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martes, 24 de julio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar - 21




Terminamos el relato. Los protagonistas llegan al mar, y Aswarya descubre toda la fuerza, belleza y misterio que viven en sus aguas. 




La tormenta nos acompañó la parte final del viaje. Alcanzamos el delta del Nezvaya, que regaba y donaba la vida a multitud de pequeñas aldeas, y la comitiva bordeó el brazo de río más meridional. Los campesinos y caminantes se detenían a vernos pasar, los niños, con sus ojos enormes, ansiando nuevos descubrimientos, chillando, riendo, corren junto a los caballos. Es gente alegre y sencilla. Y pobre.


Las lluvias continuaron hasta la brumosa mañana del quinto día. El sol despegó flecos de niebla que ascendían perezosos del lodazal que era el camino, el cual nos condujo hasta un promontorio desde el que se dominaba la costa oeste del Mar de Vilayet.

-El Mar de Vilayet, Aswarya –anunció Lucos-.

¡¡El mar, el mar!!! Llegamos y los ojos se me nublan de ansiedad al verlo. Nos detuvimos para contemplar, extasiados, el espectáculo de fuerza salvaje infinita. Cuando reanudan la marcha, un buen rato después, todavía Sando, Shezwena, dos soldados, Lucos y yo, permanecemos ensimismados mirando, maravillados, el horizonte.



Es enorme, azul y furioso. Da miedo. Es hermoso y da miedo. Lucos se ríe de mí, Sando está entusiasmado. Yo siento como si una mano enorme y azul se abalanzara sobre mí y me pregunto como será sumergirse en él. Oscuro y salado. Terrible. Un monstruo al lado de los tranquilos ríos. Las olas rompen contra las rocas formando nubes de espuma. No se puede beber. El aire trae un olor que no conocía.

-Es impresionante, impresionante -digo, y lo repito aunque mi voz no se oiga en medio del ruido del oleaje. Me da miedo, me da miedo, lo ahogados en él gritan desesperados y sé que si cierro los ojos sentiré como es hundirse en el ese lugar frío y oscuro-. ¿Cómo pueden los barcos navegar en él? ¿Cómo es posible que no tengan miedo?

Aquella masa de agua, de azules intensos, de celestes, de tonalidades verdes desconocidas y nuevas la vista, se extiende de norte a sur, y no tiene fin hacia el este. Brillan lo que me parecen estrellas innumerables en los reflejos arrancados a las crestas plateadas de las olas. El oleaje sigue bramando contra los acantilados, poderoso y contundente, a la vez que suave, cadencioso el rumor cuando muere en las playas de arena dorada y piedras de cantos pulidos donde las olas retrocede espumeantes. Los ojos de Sando están abiertos como platos, su pecho se agitaba deprisa. Igual que el mío.



El mar. Al fin, el Mar. Y, más allá, ¿qué me aguarda, qué encontraré? Qué importa ahora.

El Mar. 

viernes, 6 de julio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar -20



La noche transcurrió serena y cálida, un manto que arropó y protegió a los dos amantes. Al amanecer una comitiva partió: Lucos, Sando, la princesa y su doncella, Shezwena, el guardia, una docena de soldados, y yo. No creemos que haya dificultades en esa parte del trayecto, con caminos vigilados, bastantes aldeas y pueblos, y, al final del destino, la costa, el Mar de Vilayet y el barco que aguarda paciente a la princesa.

No encontramos al malnacido de Kerkan.

Partimos, siguiendo la corriente del río, cuatro jornadas más que se sucedieron sin incidentes, tranquilas, lentas, acompañados por un sol de justicia y noches cuajadas de estrellas. Aswarya abandona parte de su pasado, arrancado de forma brutal, en una tierra en la cual no podía ser de otro modo, donde se vivía bajo la violencia, la barbarie y el poder de la espada. Pero ella demostró que incluso el acero mejor templado puede doblegarse. Ella, yo.

Caminamos con esperanza hacia un futuro cuajado de interrogantes, sin saber con seguridad qué espero de él. ¿He cometido un error? Me entregué a Lucos porque mi cuerpo y  corazón lo ansiaban. Fue una liberación. ¿Amo a Lucos? ¿Solo lo deseo y quiero como amigo, como amante? Es el mejor hombre que he conocido desde que abandoné la aldea muerta, allá, en la lejana Hiperbórea. Con sus defectos y virtudes, pendenciero, jugador, algo temerario, audaz, taciturno y silencioso. ¿Acaso no comparto buena parte de esas características? No obstante, soy más reflexiva, más paciente. En la mirada de Lucos veo el deseo físico hacia mí. Creo que en mis ojos se refleja idéntica emoción hacia él. También veo que me ama. ¿Fue una equivocación por parte de los dos? Qué importa ahora.

Lucos acepta la paciencia que le solicito. Al tercer día, en una tarde donde la lluvia irrumpió de pronto en la travesía de los viajeros, el aventurero tomó la iniciativa. Esperaba que lo hiciese. Miraba el río bajo la lluvia y él me abrazó por la espalda, rodeó mi cintura con las manos y acarició finalmente mis pechos. Nos besamos y nos amamos bajo el chaparrón, apoyada en el tronco de un árbol y mis piernas entrelazadas en torno a las caderas de él.

Los relámpagos iluminaron el oscuro atardecer y las nubes tronaron allá en lo alto.

¿Qué pensarían los espíritus, qué sienten? Aún los noto, a mi lado, de alguna manera. Verían que Aswarya empezó a dominar un tanto el idioma de la princesa, y las conversaciones fueron más fluidas. Zawinnia estaba por completo subyugada por ella, por el misterio que la rodea, por tus orígenes. Se darían cuenta lo mismo que la muchacha que soy, que pronto el nacimiento de los celos en su doncella nace y crece y cómo esta rondaba a Lucos. Él, o no se daba cuenta, o se hacía el despistado, con frecuencia conversaba con el guardia de la princesa, con quien entabló cierta amistad, si bien este hombre era parco en palabras y poco o nada se separaba de su señora. Con todo, no hubo problemas. Y lo que fue mejor, Zawinnia se ofreció a llevar consigo a Sando y educarlo en el palacio de su futuro esposo, como si fuese alguien más de su familia. A Lucos le pareció una excelente idea, pues a pesar de que no le gustaba el riesgo que el niño corría con ellos y su forma de vida, no quería dejarlo en la guarnición, donde crecería entre burdos soldados, lo tratarían casi igual que a un esclavo para convertirse finalmente en uno más de ellos. Él sabía de lo que hablaba. Aswarya estuvo de acuerdo, deseaba que siguiera con ella.

Eso verían y vivirían a través de mis ojos. Y mas, que ni yo misma se.

Continuamos el viaje, los días son tranquilos. Azules, húmedos de río y de lluvia. ¿Y el mar? Pronto, muy pronto. No quiero pensar en el futuro, ni en el pasado. Sólo en el presente. La tristeza está dentro de mí pero ahora se mezcla con melancolía, el deseo por Lucos se entremezcla con un cariño que me da miedo sentir. Miro la pulsera que llevo y pienso que presto demasiada atención a los símbolos, cuando lo realmente importante es lo que hay detrás de ellos. Quiero darle algo a la princesa, para que me recuerde, le pediré un mechón de su cabello y lo trenzaré con el mío en torno a una tira de cuero. Un símbolo de amistad sin más valor que su significado. ¿Lo hago por ella? En realidad es por mí. De nuevo por mí.

Me siento junto a ella cada vez más tranquila. Hablo de mi hogar, recuerdo cosas hermosas. Imagino que sigue allí y que podría volver algún día. No le cuento lo que sucedió realmente, como si me hubiera ido un día antes, unas horas antes y ahora viajaría pensando que tengo un lugar al que volver. Pero son sus historias las que me interesan, sus modales tan suaves, que me hacen sentir torpe. Se ofrece para cuidar a Sando y mi agradecimiento no tiene límites.

-Conmigo sólo correrá peligros, lamentaré separarme de él pero es lo mejor -le digo, la sombra de la separación es suave porque sé que Sando estará bien. No es mi hijo. En mi familia sólo hemos tenido hijas durante muchas generaciones. Pero quizás eso cambie, porque las cosas ya no son iguales. A veces me cuesta recordarlo-. Lamentaría mucho ponerlo en peligro, Sando ha sufrido demasiado.

Lo sé. Ha sufrido igual que yo. Es por mí.

-¿Cómo vivirá en tu palacio? ¿Cómo lo educarás? -intento parecer cortés e interesada, no quiero juzgar su forma de vida, la mía no tiene porqué ser mejor. La mía nos ha llevado a la muerte. Y este mundo por el que camino ahora es muy distinto al mío.

- Crezse felis. Hombre sabio enseña. Será muchacho fuerte, hombre de verdazs. Tú verás. Tú con él un tiempo, ¿zsí?

Sonrío. No lo se. ¿Qué haré? No tengo miedo. Lucos me abraza y sonríe y yo me siento bien. Sando ríe y se sienta a mi lado a ver caer la lluvia y me pregunta por las altas montañas, tan extrañas para él como para mí el mar. Pronto lo veré, pronto y mi impaciencia le hace reír como si yo fuera tan niña como él. Ante lo nuevo todos somos niños otra vez. Reímos, levanto la cabeza y me encuentro con la mirada de Shezwena, mirada que no puede esconder lo que siente. Sus celos enturbian estos días sencillos en paz. La doncella pone sus ojos en Lucos, aunque él no la mira como me mira a mí. No he intentado hablar con ella, no es una lucha entre nosotras, es él quien tiene que decidir y no dejaré que vea que me siento mal si me deja y se vuelve hacia ella. Los celos son crueles y duelen. No quiero sufrir más. Tampoco siento que Lucos sea mío, no me pertenece. Sólo me acompaña como el medallón de mis antepasados y quizás algún día desaparezca como lo hizo el cinturón. Y yo seguiré adelante y no iré tras él aunque me duela. Por mucho que me duela.


miércoles, 4 de julio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar -19




Fueron dos jornadas de silencio preñadas de él, el  día y la noche. Encerrada en mí misma, en un mutismo solitario, impenetrable, abrasada mi alma por el fuego de un dolor incomprensible para los demás. Soy joven, estoy viva, tengo el futuro incierto por delante, la esperanza de encontrar a Sando. Viajo con una princesa y con Lucos, pendenciero, jugador, temerario, pero un buen hombre comparado con lo que podía encontrar en estas tierras desoladas. Sin embargo, me encuentro sola, desesperadamente sola, a pesar de conservar el medallón de los ancestros. Lloro por las noches y entierro más de una vez la cara en la tierra. Dejo las huellas de mi angustia sin lavarme el rostro.

Lucos se mantuvo algo ausente; si le mostraba una sonrisa, la devolvía, si le hablaba, me respondía, no obstante supo dejarme con mi dolor, a sabiendas de que esa amarga bilis debe ser devorada por cada uno de nosotros. La doncella y la princesa me observaban recelosas, no decían nada. Y el guardia, poco a poco, se recuperó con mis cuidados y bálsamos, lo mismo que Lucos.

Los cinco llegamos al punto del río donde existía el servicio de transporte custodiado por una patrulla de una docena de soldados. Nos ofrecieron comida y bebida y tres de ellos nos acompañaron mientras cruzábamos el río Nezvaya hacia la ribera sur. Otro día y medio más hasta que entrábamos por la puerta principal de la guarnición que había mencionado Kerkan días atrás.

Aquí nos aguardaban varias sorpresas.

Por una parte, el comandante al mando de la guarnición turania, Leremak – un hombre de sonrisa siniestra, expresión amargada, grande como un oso, barbudo y poco dado a la limpieza personal por su aspecto sucio y desgreñado-, nos informó que kerkan había llegado allí hacía dos días, contando una historia acerca del ataque a la caravana de la princesa y que todos resultaron muertos, y la princesa capturada. Solo él y un niño lograron escapar. Leremak dio orden de buscar al mentiroso Kerkan, sin embargo fue informado que lo habían visto huir a caballo a galope un rato antes.

-El canalla parece que os ha visto. Enviaré a una patrulla tras él –señaló Leremak sin mostrar emoción alguna- Podréis hacer con su vida lo que deseéis, princesa. Es un traidor. Personalmente lo colgaría desnudo al sol, unos cuantos días, para que lo devoren los tábanos y demás insectos y las aves de rapiña mientras el ardiente disco le arranca la piel. Tras una buena tanda de latigazos, por supuesto. Disculpad mi lenguaje –añadió cuando notó la mueca de repulsión de la princesa Zawinnia.

Después apareció Sando. Se encontraba bien, y la sonrisa que se extendió en su cara quizá me hizo olvidar y mitigar un poco el dolor que arrastraba mi alma por la pérdida del cinturón de huesos.

-¡¡Aswarya!! ¡¡Lucos!!

Me abrazó tan fuerte que su ímpetu casi me tira. Tras unos momentos, abrazó luego a Lucos.

-¡Estaba seguro de que vendríais a por mí! Kerkan decía que no, que estabais muertos, ¡pero no, no podía ser!

Leremak apuntó que en unos días se unirían a sus hombres otro regimiento del ejército para batir los páramos del norte y limpiarlas de esa escoria de bandidos. Un sargento se ocupó de nuestros alojamientos y nos dejaron descansar hasta reiniciar el viaje. Zawinnia nos pidió, nos rogó más bien, que siguiéramos con ella. Le entregó a Lucos una bolsita repleta de diminutas gemas como adelanto, y a mí un par de brazaletes de oro puro. Sí, pensamos ir con ella, a conocer el mar de Vilayet como yo
deseaba.

Ver el mar y navegar.

En esos tres días Lucos perdió el contenido completo de la bolsa, aunque sin que se le borrase la sonrisa de la boca, en particular cuando me mira. Se enzarzó en un par de peleas de las que no recordaba el motivo y probablemente empezó él debido a su temperamento; rechazó cualquier acercamiento de las prostitutas que viven en un gran cobertizo montado para el disfrute de los soldados. Soldados que me miran raro, inquietos, pues la presencia de alguien como yo, de la que corre el rumor que es una bruja, y mi aspecto así lo señala, al menos para ellos. La princesa me invita a su tienda todas las tardes y me pregunta cosas de mi pasado por intermediación de su doncella. A veces me baño con Sando en una zona apartada entre juncos del río.

La noche es agradable aquí, junto al río. Agradable y oscura, no hay luna, nadie me ve. Mañana partiremos de nuevo después de estos extraños días. Extraños. Todo se había vuelto gris, como si lo viera todo a través de un velo. Grises los caminos, grises los hombres. Gris la guarnición. Un lugar tranquilo donde reposar, la felicidad de abrazar a Sando y revolverle el pelo. Me da igual lo que hagan con Kerkan, no es asunto mío. Nos dejó abandonado a Sando, lo trajo hasta donde estaba a salvo, no puedo odiarle. En realidad es como si ya no pudiera odiar, ni sentir.

Lavé mi rostro y sólo se veían las heridas del cuerpo, mi ojo amoratado que la princesa siempre mira con preocupación cuando acudo a visitarla. Se irá poco a poco, las heridas del cuerpo sanan más rápido que las del alma. Mucho más rápido. Durante estos días he caminado entre los vivos como si estuviera muerta, negándome la posibilidad de sonreír. Sólo Sando ha conseguido sacarme alguna sonrisa, las demás han sido forzadas. Sólo Sando viene a mí, me abraza, juega conmigo, los demás tienen miedo de tocarme. ¿Acaso no era lo que deseaba? Estar sola. Hundirme en el dolor hasta que enloqueciera y dejara de recordarlo. Como si no sentir dolor fuera traicionarles de algún modo. Alargo las manos esperando que los fantasmas las rocen pero no hay nadie. Sólo hay vivos envueltos en niebla.

No puedo seguir así.

Estaba despierta cuando Lucos entró, con pasos torpes. Lo estaba esperando. Corrí hacia su manta y me apreté contra él, deseando que aquellos brazos que siempre han sido suaves conmigo me rodearan y me apretaran. Busqué su boca con ansia, con desesperación, sabía a alcohol y acero. Frotamos nuestros cuerpos mientras el deseo nos encendía, sus manos jugaban con mis pechos, su lengua acariciaba mi vientre, me llenó. Y yo dejé que fuera él quien marcara el ritmo, sudando, jadeando, intentando no pensar en nada más que en estar viva. Yo lo arranqué de los brazos de la muerte. ¿No era esto lo que deseaba? Lo que llevo deseando mucho tiempo sin querer admitirlo, pues ya he cometido muchos errores. ¿Uno más no importa? ¿No es eso la vida? Y yo estoy viva, estoy viva. Deseo estar viva.

Lucos se derramó dentro de mí y se apartó, jadeando, pero yo no me sentí plena. No sé si él lo notó. Estuvimos en silencio un rato. Yo intentaba ver algo en la oscuridad y me volví hacia él y le di un beso en la mejilla.

-Hoy sí, mañana no... No es fácil. Sé paciente conmigo -le susurré, aunque no sabía si estaba ya dormido. Su respiración ya no era agitada, sus ojos parecían cerrados. Salí de debajo de la manta y me alejo. Me giro y lo veo contemplarme. Asiente con la cabeza, me comprende. Me deja marchar sola.

Y ahora estoy aquí, junto al rió. Sando y yo nos bañamos esta mañana. Me siento en la orilla y miro el cielo sin luna. Mañana partiremos. Es el día propicio. O no. Pero no puedo esperar más. Tengo miedo.

Hundo mis manos en la tierra húmeda, me quito los brazales, la pulsera, no debo llevar nada en el viaje. Desprenderme del medallón es el último paso, me cuesta hacerlo. Lleva mucho tiempo junto a mi pecho, pero tengo que ir sola, esta vez tengo que ir sola. Lo entierro todo junto. El pasado junto al presente. Mis antepasados y una amiga a la que no entiendo. De pequeña siempre quise tener hermanas.

No estoy preparada, lo sé, pero es el momento. He sido tierra, he sido agua, he sido fuego, me falta ser viento, si lo fuera podría apartar los velos pero no estoy preparada. Tengo miedo. Cierro los ojos y busco, busco en el aire, una lágrima cae desde mi ojo sano. Tardo más de lo normal en encontrar el puente. No hay manos que me guíen ahora. Camino sola y el puente está vacío. Nadie me espera al otro. Podría no cruzarlo, aún estoy a tiempo. Las maderas parecen crujir cuando las piso pero yo ya debería ser aire. Al otro lado no hay nadie.

Camino. Vuelo. Aquí es también todo gris. Estoy en medio de los dos mundos y no puedo escapar de ninguno de los dos. Ciega en ambos. Me pierdo. Avanzo despacio, cada vez me siento más etérea, ahora empiezo a verlos. Ellos no me miran, no pueden verme. Casi todos hombres, casi todos soldados. Muertes violentas, heridas, sangre. No hay muertos agradables en una guarnición. Intento llamar su atención pero no pueden verme. Todavía no.

Tengo miedo. Quizás no lo consiga. Ahora me muevo entre ellos, intento ser una de ellos. Me rozan. Sólo uno de ellos. Una línea blanca en medio del infinito gris. Es ella. Puedo verla. Parece que me sonríe. Puede verme. Alargo la mano pero soy aire y toco aire. El contacto me estremece. Veo imágenes de lo que fue, de lo que sentía. Una prostituta de la guarnición. Me dejo guiar, conjuro imágenes para que me entienda. Los hombres la miran y me miran. Algunos extienden sus manos. Todos recuerdan la vida y las imágenes son demasiadas, demasiada ansia por agarrar la poca vida que les ofrezco. Se van haciendo nítidos al mismo tiempo que se difuminan. No es fácil hablar con ellos. Soy extranjera y ellos no están acostumbrados. Si mi abuela me acompañara sería más fácil, pero tenía que hacerlo sola. Soy yo la que tiene que controlar su vida y no perderse. A veces es tan difícil.

Me cuesta dejarlos. Me cuesta volver al mundo de lo vivos. Mis manos arañan la tierra y abro los ojos muy lentamente. Reconozco apenas el lugar, que ahora parece haberse librado del manto gris. He sido aire y he vuelto. Sé que mi abuela estaría orgullosa de mí. Desentierro el medallón y vuelvo a ponérmelo, los brazaletes, la pulsera. El aire huele a humedad. Yo huelo a sudor. Me acerco al agua y dejo que la fría corriente me cubra, sentir, eso es lo que quiero. Frío, miedo, dolor, alegría. Estoy viva, y puedo flotar entre los muertos.

Vuelvo después con Lucos y me abrazo a el bajo la manta, intentando no despertarle. Mi cabello mojado se extiende sobre su pecho y yo cierro los ojos. Mañana partiremos, y aún tengo cosas que perder.

- Me gusta el olor de tu cuerpo, Aswarya –Lucos no duerme, o se ha despertado. Hace una pausa-. Contigo siento que nada en este mundo, hombre o bestia, puede detenerme. ¿Te das cuenta que nos has salvado a todos?

Me abrazo a su cuerpo mientras habla y apenas puedo susurrar.

-Pero lo hice por mí, Lucos, lo hice por mí. Sólo por mí.

Quizás siempre lo he sabido pero no me he dado cuenta hasta que Lucos me ha hecho la pregunta. Si camino, si hablo, si juego con Sando en el río o acaricio a Lucos una noche no es por ellos, es por mi. Sobrevivo, y no puedo hacerlo sola. Es demasiado duro no tener a alguien al lado, no poder cerrar los ojos sabiendo que te abrazarán si tienes una pesadilla. Los espíritus a veces sólo chillan desesperados. No puedo hacer nada por ellos, ni por nadie.

Sólo por mí.





lunes, 2 de julio de 2012

al sur de Hiperbórea. El Mar -18



Lucos vio el dolor y la angustia reflejados en la desesperada expresión que compusieron las bellas facciones de Aswarya. Se acercó a ella y, con cierta timidez, abrazó su hermoso cuerpo, intentando transmitirte su calor y amistad. Al poco se decidió a decir algo:

-Si quieres…podríamos intentar regresar. No es buena idea, desde luego. Ellos no lo comprenderán –señaló a la princesa y sus servidores-. Aquella parte del bosque se transformó en un caos. El muro que surgió…la cosa esa. Dudo que podamos encontrar algo, y, los dioses, el destino o…bueno, o tú y tus…tus magias, nos salvaron el pellejo. Quizá a esta hora se hayan puesto en marcha para perseguirnos de nuevo. La princesa representa mucho oro.

-No me toques. No me toques -apenas susurro. No me muevo ni evito sus torpes caricias, pero no soporto su contacto ahora. Necesito alejarme. Necesito volar lejos, muy lejos. Soltar mi espíritu. No hay tiempo. Nunca hay tiempo. Estoy anclada a un cuerpo que no pertenece a ningún lugar. Ni a nadie. Sólo cuando las lágrimas salen de mis ojos me siento viva. Me pongo de rodillas y entierro mi rostro en la tierra, aullando de dolor para que sólo ella me escuche. No lo entendéis, dejadme sola. Ya estoy sola.

El espasmo pasa y los miro, sin comprender. ¿Por qué están preocupados por mi? Estamos vivos. Eso es lo que importa. Estamos vivos. Sólo me han amputado una parte de mi alma, pero se puede vivir sin un brazo, y sin una pierna. Cojear te hace ir más despacio, pero no te impide andar. Ni siquiera pueden saberlo porque la parte que me han amputado no se ve.

Ahora es como si caminara por un espacio vacío e infinito, donde no hay nada. Muertos desconocidos, gente que no conoce ni entiende, que no está atada a mí. Me pregunto qué habrá sido de ellos. Si se habrán liberado de su prisión de hueso ahora que el cinturón se ha roto o si seguirán atados a ella. Vagando entre los espíritus de los que nos han perseguido. Quizás sigan luchando con ellos. Quizás, quizás... pero ya no importa. Ahora tengo que aprender a caminar sola.

-No podemos regresar -contesto a Lucos, sé que tiene buenas intenciones, que si se lo pido iría conmigo a buscar uno a uno los huesos del cinturón pero no es lo que debemos hacer. Están ellos. La princesa de los grandes ojos negros y asustados. No se merecía pasar por esto. Hemos sobrevivido. Estamos vivos. Eso debería ser lo importante, eso debería consolarme... No es tan fácil. Nunca me han enseñado a perder.

Lucos se aparta. Se queda callado. La doncella me ofrece un cuenco para que beba su contenido. Su sabor amargo me espabila. Pero a la hora de levantarme tengo que quedarme un poco más sentada; mareada, el mundo da vueltas. Lucos me sostiene. Lucos, siempre él.

-Cuidado. No estás bien. Ninguno de nosotros lo estamos. No apostaría nada por este grupo, jajajaja. Bien pensado, sí lo haría, seguimos vivos, así que ganaría un buen puñado de monedas.

¿Regresar? ¿Lucos lo dice en serio? Se que el aventurero haría por mí lo que fuese. Y mucho más ahora, sus claros ojos traslucen sus pensamientos. Lucos actúa, después reflexiona. ¿Y yo? No es para nada una opción prudente volver en busca de mi cinturón. Representa mucho para mí, ¿tanto como para arriesgar su vida una vez más?

-Es tarde, Lucos. Ya lo hemos perdido. Y tenemos que ayudarlos a ellos, encontrar a Sando y a tu... ¿amigo? No podemos pararnos a llorar ahora. No podemos volver. Aposté y perdí, eso es todo. A veces se pierde, lo sabes bien. No vamos a volver. Sólo me duele.

Bebo y el acre sabor parece darme unas fuerzas que no tengo. Es hora de seguir. No puedo. Todo da vueltas. Me apoyo en el hombro de Lucos. Fuerte, seguro, cálido. Me apoyo en su brazo y parece más real que todo lo que hemos vivido esta noche, lo único real. Necesitamos descansar, pero no hasta que el peligro haya pasado. Cierro los ojos un momento, todo está oscuro con los ojos cerrados. Oscuro y vacío. Los abro y miro a mi alrededor como si todo fuera nuevo, pero no lo es.

-Sí, sigamos adelante -murmuro-. Tenemos que ver el mar.

No sé si Lucos me oye, si la princesa y su doncella me entienden. Las lágrimas han dejado surcos oscuros en mi rostro lleno de arena. Harán juego con el morado del ojo. Si antes era exótica en este lugar extraño ahora pareceré un monstruo.

-No apostemos nada, Lucos. No apostemos, no perdamos. No puedo perder nada más.

¿Me queda algo por perder? Los vivos, los que me rodean. Extiendo mi brazo para apoyarme en la doncella, me acerco al hombre para ayudarlo con intención de preparar un emplasto. Toco su carne herida. El tacto de los vivos me resulta extraño. Casi incómodo. Entonces veo la pulsera que me regaló la princesa. La conservo. La acarició con las yemas de mis dedos. Me une a la realidad.

-Estamos vivos. Pensemos en eso -es más fácil decirlo que hacerlo. Los miro. Quizás algún día lleve otro cinturón sobre mi piel, pero no será hoy cuando lo empiece y eso me alegra. Ojalá no pueda llevarlo nunca. Ojalá no pierda nunca nada más.

jueves, 28 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar - 17




Abro los ojos, parpadeando, guiñando, herida por los rayos deslumbrantes de un sol colgado en el celeste y límpido cielo de la mañana. Trinan los pájaros y corre la brisa. El rumor del agua llega hasta mis oídos, cadencioso, rítmico. La orilla del río debe estar cerca, el suelo es hierba húmeda, fresca, mullida. Tumbada, me incorporo con esfuerzo, me apoyo en los codos. ¿Esto era el mundo de los muertos? No, en absoluto.

La doncella de la princesa atiende al soldado, inconsciente. Presenta un profundo corte en la frente y un tajo de feo aspecto en el hombro izquierdo. La princesa, le entrega trozos de su vestido hecho jirones. A la derecha Lucos se encuentra apoyado en el tronco de un chopo. Su sonrisa confiada me saluda. Aunque conserva la palidez de la noche anterior, da la impresión de estar bien. Luce un aparatoso vendaje en el torso desnudo. Mordisquea un muslo de algún tipo de pájaro, me lo ofrece:

-Toma. Tu estómago lleva rato gruñendo.

Un dolor pronunciado me arranca un gemido. La cabeza se me va. Dura unos segundos. Me palpo con extremo cuidado el entrecejo, lo noto hinchado, y me doy cuenta ahora que el ojo derecho está medio cerrado. Sangre seca en la ceja derecha.

- Tienes un bonito cardenal violáceo en la cara. Casi me gustas más así, como si fuese otro de tus tatuajes. Jajaja. ¿Cómo te sientes? Por cierto, cuando vayas a crear o traer una cosa como la de esta madrugada, eee…avísame antes, ¿de acuerdo? Casi me meo encima. Por Mitra, ¿qué era eso?

Mordisqueó la carne, sin responder. Estoy confusa. ¿Qué ha sucedió? Su expresión se torna seria. Observa el cielo, prefiere no mirarte.

- Perdiste tu cinturón. Lo lamento. Casi no se como estamos vivos.

Es cierto. Mi cinturón de huesos. Mi pueblo. No lo tengo. Mis manos lo buscan sin hallarlo. Corren a mi pecho, allí al menos sigue el medallón de los ancestros. Con mi madre, mi abuela. Y la esencia mística de los antepasados. Siento miedo, y frío. No sé donde estoy, no sé quien soy. Ahora ya no. Mis ojos no derraman lágrimas. Mis dedos palpan, desesperados,  mis caderas, buscando los huesos que ya no están, perdidos, perdidos para siempre tan lejos de su hogar. Aúllo de dolor, es tan grande que no me cabe en el pecho. No puedo llorar. Es demasiado dolor, demasiado. Estuve tantos días enterrándolos, tantos días atando sus espíritus a las falanges que llevaría conmigo. ¿Dónde están ahora? Perdidos, lejos de mi, lejos de todo. Desechos en la nada. ¿Qué veré ahora cuando cruce el puente? Un espacio infinito y vacío. Espíritus desconocidos que no me acogerán en su seno, espíritus que no entenderán mi idioma.

Los rayos dorados penetran las aguas verdosas de la corriente del río. Alguien me habla, pero no escucho. Es la doncella, una sonrisa tímida tiembla en su boca:

-¿Tú bien? Yo me alegro. Yo cuidar de ti. Yo preparar, e, no se nombre, medicina para golpe. Tú curar y mirar a Ver-el-Jiaz, mi guardia, tiene febre. Mucha. Sí.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué ha pasado? El medallón de los ancestros sigue en mi pecho. Es lo único que tengo, nada más. Tan poco. Os he visto morir a través de vuestros ojos. Os he visto vivir a través de los míos. Os he llevado conmigo y os he perdido en un país extraño, junto a un río. Ahora me odiáis. ¿Por qué no os dejé allí? ¿Por qué os traje conmigo? Acarreo la desgracia sobre mis hombros, da igual quien se acerca a mí, si está vivo o muerto.

El sonido no sale de mi garganta, es una bola que me impide respirar, una bola de lágrimas atascada en la garganta. ¿Porqué no hay esperanza? ¿Por qué no pienso en buscarlos, en recuperarlos, en continuar adelante, en volver atrás? Seguir viviendo o morir aquí. Ya da igual porque estoy sola, completamente sola.

Los ojos de la doncella están asustados al verme. Mis dorados cabellos despeinados y manchados de sangre, el rostro morado a causa del golpe, hinchado quizás. El dolor supurando por cada poro, la herida del espíritu abierta y en carne viva. No entiendo qué me dice, no entiendo nada. Sigo la dirección de su mirada y veo al hombre tendido en el suelo. Quizás muera. Nuevos muertos con los que no quiero hablar. Que no me escucharán.

Dejo que me ayude a levantarme y me acerco a él, mis manos recorren su cuerpo como si tuvieran vida propia, no la mía. No sé qué estoy haciendo. ¿Salvarle la vida? Espero que mis manos recuerden cómo se hace.




miércoles, 27 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar. 16




Doy un último beso en la mejilla de Lucos. Se gira de improviso y su boca se une  a la mía. No me retiro, paladeo el sabor a sangre, a aventura, a esperanza y a último final. Un segundo. Lucos se apartó, dio un paso atrás, sus ojos brillaban en la noche, y vi que los míos reflejaban los mismos destellos en sus pupilas.

-Yo…lo siento, Aswarya –confundido, su mano apretó mi antebrazo; se resintió del dolor que le producía la herida, lo aguantó en silencio. Tragó saliva – Te daremos tiempo. Claro que sí. Yo confío en ti.

Lucos se apoyó en un árbol, se pasó la mano por la cara, sostuvo la espada, me regaló uno de sus guiños. El guardia se situó detrás de unos matorrales. La doncella y la princesa se alejaron una decena de metros, escondiéndose en la negrura del bosque.


Un viento frío me atravesó el cuerpo. Arrastraba la savia del bosque, me traía el sabor de la tierra seca. Ascendió el bosque a lo largo de mis brazos, de mis piernas, mis senos y mi cabeza. Me cubrió de su fuerza, de su poder ancestral, mi energía vital se unió a él en una comunión que solo yo y los que son como yo podían comprender. Los espíritus acudían a mi llamada, se fundieron con la materia de la selva, hundieron sus raíces en la tierra, profundo, profundo…

Ya no soy solo yo. Me veo como a otra.

Aswarya abrió los ojos y apreció  su obra, para sumergirse acto seguido en su segundo ritual. Navegó más allá de lo que otro mortal es capaz de comprender o siquiera imaginar. Ella era una chamán. La última de su pueblo, de toda una estirpe antigua y salvaje. Aquel coloso de casi tres metros emergió de lo profundo de la tierra, de las copas de los árboles, del ramaje de cada uno de los árboles. Palideció Lucos cuando levantó la cabeza a su paso, lo mismo que el soldado, que se quedó paralizado por el miedo y el asombro.

Aswarya no pudo oír los gritos de terror y horror de los bandidos cuando se toparon con el elemental animado por los espíritus y la fuerza interior de la poderosa chamán que veo y siento, que vive dentro de mí, aletargada.Tampoco el crujir cruel de sus huesos al quebrarse, el gorgoteo de la sangre que brotaba a raudales de gargantas desgarradas o miembros mutilados. Los que pudieron huyeron en distintas direcciones, presas del pánico. Algunos, los más valientes, osados o locos, se enfrentaron al monstruo, vaciando sus vidas y almas. Corrieron a refugiarse fuera del bosque. Los más templados, probaron el fuego, pero las llamas no fueron suficientes para detener la furia del golem. Él mismo es una antorcha gigantesca y furiosa que arrasa con todo a su paso.

Sin embargo algunos rompieron su cerco o avanzaron desde otras direcciones. Pocos, que lograron llegar hasta los dos emboscados. Lucos descargó con sus menguadas fuerzas su acero por dos veces: desafortunado en el juego, tenía buena suerte a la hora de matar. El soldado hizo lo propio, asaltando ambos por sorpresa a los asesinos. Uno de ellos hirió al guardia y permitió que otro de los suyos rompiera la barrera dirigiéndose con ansia y cólera hacia la pequeña mujer arrodillada tras la mata de arbustos. Un traicionero rayo de luna le permitió localizarla. Otro bandido de las estepas derribó a Lucos con un golpe de su pequeño broquel.

Algunos más rebasaron a Lucos y al soldado. Se abalanzaron hacia mí. Regreso del mundo de los espíritus y los veo, sin levantar los párpados. La princesa no pudo reprimir un grito de temor más allá. Me encuentran, o imaginan donde estoy a través de la oscuridad. Las llamadas de los hombres barbudos, sus risas guturales, sus espadas centelleando como plata. Justo a tiempo recupero mi cuerpo, delante precisamente al traidor seboso que había urdido el plan. Sudorosa, temblando, apenas se donde me encuentro después de fundirme con los espíritus y navegar en ese mundo de sombras ciegas y cenitales. Intento esquivar el primer golpe, brilla el cuchillo en mi mano, pero el puñetazo del bandido golpea mi frente. Un fogonazo, y caigo, me tumba, mil agujas se hincan en mi cerebro. Quiero correr, me agarran por el cinturón, me tiran al suelo, noto el sabor, una vez más, de la tierra en la boca.

La oscuridad sobrevino de súbito, mordaz, angustiosa, callada. Absoluta.



Al sur de Hiperbórea. El Mar 15





-Aswarya.

La voz no poseía timbre ni tonalidad alguna. Carecía de vibración. Era únicamente una emoción. Una flor que florece y se abre al amanecer húmeda de rocío y de noche. Un sentimiento.

-Aswarya.

De nuevo. En lo profundo de la joven chamán. Una voz sin cara, sin tiempo ni lugar. Toda ella energía vital. La muchacha supo quien era. Su abuela. El espíritu eterno y sin edad de su abuela. La vio y no era ella, sino una luz sin forma, de tonos celestes intensos, oscilaba cerca de su corazón, de su cabeza. Susurraba y acariciaba a su alma.

-Aswarya. Si huyes siempre te perseguirán. Nunca serás libre. Quise enseñarte muchas cosas y no tuve tiempo. Nos robaron el tiempo y yo debo marchar pronto. Feliz, porque veo lo que eres, lo que serás. Si mantienes la fe en ti misma. Aswarya, se firme.

Huimos, huimos a través del bosque, escondidos en las sombras, intentando que nuestros perseguidores no nos encuentren. Es un error, solo es prolongar un poco más la vida que se nos escapa con cada segundo que nos apartamos de nuestros enemigos. Dejo de oír el bosque, el sonido de las hojas, de mis compañeros corriendo, sólo oigo el latido de mi corazón, tenso, inquieto, como golpes que atronan en mis oídos.

No estoy sola. Los noto inquietos a mi lado, corriendo conmigo, huyendo conmigo. No sé si sigo en el bosque o he vuelto a pasar al otro lado y es mi espíritu el que corre, un fantasma en medio de fantasmas. Oigo mi nombre, veo su luz, no escucho, no quiero escuchar, sólo huir. Huir lejos. Sus palabras penetran en mi mente aunque sé que no las oigo, sólo las siento, laten tan fuerte como mi corazón. Sé firme, sé firme. Lo soy. No lo soy. Lo soy... No lo sé.

Lucos, forzando la vista tratando de hollar las tinieblas de la noche, observaba a su amiga que se había detenido, como confusa, unos metros antes de alcanzarlos a ellos. El guerrero, espada en mano, se apoyaba en el guardia; más adelante, la princesa y su doncella corrían, tropezaban, caían.

-¡Aswarya!, ¿qué diablos haces? – Susurró Lucos-. Date prisa.


Miro hacia delante. Lucos me llama. Me he detenido. Llevo en mi mano la rama con la que borro nuestro rastro, siempre detrás de ellos. Asiento con la cabeza y avanzo hasta que llego junto a él. Ahora el bosque es físico y parece querer detenerme con cada paso que doy, ramas, raíces, y el sonido de mi corazón latiendo con fuerza. No oculta el sonido de los nuestros perseguidores. Están cerca. No puede latir más deprisa. No puedo correr más deprisa.


Aswarya intentó hacer desaparecer lo mejor posible las huellas de todos ellos en esa zona. Sin embargo, no muy lejos, se escuchaban, cada vez más cerca, los resoplidos de los caballos, sus arreos, los gritos y maldiciones de los asesinos. El tintineo del metal. El bosque no era demasiado grande, cabía la posibilidad de esconderse, pero, ¿cuánto tardarían en dar con ellos? Lucos se encontraba mejor, pálido pero vivo, ¿por cuánto tiempo?, se preguntaba la joven. Arrancado de las garras de la muerte, hurtado al mundo oscuro de los espíritus dolientes para, si no se producía algún hecho insospechado, sumergirse muy pronto de nuevo, y definitivamente, en él. Lucos y todos los demás.

Aswarya se vio así misma trotar sorteando arbustos, raíces traicioneras y piedras que emergían del suelo seco del bosque. Pasó al lado de Lucos, escondido tras el macizo tronco de un árbol. Bastó una mirada y comprendió lo que se proponía, su expresión decida a pesar del color ceniciento que maquillaba sus mejillas:

-No llegaremos lejos. No quiero que nos cacen igual que conejos.

El guardia masculló algo, algunas palabras, suficientes. El hombretón le recriminaba su aptitud, un momento antes era un muerto, ahora se proponía serlo otra vez. Lucos le miró y contestó:

-Darán con nosotros. Torced al río, tú y yo podemos emboscarlos. Con esta oscuridad tenemos ventaja, y las chicas tendrán tiempo de nadar hasta uno de esos islotes.

El guardia dudó. Desde unos metros más adelante la doncella replicó:

- La princesza saba poco nadarr. ¿Y cuánto tiempo en encontrar a noszotras mañana? ¿Luego qué haczemos? No.

- No hay salida. O aprende rápido o lo pasará mal con esos tipos–respondió Lucos, de mala manera. Se giró hacia su compañera, le habló en voz baja, su boca rozando su mejilla-: Estamos condenados. Escapa hacia el río. Al menos tú puede lograrlo. Nosotros te seguiremos.

- ¡Es locura! En bosque quiszás lograrlo. Oszcuro nos protegerra. Ellos no ver tampoco a noszotros. Tú entiendes, Lucos –casi lloró la doncella.

El guardia señaló con su voz profunda que él se debía a la princesa, que no la abandonaría. Derramaría hasta la última gota de sangre por ella. O alguna cosa similar le pareció entender a la hiperbórea. El mercenario ahora parecía dudar.

-Mitra. ¿Tendré que jugármelo a los dados? –murmuró más para sí que para el resto.


-Aswarya. Aswarya. Se tú.


La oigo. La siento. En lo profundo de lo que soy.

Discuten. Cualquier decisión que tomemos estará equivocada. O no. Lucos, te he traído de la muerte para verte morir dos veces. No. no nos separemos.

Las miro a ellas, a las dos, tan asustadas como yo.

-No tengáis miedo. Confiad en mí. Díselo -le digo a la doncella-. Dile que confíe en mí.

-No podréis con ellos, todos juntos aún tenemos una posibilidad. Llamaré a los espíritus. Vosotros sólo dadme tiempo. Dadme tiempo. -mi boca roza la mejilla de Lucos en un beso que quizás sea el último que le de. Mis ojos miran a la princesa y quizás sean la última vez que la vean. Me escondo entre los arbustos y hundo mis manos en la tierra húmeda, arañándola hasta que parece que mis manos no son más que raíces buscando alimento. Ya no los oigo. Tengo los ojos cerrados. Mis brazos se han convertido en uno más de los arbustos que me rodean y pronto pararán a ser algo más, algo inerte, muerto, polvo y tierra. Al otro lado del puente los espíritus me llaman pero yo tengo mis manos hundidas en la tierra. Cruzo. Cruzo. Ahora estoy en medio de ellos y mis manos siguen hundidas en la tierra.

Los espíritus toman mi cuerpo, que se estremece pero yo ya no lo siento, se apoderan de mis manos y penetran hasta la tierra blanda, para ser uno con ella. Gritan y se estremecen al contacto pero siguen adelante, queriendo ayudarme, se visten con la tierra parda y se alejan, se elevan. Luchad contra nuestros enemigos, tierra imbuida de alma. Mientras yo os doy mi fuerza desde aquí.

Mantengo las manos en la tierra, mientras unos espíritus emanan otros se han quedado a mi lado. La pulsera ha quedado oculta por la tierra y yo les pido que la eleven, que hagan un muro delante de ella. Al menos, si fracasamos, siempre nos quedará el mar.



domingo, 24 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El mar 14



Entrega esta distinta a las otras. Primero, la narración de los hechos que suceden; luego, la forma de vivirlo de Aswarya.


Azar y Destino. Dos fuerzas del Universo para algunos; divinidades para otros; simples espejismos creados por la mente humana. Destino y Azar conjugados con la voluntad conforman el entramado imprevisible y misterioso de la vida. Cuestión de filósofos indolentes y sacerdotes ociosos, que despreciaría un guerrero cuyo destino lo traza su brazo y el filo acerado de su espada.

El destino hizo que el camino de Aswarya y Lucos se cruzase con el grupo de Kerkan y la princesa. La decisión de los dos compañeros les llevó a aceptar la propuesta del capitán y unirse a la partida. El destino intervino de nuevo, les tenía preparado un reto. Y el azar condujo a la joven chamán a descubrir la trampa y la emboscada. ¿Por qué Lucos, cuya vida resbalaba en los dedos de Aswarya igual que el contenido de un reloj de arena, decidió ayudar a la princesa? Aswarya no conocía suficiente la hombre para saber esto con certeza, pero sí podía asegurar que no fue por dinero. ¿Por honor? Qué honor podía haber en dejarse matar defendiendo la vida de una desconocida. Tal vez para un caballero noble sí, pero Lucos no era tal cosa. Tampoco ninguno de los dos dio su palabra. Fue un trabajo, demasiado arriesgado cuando sucedió el ataque. ¿Por qué? Lucos era así, temerario, impetuoso, no pensaba dos veces las cosas. Pero era un hombre en quien se podía confiar la vida propia, a pesar de que también era capaz de arriesgarla.

Aswarya optó por enfrentarse al destino negro y rojo de esa noche.


El mundo físico perdió sus relieves y detalles, los colores y texturas desaparecieron, Aswarya se deslizó casi por entero al mundo de los espíritus; solo el fuerte apretón en la mano de Lucos, lo mismo que un intangible cordón umbilical, conectaba con la realidad material. Sumergida entre las sombras etéreas de los suyos, comprobó que estos tiraban con hilos invisibles, atrayéndolo hacia ellos, del espíritu de su amigo. La muchacha notaba el miedo de este, la total desorientación que sufría su ánima, arrancada cuando la juventud todavía fortalecía su cuerpo. Su energía vital se le escapaba, huía, a pesar de la inquietud por lo desconocido. Aswarya luchó y demostró que generaciones enteras de saber se acumulaban en su propia alma, logrando calmar a los que la acompañaban, apaciguarlos y, por último, que la ayudasen a que la esencia inmortal de Lucos permaneciese en la tierra de Hyboria, y no que se fundiese con Mitra o, de forma terrible, fuese encerrada en Arallu * para sufrir sus tormentos. Te pareció que tu abuela sonreía y pestañeaba lentamente en señal de asentimiento.

Aswarya, sudorosa, fatigada, apoyó la cabeza en el pecho de Lucos. Constató que subía y bajaba de forma regular, y que su corazón latía con energía ¿Qué sentía el de Aswarya por aquel hombre? ¿Un recio asidero, un compañero donde apoyarse para recorrer este mundo tan extraño y singular? ¿Algo más que amistad? ¿O fue su propio miedo a quedarse sola lo que la urgía a luchar por su vida de esa manera? Quizás un poco de todo ello.
La herida dejó de sangrar, el guerrero herido respiraba con calma, inconsciente. Al abrir los ojos descubriste que sus mejillas habían recuperado cierto color, y al mirar en derredor, las otras tres personas que te acompañaban, seguían allí, no te abandonaron. Te observaban, entre curiosas y hechizadas, los ojos negros de la princesa inmensos, trasmitiendo la sucesión de emociones que sacudían su corazón: temor, asombro, fascinación. Su doncella parecía ensimismada y solo el guardia murmuraba palabras cargadas de urgencia a la vez que echaba miradas recelosas en la dirección por la que os habíais internado en la espesura.

¿Cuánto tiempo hubo transcurrido? Seguramente unos pocos minutos. Los suficientes para que los bandidos se apercibieran de la treta y regresaran. Se escuchaban sus voces desabridas, el tintineo de los aceros, las pisadas de botas y cascos. Se adentraban en el bosque, todavía lejos, sin embargo no tardarían en alcanzaros. El guardia iba a cargar con Lucos cuando este despertó gracias al acre olor de la secreción de una de tus raíces bajo su nariz. Tosió, tomó aliento. Te miró, indeciso, sin recuperar el sentido del todo. Se apoyó en el otro hombre, y los cuatro se hundieron en la maraña de arbustos, plantas y árboles en tinieblas. Ráfagas de aire frío helaban el sudor en la piel, levantaban y arrastraban las hojas, y rumoreaban entre las ramas.



Huir por el bosque fue un mal menor. La elección de Aswarya. Los perseguidores se acercaban, os triplicaban en número, o más. Lucos volvió a la vida. Pero daba la impresión de que todo estaba perdido. 



* Mitra es el dios de la luz, la justicia y la bondad, adorado en muchos reinos hyborios. Arallu es el Infierno.






La mirada de Aswarya


Vuelvo. Y la realidad no me parece real. Siempre es una tentación dejarme llevar y quedarme con ellos. Parecen más reales que el bosque que me rodea, más reales que la vida. Y, sin embargo, ¿existirían sin mí? ¿O se dispersarían en las sombras una vez que mi espíritu se haya unido al de ellos? Cuando el cinturón de huesos se desgaje en mil pedazos, tan lejos de nuestro hogar. Tan lejos.

¿He actuado mal? ¿Debí quedarme allí? Hubiera sido mejor antes que encontrar la muerte aquí, en este lugar desconocido, junto a personas que no me entienden. Agarro con fuerza la mano de Lucos que me ata al mundo. La agarro con fuerza y no me dejo llevar. No puedo tocaros, ni abrazaros. Veo la sonrisa de mi abuela y no puedo correr a sus brazos. A veces siento su aliento en el aire. A veces el aire es sólo aire. Y ahora... Tengo que volver. Volver al bosque, a los desconocidos, a la vida, a Lucos. Su mano aprieta la mía ¿o es al revés? Su pecho se eleva, lentamente y yo me apoyo sobre él. Trago saliva, porque sé que quizás lo haya hecho regresar para enfrentarse con la muerte por segunda vez en una noche. ¿He sido justa al hacerlo? Ya no hay marcha atrás.

Levanto la cabeza, ansiosa por ver abrirse los ojos de Lucos. Cogiéndole la mano todavía, sin soltarle, como si todavía fuera a alejarse hacia el mundo del espíritu. No, ya no puedes. Te he traído de vuelta. Estás conmigo. Hemos actuado sin pensar esta noche, tú y yo. Sobre todo yo, dejándome llevar en cada momento, arriesgando cuando no debía hacerlo, pero nunca lo sabrás, no, mañana esta noche sólo será un recuerdo confuso. O quizás mañana estemos muertos.

Miro a la princesa, sus ojos negros y hermosos, tan distintos a los míos, tan profundos. No ha huido, sus ojos no derraman lágrimas. No sé si me comprende, si sabe lo que he hecho y porqué lo he hecho. Asiento con la cabeza cuando Lucos se incorpora, tener a Lucos con nosotros no va a ponernos a salvo pero ella no lo sabe. La apuesta ha sido equivocada, princesa, este es el bando de los perdedores. Y sólo podemos correr, escondernos, correr. El guardián lo sabe y nos apremia. No puedo darme más prisa. No puedo más.

Estoy cansada. Una parte de mis fuerzas parece que se ha quedado en el mundo de los espíritus. Los noto a mi alrededor, nerviosos, el collar de huesos tintinea tanto como la pulsera que llevo en el brazo. No puedo pararme a oír lo que quieren decirme. No puedo pararme ahora. Tenemos que continuar. Asiento con la cabeza a mis compañeros y quemo raíz de tomillo sobre su rostro para que vuelva en sí.

Me miras, Lucos, me miras y yo tengo un nudo en la garganta. No puedo contarte lo que ha pasado, ni lo que nos espera. Sin caballos, sin conocer el terreno por donde nos movemos. Pero no podemos quedarnos parados, tenemos que huir. El guardián te ayuda a levantarte y yo suelto tu mano y me aparto, dejándolo hacer. Sin poder dejar de mirarte. Tenemos que escapar, no nos queda otra salida. Escapar o morir si no lo conseguimos. El bosque es oscuro y la noche no parece terminarse nunca.

Les digo que vayan delante y me quedo detrás, intentando borrar nuestro rastro. Ocultar la sangre derramada, la sangre de Lucos, la mía. Corro después detrás de ellos, sintiendo que todo lo que he hecho esta noche estaba equivocado, que el futuro se está quedando atrás. Mis manos acarician el cinturón de huesos buscando consuelo pero no lo encuentro. Miro a mis compañeros que avanzan delante, asustados, temerosos, volviendo a veces la cabeza hacia atrás para ver si los estoy siguiendo. Los ojos negros de la princesa, la sonrisa de Lucos, que intenta extenderse por las comisuras de sus labios a pesar de la situación. Aún nos queda una última apuesta, parece decirme y eso sí me consuela. Caminan delante de mi, vivos. Sólo espero tener la suerte de no verlos morir. De morir yo la primera.

sábado, 23 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar. 13



-No, no ha mencionado a ningún niño. No temas por Sando, Kerkan no mata niños. Seguramente lo abandonará en alguna aldea –responde al fin Lucos a mi pregunta.

No es un consuelo.

La idea desesperada centellea en mis pupilas. Descarto perseguir a Kerkan en la barca y trato de jugársela a los bandidos. Los demás comprenden, vemos alejarse a los caballos y su carga de muerte.

Deprisa. Deprisa.

- Zse caerán. No aguantarán. Oh, diozses, no vamoss a escapar –casi lloró la doncella.

Lucos se apoya en el tronco de un árbol. La princesa mira aterrada el trozo de tela ensangrentado. Sus manos enjoyadas jamás deben haber hecho algo semejante. Entonces la doncella me ayuda. Lucos bromea, no suelta mi mano; la sonrisa no huye de su boca. Su vida sí.

-Bueno, si te pones así de pesada, aguantaré.

El miedo nos sigue, nos atenaza, es nuestro más cruel perseguidor. Aquel a quien no podemos engañar. No puedo negarme a mí misma que estoy asustada. Que tengo miedo. Veo a Lucos desangrándose, aguantando, con esa sonrisa que no consigue ocultar el dolor que siente.

Calla. Calla. No, sigue hablando. Mientras hables estás vivo. Mientras hables tu espíritu no se unirá a los que me acompañan. Ya he perdido a demasiada gente. Demasiada. No quiero arrancar uno de tus dedos y unirlo a mi cinturón de huesos. Necesito la carne, el calor, la sonrisa y el sonido de los dados. La herida no sería grave si no tuviéramos que movernos, si no nos persiguieran, si el tiempo no jugara en contra nuestra. ¡Ah! Lucos, la suerte podría sonreírte al menos una vez. Al menos esta vez.

Los bandidos llegan al galope, una docena o más, atronando los cascos de sus monturas, justo a tiempo de que podamos desaparecer en los lindes de la oscuridad del bosque. Atisbo, oculta por un arbusto: se detienen los hombres barbudos, maldicen en su lengua, los sables en alto. Buscan huellas, sus caballos patean y piafan, alzando sus remos. Examinan las brasas de la hoguera, señalan hacia la barca, discuten entre ellos.

Con el corazón encogido veo que se deciden a continuar cabalgando tras los caballos en fuga. 

La luz reflejada de la luna apenas si penetra en la noche ciega del bosque. Apurados, seguimos avanzando, los más silenciosamente posible. El guardia, un hombre alto, corpulento, de mirada sombría, me ayuda con Lucos. En un diminuto claro donde penetra un rayo plateado nos tomamos un descanso. Se que no tardarán en dar alcance a los falsos señuelos; regresarán, no les resultaría difícil dar con nosotros. ¿Y entonces qué?

Tendemos a mi amigo en el suelo y me siento a su lado.

-El bosque no es una solución. Tal vez si logramos ocultarnos en alguna hondonada –señala Lucos, la voz apagada, la piel de la cara sudorosa, pierde el color. Se va con las cenizas.

El guardia dijo algo, Lucos cabeceó y tradujo:

-Dice que la noche es nuestra aliada, su oscuridad: aprovecharla, o vender caras nuestras vidas.

La herida es grave, el movimiento de la huída y la pérdida de sangre la han agravado, la luz se le escapa sin remedio. Lucos, me dices que busque una hondonada, el bosque no sirve. No, el bosque nos da un tiempo precioso. Quizás hubiera sido más sencillo nadar hacia la barca. Kerkan no habría perdido la oportunidad de ayudar a la princesa y llevarla a su destino, pero habríamos tenido que abandonarte, Lucos, y no estoy dispuesta a hacer eso. Ni siquiera lo entiendes, estoy segura de que ni siquiera lo entiendes. Posiblemente ellos tampoco. Me miran, como si supiera qué estoy haciendo. Lucos traduce lo que hablan. Sí, traduce, pídeles que vigilen, que se preocupen ellos. Yo no puedo. Ni siquiera me salen ya las palabras.

Los muertos revolotean a tu alrededor, presienten que serás su próximo compañero. ¿Es que no veis que lo necesito con vida? No le tendáis los brazos, no le acojáis. Todavía no. Todavía no. Me quedaré sola en un mundo que no entiendo y que no me entiende. Levanto la cabeza y miro a la princesa, a su doncella, al guardia. Cansados, asustados, sangre seca, sudor y polvo. Trago saliva, pero soy incapaz de decir nada, espero que entiendan que ahora Lucos es lo más importante.

Me vuelvo hacia él. Dejo que mis dedos jueguen con su cabello, recorro la línea de su mentón, bajo mi rostro y le doy un beso, las lágrimas recorren mis mejillas, el guardia habla pero no lo entiendo, no quiero entenderlo. Aprieto la mano de Lucos con fuerza, su espíritu se tambalea, inquieto, puedo verlo como una larga mancha que se extiende sobre su cuerpo. Todavía duda, es un niño indefenso en el mundo de los muertos. Mira sorprendido todo lo que le rodea, ahora ve las cosas de distinta forma, o quizás todavía esté ciego y no las vea. Todavía está demasiado cerca de este mundo.

Glan fue niño antes de morir, ahora es el primero que extiende sus brazos hacia el desconocido que llega a su reino. Los veo, puedo verlos. Y podría extender mis manos y tocarlos si tuviera tiempo, si no estuviera sosteniendo la mano de Lucos. No voy a soltarla. Aplico sobre la herida una hojas de muérdago, y un poco de ungüento elaborado por mí. La joven doncella me ayuda, sus manos son hábiles. La princesa gime, oculta su rostro asustado con sus manos. Seco mis lágrimas. No veo más nítido a pesar de eso. Estoy tan cerca del mundo de los fantasmas que podría tocarlos, podrían verme. ¿Me oyen? ¿Me oís?

-Ayudadme -les pido, y mi súplica es un lamento lleno de dolor, un canto fúnebre-. No ha llegado su momento todavía, no es su momento. Si queréis que siga viva él también tiene que vivir. Habladle. Hacedle volver. Lo necesito. El peligro será mucho mayor si él no me acompaña. Lo sabéis.

Intento reconocer las formas de los muertos, pero se tornan borrosos, se entremezclan unos con otros. Extiendo mi mano y dejo que sus espíritus se enreden entre mis dedos, no puedo caminar con vosotros hoy. Hoy tengo que quedarme a este lado.

-Abuela. Abuela. ¿Eres tú? Atiende mi súplica. Siente mi dolor. Penetra en mis sentidos, mira con mis ojos. Ayúdame. Ayúdalo.

Las sombras se tornan más intensas y ya no veo lo que tengo a mi alrededor. Solo las veo a ellas. Si el guardia sigue hablando yo ya no le escucho. Lo único real ahora es la mano de Lucos a la que me aferro. La aprieto con fuerza aunque él apenas cierra la suya en torno a la mía. Se me escapa. Se me escapa.

-Lucos. Lucos. No es momento. Tienes que volver a tu cuerpo. Tienes que ayudarnos. Me has metido en este lío y tienes que sacarme de él. No podemos seguir sin ti y no estás preparado. ¿No ves que la herida se va a cerrar? El muérdago detiene la hemorragia y ayuda a cicatrizar la herida. Te pondrás bien. Pero no puedes rendirte ahora. Tienes que volver. Mírame. Mírame con tus ojos. No mires a los muertos que me acompañan, no tienes que ir con ellos. No es tu momento. Regresa. Regresa a mi. Aprieta mi mano. Lucos. Aprieta mi mano. Regresa.

El guardia vigila. Espetó una orden, varias veces. No lo comprendo, pero se su evidente significado: “Aprisa, aprisa, regresan”.

Noto el miedo a mi alrededor. Es un sentimiento. Una sensación. Ni siquiera sé si procede de mi, de mis compañeros, o de los muertos. Mis sentidos están en el puente. Sin pasar al otro lado, sin volver a este. Extiendo la mano hacia la sombra que se agita sin separarse de Lucos, mi cuerpo real apretando su mano real, mi espíritu intentando alcanzar el suyo. Mi personal partida de dados. Mi apuesta. No me has enseñado a perder, Lucos, no me has enseñado. No sé perder y mantener la sonrisa. Me echaré a llorar.

Ya estoy llorando.


domingo, 17 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar. 12




El caballo de Lucos relinchó, se encabritó, y luego prosiguió su carrera ahora también cargando con mi peso. Mi montura siguió galopando al lado por puro instinto junto a los demás. Lucos estaba encorvado hacia delante, me llega su murmullo amortiguado por el dolor:

-¿Pero qué haces, Aswarya? ¿Qué haces? No me debes nada. Por Mitra, te queda
mucha vida.

El salto de un caballo a otro, aunque complicado, obtuvo su éxito. Sin embargo ahora la distancia se acortó peligrosamente con los tres primeros jinetes que nos persiguen. Miro hacia atrás, rodeada de espíritus que intentan darle alas al corcel, envuelta en miedo, empapada en sudor frío. Miedo vencido por una decisión, sin importar las consecuencias. Importa el ahora, no el mañana. Nos define lo que hacemos, no como pensamos. Tal vez esos pensamientos rondan mi mente; o un vacío completo, solo impulsada por la necesidad de actuar. Guiada por el corazón.

Quiero cerrar los ojos, soñar que cabalgamos bajo el sol, nadie nos persigue, la humedad que noto en mi vientre es sudor, no es sangre. Pero corremos, corremos, porque no podemos soñar, porque el enemigo está tan cerca, tan condenadamente cerca. Y el caballo con el peso de los dos avanza más despacio. ¿He cometido un error? No quiero pensar en eso, no quiero pensar. Sólo cabalgar, continuar adelante. Las lágrimas saben a sangre. No contesto a los reproches de Lucos porque tengo un nudo en la garganta, pero me aprieto contra él, que sienta mi calor ya que no puedo darle otra cosa.

De nuevo miro hacia atrás, el enemigo está cada vez más cerca, no descansa, no se rinde. Estamos muy lejos de conseguir escapar, quizás no lo logremos nunca. Los espíritus están inquietos. No es esta la venganza que sueñan, que anhelan, los veo retorcerse, tan inquietos como yo. Reflejan mi miedo. Nos alcanzan. Nos alcanzan.

Están aquí.

Aquellos tres asesinos se nos echan encima. Puede que Zawinnia le diera una orden al guardia sobreviviente, el hecho es que este vuelve grupas hacia nosotros, acude a ayudarnos. Llega justo cuando uno de los bandidos se preparaba para darme un golpe mortal. El soldado le cortó la cabeza de un certero sablazo en la primera pasada al galope. Me vuelvo un segundo: la lucha es breve, intensa, cruel. El hombre se enfrenta a los dos bandidos, maneja con habilidad su acero. Veo abrirse el pecho de un segundo bastardo, y, no se como, hago descabalgar al tercero con un golpe de bastón en su nuca. Peleo con rabia, ya que no tengo esperanza, con la ira de cien muertos latiendo en mi interior.
Espero que Lucos pueda aferrarse solo al caballo, pero no le digo nada. Sin el guardia no lo habría conseguido. El miedo es el que mueve mis manos y usa mi bastón, el miedo es el que me tiene en pie y consigue que no me desplome sollozando de impotencia en el suelo. Logramos escapar de ellos, y las lágrimas son de alegría ahora.

Pero vienen más, la luna brillante deja ver el aguerrido grupo de asaltantes que se aproxima a galope tendido. Ellos son tantos y nosotros tan pocos. Lo único que podemos hacer es seguir corriendo.

-¡Vamos! –me urge el corpulento guardia.

De nuevo cabalgando, arrastrando una esperanza que se desvanece a cada impulso de los cascos del caballo. Noto las manos llenas de la sangre de Lucos, mi vientre, mi estómago empapado en su sangre, mezclada con mía. Es imposible escapar. Galopamos todo lo deprisa que podemos. No parece ser suficiente, nunca es suficiente. No quiero volver la cabeza, no quiero mirar. Hemos perdido, esta vez hemos perdido. ¿Por qué seguimos huyendo? ¿Por qué continuamos luchando, esforzándonos? Si no podremos conseguirlo. Si la sangre mana cada vez con más intensidad. Sangre que nos mantiene pegados, unidos. Si pudiéramos parar podría intentar hacer algo para contener la hemorragia, pero no podemos detenernos. Ellos están cerca. Nos atraparán. No servirá de nada.


A la derecha, la sombra del río donde se bañaba el astro nocturno. En frente y a la izquierda, bosquecillos. Detrás, la muerte o algo peor. Mi mirada se iluminó de sorpresa: lo que parecía una vela blanca destaca más allá de los márgenes del río, entre los diminutos islotes diseminados en la corriente. Llegamos a una pequeña hondonada, la princesa, la doncella y el guardia nos esperan. Hay una hoguera medio apagada, sus brasas todavía relucen en la oscuridad de la noche, jirones de humo ceniciento se elevan indolentes. En los ojos de Zawinnia se lee el temor mezclado con agradecimiento, suficiente con un asentimiento de cabeza. Cerca de la hoguera el cadáver de un hombre de cierta edad yace con un tajo en el cuello donde todavía fluye un hilo de encendido carmesí. Junto a la maleza, la doncella sostiene en su regazo la cabeza de un chico; huía la sangre y su vida por su boca, las manos apretándose el vientre. Consiguió articular unas palabras cuando el guardia le pregunto en su lengua. Después su rostro se crispó en un rictus de agonía y sus ojos se quedaron ciegos y estáticos mirando al infinito cielo. Lucos me tradujo, con esfuerzo:

- Un hombre a caballo apareció…Quería que lo transportasen a la otra orilla. Su padre se negó…Son pescadores. Mató a su padre y obligó a su hermano a ayudarle con la vela. Sin duda era Kerkan…Hijo de puta.

Muerte por doquier. Muertos todos. ¿Qué habrá sido de Sando? ¿Ha visto como mataban a estos hombres? ¿Estará muerto él también?

-¿De Sando no ha dicho nada? -le pregunto a Lucos, aunque no quiero que se esfuerce, no quiero que hable. Tenemos que ocuparnos de esa herida ya. Si es que no es demasiado tarde. Los miro a todos, la princesa está asustada, todos estamos asustados. Pero estamos vivos todavía, estamos libres todavía, sentimos el viento, olemos la sangre, derramamos lágrimas.

La barquita no estaba lejos de la orilla, puede que a menos de treinta metros, bordeando un islote. La ribera herbosa del río se pierde hacia el este, y al norte el bosque. Los bandidos galopan sedientos de nuestra sangre desde el oeste. Los demás no saben qué hacer. Las dos mujeres miran alternativamente al guardia, a mí y a Lucos. El soldado blande el acero, en su cara oscura y tatuada la determinación a vender cara su vida.

La mano de Lucos aprieta con fuerza la mía, tanto que casi me hace daño.

- Veo a tus espíritus, Aswarya. Te comprendo…ahora. –Gira su cabeza, sus pupilas brillan en mis lágrimas, una sonrisa se asoma a su perfil –Es mi última partida. Y la perderé, como siempre –la sonrisa se ensancha-. No podía morir con nadie mejor a mi lado.


Desmontamos y dejamos con cuidad a  Lucos sobre la húmeda hierba de la orilla.

-Aguanta, Lucos, aguanta. Nos quedan muchas partidas todavía. Nos quedan muchas partidas -no sé si ya me oye o no. No quiero saberlo. Sostengo su mano, le doy un beso en la mejilla. Arranco un trozo de mi ropa y se lo doy a la princesa, enseñándola como presionar sobre la herida para que no salga más sangre.

Mi vista se pierde en la oscuridad buscando una salida, una desesperada solución.

-Tal vez si nadamos hasta la barca, pero él no podrá... –digo sin convencimiento, tampoco sé si la princesa y su doncella saben nadar bien, si los meteré en un peligro enviándolos a Kerkan... qué complicado es todo. Miro los cadáveres. Son sólo dos...El guardia niega con la cabeza, mira a Lucos. Se lo que piensa.

-¡Deprisa, ayudadme! -con rapidez intento montar al hombre y al muchacho en los caballos, el soldado me ayuda, le ponemos a uno de ellos mi capa, le pido a la princesa la suya. Todavía está oscuro, el engaño puede funcionar. Si se alejan, si se alejaran... ¿podremos transportar a Lucos? No puedo arriesgarme a quedarme con un caballo, podrían encontrar las huellas.

-Al norte, iremos hacia el bosquecillo, no esconderemos allí. Díselo, Lucos, háblales. A mi no me entienden. Te necesito. No te vayas todavía, te necesito.

Incito a los caballos para que corran en las márgenes del río, a la vista. Golpeamos sus grupas, espero que los cuerpos muertos no se caigan, espero tantas cosas. El guardia me ayuda con Lucos, la princesa vigila. Los animales inician su carrera transportando dos cadáveres. No hay tiempo para más, a la doncella borra nuestras huellas. Espero que me entienda, espero que todos me entiendan.

-Aguanta, Lucos, aguanta –una vez más, y otra-. Tienes que llevarme a ver el mar -las lágrimas corren por mi rostro sin que pueda hacer nada por evitarlas, no vuelvo la cabeza atrás, no miro a nuestros perseguidores, miro hacia adelante, hacia el bosque, huimos a pie para ocultarnos en su salvaje vegetación.