domingo, 13 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear - 42



De un campo de batalla a otra situación límite. El extremo entrenamiento físico y psíquico de los marines ahora relucía en toda su intensidad, permitiendo que no perdiesen la cordura; no al menos del todo. Para lo que les estaba sucediendo no te preparan en parte alguna, ni en simulador ni en la teoría. Pero allí estaban, cumpliendo con su deber una vez más. Aunque no todos, Dillon anunció la muerte de Benley, desconocida para todos, sin embargo sospechada. Sandro no llegó a mencionarlo, aunque él no vio al cabo muerto, antes de eso explosionó el hangar; asintió con la cabeza, hora comprendía el significado de las palabras que le dijera el médico.

Tardaron unos instantes en amoldar sus torturadas mentes al momento presente. ¿Qué era el presente para ellos? Se fundían en sus castigados cuerpos el presente con el futuro y el pasado. ¿Hasta cuándo iba a ser así? ¿Hasta cuándo esta maldición duraría? Hasta la muerte de todos, seguramente. Entretanto no les quedaba más que seguir siendo marines. Y eso precisamente iban a hacer, sacar a toda esta gente de este infierno.

Se inyectaron la magia de Dillon *. La presión arterial aumentó, el dolor casi desapareció en todos ellos; el mundo se tornó rojo, los segundos pasaban delante de sus miradas ralentizados. Una sensación poco conocida, pocas veces antes se “metieron” tanta droga. Les esperaban diablos al acecho. Ellos también eran demonios. Los civiles los miraron asombrados. Aterrorizados. Ninguno decía nada aparte de gemidos y lloros. Los hombres tomaron las armas, respirando agitados, sudando a mares. Dillon les metió un buen chute, serenidad y adrenalina, el equilibrio. ¿Ha quién coño le importarían las consecuencias?

Una de las puertas ya estaba protegida por un armario, parecía que a los civiles no les dio tiempo de más. Lo apartaron, varios pequeños boquetes estaba agrandándose por las fieras al otro lado. Los soldados abrieron las puertas, Sandro y Carlo barrieron la zona a la par que dos de esas cosas saltaban al interior. Las dudas de la sintética se desvanecieron: agujerearon los corpachones felinos con sus mortales ráfagas, desparramaron sangre roja, entrañas, sesos y huesos destrozados por todas partes. Los Nocturnos no retrocedieron, quisieron entrar más, los dos marines avanzaron, delante Sandro, como era habitual en él; tuvo tiempo de girarse, llamar a Simo y levantar el dedo corazón sonriendo. La munición despedazó la carne de las fieras, un pedazo de cerebro rebotó en el pecho de Helen, la sangre salpicaba por doquier. El ruido de los disparos se fundió con los gritos de pánico de los civiles, los rugidos de los animales y los chillidos y estertores de muerte de estos. Viviana y Svenson se unieron a ellos, se abrieron paso hasta el descansillo y luego escaleras abajo dejando a su alrededor una decena de cadáveres de nocturnos mutilados. Ninguna de ellos logró de momento tocarles con sus garras o los enormes y largos colmillos. Retrocedían los bichos, a su paso; retrocedían y morían. Lo que quedaba de puerta fue cerrada de golpe y las barricadas dispuestas. En la otra puerta no fue así, miraron a la sala adyacente, allí también los nocturnos estaban intentando abrirse paso a través del techo. Aquel sitio era una ratonera.

Dentro la tensión se cortaba con un cuchillo, igual que los cuartos traseros de una ternera. A Rivers no le supuso dificultad amoldarse a la nueva arma arrebatada a aquel soldado muerto del futuro, ahora se vería qué hacía esa máquina de matar y si los nocturnos tenían miedo o algo similar. Simo a su lado, sin tener claro si esto era real o una alucinación. Dillon al otro, junto al sargento. Anette acabó por despertarse, agarró su fusil, y se acomodó en un rincón; su expresión era más salvaje que la de esas fieras. Que acabaron por entrar.

La puerta cedió, los armarios cayeron. Aguardaron un instante a que esa marabunta se desparramase en el interior conforme a la sugerencia de Rivers. Solo un segundo, porque los nocturnos penetraron a grandes saltos, corriendo, con una furia inusitada. Pudieron verlos, grandes, casi del tamaño de un lobo, con cierto parecido a los gatos monteses de los que habló el sargento. Parapetados tras las mesas volcadas, los marines no tardaron en recibirles adecuadamente.

Resultó una sangría. No fue la primera vez en que tuvieron que enfrentarse a bichos en alguno de aquellos mundos exteriores, pero con todo, siempre resultaba espeluznante ver los resultados. La primera oleada se transformó en pulpa en menos de treinta segundos. Su sangre y pedazos de órganos internos saltaron en todas direcciones, en los trajes de los soldados, en sus rostros demacrados con expresiones de puro salvajismo. La música a todo volumen de Dillon se mezcló con la cacofonía demencial que amenazaba con aplastar el reducido espacio de la sala. El fusil de Rivers era capaz de reventarles la cabeza y llevarse por delante a varios más. Ni Simo ni Dillon supieron a cuantos derribaron. En su rincón, Anette contribuía a la masacre mientras el sargento no dejaba que fiera alguna se aproximase; Phillips también disparaba sin cesar. Las mujeres y los niños chillaban aterrorizados.

Los nocturnos no retrocedían, se amontonaban sus cadáveres despedazados. Uno de ellos alcanzó una de las mesas y antes de que explotara su cerebro, sus garras la partieron por la mitad. Unas tremendas zarpas, negras como la obsidiana y duras como el titanio. Otros intentaron llegar pero fueron repelidos antes. Entonces el techo se agrietó en un par de puntos y comenzaron a llover los monstruos de setenta kilos. Fueron abatidos igual que sus congéneres pero uno de los agujeros estaba próximo a la zona de los civiles. Anette y Svenson los hicieron retroceder, el sargento les ayudó. Un zarpazo abrió una ancha franja roja en la pierna de Kaplizki; otra garra arrancó de cuajo la cabeza de una mujer. Los marines y el resto tuvieron que retroceder un poco. Otra fisura en el techo se agrandó y una parte de él se vino abajo. Phillips miró por una rendija de la otra puerta, de momento el techo allí resistía, los nocturnos estaban centrando sus esfuerzos en la primera sala:

- ¡Vayamos a este otro lado!¡Nos dará más tiempo!

Las bestias no se detenían de forma alguna. Sus sistema neuronal les mandaba una única orden, matar y aniquilar al enemigo; no conocían el miedo, la sensatez ni cuando era el momento de retirarse. Y su número no se agotaba. Empezaron a alcanzar la barricada de las mesas con aquellos saltos enormes de los que eran capaces de realizar, sus cuerpos eran descuartizados en el aire.



Para Helen



Escaleras abajo dejaron un reguero de cuerpos de nocturnos fragmentados. Una zarpa hirió en el brazo a Sandro, que apretó los dientes y pateó a la bestia. Salieron al exterior corriendo y disparando como posesos, cubriéndose mutuamente, desplazándose entre las sombras en medio de la zona apenas iluminada artificialmente. Algunos nocturnos los siguieron, acosándolos, pero la mayoría se quedó en las inmediaciones del edificio o treparon de nuevo por las escaleras.

Se detuvieron en una esquina. Recuperando el resuello, en la dirección indicada por el suboficial. Vieron a los nocturnos, en los tejados, en las calles, decenas de ellos. Una escena dantesca. Se escuchó a Sandro por el transmisor:

- Sargento, chicos. Son…docenas. Son docenas y docenas. Joder. –Se dirigió a Helen y el resto-. Movámonos rápido hacia ese helicóptero.

Así lo hicieron. La ametralladora inteligente de Helen derribó a toda cosa viva que se movía alrededor. Viviana y Svenson guardaban las espaldas, Helen en el centro, Sandro y Carlo delante. Sandro era tan imparable como esas bestias, no le iba a la zaga Helen ni ninguno de sus compañeros. Se desplazaron bastante deprisa, empezaron a no encontrarse con casi ninguna resistencia. Algún bicho les atacaba o brincaba encima, sin embargo la mayoría los vigilaba desde las alturas o los seguía a una distancia prudencial. A veces, de pronto, se abalanzaban sobre ellos sin aviso previo, una docena o más, viéndose obligados a refugiarse en alguna entrada de los edificios.

Cruzaban una calle cuando un nocturno se abalanzó desde un tejado sobre la espalda de Svenson. Lo derribó y antes de que Viviana pudiera dar cuenta de él ya había hundido sus acerados colmillos en el cráneo del pobre hombre. Se sacudieron sus extremidades unos pocos segundos y quedó luego rígido. Tuvieron que dejar el cuerpo, y al mirar atrás vieron media docena de esos animales devorándolo. Otros cuantos los persiguieron.

Llegaron a las inmediaciones de un puente, Helen cada vez más convencida d que eran producto de las manipulaciones genéticas de una corporación. Miraron arriba, se veían despejados los escalones que ascendían a una altura de veinte metros. Luego la plataforma del puente, cincuenta metros, que enlazaba con otro y salvaba el desnivel de la montaña en ese lugar. Observaron bestias agazapadas en toda su extensión. Viviana les llamó la atención al otro lado, un vehículo semejante a un jeep aparcado atravesado en medio de la calzada, a unos veinticinco metros de ellos. En campo abierto y sin protección alguna. Podía o no funcionar y llevarles hasta el transporte aéreo evitando el puente a través de las rampas construidas a tal efecto. Dos opciones.







Helen McFersson


Los nocturnos eran unas bestias feroces. No era la primera vez que se enfrentaba a engendros de laboratorio crecidos de modo salvaje, pero sabia que no podía confiarse ni desconcentrarse. Al igual que los "peludos", ella también tenia que ir matando a su paso. Uno de los chicos de Yamec cayo, pero al ver como lo destrozaban otros siguió su camino sin dedicarle mas pensamientos. Cada segundo era un metro menos, no había tiempo que perder.

Viviana, una vez más parecía ser su ángel de la suerte. Y ya iban tres con esta!. La primera, salvándole el pellejo sintético, la segunda haciéndole saber las debilidades de "su raza", y ahora ahorrándole el difícil y casi segura emboscada en el puente que llevaba al helicóptero. Había otro modo de llegar al helicóptero, era un riesgo que merecía la pena intentar.

- Vamos a ese vehículo. Esos bichos parecen no saber cuando están muertos, ni cuando están cansados. Llegaremos además al helicóptero más rápido.

La sintética se sentía asombrada, y también sentía algo de admiración por el creador de aquellas bestias. Eran un extraño cóctel de cerebro de insecto, las habilidades de un felino, y una resistencia de un reptil. Su munición y sus armas eran eficaces si, pero cada vez menos. Sintió rabia por no poder haberse llevado el blaster y una armadura mejor. De nada servia lamentarse ya que ella no tuvo elección, intento usar esa rabia para correr más deprisa.



Anexo para Helen



El grupo siguió a Helen hacia el pequeño vehículo. Corrieron disparando al frente y hacia atrás. Viviana y Helen a la par, un felino saltó sobre esta última y la sintética le reventó la cabeza con una ráfaga de la ametralladora. Otro le alcanzó con un zarpazo en la pierna, un roce únicamente, Helen le propinó una patada y girándose los proyectiles lo destriparon esparciendo sus entrañas por el suelo ensangrentado.

Helen llegó la primera al jeep. Viviana la cubría, apoyada en los costados del vehículo, mientras Sandro, unos metros rezagado en la retaguardia, con una rodilla en tierra, eliminaba a los engendros que se abalanzaban sin temor alguno a la muerte, con una furia desmedida y frenética.

-¡Pon en marcha el puto jeep, Helen! –Bramó Sandro-.

Carlo se encontraba en el vértice derecho del imaginario triángulo formado por Sandro, Viviana y Carlo, protegiendo a la piloto que manipulaba en el panel de mandos y el teclado. Con sus recientes conocimientos su base de datos le mostró lo que podía llegar a hacer, hasta donde alcanzaban sus habilidades desconocidas, fue como una puerta de los secretos recién abierta. Se conectó al ordenador del jeep y lo puso en marcha. El motor rugió al primer intento, en perfecto estado.

Viviana ya estaba arriba, Sandro retrocedía hacia el vehículo. Carlo estaba siendo rodeado y una de las bestias logró derribarlo. Viviana lanzó un agudo grito de dolor y cayó hacia delante sobre el asiento de atrás, un nocturno le había atravesado la coraza en la espalda de un tremendo zarpazo. Su cabezota de dientes duros como el metal se balanceó mirando a Helen. Otro nocturno saltó sobre el capó y un tercero en la parte de atrás, no lejos de Viviana.






Helen Macfersson (Anexo)


Helen miro al nocturno cara a cara esperando en esa fracción de segundo oler su propio miedo, pero solo percibía un fétido aliento mezclado con el olor metálico de la sangre. La fracción de segundo siguiente, su pistola escupía plomo sobre el nocturno quitándole la preocupación de matar.
- Viviana, ya se que duele pero si no te ocupas de los laterales con la metralleta inteligente olvídate de lo que queda de vida, y de las nuestras de paso. Sandro monta de una puta vez y ayúdala un poco.

La idea era avanzar esquivando o atropellando a los nocturnos que se pusieran delante. No era una de sus mejores ideas, de echo le parecía una idea muy mala, pero no tenia otra. Volver no era opción. Carlo estaba muerto desde el mismo momento en que le cayó un bicho encima, y Viviana... prefería no hacer conjeturas. Viviana había tenido la suerte de caer herida dentro del jeep, sino se hubiera visto obligada a darla por muerta. Estaba claro que esos bichos sabían matar y no daban oportunidades sobre aquellos que golpeaban con sus zarpas. Se centro en llegar, como fuera, al helicóptero. Luego estaba el problema de hacerlo despegar, tendría que olvidarse de las comprobaciones y despegar tan pronto los rotores tuvieran propulsión suficiente. Ahí Sandro y Viviana iban a pasarlas putas. En esos escasos veinte segundos, podría pasar cualquier cosa, Helen ayudaría a cubrir los otros ángulos.




Jake Rivers

Al menos acaba de comprobar algo, no tienen miedo. Resulta sorprendente, casi todos los animales que él conoce acaban teniendo miedo de ser masacrados. Estos siguen viniendo sin ningún reparo, a pesar de encontrar la muerte uno tras otro. No les importa, han salido a buscar sangre y morirán por conseguirla. Es la peor clase de enemigo que se puede encontrar. Cuando uno combate contra humanos sabe lo que puede esperar. Ya deba atacar o defender, siempre se puede encontrar alguna lógica en el comportamiento enemigo. Incluso si te estás defendiendo contra un número aplastantemente superior de efectivos, comienzan a plantearse mejor sus ataques cuando pierden las primeras oleadas. Ahora no tienen esa ventaja. Da igual si son unos salvajes a la hora de despachar a estos gatitos, siempre van a venir más sin tener en cuenta su propio destino.

Tanto él como sus compañeros aguantan bien, lanzándoles una lluvia de plomo a cada instante. Por su parte, Rivers queda más que satisfecho con la nueva adquisición. Se pregunta cuantos años tendrá que esperar, si regresan a su propio presente, para que desarrollen un arma como esta. En contadas ocasiones había visto los proyectiles atravesar el primer blanco para impactar en el segundo. Con esta preciosidad lo consigue a cada instante. ¿A cuantos derriba por cada disparo?, resulta imposible contarlo. Tenían que haber intentado hacerse con unas pocas más. Incluso así la situación sería mala, pero al menos mejoraría un poco.

Podrían aguantar bastante tiempo aquí, pero la habitación está comenzando a ceder. Quedan tan solo unos segundos para que todo se desmorone como ya lo hace el techo. Por cada nuevo agujero entran más de esos “nocturnos”, incluso llegan a los civiles, justo lo que estaban intentando evitar. Esto está apunto de convertirse en una posición indefendible. Alguien sugiere ir a la habitación contigua, pero allí no hay ninguna salida, será como entrar en una ratonera. Aún así, no tienen más remedio. –Vamos, moved a los civiles primero- él retrocederá más lentamente, protegiendo la retaguardia… y esperando que los demás le cubran.

Incluso cambiando el lugar, volviendo a formar para cubrir las entradas más fáciles, no habrán arreglado nada, al contrario, solo habrán retrasado lo inevitable pues se encontrarán completamente encerrados. Aguantar toda la noche es imposible. Incluso con los estimulantes de Dillon, los reflejos comenzarán a fallar tras unos minutos de fuego continuado. Las paredes también cederán, y el techo. Todo eso si no se les agota la munición antes. Por eso jamás ha sido partidario de encerrarse en una situación extrema, te quedas sin alternativas.


Dillon también ha pensado en lo mismo*, necesitan un plan de emergencia. Están en un segundo piso. Mientras Rivers piensa en preguntar hacia que dirección quedan las escaleras, porque las paredes son un impedimento tan pequeño para los marines como lo son para los nocturnos, Dillon recuerda algo más simple y probablemente eficaz, llevan cuerdas encima. Pueden atar unas cuantas, prepararse para evacuar en cuanto el vehículo esté cerca o cuando simplemente ya no puedan aguantar más tiempo aquí dentro. Es una buena idea, o al menos la que le parece más aceptable. –Que alguien busque un punto firme para atar un par de cuerdas. Cuando debamos irnos o ya sea imposible quedarnos aquí, que bajen un par de los nuestros primero, luego los civiles, y por último los que aún estemos aquí arriba mientras nos cubren desde abajo. Tengo más potencia de fuego, me quedaré el último. En cuanto toquemos suelo deberemos formar un perímetro solo entre nosotros porque ya no quedará nada para cubrirnos- Le parece lo menos descabellado… luego recuerda un dato importante, él no está al mando. –¿Te parece bien, sargento?-

Si les parece bien, no tiene más que poner en marcha el plan. Buscar un buen sitio para aguantar hasta que sea imposible, y abatir a tantos de esos gatitos como puedan. Cuando le toque descender, si llega ese momento, tiene claro que no lo hará poco a poco, de forma segura y progresiva, sino deslizándose por la cuerda. En el peor de los casos, dos pisos no son mucha altura para una caída, es más importante evitar las garras y mandíbulas de estos animales. Tan solo es necesario amortiguar bien la caída, tanto si se desliza como si algo corta la cuerda o él ve necesario soltarse. Flexionar las piernas al tocar suelo y rodar hacia un lado. Lo han hecho cientos de veces. Luego situarse para seguir cubriendo y confiar en que los demás traigan el maldito helicóptero… si es que funciona, porque la suerte no está de su lado últimamente.




Dillon Frost


Presente, pasado, sin futuro. Sacón las dosis. Un compuesto químico experimental que hacia subir la adrenalina igual que la tabla de ventas de un centro comercial el día antes de Navidad. Gasolina en las venas, veneno en la cabeza. Chispas en el corazón.

-El desayuno de los campeones.-Y soltó una risa aciaga. Inyectó a todos sus compañeros. El dolor se esfumó. Era consciente, a duras penas, de que su carne seguía quemada, de que trozos macilentos se desprendían a veces. Ahora podía ignorarlo perfectamente. Escuchó el tic tac de un reloj. Tic, tac. El momento de salir, el momento de empezar. Tic tac dentro de su cabeza. Tic, un latido, tac, un parpadeo. Tensión, sudor. Música en sus oídos. ¿Cómo podía escuchar el reloj?

Abrieron la puerta. El viejo rock and roll enmudeció por la sintonía que había sido la banda sonora de su vida. Balsani, Carlo, Helen, Viviana y el apoyo civil. ¿Volvería a verlos? No era tiempo de ponerse nostálgico. En cuanto salieron, los abandonaron a su suerte cerrando la puerta tras ellos.

Ellos se quedaron dentro. Sin escapatoria. ¿Y quien la quería? Si saltaban ahora dejarían anonadados a todos. Si, ellos podían escapar. Los civiles no. Saltar. De nuevo la mezcla de realidades. ¿Qué era la realidad?¿Estaba él allí, sudor en la frente y el fusil en las manos o estaba en otro lugar, quizás en su hogar, Marte, mirando desde una ventana el negro vacío? No había lógica, no había sentido. Todo era irreal. Sueños y pesadillas. Había que romper la sensación, lo que veían, lo que creían, a golpe de gatillo.

Saltaron los armarios, destrozados. Aparecieron las bestias. Los llamados Nocturnos. Gatos hiperdesarrollados con malas pulgas. Había visto cosas peores. A Sandro cuando se despertaba. Rabiosos, como diablos. Entraron. Empezó la escabechina. La cacofonía de las armas reinó durante unos momentos dejando tras de si un páramo lleno de sangre, restos de hueso y casquillos vacíos. Le dio una calada al puro y asintió mientras su arma seguía martilleando en sus manos. Sintió el miedo de los civiles. "Que se callen, joder. Los marines están aquí". Pólvora y el hedor de la muerte. El nuevo juguete de Rivers hacia las delicias del psicópata de su compañero.

-Las navidades se han adelantado para ti ¿eh? Ho, ho, ho.-Ráfagas cortas, medidas, directas al cerebro, o tiros rápidos que barrían la zona. Los Nocturnos quedaban desmenuzados. Y venía más. Sabía porque eran tantos. Allí estaban todos. Varias generaciones. Del pasado, del futuro y del presente. Si, toda la puta raza estaba allí congregada. ¿Realmente no estaba en Marte mirando por una fría ventana al exterior mientras esperaba a que su café se enfriase? No. Eso nunca había pasado. Ya solo conocía esa vida.


Estaban preparando un gran banquete para los carroñeros. No iba mal la cosa. No habían contado con que las paredes tenían que aguantar. Ellos eran más duros que la roca y el acero. Resistirían. Las paredes no. Todo empezó a venirse abajo. Cayeron. Hirieron al sargento. Ni siquiera lo notaría. Una de las civiles no tuvo tanta suerte. Su cabeza salió despedida como un juego perfecto de un golfista. El palo adecuado. Defendieron el perímetro. "El problema es que el perímetro se está yendo al carajo".

Empezaron a saltar sobre ellos.

-¡Plato!-Gritaba cuando veía uno en medio del aire. Y luego todo eran fuegos artificiales rojos y oscuros. Allí no brillaba nadie. Alguien dijo de retirarse hacia el cuarto de al lado.-Pues vamos, joder. Todos a mover el culo. Usted también señora. Un, dos, un, dos.-Se giró, protegió a los civiles. Corrieron ríos de sangre. Fuentes de sangre, explosiones escarlatas. Un mundo rojo.-Me encanta mi trabajo...-Llegaron a la sala contigua*. Otra ratonera. Al menos esta tenía techo. Rápidamente buscaron una idea para cuando tuvieran que evacuar la zona. Habló con Rivers un momento. No, nada del Sadar. Cuerdas, solo cuerdas. No, no iban a colgar a nadie. ¿Podrían bajar todos los civiles por la cuerda? Si. Era una situación desesperada. No oía los cascos del caballo de la Muerte. Venía a por ellos. Tic, tac, detrás del reloj. Lo escuchaba.

Rivers organizó todo aquello. El muy mamón había cogido los galones prestados al sargento. Y no lo hacia mal. Arrojó su cuerda a uno de los civiles. Que empezasen ya. Dos cuerdas. Bajarían el doble de rápido y así dos podrían quedarse atrás. Rivers se ofreció. Decía tener más potencia de fuego.
-Si, bueno, yo también la tengo grande. Me quedo contigo. Bajamos juntos.-Miró atrás, por la ventana, solo un instante. Seguramente abajo había más de esas cosas.-Si alguien tiene explosivos que los use ahora. Limpiemos esa zona.-El petardeo incesante seguiría. Formarían un perímetro defensivo al lado de las ventanas. Los civiles cobijados. El sargento tendría que bajar el primero, junto con Simo. A Anette tendrían que bajarla. Seguro que tenían un par de cinturones o correas para que alguien pudiese cargar con ella. Sino, se ofrecería él y serían tres para la fiesta final.

Asegurada la zona lo suyo era ganar tiempo. Resistir, aguantar todo lo que pudiesen. Escuchar el silbido de las balas junto a una vieja balada de heavy metal. Que bonita era la vida. Tabaco en los pulmones, fuego en las manos. Y cuando todo empezase a desbordar. De cadáveres, de Nocturnos, saldrían pitando, usando las cuerdas. Aquello no se convertiría en una típica situación de "entre la espada y la pared". Salvo que ellos fuesen la pared y los demás viniesen a estrellarse contra ellos.

Cuando bajasen los primeros marines y los civiles tendrían que estar atentos, disparar en el piso y fuera, cubrir a los suyos. Sería en momento en el que más vulnerables serían. Se quedaría hasta el final, con Rivers, escupiendo plomo y maldiciones, soltando humo por la boca y muerte por el cañón de su arma. Luego saldrían de allí. Bajaría haciendo rappel. Se quemaría la mano por la fricción de la cuerda. Solo era dolor. Ahora podía aguantarlo. Y luego...bueno, luego se verían sumidos en un mar de pelo y dientes donde ya no tendrían cobijo. Resistirían hasta el final. Y más allá.

-When we're living our lives on the edge, say a prayer on the book of the dead. We're blood brothers, we're blood brothers





Simo Kolkka


La poción mágica del doctor era buena. Se preguntaba por que no la había sacado antes. Se la guardaba toda para el, seguro. Sabía la verdadera respuesta, todavía no la habían necesitado antes. Él seguía disparando. La mano no le dolía, aunque sabía que cuando saliese de aquella, o despertase, no iba a ser precisamente una molestia fácil de llevar. Dedicó un momento a mirar alrededor, sin dejar de apretar el gatillo. Los marines que quedaban estaban disparando también, pero había algo en sus rostros que le daba miedo incluso a él. Cuando nacieron eran niños normales. Bueno, seguramente eran del tipo de los que pegaban a otros niños en el parque, pero normales al fin y al cabo. Ahora se habían convertido en bestias. Debía de ser la única manera de vencer a aquel enemigo, empezar a parecerse a ellos. Cuando volvió a sí mismo estaba bañado en sangre y trozos de carne que no sabía de donde habían salido. Si era suyo daba igual lo que hiciese, así que continuó con su labor. Quizás no fuera un sueño, al fin y al cabo. Parecía más bien un videojuego. Los había más sangrientos, pero no con mejores gráficos. Había que conceder que la mujer perdiendo la cabeza fue un buen punto. Rivers tomó el mando, e ideó un "plan". Simo hizo un gesto de negación. Aquella gente estaba loca, pero viéndolo en perspectiva, de momento la mayoría de sus locuras habían funcionado, y aquella vez el tarado con la pistola futurista parecía tenerlo claro.

- ¿Y si hacemos un agujero y pasamos al primer piso? Parece que tenemos invitación.- señala el nuevo juguete de Rivers.


Mitad de caída, un poco más seguro, pero solo temporal. Siempre podía seguir bajando. Por si la idea no cuajaba, empezó a retirarse hacia la ventana. A no ser que estuviese bloqueada no dispararía. Si llamaban tan pronto la atención podían estar perdidos. A no ser que el sargento tomase la iniciativa, o su plan fuese descartado, bajaría el primero. Seguiría con su política de no disparar a no ser que fuese vital, y lo haría con ráfagas cortas y precisas. Los civiles tardarían en bajar, y a campo abierto no iban a poder defenderse si se les echaban todos encima.


jueves, 10 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear - 41



Estaba resultando una de las más duras batallas que nunca habían librado. Machacados literalmente por el fuego enemigo, superados en número de efectivos, armamento y protección, sin embargo lograron abrirse paso a través de todas las dificultades, y quedaba muy poco para tomar el control de la nave enemiga. Pero el coste era elevado, la mayoría heridos, algunos de gravedad; el estado del médico no era para nada el mejor y su ayudante, Anette, inconsciente. Viviana se ocupó de las labores de Anette lo mejor que pudo, examinó también los destrozos en Helen, pero cada soldado usó su medikit con los conocimientos mínimos y exigibles a los miembros de la unidad; se inyectaron a prisa el líquido y sustancias contenidas en las jeringuillas ya preparadas para tales contingencias.

Marines. Los mejores. Siempre.

Deprisa. Con el dolor mordiendo nervios y músculos. Algunos tratando de evitar el desmayo; la adrenalina disparada, la excitación al máximo. Pensando en el siguiente paso, en el último asalto a la sala de operaciones del transporte. El cansancio y la pérdida de sangre se hacían notar en estos momentos de tregua y recuperación de fuerzas. Debían actuar de inmediato.

Dillon se mareaba, no tragó unas píldoras pero hizo que el resto las engullera. Tuvo tiempo y ganas de bromear. Se puso en pie, dispuesto a proseguir con y en la fiesta. Los sedantes calmaron la atroz tortura de sus camaradas, sin embargo él no tomó nada. Quiso ocuparse de las heridas de sus camaradas, sintió un vahído. Dio instrucciones a Viviana y Nela e hizo lo que pudo. Nadie se quejaba. Tipos duros.

- Ninguna baja, Rivers –respondió secamente Sandro-.

Rivers dejó la rebelde en un rincón, respiraba, casi mejor que él; la chica padecía una fuerte conmoción y continuó sin despertar. Yemac la asistió, posó su mano en su frente, bajó la cabeza, cerró los ojos y rezó en un murmullo. Antes afirmó en silencio que sí, que era la nave que estaban esperando, a la pregunta de Helen. La soldado sintética calculaba las posibilidades de éxito definitivo y las probabilidades de supervivencia de cada uno de ellos, el resultado era peor de lo esperado, a la vez que un segundo programa examinaba la operatividad de su propio cuerpo, a un 80%. A su lado, Simo, que había perdido su rifle de francotirador destrozado por el impacto, también requería asistencia médica, no tenía hueso alguno roto, sin embargo la mano era una pulsante pulpa ensangrentada. Viviana le inyectó alguna cosa y el mismo Sandro fue quien le puso un rápido pero eficiente vendaje, al menos teniendo en cuenta la premura y condiciones existentes.

El humo denso, negro y tóxico se expandía por los corredores de ese nivel, cables eléctricos chisporroteaban, saltaban chispas igual que diminutos relámpagos liberados, y el sistema antiincendios se colapsó a la vez que las alarmas emitían sus estridentes graznidos. Las paredes perdieron su consistencia y color. Luego todo cambió.

Un microsegundo. No sintieron nada, tal vez alguno náuseas, un hormigueo en la piel. Estaba oscuro, en penumbras, un par de luces de emergencia emitían una pobre luz rojiza en la estancia rectangular, de 15x10 metros. Un par de mesas de metal, dos ordenadores, archivadores, armarios, sillas. Dos puertas, una a cada extremo. Se revolvieron a un lado apuntando con sus cañones al escuchar respiraciones entrecortadas, suaves gemidos y murmullos de miedo. En la pared de enfrente un grupito de personas se agazapaba, temerosos, sentados o en cuclillas; la mayoría mujeres, algunos niños, varios hombres y adolescentes, un par de docenas. Tan sorprendidos como los marines. Se escuchaban ruidos afuera, gruñidos, el rasgar de unas fuertes garras contra una puerta, golpes en techo, en el suelo, al otro lado de las paredes. En el otro muro una silueta agachada se recortó, armada como vosotros y con el mismo traje: el sargento Kaplizki.

- Habéis tardado, muchachos. Me alegro de veros –igual que si nada hubiese sucedido, con su grave y potente voz. Sin sonreír, como era habitual en él-. Tenía la sensación de que regresaríais.

Perplejos, extrañados, mudos. Miraron atónitos al sargento. Viviana se puso en pie, dio un par de vueltas, gritando de frustración, una patada contra la pared.

- Intenta controlarte, marine. Esto es más de lo que puede soportar un soldado, pero no un marine.

- Pero mucho más de lo que puede asimilar la mente de una persona sin volverse loca – respondió Viviana, aturdida, enfurecida-.

- ¿Cuál es la situación, sargento? –Preguntó Sandro-. No parece buena.

- No lo es. Vosotros venís de una fiesta, por lo que veo, debió se duro.

Sandro: Le fue peor al enemigo.

Sargento: Así debe ser, muchachos. Escuchad, no hay tiempo para explicaciones. Las cosas están así: Dieciocho civiles que sacar de aquí, un helicóptero de transporte a trescientos metros. Sin piloto, hasta ahora –miró con intención a Helen-. Una distancia entre edificios y terreno abierto, cuajado de unos desagradables bichos peludos. Es de noche, cuando esas cosas salen. Depredadores de afilados colmillos y garras como de acero, con seis patas, se parecen a gatos monteses, mucho más grandes.

Sandro: Hemos visto una foto. Una cacería de bichos.

Sargento: No, no es otra cacería. Hemos de conducir a los civiles de la mina hasta el transporte. Esas cosas son muy agresivas, no son rivales para nuestros rifles, pero son muchas, esa es su gran ventaja, y con un zarpazo pueden arrancarte un brazo.

Los golpes en el exterior se intensificaban, los gruñidos se escuchaban más cerca.

Sargento: Viviana, Carlo, Sandro y uno de los guardias, Svenson – señaló a un tipo grandote que sujetaba una pistola -, junto con Helen os abriréis paso hasta el helicóptero. Dirección noroeste. Traedlo aquí. Prioridad que Helen llegue a ese trasto. El resto aguantaremos aquí, lo que podamos. Después nos pondremos en marcha si no queda otro remedio. Phillips nos ayudará – otro hombre, alto, enjuto, con un rifle, asintió con la cabeza -. Moveos, muchachos. Estamos en un segundo piso, hermético. Atención cuando abramos la puerta.



OFF

Solo habéis “saltado” vosotros, los marines. La situación es extrema, pero tenéis tiempo de algunas preguntas, las mínimas. Eso, y a ponerse en marcha y a afrontar lo que vendrá en breve.

Recordad que vuestras condiciones físicas no son las mejores.





Dillon Frost

No podía hacer su trabajo. Así de simple. Estaba hecho trizas. Apenas sabía como seguía consciente. El dolor era mareante. Era necesario. ¿Cómo iba a mantenerse despierto si se tomaba un sedante? Cansancio, fatiga, horas de lucha…pasaba factura. Esa noche, si llegaba a ella, dormiría como un bebé. El dolor le molestaba, igual que una avispa detrás de la oreja. Le mantenía despierto, vivo. La mejor receta. Sus compañeros se ocuparon de si mismos. Bien por ellos, no quería mimarlos demasiado con sus cuidados. Hasta Sandro hizo un vendaje aceptable. Rió ante la broma de Simo. Y era una risa seca y negra.

Nadie le dijo “Tranquilo, Dillon, es verdad que estamos despegando”. No. Porque no lo estaban haciendo. No temblaba la nave, Temblaban ellos. Le dio una calada al puro y sonrió a Yamec.

-No has rezado lo suficiente, Yamec. Un par de rosarios más y nos hubiéramos quedado al segundo round.-Apenas nada, un momento. Menos que lo tarda un ángel en bailar sobre la cabeza de un alfiler. Y allí estaban. O más bien…no estaban. Sintió un cosquilleo en la nunca. Adiós a Yamec, a su historia, a su línea temporal. Aquello era otro momento, otro lugar. Había gente allí. Una oficina. Y un hombre armado. Parpadeó. ¿Acaso era cierto lo que veían sus ojos? ¡Un marine! Y no solo eso. Uno de los mejores. Otra calada al habano, esta supo a gloria.

Viviana, frustrada, mostró como todo aquello la estaba volviendo loca. Él, convencido, dio un paso al frente. “Sargento, me alegro de verle. Tenemos que sacar a esta gente de aquí. Junto con Yamec y sus rebeldes podremos asaltar el centro de mando de esta jodida nave para despegar y….”. ¿Y qué estaba diciendo? Ya no estaban allí. Todo le daba vueltas. Los engranajes de su cabeza se atoraron, retrocedieron y al final explotaron. Se golpeó la cabeza con la palma un par de veces, sin darse cuenta de ello. Algún sentido, algo de lógica.
-La transmisión que oímos. Una mujer pedía ayuda. A marines, en una colonia. No esperaba a nuestra unidad…pero ya que estamos aquí, de paso.-Si, eso serviría. Para encajar un par de piezas. Tenía la mitad del cuerpo destrozado y ese último “salto” le había hecho perder la cabeza. “Mientras no pierda las pelotas todo irá bien”.

Escuchó al sargento. Una nueva misión. Civiles que rescatar. Niños, jóvenes y mujeres. También hombres. Meros hombres. Un marine va allí donde se le necesita. Senderos de muerte y ríos de sangre. Lo veía todo rojo. El dolor, atroz, devorada la parte macilenta y tumefacta que quedaba de su cordura. Un nuevo objetivo. Los Nocturnos. Así los habían llamado los rebeles que aún no habían nacido. Ajá, claro. Todo está bien. El universo gira alrededor de un eje. A veces, se disloca, se aparta de ese eje y gira alrededor de…otro, y uno salta de un lado a otro matando gente por motivos que cree nobles. Pero no se queda lo suficiente para ver si eso sirve de algo.

Rememoró. Ahora. Bueno, dentro de unos cuantos años, habría un pequeño Dillon Sigma danzando por ahí. Eso estaba bien. “Llegarás a sitios donde muy pocos han llegado”, decía la publicidad del panfleto de los marines, “Ya te dijo, joder. No te lo puedes ni imaginar”.

Tenían órdenes. Estar loco o medio muerto no era excusa para no cumplirlas. Dos puertas que defender, civiles que proteger.

-A sus órdenes Sargento.-Antes de empezar a moverse recordó algo. A los demás les extrañaría no ver al cabo ahí.-El Cabo Benley ha muerto…luchando como un marine.-El final del secreto. Al menos se quitaba un peso de encima. Uno pequeño. Cogió a Anette y la dejó con alguno de los hombres, civiles. Les indicó que no tocasen el arma, que la mujer querría tenerla a mano cuando despertarse. Si tenía que correr, que dos cargasen con ella y otro con su equipo. Si la dejaban atrás les patería el culo.

Se reincorporó y sacó sus cigarrillos. Pura terapia.

-¿Alguno fuma?-Ofrecería cigarrillos a sus compañeros y a los civiles. Un acto trivial que servía para quitar tensión al asunto. Buscó un cigarrillo y dejó caer la ceniza de su puro en él.-No juguéis con fuego, chicos.-Les dijo a los niños.-Es peligroso. Pero no tanto como nosotros. No temáis. A efectos prácticos es como si estuvieseis ya en ese helicóptero. No tengáis miedo. El miedo…pufff, como el humo. Que se vaya. Somos marines, los mejores de este siglo, del siguiente y del anterior. Ja. Haced lo que se os diga con rapidez y saldréis de esta.-Claro que sí, joder. Ellos no fallaban.

Se detuvo delante de Phillips.

-¿Sabe manejar eso, vaquero? Si, seguro que si. Quédese con los suyos y deje que hagamos el trabajo pesado.-Lo que menos quería ahora era un aficionado jugando a los pistoleros.-Dispare solo si es del todo necesario.-Miró al techo, escuchó el rasgar de las criaturas. La demencia penetrando densamente por su cráneo con garras y dientes.

Miró las mesas.

-¿Unas barricadas muchachos? Podemos usar los armarios para bloquear las puertas y las mesas para cubrirnos nosotros. Al menos sabremos que esas cosas no nos morderán las pantorrillas.-Humo oscuro saliendo de su boca.-Daremos fuego de cobertura al grupo que va al exterior. Luego, estarán solos para el rock and roll. El último baile del día. Te lo vas a pasar de miedo ahí fuera, Balsani. Tú y tu gatillo fácil…-Otra calada. El cáncer negro tiznando sus pulmones.

Sacó su equipo. Contó los cargadores que le quedaban, vio si el cuchillo estaba afilado y amartilló la pistola. Miró el botiquín. El suyo era más grande y mejor que esos kits de socorro que llevaban los demás. ¿Le quedaba algo de su magia?* Cargó el rifle, lo acarició. Todo estaba bien. Todo iría bien. Simo había perdido su arma, igual que él.

-Has perdido a tu larguirucha, Simo. Betsy acabó quemada. Tendremos que hacer esto como los demás mamones de la unidad.-Un chiste, sin humor, apenas sabía lo que decía.

Se acercó a la pared opuesta y sacó el cuchillo. Empezó a rasgar la pared para dejar una inscripción para tiempos venideros. “La unidad Sigma estuvo aquí”, y debajo puso los tres años. El suyo, del que nunca debían de haber saltado, el de Yamec, y el de “ahora”, con esos civiles y los nocturnos. Miró el filo, algo mellado ahora en la punta. Se quedó prendado unos diez segundos, como ido, maravillado de la dureza del metal. Otra calada, una larga. Terminaría el puro antes de morir.

Se colocó el auricular en la oreja derecha y en la izquierda…sacó uno de sus viejos cascos y lo acopló. Le dio al play y dejó que la música lo invadiese. Se colocó detrás de una de las mesas, clavó la rodilla en el suelo y esperó, en buena posición, para tener cubierta una de las puertas. No estaba en condiciones de dar cobertura a los demás. Se quedaría allí y aguantaría. No iban a pasar de allí. Eso, por sus santas pelotas. Se podía palpar la tensión, suculenta y abultada como los pechos de una furcia. Saltaban, androides, antimateria, nocturnos, civiles, rebeldes, un bebé, el coronel, traición, el teniente, cuerpos traslúcidos, un androide entre ellos, nuevos modelos, el adiós a Betsy, el adiós a muchos, fuego, dolor, el olor del puro, volver a casa, el hogar. Lorna, sobretodo Lorna. Algo con dientes afilados más terrible que todo eso…oscuridad, una negra y basta oscuridad. Y un final.
Sin cerebro, solo un mar dantesco de brea en su lugar donde los pensamientos racionales se asfixiaban.

Decidió cantar para alejar cualquier clase de pensamiento que no fuese apretar el gatillo. Iba a aguantar hasta el final. Hasta el puto final.
-Oh baby, ye-e-e-eh baby, woo-o-o-oh baby, havin' me some fun tonight…





Jake Rivers


Despertar de una pesadilla para encontrarse en otra, esa sensación tiene Rivers cuando vuelve a haber algo de luz. Hace unos segundos estaban en el futuro, tras luchar contra soldados mejor preparados, con equipamiento más moderno, estaban a punto de abandonar el planeta ¿En busca de qué?, tal vez de nada, solo importaba encontrar una salida. Ahora, un parpadeo después, han regresado a su tiempo, o quizás a un tiempo intermedio, junto al sargento.
-¿Esto es el pasado?, ¿el presente*?, ¿un futuro anterior?, ¿posterior?- Se pasa la mano izquierda por la frente. Podría decir encontrarse frustrado, confuso, y no mentiría, pero se quedaría corto. –¿De qué ha servido todo esto?- ni siquiera saben si la batalla ha tenido lugar, o lo tendrá. Otros compañeros tienen mucha más idea de física, de teorías sobre viajes en el tiempo, sobre antimaterias. Él solo tiene claro el dolor de las heridas. Podrían haber tomado parte en algo que no ocurrirá nunca. Es más, ¿cómo puede saber si ha ocurrido?.

Justo mientras lo piensa, Viviana grita, girando sobre si misma. Él había tenido la misma idea, ahora sabe lo ridículo que quedaría, pero no puede culparla. Tienen motivos para volverse locos. Rivers cree llegar a sentir la cordura escaparse poco a poco de su cerebro. Necesita saberlo, averiguar si realmente todo aquello ha pasado, o pasará, si no ha sido producto de su imaginación. Tal vez no se haya movido de aquí, tal vez el veneno de aquel bicho le haya mantenido inconsciente, delirando. No explicaría el grito de Viviana… pudieron herirla a ella también tras caer Rivers inconsciente. Palpa la espalda, el rifle del soldado enemigo debería estar allí**. Un rifle mucho más moderno, más avanzado, con la culata manchada de su propia sangre. Si está allí es una prueba irrefutable.

Dillon ofrece otra prueba más contundente. El cabo ha muerto. Preguntó si había bajas, nadie le respondió, pero tampoco vio a Benley allí. Pensó que debía estar en otro punto de la nave, ahora ve su error, simplemente no estaba. ¿No debería haber viajado su cuerpo con ellos?, incluso una prueba como aquella presenta más dudas, más motivos para no creer nada de lo ocurrido. –Deja de engañarte. Fue real, esto es real-

Se concentra en respirar hondo. Han recuperado al sargento, es la primera buena noticia –Me alegra volver a verle, sargento.-. Kaplizki sabe que vienen de una “fiesta”, es difícil no verlo cuando todos están hechos polvo. Responde con la frase más típica de los boxeadores –Tenía que ver como terminaron los otros- Sonríe. Necesitaba decir algo así. Sigue sin saber que pensar de todo esto, como debe sentirse. La confusión es demasiado grande, tal vez no la acaba de superar en muchísimo tiempo. Por eso ha recibido la misión del sargento como agua de mayo. Algo en que pensar, algo para alejar la mente de los viajes temporales. ¿Volverán a desaparecer cuando todo esto termine?, tal vez, y entonces será él quien grite a todo pulmón. Ahora deben concentrarse solo en proteger a esos civiles… civiles una vez más. Espera que esta vez nadie lleve una maldita bomba encima.

Aquí la situación tampoco es buena, nada buena. Hablan de monstruos peludos. ¿Acaso algo así puede existir en este mundo? –Si, el universo es muy grande- Por algún extraño motivo, le parece más rara la existencia de esos seres que la de hormigas gigantes. Afortunadamente, si ha aprendido algo durante estos días, es a abrir la mente.

Dillon se “relaja” fumando, ofreciéndoles a los demás. Rivers no suele fumar, aún así alarga la mano para aceptar el ofrecimiento. No tarda en encenderlo. Para él no es una sensación agradable ni le sirve para calmarse, pero se trata de una especie de ritual entre soldados desde los tiempos de la segunda guerra mundial. Nadie es no fumador en el ejército. Lo apaga tras un par de caladas.

-Si, usemos los muebles como barricadas- Si esos bichos no van armados, tendrán que superar o romper cada obstáculo en el camino. Es un tiempo extra que puede ser muy valioso. –Distribuyámonos para poder cubrir entre dos cada punto débil. Mientras uno dispara el otro que quede en espera, así no dejaremos de abrir fuego en ningún momento, ni siquiera durante la recarga, porque podremos turnarnos -. Cuando se trata de defender una posición de enemigos que van a correr de cabeza contra ti, es mejor hacer ese tipo de fuego alterno para no darles la oportunidad de acercarse mientras nadie escupe plomo sobre ellos. –¿Te parece bien, Kaplizki?- ya ha olvidado llamarle sargento, era impensable que la costumbre le durase mucho más. Recarga la pistola para estar seguro de tenerla lista en el momento adecuado. –No podemos abatirlos justo en la entrada, luego nos entorpecerían al salir. Debemos dejarlos aproximarse un poco.- Toma posición de inmediato. –¿Alguien sabe si esos bichos tienen miedo?- ríe un instante –Porque vamos a darles motivos para sentirlo-. Buscar blancos claros, apuntar a la zona de la cabeza, todos los seres que conoce mueren más fácilmente así.

Se gira hacia los civiles –Que ningún listillo trate de rebasarnos. Quedaos entre nosotros o estaréis solos. Ya he cubierto mi cupo de cargar con pesos muertos por hoy-

Dillon comienza a cantar. –Menudo momento para descubrir su vena artística-. Bate la cabeza lentamente. Para él solo hay una música digna de los marines, la producida por las armas. En esa es un auténtico virtuoso y hoy está dispuesto a hacer sonar su obra maestra.



*Obviamente se refiere a su propio tiempo




Helen McFersson


Una de las cosas buenas de estar juntos, pensó Helen, era que los problemas tendían a morirse o acabarse en poco tiempo. Eran un buen equipo, aun con sus diferencias, pero se hacían entender y cada uno en su especialidad era sorprendente. La androide pensó que una vez se acabaran los problemas, podría buscar el lanzador de plasma, analizar la piel sintética de sus homónimos, reparar la suya y por que no... Aprender mas sobre si misma y esa nueva habilidad de internarse en el alma virtual de ordenadores y computadoras. Había tenido suerte de no haberse topado con "demonios", y sabía que debía estar preparada para eso si volviese a suceder.

Sin embargo, algo similar a la energía estática le anticipo un microsegundo que iban a "saltar" en el tiempo una vez más. Sus deseos y anhelos desaparecieron de su memoria y los reemplazaron por algo similar a la desesperación y la rabia. Rabia debido a la impotencia, o mejor dicho como resultado de sentirse como una pieza de ajedrez que pasa de un tablero a otro por el dedo caprichoso de algún dios, o como ella había analizado anteriormente, como resultado de la infección de la bomba de antimateria.

Se preguntaba, apenas sentía todo eso si irían mas al futuro o al pasado. Al menos todavía, solo habían tenido una experiencia al encontrarse a si mismos, por lo que daba por echo que no había líneas temporales paralelas. La voz del sargento le indico habían vuelto al pasado. Por sus palabras pudo deducir que para el apenas habían pasado unas horas.

Viviana se encolerizo, no fue la única. Alguno como Dillon, rozaba el límite de la locura. Los únicos aparentemente menos afectados eran ella misma y Sandro, ya que la demencia la llevaba dentro. Esperando que algo le encendiera el interruptor para liarla.

No había mucho tiempo, se trago las preguntas superficiales y detalladas. Improvisaría según las circunstancias, acorde a su entrenamiento. Cuando el sargento le dio ordenes Ghost se sintió mejor, y tras recoger su escaso equipo y la metralleta inteligente se sentía dispuesta. Tenia que sacar a dieciocho civiles como fuera. Iría detrás de Svenson hasta llegar al helicóptero. Rivers sugirió montar una resistencia, a Helen no le parecía buena idea.
- No seria mejor buscar otros vehículos y alejarse mientras llegan?. Si buscan comida tan desesperadamente, es probable que la sacien sobre sus heridos. Y dado que son grandes felinos, el que mas se mueva tiene la ventaja. Aquí, solo tenemos la sorpresa inicial a nuestro favor. Luego, solo somos comida. Sobre un vehículo, podemos herirlos para que sea el olor de su sangre el olor reinante sobre el que se puedan abalanzar.




Anexo Helen


Sargento: Si encuentras esos vehículos, traedlo. No he visto ninguno de ese tamaño para todos. Además, no hay tiempo. No tardarán en entrar. Pero si tenéis la suerte de encontrar alguno para alcanzar al helicóptero, genial. Quizá no quede otro remedio que salir ahí con todas estas personas pero por ahora prefiero arriesgarme y resistir aquí las embestidas. Por lo que he visto de ellos, no buscan solo saciar su hambre, llevan en la sangre el instinto de matar. Poneros en marcha.





Helen McFersson. Anexo


- Muy bien - dijo la piloto. - Cual es el punto de encuentro con los civiles?

Helen no entendía al sargento. Quería ser un mártir o un héroe?. Una introspección sobre su situación tampoco se lo ponía mucho mejor. A decir verdad, estaba en desventaja ya que no sabía donde estaban aquellos animales, y los animales si sabían donde estaban ellos. No tenia ninguna experiencia sobre cuanta munición, o cuantos marines serian necesarios para matar a uno de ellos. Tampoco sabia si eran animales en grado primario o secundario, tal que podrían serlo un tiburón cuyo instinto es matar y tragar incluso sin tener hambre, o un felino terrestre que una vez saciado su apetito aun enfadado solo mata lo que le molesta. Al menos el sargento le había dado dos respuestas que tenía en mente y no había formulado. Una era si llevaban esos animales mucho tiempo en el planeta, la respuesta obvia era que no. Probablemente y siendo optimistas, llevarían entre unos doscientos o trescientos años. La otra respuesta es que si eran criaturas de aquel planeta o no, y resultaba obvio que eran algún tipo de DNA producido por la Weylan u alguna otra corporación con el fin de limpiar el planeta de toda forma de vida en un periodo de quinientos años. Mucho mas rápido que terraformar un planeta de cero.

Cargo su metralleta inteligente, era para ella como un alma gemela; mortal, rápida y de buen diseño. Si llegaba al helicóptero, una vez en el aire... estaba pensando mucho, y probablemente tendría que improvisar ya que no sabía ni de cuanta autonomía de vuelo dispondría, ni otros detalles. La verdad es que dado lo caprichoso de los saltos temporales, parecía una perdida de tiempo pensar a largo plazo.




Simo Kolkka


Le hicieron un apaño en la mano, y se buscó algo con lo que disparar. Siempre había oído que era importante tener buenas herramientas para trabajar. La próxima vez se llevaría munición anti-equipo para su nuevo rifle. Sería un rifle automático. Debía de estar haciéndose viejo. Miró a sus compañeros. Estaban realmente mal. Para alguno el mantenerse de pie era una verdadera prueba de equilibrio. La moral estaba baja. La única pista de que habían ganado era que seguían vivos. De hecho, había visto enemigos muertos con mejor estado de ánimo que el que predominaba en la sala. Un mal día. Ya llegarían los buenos. Al instante siguiente, se encontraba a oscuras, con la excepción de unas luces de emergencia. Por un instante pensó que simplemente se había ido la luz. Un análisis un poco mas detenido dejó claro que no se trataba de eso. Kaplizki estaba allí. Debía de tratarse de un sueño. Seguramente los demás estaban riéndose ahora mismo él en el hangar. Menuda vergüenza, un marine quedándose dormido en una situación de combate. Era afortunado de que las medidas disciplinarias no fueran aplicables en aquella época. Se decidió a por lo menos aprovechar el tiempo para que su cuerpo recuperara energías. Empezaron a planificar una estrategia contra lo que fuera que los estuviera atacando. Parecía serio. ¿Podría ser real? Había visto cosas bastante más raras en las últimas semanas. Decidió no dejarse matar, solo por precaución. El plan era absurdo, lo cual era bastante habitual en la realidad. No sabía como interpretarlo. Algunos empezaron a colocar el mobiliario para dar algo de cobertura, mientras otros se preparaban para salir a correr.

- ¿Y si echamos a Sandro primero para distraerlos? Seguro que les cae bien a los gatitos...- Dillon se puso a cantar. Quizás el también estuviese de que estaban en un sueño absurdo.- Hablando de rock & roll, me pregunto si los Rolling Stones habrán sacado nuevo disco. ¿Podríamos pasar por una tienda de discos cuando subamos al transporte?

Se situó en una posición con buena visión del conjunto y amplia cobertura, o lo más parecido que pudiese encontrar.



martes, 8 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear - 40



Rivers vio la culata del rifle caer de nuevo hacia él, hacia su cabeza, el soldado estaba cerca, lo quería vivo, pero fuera de juego. Golpeó la pierna derecha a tiempo el fusil y el movimiento rápido de la izquierda desequilibró a su rival. El marine no saltó con la suficiente velocidad sobre él, el dolor del costado le atravesó la corteza cerebral; el otro logró disparar huyendo los proyectiles a pocos centímetros del casco de Rivers. La rodilla sobre el rifle, desenfundó su propia pistola, el otro le sujetó la muñeca. Entonces aquel hombre emitió un desgarrador grito, por instinto soltó el brazo de Rivers y se lo llevó a la cabeza, que movía con espasmos a un lado y otro. Rivers no dudo y vació el cargador frenético contra la zona del cuello, una y otra vez. El otro intentó liberarse de la presa, actuaba a la desesperada, sin controlar sus movimientos, algo lo estaba devorando en el interior de su casco. Se sacudió un par de veces más, para cuando Rivers buscaba partes débiles de la armadura todavía se movía, seguramente con la nuez destrozada. Con todo, la hoja del cuchillo se abrió paso allá donde las balas rompieron la protección y le desgarró la garganta.


Simo gateó con la bala mordiéndole por dentro. No era nada para un marine, un rasguño. Segundos antes de que apareciese el enemigo encontró más o menos un buen lugar. Vio alzarse a menos de una docena de metros al sintético, imponente, un coloso de acero y titanio cuyos sensores indicaban la posición exacta del marine. Los nervios de hielo de Simo no fallaron, su temple tampoco, su puntería menos. El disparo impactó en la frente acorazada, penetró varios centímetros, echó un poco atrás al androide. Recargó Simo, oculto. Probó otra vez, acertó de nuevo con el mismo resultado a la vez que el sintético abría fuego. Un rayo cegador cruzó la distancia que los separaba, Simo cayó de espaldas, el rifle a su lado. La roca estalló en infinidad de esquirlas cortantes, le ardía la mano, casi en carne viva, escarlata intenso. No le faltaba ningún dedo ni sentía fractura alguna. De hecho, solo notaba un pulsante y agudo dolor. Un dolor de mil demonios. Transcurrieron los segundos…más segundos…Se arriesgó a mirar y vio al sintético de pie, parado, inmóvil, con su gran arma en el suelo, ni un solo movimiento en su completa estructura. Luego, el acorazado soldado artificial cayó de rodillas y terminó por desplomarse de cara a la cenicienta tierra.

Helen accedió al sistema de comunicaciones, envió la señal ensordecedora a todos los soldados enemigos y su árbol de procesos continuó al siguiente rango, los sintéticos. Había descubierto que la nave solo transportaba dos y uno estaba neutralizado. Le llevó un tiempo descodificar y forzar el sistema para dar con las claves necesarias de control, pero lo hizo. Descendió al tercer nivel de prioridades.

Un plan desesperado, un locura desproporcionada que no se le hubiese ocurrido ni a Sandro. A Dillon sí. ¿Era la única opción? Fue su elección. Nela arrastró a Anette, de nuevo inconsciente, al otro pasillo. La rebelde no respondió nada, paralizada un instante, aturdida por la comprensión del plan de Dillon. Carlo asintió, dispuesto, preparado, aferrando firmemente su fusil apuntando al extremo opuesto de corredor. Plantado allá en medio, fumando. Algo sucedió al otro lado. Asomó uno de los soldados, golpeándose contra las paredes, las manos sujetando su cabeza, chillando. Carlo apretó el gatillo, ráfaga tras ráfaga de metal caliente se estrellaron contra el blindaje, en el casco, en la visera. El solado no repelió el ataque, se acurrucaba contra los muros, de espalda; el otro no apareció, no sabían que le sucedía lo mismo que a su camarada, pero había soportado mejor el dolor en sus tímpanos y tuvo la suficiente fuerza de ánimo para desconectar el comunicador.

Caos. Azar. Lo imprevisto siempre presente. Dillon sabía que no saldría bien, no para él, aunque durante un momento pensó que resultaría, sin entender del todo qué pasaba con esos dos, con la forma extraña de actuar. Una chispa, del anterior incendio del ascensor, de las explosiones de unos minutos antes. El mismo calor. Prendió el combustible. La llama corrió igual que un tren sin frenos. Llegó al depósito. El médico se giró, levantó por la cintura a Helen, la protegió. Carlo dio media vuelta. La tremenda explosión los levantó por los aires, desmembró e incineró a los dos soldados enemigos. Las llamas rojas escaparon en todas direcciones, a un extremo y otro, por el hueco del ascensor, se desparramaron. Alcanzaron a Dillon y rozaron a Carlo. Helen perdió el contacto con los sistemas de la nave justo cuando pretendía inutilizar las terminales. Un apagón, oscuridad total, silencio blanco. Despertó con reverberaciones fluctuantes de la explosión en sus oídos artificiales y que algo, alguien se echaba sobre ella, la empujaban. Los tres marines chocaron contra la pared, Carlo escapó a un lado, con las pantorrillas levemente quemadas. La ola de fuego retrocedió. Ghost se escurrió debajo del corpachón de Dillon, aturdida, desconcertada, tiró de Dillon y lo arrastró hasta Nela y Anette, a cubierto. El corpulento negro, sin sentido, tenía quemaduras de segundo grado en las dos piernas, un hilo de sangre escapaba por su boca torcida en un rictus de dolor. Vomitó y despertó, una sonrisa irónica se pintó en su cara: en el infierno también había sitio para seres artificiales como Helen. Le quitaron la armadura, cuarteada e hirviente, pegados algunos trozos a su espalda; más quemaduras, de primer grado. Le costaba respirar, algo en su interior estaba quebrado, sin duda. Continuaba con vida. El humo se extendía buscando la libertad. Se movieron hacia otro pasillo.

Afuera, Rivers cargó de nuevo con la chica. Igual que un zombi llegó a la nave y trepó a ella, detrás de Simo, que soportaba el tormento de su mano, despellejada, con pequeñas partes de las falanges a la vista. El hangar era fuego y metal retorcido. Se encontraron con Sandro, ayudaba a caminar a Yamec, al que había sacado de debajo de los escombros. Se tomaron un reposo, unos minutos para cubrir las heridas de Simo y Rivers. Yamec tenía un brazo roto. Luego enfilaron el corredor opuesto, pues el otro estaba bloqueado por las llamas y un denso humo negro. Traspasaron las compuertas. Voltearon esquinas y dieron con sus compañeros. Todos se refugiaron en una gran estancia destinada a servicios y duchas. Sandro y Nela se apostaron de centinelas. Al poco, después de evitar y esquivar los ataques del Hornet, al que casi despistan rodeando la nave, llegaron también, prácticamente ilesos, Viviana acompañada de un rebelde.

Notaron una corriente de aire, leve, cálida. Les envolvía. No procedía de las detonaciones, del fuego ni el calor del vapor. No. Hormigueos en las piernas y brazos. Las paredes temblaron. Una sensación ya experimentada con anterioridad.



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Dillon Frost


Miraba a la muerte directamente a los ojos. Siendo marine no se podía hacer de otra manera. ¿Miedo a la muerte? La muerte era su credo, si disciplina, su única amante y consejera. El puro de la victoria encendido, anticipando el desenlace. Y una mirada de asombro por parte de Nela. ¿Qué?¿Qué estaba loco? Seguramente. El médico de la unidad debía haberle echo unos chequeos psicológicos muy malos. Ahora dejaban entrar a cualquiera en el cuerpo de marines, tsk. Se tomó unos momentos para responder a la reciente madre.

-Así es como lo hemos los de la vieja escuela.-Y le soltó una mirada severa.-Acabas de parir y ya estás luchando. Cuando esto acabe...nada de batallar. Bajo prescripción médica.-Uno podía pensar que estaba bromeando. No era así. Su rostro era pétreo, casi ofensivo, rozando la amenaza. Enfocó el corredor y le dio una calada breve al puro. Esperaba al enemigo. El olor agradable a combustible y a tabaco calmaba su mente. Cruzaría una nueva frontera, un misterio menos.

Apareció el primero de los soldados. Algo le pasaba en la cabeza. No se preguntaron que era. Balsani empezó a fundirle. Soltó una ristra de plomo tras otra sobre él. El soldado enemigo ni siquiera se defendía. Tampoco moría. Tendrían que darle con algo más grande. ¿Dónde estaba el segundo? De haber sabido que a todos les entraría un dolor de cabeza no se hubiera convertido en un kamikaze. Está bien, las cosas vienen como vienen. Dios te vacila y el universo entero conspira contra ti. Solo tenía que alejarse del combustible, esperar a que Helen terminarse e irse de allí antes de que una de las balas de Balsani impactase en el comburente. Entonces Dios, y sus chistecitos. Una chispa, solo, una, y el Infierno llegó.

-Grave error.-Intentó proteger a Helen. Nadie debía pagar por su metedura de pata. Lo hizo bastante bien porque notó el calor, su carne derretida y un dolor áspero que rasgaba cada ápice de su cerebro. Se la llevó de allí. No pesaba gran cosa. Volaron, se estrellaron. Fue perdiendo el sentido. Algo oscuro. ¿Eso era todo? Siempre había pensando que la muerte sería fría. Se equivocaba. Era ardiente. Fue vagamente consciente de que alguien tiraba de él. Debía ser Helen, era una de las pocas que tenía el tacto agradable.

-Se suponía que era yo quien tenía que salvarte...-Luego nada. Y nada fue.

Vomitó. Sangre y dolor. ¿Lo estaban pariendo? Recordó, poco a poco, y a la vez que se iluminaba su rostro se aclaraba su memoria. Sonrió. Seguía vivo. El pasillo del que venían era ahora una zona que podía catalogarse de catástrofe. Además, había un apagón. No estaba mal aunque no sabía que parte la había provocado él y su delirio y cual Helen y sus trucos. Escupió hacia un lado un gargajo blanco y rojo. Algo no iba bien dentro. Ahora no solo le fallaba la cabeza.

-Mujeres.-Dijo, áspero.-Siempre que te separas de una se lleva algo de ti...y te deja echo una mierda.-Le quitaron parte de la armadura. Por partes.-No quitéis la ropa.-Les dijo. Luego ganó algo de orgullo.-Creo que puedo ocuparme yo solo*.-Sabía que las quemaduras eran difíciles de tratar en batalla. También sabía que nadie se moría de ellas. Eran dolorosas, eso sí. No tomó nada para el dolor. El dolor te hace sentir vivo. No quería dormirse. Tampoco entrar en shock. Un par de compresas húmedas bastaría.

Se movieron, llegaron a un cuarto con duchas. Aparecieron Rivers y Simo. No lo habían pasado bien. El caso era darle trabajo. Se preguntó irónicamente que, ahora que él también estaba herido y Anette no tenía precisamente la buena pinta que tenía siempre, quien iba a cuidar de él. ¿Quién cura al médico cuando el médico no esta? Tendría que esperar a Santa Claus, joder. Pero había llegado. El agua de las duchas, no demasiada fría, le calmaría un poco. Rivers también parecía un poco tostado, así que le animaría a imitarle.

-Lávate detrás de las orejas.-Le diría con sorna. Apareció Viviana y otra rebelde. Aquello se estaba convirtiendo, poco a poco, en una buena fiesta. Ahora podrían lanzar una buena ofensiva contra el centro de mando. Entonces llegaron las vibraciones y un calor que no procedía de las llamas. Quizás de ellos mismos. Se sacudió la cabeza. El agua, la perdida de sangre, la impresión, la ligereza que notaba en la espalda ahora que no llevaba consigo a la vieja Betsy. Era una situación anómala. Sin embargo esa sensación le resultaba familiar.

-Que alguien me diga que estamos despegando...




Helen McFersson


La sintética empezaba a pensar que cerca de Dillon primaba la ley de Murphy en lugar de la ley de la probabilidad. Bueno, no era del todo cierto. Pero definitivamente en la unidad Sigma 5 había algún gafe. Quizás era ella misma. Cuando estaba "en trance" a punto de asegurarse era la única entidad que controlaba la nave, algo la aparto de ello. Ese algo era el matasanos. Apenas tuvo tiempo de asimilar la realidad cuando el sonido familiar de hierro retorcido y calor extremos acudió a sus sensores olfativos. Esta vez, eran ellos los abrasados. Intento protegerse dentro del corpachón del negro ya que no tenia idea de lo que pudiese pasar si su piel sintética se fundiera con la orgánica o viceversa. Nada bueno en cualquier caso. Tiro de él tanto como pudo, era conveniente tener un escudo con el que protegerse. Aun no entendía si ese incendio era de algún arma o parte de la explosión de alguna tubería, aunque pensaba era más probable lo segundo.

Se puso alerta cuando oyó alguien se acercaba, pero resultaron ser los demás; Yamec, Rivers, Simo y una chica rebelde. Todos con un aspecto magnifico. Yamec tan solo tenía un brazo roto. Simo gimoteaba en silencio solo por airear las falanges de su mano despellejada. Rivers tenía el costado como un colador y hacia aspavientos de que le costaba respirar. Poco después llego Viviana acompañada de otro rebelde. Ahora estaban juntos y a Helen solo se le ocurrían preguntas estúpidas o comentarios que decidió no hacer. Finalmente cuando empezaron a sentir calor y reverberación en las paredes, Dillon dijo justo lo que todos pensaban... Estaban despegando.

- Yamec, ¿era esta la nave que esperaba nos sacase a sus rebeldes y a nosotros?.




Jake Rivers


Tiene un breve instante para alegrarse de su decisión cuando ve la culata del rifle descender de nuevo. Si sobrevive lo suficiente pensará en todo esto con más calma, en como la preparación o, porque no decirlo, su agresividad innata, le han permitido resistirse cuando el enemigo tenía malas intenciones. De haber pretendido únicamente capturarle, habría necesitado acercarse menos, más órdenes y menos golpes. Pero lo quería sin sentido, lo cual solo puede desembocar en algo realmente malo.

Por fortuna o por desgracia, ahora no tiene ese tiempo para pensar. Lanza la patada con toda la fuerza que tiene, apartando el arma, usando la otra pierna para tumbarle. Un par de balas pasan cerca de su casco. Ha tenido suerte. Tampoco puede planteárselo demasiado, así es la guerra, un único momento de fortuna significa la diferencia entre vivir o morir.
Los segundos siguientes son más tensos. Rivers ha sido incapaz de inmovilizar el arma, pero su adversario tampoco tiene libertad para usarla. Ambos forcejean. El tiempo de los interrogatorios y los prisioneros de guerra ha terminado, ahora solo hay un fin aceptable para ambos, matar al otro.

-¿Qué demonios?- piensa mientras ve al soldado retorcerse de dolor. Poco importa, si tiene jaqueca es cosa suya, no vivirá para lamentarlo. En lo que a Rivers se refiere, no existe algo como “pelear limpio”. Cuando un enemigo se siente indispuesto, estaría mejor lejos de él, en su casa con algún familiar, porque Rivers está acostumbrado a utilizar cualquier ventaja sin planteárselo dos veces. Tan solo sabe que ahora tiene la oportunidad de usar su pistola en condiciones.

No deja de disparar mientras le quedan balas, ya recargará luego. Acuchilla con fuerza aún cuando ese hombre debe estar muerto, prefiere no lamentar errores estúpidos más adelante. Continuará con la agresión hasta asegurarse de su buen resultado.

Escucha a Simo por el comunicador. –¿Aún no te han matado?- dibuja una sonrisa en su rostro aunque nadie más pueda verla –¿Pruebas psicológicas?... lo recuerdo vagamente, dijeron algo como “carne de cañón”-
Comienza a registrar al enemigo abatido mientras aún se ríe de los comentarios de su compañero. ¿Realmente espera que los marines rechazasen a alguien por estar un poco loco?, los dementes son mucho menos susceptibles a sucumbir al pánico. No es su caso, desde luego, disfruta tan poco como cualquier otro arrojándose hacia el fuego enemigo. En esos momentos simplemente deja de pensar, guardándose el miedo para más adelante.

Cuando acaba de quitarle cualquier cosa útil, especialmente las armas (aunque se cuida de no empuñarlas por el momento), vuelve a cargar con la rebelde herida. –¿Cómo puedes seguir fuera de combate con todo lo que pasa a tu alrededor?- definitivamente algún médico debe echarle un vistazo. Quizás ya sea tarde para ella aunque siga viva. –Si estás fingiendo para que cargue contigo, vas a acordarte de Jake Rivers durante lo que te queda de vida-

En la nave, el resto de la unidad sigma no se encuentra demasiado bien.

 –¿Alguna baja?- sería estúpido preguntar si hay algún herido, lo que no hay es nadie ileso.

Dillon sugiere usar algo de agua para las quemaduras, no es mala idea, aunque le preocupan más las demás heridas y así se lo hace saber. –Casi me acribillan por esta novata- dice tras buscar algún lugar donde dejarla –Si aún te sientes capaz, deberías echarle un vistazo, detesto que me disparen por nada-

Las paredes comienzan a vibrar, acompañado este suceso de otros también extraños, como el calor. Dillon quiere creer que están despegando, y él también lo querría, pero a estas alturas ya no se permite ser demasiado optimista. –Diría que es otra cosa… distinta- no cree necesitar concretarlo. De todos modos poco pueden hacer al respecto, y tal vez su mente ha pasado por demasiado, olvidando lo que se siente al levantar el vuelo. –Imagino que los pilotos no estarán en muy buenas condiciones, ¿no?. En ese caso quien mueve este trasto-. Si nadie sabe contestarle a eso, simplemente no están despegando… y es mejor buscar algún lugar seguro.




Simo Kolkka


En un último esfuerzo había logrado ponerse a cubierto y disparar. La parte que a él le tocaba fue un éxito, pero no podía decir lo mismo de la bala. Como ya había comprobado a larga distancia, el armazón de aquellos monstruos era demasiado espeso como para atravesarlo con una bala "normal". Hizo un segundo disparo, más por costumbre que por otra cosa. Estaba acabado. Si cometía el error de acercarse demasiado intentaría sorprenderle y luchar en combate cuerpo a cuerpo. No estaba seguro de que fuese posible que una máquina se sorprendiese, pero tenía claro que ni aunque estuviese sano podría vencerlo desarmado. Además estaba el dolor en la mano. El del hombro lo había soportado. Tenía una buena tolerancia al dolor. Pero sin su mano no era nada. Un francotirador manco. Sería digno de ver. Aunque realmente ahora no importaba. Estaba técnica y tácticamente muerto. Pasaron los segundos, y decidió asomarse. Aquella máquina debía de estar disfrutando. Para su sorpresa, cayó al suelo, como si alguien hubiese pulsado el botón de apagado. ¿Está roto? Era imposible. No habían sido sus balas. Era impensable que fuera un engaño. No creía que su programación fuera en ese sentido. No se lo pensó más, y echó a correr en dirección a la nave, haciendo un pequeño rodeo para no pasar a menos de dos metros del caído. Me debes una mano...


En cuanto estuvo lo suficientemente lejos aminoró la marcha, y se concentró en seguir andando, y no caerse. Ahora que el peligro había pasado era cuando las heridas empezaban a doler realmente. El del hombro era un dolor punzante e intermitente. Cuando parecía que había dejado de doler, un martillo invisible le golpeaba, amenazando con tirarlo al suelo. La mano era constante, y extendía como una enfermedad por todo el brazo hasta llegar al cuello. Tenía que hacer un esfuerzo para no desmayarse. No veía enemigos, pero eso no significaba que no los hubiese. Un rato difícil de determinar después estaba en el hangar. Veía caras conocidas, y mucha destrucción. Encontró a Dillon. No tenía mejor aspecto que los demás.

- Os habéis divertido, ¿verdad? Una pena que la fiesta haya acabado tan pronto.- ¿Había acabado realmente? Todos sabían que era poco probable.- Cuando tengas tiempo, necesito una mano nueva, o que por lo menos le pongas un par de parches a esta.- No era el que necesitaba asistencia más urgente. Todavía tenía una mano con la que apretar el gatillo. Vio también a Rivers. Preguntó por las bajas.- Somos demasiado atractivos como para morir. Deberías saberlo.

Si no encontraba nada mejor que hacer buscaría un sitio donde sentarse cerca a la puerta, vigilando por si tenían más visitar imprevistas.