Jacob -, parece que también. Espabilaros.

El jefe de seguridad se reclinó en su asiento. El tipo tenía una cara tallada en piedra, seguro que no se podía jugar mucho con él. Habló con un tono que procedía de lo profundo de una caverna:

- Garrison Mc Therny. Los intereses de su tío y los nuestros se cruzan en el camino. Pregúntele a él. En cuanto a la mujer, poco puedo deciros. Se coló de alguna manera, quizá desde dentro la ayudaron aunque no hemos averiguado quien. Si es que lo hay. Se cargó a dos guardias de seguridad. Esta noche era el intercambio, lo teníamos todo controlado pero algo salió mal. Esa zorra es muy lista. O está con alguien más. Quizá los japoneses o la mafia rusa. Puede que alguna otra corporación. No descarto gente del exterior. Lo peor del asunto es que ahora puede vender el material a cualquiera. Está loca.

Os miró con ojos glaciares:

- Me da igual lo que hagáis con ella. Quiero las cápsulas. Ya le dije a tu tío que no importa el precio.

- Esas cápsulas, ¿qué contienen? ¿Qué recuerdos? ¿La mente de alguien? –preguntó con intención Jacob.

- No es asunto tuyo.

La respuesta de Mc Therny hablaba por sí sola. El mecánico no pestañeó, comprendió que ese tipo, y la Sintroc, se estaban jugando mucho. Mencionó un intercambió y les habían birlado la mercancía delante de sus narices. Tampoco se le escapó ese detalle a Ricco. Aquel sujeto la había cagado.

El coche siseaba en la calzada rodando suavemente. El Italiano le dijo a Leonard, con una frase poco habitual en su boca:

- Vayamos a la iglesia, quiero que mi alma esté libre de pecados antes de comenzar.

Le indicó al conductor que los llevase a la iglesia de Santa María Magdalena. Era hora de que el padre cantase misa.

- ¿Sabes usar un arma, Jacob? Imagino que sí. Leonard, dale un par de pistolas le harán falta.

-Se manejar un arma- respondió Jacob-,  pero no soy muy bueno con ellas. Si tenéis alguna prefiero las escopetas, son más expeditivas a la hora de limpiar un sitio.

Entendió que Leone quería "reclutar" al cura para la caza y captura de la chiflada con poderes, Pensó que de puta madre para él,  a más gente menos posibilidades de que le eligieran como primer blanco. Miró con fijeza al jefe de seguridad, e insistió en la cuestión anterior:

-¿Me lo va a decir, Garrison? ¿Las cápsulas, tenían ya alguna personalidad dentro? Sus ojos lo dicen todo, amigo.



Mc Therny aguantó la mirada del mecánico. Ricco bebió con tranquilidad, clavando sus ojos en los de Garrison. Este endureció sus facciones.

 - Sí. Cada una guarda en su interior una "entidad" a la espera del receptor adecuado –respondió de mala gana.

Ricco silbó. Apuró su copa. Jacob se tomó una también. Nunca antes bebió aquel champán, no supo apreciar su calidad, la agotó de un trago y se sirvió otra. ¿Quiénes serían aquellos que estaban "dentro" de esas cápsulas? Diez muertos con mucha pasta.


La limusina siguió su ruta silenciosa y veloz. Nadie dijo nada más sobre el asunto. Se contaron chistes, se habló de mujeres, de rumores de familia. De "eliminaciones" de algunos tipos que había que hacer. De la salud del tío. Chismes.

Jacob estaba metido en el asunto quisiera o no. Se jugaba la piel, aunque quizá sacara una buena pasta de todo aquello, por no mencionar las cápsulas cerebrales. Ricco sonreía exterior e interiormente. Su futuro era prometedor, soñaba despierto y lo que veía le hacía sentirse bien. Muy bien.

La limusina se detuvo, hubo cambio de vehículo. Jacob y Ricco subieron a otro coche donde aguardaban dos sus hombres. Una despedida. Mantente en contacto. Un saludo, y prosiguieron hacia la iglesia. Le entregaron una escopeta al mecánico. El vehículo no tardó en aparecer en las inmediaciones de la plaza aparcando a la entrada de la misma. Un coche policial vigilaba, uno al menos que se viese.

- Jacob, tú eres del barrio, ¿hay una puerta trasera?  

-Sí, da a un callejón en la parte posterior

Ricco ordenó al conductor que diera la vuelta y enfilara el callejón. Descubrieron que cerca de la puerta de atrás del edificio, cerrada, había otro vehículo policial. Decidieron regresar a la plaza, estacionando en una calle adyacente. Jacob ocultó la escopeta dentro de su abrigo. Descendieron ambos con intención de dirigirse con parsimonia a los dos portalones de la fachada principal, donde un policía armado custodiaba la entrada. En ese momento se alzó susurrante la puerta del copiloto del vehículo de la policía, y salió un agente especial  con un rifle de asalto.




….


Mara y el padre Tomachio tomaban café y croisants calientes en un puesto callejero abierto toda la noche. El árabe que lo atendía se limpió las manos en su grasiento delantal y tomó de manos del sacerdote los créditos arrugados. Mara sorbió de su vaso de plástico mientras observaba al cura. Desconocía lo que pasaba  por su mente, nunca le preguntó ni pretendía saber. Se conformaba con sus palabras sabias. Confiaba en que el café, que al menos era de lo mejor de la noche, le sentase bien y olvidara el enfado.

-Come el croissant, está calentito. Se que la cago continuamente, lo siento. No quise que ese  mierda de policía te metiera en problemas.

-Tú no hiciste nada malo. Son ellos y su forma de pensar.

- Quizá  sea mucho pedir pero...sí, pienso quedarme en tu casa esta noche. O tal vez varias noches. Si quieres te puedo acompañar en la cama, no hay cargos extra. ¿Qué opinas? No te he visto con nadie, así que supongo que yo podría hacer aquello que no haces con otras, bien te podría ayudar con ese tipo de problemas, ¿qué me dices? Al fin y al cabo, la poli ya piensa que te la mamo. Claro, si no quieres,  entiendo. O solo quedarme por para pasar la noche. No es problema.

Tomachio escuchaba a la mujer y según avanzaban las palabras iba sonrojándose. ¿Le estaba proponiendo....? ¿Era posible que fuese tan descarada? ¿Tan ignorante? ¿O es que no sabía agradecer las cosas de otra forma? ¿Cuánto tiempo hacia que no estaba con una mujer? Desde el sacerdocio, por supuesto. Su fe en Dios era más fuerte que la tentación de la carne. Se limitó a mirarla a los ojos:


-Gracias.-dijo cogiendo la pasta- Con todo ese asunto se le había olvidado cenar.-Luego su voz bondadosa se agravó, sus ojos despidieron chispas.-No voy ha aceptar lo que me ofreces. ¿Sabes lo que es el voto de castidad? Los curas y las monjas lo hacen. No pueden mantener ninguna relación carnal con nadie. ¿Entiendes? Pero puedes quedarte en la iglesia cuanto desees, sin embargo, hay unas normas

Bebió un poco del líquido humeante.

- Nada de...-Bueno, suponía que podía hablar claramente con una chica de sus cualidades, no era un adolescente.-Nada de sexo. ¿Entendido? Mientras estés aquí no podrás hacerlo. Aquí tendrás techo y yo te traeré comida. Por lo que no tendrás que "trabajar" estos días para mantenerte, ¿entiendes? Sé que la vida en esta ciudad es dura. Sin embargo hay formas más dignas de ganarse el sustento. Te buscaré un trabajo legal, limpio, que no te humille, si así lo deseas. No está bien comprar la carne, tampoco venderla. ¿No comprendes que aquello que te ha dado Dios solo se puede entregar por amor?

La juventud de ahora estaba perdida, pero era su deber luchar.

-Puedes quedarte. Respeta la única norma y podrás seguir aquí. Debes estar cansada. Vamos a la iglesia, mañana hablaremos un poco más. ¿Está claro?

Mañana, pasado y después. No se deja a las mujeres abandonadas en la calle. Miró a su alrededor, vio unos pocos transeúntes que entraban o salían de la entrada del metro en la esquina.


-¿Amor? No se a que te refieres con eso. Pero vale, lo que tú digas.

Mara se quedó con la mirada hundida en el café. Algo empezó a pasar en su cabeza. Levantó la vista al cielo. chorreaba una baba espesa y negra de un brillo apagado. Escurre gelatinosamente por las paredes de los edificios y embarraba  todo. Sus ojos le quemaban, quería irse de aquí. Esa gelatina... el cura la come y los ojos se le derriten.

La prostituta cerró con intensidad sus ojos. Pensó que Tomachio iba a reventar. Se dio cuenta de que iba a tener una nueva crisis, que perdía el control. El polvo y la jalea negra caían sobre ella. No podía mirar. Se acurrucó en el pecho del hombre, tapándose el rostro; buscó la pistola en su bolso, no la encontró, requisada por la policía.  

Puso su mano a modo de pistola en la sien del sacerdote.

-Tu sonrisa es monstruosa.

¿Y ahora qué? ¿También tomaba drogas?, pensó, sorprendido, Tomachio... No le había parecido una chica violenta. Ahora le apuntaba con un arma ficticia y casi no podía entender lo que decía. No le encontraba lógica. Salvo drogas, demencia. Hay demasiados problemas en el mundo. "Veo que tendré que emplearme a fondo”.

Mara lloraba, bajó las manos y se sentó en el suelo, balbuceando necedades.

- ¿Por qué tuvo que pasarte esto a ti? De pronto a la replicante le sucedió algo que en ocasiones le pasaba, su cerebro se transformó en mantequilla derretida y las imágenes que sus retinas manufacturadas le enviaban no las procesaba correctamente.

- No me pasa nada, muchacha -La levantó con cuidado- Es agotamiento, eso es lo que te sucede. No se lo que estás viendo. Se pasará.

Las drogas son así, la demencia es peor, las alucinaciones también podía ser muy reales. Sin embargo no le dio la impresión hace unos momentos de estar drogada o sufrir demencia

.-Lo que ves no está pasando en realidad. Lo único real aquí somos tú, yo, las calles, el chico que nos ha atendido. Yo estoy bien, y a ti te veo bien también... Debes de haber comido algo en mal estado, y las últimas tensas horas deben de haberte puesto demasiado nerviosa. Mañana lo verás todo mejor, verás como los demonios se han ido.

Respiró profundamente. Mara se calmó, temblaba todavía cuando sus pasos los condujeron hacia el metro. Las lágrimas. Las lágrimas. “¿Pero qué mierda pasa en mis ojos? No puedo llorar, soy incapaz”. Sin embargo, lo estaba haciendo. Y todavía resbalaron un par de aquellas extrañas gotas de agua salada por sus mejillas, cuando tomaron el tren subterráneo.

El viaje lo hicieron en silencio. Mara era una mujer de sinuosas curvas y sugerentes caderas que hacían que los ojos de cualquier hombre – o mujer - se volvieran acuosos e imágenes húmedas aparecieran tras la retina. Así no pasó desapercibida en el transporte público, cargado de noctámbulos. Un ansioso pasajero se frotó descaradamente con su trasero; ella, ausente, le dio su oportunidad, dejó incluso que el osado la tocase con su mano y hurgase con sus dedos por detrás, entre sus piernas, al amparo de la oscuridad de un par de túneles. Solo esta vez, se dijo, la sensación fue pasajera pero agradable.  Se imaginó que era el padre quien jugaba con su culo. Ese estúpido voto de castidad del que hablaba le fastidió sus delirios de sexo con el viejo. Se mosqueó entonces, se giró de súbito y agarró por los huevos al baboso aquel. Estrujó y apretó con vehemencia mientras que con la otra mano tapaba la boca del cuarentón que la había estado magreando. Los ojos de este se abrieron desorbitados, las lágrimas hicieron su aparición en un cara transformada en máscara de miedo y dolor. Lo empujó contra el cristal de la ventanilla donde rebotó por dos veces la cabeza  del tipo. Se desmayó y lo dejó caer al suelo como un muñeco roto. La gente se apartó, sin parecer demasiado sorprendida por el suceso: solían darse escenas semejantes a diario en el metro.

El show terminó. Tomachio, embebido en sus meditaciones, pensando en la extraña mujer y el objeto que le entregase y en la no menos singular Mara, la cogió del brazo y la sacó de ese vagón cruzando dos más hacia  el inicio del tren. Cuando la pareja se apeó, caminaron con pasos rápidos hacia la entrada posterior de la iglesia y entraron en ella. El cura cerró dicha puerta, y dejó la entrada principal sin el cerrojo echado. Se arrodilló frente al altar y rezó sus oraciones. Lo hizo por todos. Pidió tener la oportunidad de volver a ver a la asesina, y poseer fuerzas para poder cambiarla. Rezó también por al alma del inspector. No era tan mal tipo como aparentaba, solo había visto cosas demasiado terribles para una sola mente. Y eso acaba por cambiar a la gente.

-Oh, señor, deja de echar basura sobre ellos.-Elevó sus plegarias para que todos aquellos que habían tenido relación con la fugitiva estuvieran a salvo. "Hay tanto que no puedo hacer". No rezó por su seguridad, pensaba que otros lo harían por él. Al terminar fue a su habitación. Sacó la escopeta que guardaba en un arcón. Comprobó que estuviese cargada. Se sentó en uno de los bancos, frente al altar, dejando el arma al lado. Era una asesina después de todo. ¿Y si se equivocaba y no podía cambiarla? ¿Y si mataba solo por placer y no por una razón? ¿Y si no podía convencerla? ¿Y si no regresaba? Dudada de que lo hiciese tan pronto. Sin embargo un mal presentimiento se agitaba en su interior igual que una serpiente que se desperezaba. No podía dejar a monstruos sueltos por ahí. Era su oportunidad.

Tomó asiento en un banco, y se dispuso a esperar. Contemplando un pequeño crucifijo clavado en la pared. La vida es sacrificio, la vida son grandes sacrificios. Se había olvidado de Mara en todo este rato, la descubrió sentada no lejos de él, como hipnotizada, ida, mirando sin ver uno de los cuadros que representaba a un santo atado a un poste, medio desnudo, traspasado por multitud de flechas.