martes, 24 de julio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar - 21




Terminamos el relato. Los protagonistas llegan al mar, y Aswarya descubre toda la fuerza, belleza y misterio que viven en sus aguas. 




La tormenta nos acompañó la parte final del viaje. Alcanzamos el delta del Nezvaya, que regaba y donaba la vida a multitud de pequeñas aldeas, y la comitiva bordeó el brazo de río más meridional. Los campesinos y caminantes se detenían a vernos pasar, los niños, con sus ojos enormes, ansiando nuevos descubrimientos, chillando, riendo, corren junto a los caballos. Es gente alegre y sencilla. Y pobre.


Las lluvias continuaron hasta la brumosa mañana del quinto día. El sol despegó flecos de niebla que ascendían perezosos del lodazal que era el camino, el cual nos condujo hasta un promontorio desde el que se dominaba la costa oeste del Mar de Vilayet.

-El Mar de Vilayet, Aswarya –anunció Lucos-.

¡¡El mar, el mar!!! Llegamos y los ojos se me nublan de ansiedad al verlo. Nos detuvimos para contemplar, extasiados, el espectáculo de fuerza salvaje infinita. Cuando reanudan la marcha, un buen rato después, todavía Sando, Shezwena, dos soldados, Lucos y yo, permanecemos ensimismados mirando, maravillados, el horizonte.



Es enorme, azul y furioso. Da miedo. Es hermoso y da miedo. Lucos se ríe de mí, Sando está entusiasmado. Yo siento como si una mano enorme y azul se abalanzara sobre mí y me pregunto como será sumergirse en él. Oscuro y salado. Terrible. Un monstruo al lado de los tranquilos ríos. Las olas rompen contra las rocas formando nubes de espuma. No se puede beber. El aire trae un olor que no conocía.

-Es impresionante, impresionante -digo, y lo repito aunque mi voz no se oiga en medio del ruido del oleaje. Me da miedo, me da miedo, lo ahogados en él gritan desesperados y sé que si cierro los ojos sentiré como es hundirse en el ese lugar frío y oscuro-. ¿Cómo pueden los barcos navegar en él? ¿Cómo es posible que no tengan miedo?

Aquella masa de agua, de azules intensos, de celestes, de tonalidades verdes desconocidas y nuevas la vista, se extiende de norte a sur, y no tiene fin hacia el este. Brillan lo que me parecen estrellas innumerables en los reflejos arrancados a las crestas plateadas de las olas. El oleaje sigue bramando contra los acantilados, poderoso y contundente, a la vez que suave, cadencioso el rumor cuando muere en las playas de arena dorada y piedras de cantos pulidos donde las olas retrocede espumeantes. Los ojos de Sando están abiertos como platos, su pecho se agitaba deprisa. Igual que el mío.



El mar. Al fin, el Mar. Y, más allá, ¿qué me aguarda, qué encontraré? Qué importa ahora.

El Mar. 

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