domingo, 6 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear - 39



Los dos marines corrieron más allá de los límites de sus músculos y nervios, de su fuerza física, de su resistencia mental. En zigzag, viendo las imágenes del campo de batalla amontonarse en sus pupilas, las balas que salpicaban tierra y roca a su paso. Rivers alcanzó a la rebelde sin sentido o muerta, cargó con ella y con aquel peso a sus espaldas trató de escapar a una muerte casi cierta. Corrió de nuevo y dio un último salto salvando una estrecha hondonada para caer en otra. A pocos metros Simo hacía otro tanto, la mandíbula apretada, el dolor punzante en su torso, el proyectil arañando el hueso. También efectuó el último salto siendo tragado por un agujero todavía candente.

Tras ellos cayó la lluvia metálica y negra. Las explosiones y el estruendo que Simo auguraba sobrevinieron; el fuego, el abrasador calor que cruzó de parte a parte la ya de por sí machacada, quemada y destrozada franja de tierra, la metralla que voló en todas direcciones. Pequeñas bombas termales inflamaron el aire; bombas convencionales masacraron las rocas; otras estallaron antes de impactar con la superficie, expandiendo un humo de diversos colores, entre el sucio violeta a un descolorido azul y negro…venenos letales que incendiaban pulmones y desgarraban la piel, arrancaban la carne de los huesos. Un cóctel de las nuevas tecnologías de guerra y muerte. Incluso detonadores sónicos, cuyas ondas de baja y alta frecuencia combinadas barrieron el espacio. Simo, en lo profundo del hoyo, se encogió en posición fetal, levantó la vista cuando algo, o alguien se refugiaba cerca de él. Se trataba de uno de los rebeldes, no lo consiguió: si bien estaban fuera del campo de acción del resto de bombas, no así de la sónica. El hombre se agarró la cabeza con los tímpanos perforados, el cerebro gelatina y el resto de órganos internos reventados. Se desplomó a los pies de Simo.

Rivers estaba boca arriba, esperando a que pasara el momento. Sabía que le habían alcanzado en aquel salto. La chica reposaba como un saco algo más allá, respiraba, ¿a qué precio? No importaba, cumplió con su deber. El mismo pensamiento de Dillon en el corazón de todos ellos: un marine no retrocede nunca, si cae, lo hace avanzando. Él seguía vivo, logró escapar de la mortífera y brutal descarga. Hombres de acero. Marines. Le ardía y palpitaba el costado izquierdo, tres balas se abrieron paso a través de la armadura y se encajaron en su cuerpo. Sangraba y una costilla o dos estaban rotas. El tiempo transcurrió despacio, una falsa sensación, debía moverse. Lo hizo, intentó incorporarse una vez pasaron los vapores y las deflagraciones. Un ruido, algo que caía cerca de él, una bota que le golpeó en el casco. Entre una niebla roja vio el cañón de un enorme fusil y tras él uno de los soldados de élite embozado de pies a cabeza en su armadura. La voz del soldado enemigo resonó metálica, seca, dura:

- ¿Quiénes sois y que mierda hacen aquí los marines coloniales? Tu nombre, tu unidad, quién está al mando.

Antes siquiera de que Rivers pudiese responder lo que fuese, la culata del arma golpeó contra su costado. La resquebrajada armadura no lo soportó, sus entrenados músculos cedieron pero el marine sí que superó al deseo de gritar de dolor; otra costilla se hundió y se quebró.




(El tipo que encañona a Rivers)


Simo miró su sensor de movimiento, continuaba en funcionamiento. Alguien se aproximaba, y si no erraba en sus cálculos, desde la posición que por última vez vio al sintético de combate.

En el interior de la nave Dillon se afanaba con Anette, del todo inconsciente. Helen le puso al corriente sobre la pierna, así que poco más que mitigarle el dolor a la marine y realizar vendajes tras cortar la hemorragia y arreglar aquel desaguisado. La cara de Anette estaba maquillada de una tonalidad cenicienta, pero el médico sabía que era fuerte y resistiría. Cicatrizó las dos heridas con su instrumental, más no podía ahora, no disponía de tiempo, ni material. Entretanto los demás decidían qué hacer. Helen vio marcharse a Sandro, enfilando el pasillo, ni ella le respondió a sus cada vez más directas insinuaciones ni el soldado a su sugerencia de seguirla en busca de un panel de control conforme a las indicaciones de Viviana. Sandro era todo un caso, que no cejaba en su idea de llevarse a la cama a la sintética, incluso bajo aquellas condiciones; o tal vez solo bromeaba, su peculiar sentido del humor que le servía para descargar el más que probable miedo que sentía como todos o para darse valor. Saludó a Dillon con la mano y corrió a grandes zancadas.

Frost trabajaba con precisión envidiable, manos igual de grandes que ágiles y un cerebro bien preparado para la medicina a pesar de no tener título. Un don. El dios de Yamec, o el mismo místico y Sandro le estaban facilitando el tiempo necesario. Anette abrió los ojos, su mirada perdida encontró la de su compañero, una medio sonrisa se dibujó en su rostro agotado; no dijo nada, miró su pierna:

- No tiene buen aspecto. Jesús. No tengo pierna. Y Helen y Sandro?

Dillon continuaba, impertérrito, consagrado a la herida del hombro de su amiga. Nela asintió a su pregunta, no le quedaba más remedio que aguantar, se quedó con él, vigilando. Helen y Carlo marcharon juntos, y a unos diez metros, antes de la esquina, encontraron una terminal, podían ver a Dillon y compañía y este a ellos. Helen se conectó a la terminal, y en un segundo el mundo físico desapareció para ella, entrando de lleno y con algo semejante al dolor que nunca antes experimentó, en una red de infinitos caminos. Al principio casi se bloquea, luego supo abrirse paso con habilidad creciente. Comprendió lo que Viviana le sugirió, encontró puertas cerradas que forzó con suma facilidad y otras más complicadas. Supo que la nave pertenecía a la Weylan, cómo no, y dedujo que de diez a quince efectivos podían quedar con vida contando a la tripulación de siete personas, cuyo comandante se llamaba Dreiser Helstom. Localizó un ascensor que descendía con tres personas dentro y lo detuvo en medio de dos pisos. Descubrió que podía llegar a controlar el armamento exterior, las compuertas, los sistemas de supervivencia y hasta dirigir el Hornet. Y el sistema vital de los sintéticos también. Pero para todo esto existían contraseñas encriptadas y codificadas, precisaba tiempo para “forzarlas” todas ellas. Debía decidir por donde empezar, elegir prioridades. De ella dependían en parte, y, tal vez mucho, las vidas de sus camaradas. Todos estaban en manos de todos, siempre fue así. A intervalos llegaba las ráfagas, lejanas y apagadas que procedían del hangar, el enfrentamiento entre Sandro ,Yamec y los soldados de la corporación. Hubo una explosión tan tremenda como las anteriores y luego un silencio sospechoso e inquietante. Tras un minuto se escuchó crepitar la voz insípida y grave de Sandro:

- Tranquilo Dillon. Sigo de una pieza. O eso creo. ¡Oh, dios, mi entrepierna!! -Su risa ácida se deslizó por el intercomunicador, se descojonaba-. A esos jodidos tipos no les importa cargarse su propia nave. Hum, eso me recuerda a alguien. A lo que iba, Dillon, Helen, esos dos se han largado por otra de las compuertas. Creo que os los vais a encontrar de boca. Tengo algo que hacer aquí.

Cortó la comunicación. Dillon terminó el vendaje, justo a tiempo de apartarse de la línea de tiro. En el pasillo perpendicular aparecieron los dos soldados, se cubrieron en la intersección. El intercambio de disparos no tardó entre Nela y Dillon contra ellos, cada pareja parapetada en su esquina. El grandullón negro probó con Betsy, transformando en un horno los metros que le separaban de los atacantes, luego disparó su fusil, apoyado por Nela. En momento dado los dos soldados que apenas asomaban las narices arrojaron varios discos de metal gris – como el disco del hockey sobre hielo, el “puck” – que se pegaron al techo y las paredes cercanas. Nela tironeó del matasanos y arrastraron a Anettte reculando en el corredor hacia la posición de Helen y Carlo. A los pocos segundos los discos estallaron, volando en trozos los muros, el mismo suelo y hasta el techo en la zona de la esquina donde se encontraban los marines momentos antes. Una cañería de agua reventó. Escucharon las pisadas cautelosas de los soldados que se acercaban al cruce. Dillon, Nela y Carlo protegían con sus cuerpos a la concentrada y ausente Helen y la herida e inválida Anette, detrás de ellos, en el extremo opuesto a la intersección donde se aproximaban los otros dos. Anette se daba impulso como podía para ocultarse y protegerse rodeando la arista de la intersección tras ellos ( en definitiva, que estáis casi al extremo de un pasillo, y enfrente a varios metros pueden aparecer los dos soldados donde antes estaba Dillon curando a Anette y ahora es también una zona de guerra hecha añicos. No hay donde ocultarse aparte de rodear la esquina a vuestras espaldas pero en tal caso dejáis a Helen sin defensa alguna ).




(Uno de los dos que se en enfrentan a Dillon, Carlo y Nela)


Dillon Frost

Helen le dio órdenes. La marine más protocolaria de todos ellos se había saltado una norma básica para todos, salvo para Rivers. La explosión que debía haberse llevado la mitad de su rostro debió fundir un par de chips importantes. No era la primera vez que oía que un androide hacia algo que se supone que no estaba en su programación o que iba en contra de esta. Viviana tendría que revisarla después. Aunque bien pensado, podía dejarla así. A todos ellos les faltaba un tornillo. Helen no tenía porque ser diferente.

Sandro se fue. Atendió a Anette. Podía con ello. No había pierna. Resultaba más fácil. Siempre es fácil. Situación de riesgo, pérdida de sangre, falta de equipamiento. Fácil, muy fácil. Suturó las heridas, pensó que un poco de color había vuelto al rostro de Anette. Su ordenador marcaba el pulso de la mujer. Firme, no se iba. Así eran ellos. Marines. Máquinas perfectas para la guerra. Derribados una y otra vez con la sola idea de alzarse una vez más. No había nada más grande. En la distancia, Helen atendía a sus nietecillos. Iba a freírles la CPU. Eso estaba bien. Se ayudaban unos a otros y donde uno no servía de nada, el otro era un rey. O una reina. Helen conseguiría lo que los demás no habían logrado. Acabar con los androides. El resto serian pan comido. Además, terminó de remendar a Anette. Está notó la carencia de su pierna.
-No te preocupes, Helen ha dicho que te dará la suya.-La cogió y la llevó con los demás. Sabía que ahora tendría que ocuparse de Nela. No sabía nada de sus compañeros de afuera. Esperaba que Helen se ocupase de los androides cuanto antes. No parecía fácil. Llevaría su tiempo. Los ordenadores siempre eran lentos. Odiaba la informática.

Sandro les habló. Llegó a bromear de su entrepierna.

-No creo que nuestros nuevos amigos sean capaces de dar a un blanco tan pequeño.-Tsk, no podía dejar de llevarle la corriente, de seguir sus juegos. Apreciaba a ese cabrón después de todo. Al mamón de Rivers, al impertérrito Simo, a la estirada Helen, al hiperactivo Balsani. A todos ellos. Ya echaba de menos a Benley. Joder, tenían graves problemas. Pero en familia los problemas son menores. Se vio de nuevo en la trena. Una evocación rápida. Allí los lazos de sangre no eran nada. Había otros lazos, como entre los marines. Uno cuidaba de los demás. Los demás cuidaban de uno. Asó debía ser. Si había sobrevivido había sido gracias a sus compañeros. Él les había devuelto la jugada, claro. Así eran las cosas. Y estaba bien.

Aparecieron los dos payasos. Intentó quemarlos. No se dejaron. Betsy no logró atraer su atención. El rifle replicó en sus manos una repuesta contundente. Tampoco sirvió. Retrocedieron cuando vieron esos discos. Armas nuevas. Mortíferas, potentes. Una explosión. Sandro tenía razón. Les daba igual destrozar su nave. O eran unos bárbaros o tenían otra esperando. No le consolaba. Se vieron obligados a retroceder. Apenas había donde esconderse. Lo vio. Anette parapetada más o menos. ¿Y los demás?¿Y Helen? No se movía. Parecía estar en coma. Podía ocultarse todos...pero la dejarían a ella a la vista. Un blanco fácil. No se percataba de lo que sucedía. Ni siquiera se movía, ni un parpadeo. Había que protegerla. ¿Con qué? No había nada que pudiese usar de barrera. Tampoco podían moverla. El cable con el que estaba conectado no era tan largo*. Solo había una opción. Dos hombres armados se acercaban a ella. Podían retroceder más y eso significaría dejarla a su suerte. No era su estilo. ¿Nada con que protegerla? Más de cien kilos de carne negra. Eso tendría que valer.
No tenía granadas. Poco importaba. Un hombre puede hacer grandes cosas con un tanque de combustible a su espalda.

-Hela, llévate a Anette.-Se quitó a la vieja Betsy de la espalda. ¿Cuánto tiempo hacia que jugaba con ella? Demasiado. A todo puerco le llega su hora. Quitó la manguera, tiró el disparador a un lado. Con manos expertas desenroscó el tapón del combustible. Ya estaba en posición. Se colocó dos metros por delante de Helen. Si querían dar a la mujer, a su compañera, él sería un escudo humano perfecto. Vació un charco de combustible delante de sus pies. Luego, con gran esfuerzo, deslizó el depósito sobre el suelo, hacia la dirección de sus enemigos. Pobre Betsy. Merecía algo mejor. Ya sabía de qué iba esto cuando se conocieron. Este DIA llegaría. Mejor morir juntos. Hay amores que matan. La familia es lo primero. Sino puedes estar con los tuyos cuando te necesitan...¿Qué eres?

El reguero que había dejado el depósito los conectaba a ambos. Una pequeña llama y había un gran Badaboom...Las paredes blindadas de su depósito reventarían y había una buena llamarada. El fuego tiende ha ir hacia arriba, hacia el aire. Iría hacia la zona del ascensor. Eso les daría algo de tiempo a sus compañeros. Necesitaba algo mejor que eso.

-Balsani, amigo, ponte detrás de mí. Cuando duden, cárgatelos.-Su compañero era tan alto como él pero no abultaba tanto. Los músculos del médico habían sido curtidos en la trena. Demasiado tiempo para ejercitar el cuerpo. Se pasó la mano por la cicatriz de su cuello. Lástima no haber vuelto a verlos. Lástima no haber podido enfrentarse a sus verdaderos miedos. Sacó un puro, lo cortó con el cuchillo y lo encendió. Aspiró su tóxico y profundo aroma. Eso era vida. Lo sostuvo en la boca, con una sonrisa.

Cuando llegasen los dos payasos se encontrarían con una mole negra que fumaba un puro y sonreía. A sus pies, un reguero de combustible. Y cerca de ellos, el bidón. Una escena tan insólita debía sorprenderles. Se alegró de que fuesen humanos y no máquinas. Dudaría, se trabarían. Si disparaban el puro caería de su boca y todo se convertiría en un Infierno. Un verdadero infierno. Todos arderían. Si eso ocurría, Carlo podía llevarse a Helen de allí. Pero necesitaba a Carlo. Para que cuando esos hombres dudase y se quedasen petrificados...Balsani los acribillase. Usándole a él de cobertura tendría una vista limpia. Un pasillo largo y el enemigo al final. Balsani no fallaría. Si disparaban sobre él, Carlo podía aprovechar su muerte para disparar también. Solo él saldría herido, seguramente muerto.

Era una completa locura. Lo sabía. Balsani, más sensato, podía decidir no ayudarle. Y Helen podía terminar en cualquier momento. Y luego se quejaba de Rivers...No había otra cosa que pudiese hacer. No estaba escrito en ningún lado que tuviese que comportarse como un kamikaze para cubrir a una de sus compañeras. Especialmente a una androide. Los altos cargos dirían que una vida humana valía más que una sintética. A la mierda con ellos. No estaba escrito, salvo en su corazón. Así era como lo sentía. Y debía estar verdaderamente loco porque sabía que no saldría bien. Para él no. Y no tenía miedo. Volvió a acariciar la cicatriz de su cuello. Eso si que era miedo. Lo que estaba haciendo no era nada comparado con aquel día. Ese día le había marcado. Le había acojonado más que nunca pero a cambio le había dando un par de pelotas tan grandes como balones de baloncesto. Solo eren hombres. No temía a los hombres.


Saludaría a los hombrecillos que aparecerían por el corredor.

-Hola, guapitos. Este pato es una diana demasiado grande ¿Quién quiere probar suerte?




Jake Rivers


Corre con la mujer a hombros. A penas nota la diferencia de peso. Se divierte pensando que o ella es muy ligera o él muy fuerte. Sabe que no es así, la adrenalina, la tensión del momento, le hacen olvidar ciertos estímulos de su sistema nervioso, como el peso adicional. Todo su cuerpo está entregado a la única labor de correr, porque su vida depende de ello. Deja incluso de plantearse si habría sido mejor abandonar el bulto donde había caído. ¿Quién se iba a enterar?, se ha hecho esa pregunta un par de veces mientras corría hacia ella. Tal vez debería habérselo pensado un poco mejor, ahora ya es tarde.

Comienza a caer la mezcla de explosivos y armas diversas. –Eso no lo había visto antes- piensa fugazmente mientras sigue apurando el paso para tratar de cubrirse de algún modo. No se trata solo de explosivos, lo cual ya es bastante efectivo, en su opinión, lleva una carga muchísimo más diversa. Bombas de varias clases, armas químicas… no han escatimado medios con esta nueva maravilla de la tecnología, hasta se han permitido incluir algún tipo de dispositivo sónico. Nada podría sobrevivir en la zona de impacto, ni siquiera estando fuertemente acorazado. La guerra también ha cambiado en estos cincuenta años.

Milagrosamente ha corrido bastante para escapar a tiempo. Descansa tumbado boca arriba. Durante el trayecto tampoco había notado los impactos del costado, ahora comienzan a dolerle, sumándose al dolor de las quemaduras anteriores. Ya le habían herido anteriormente. Le gustaría poder decir que está acostumbrado, que es solo un rasguño, y lo haría si hubiese alguien delante para escucharle. A si mismo no necesita engañarse, es una sensación terrible. Por suerte es capaz de sobreponerse, aunque a veces se plantea si realmente es suerte, si no vendría mejor desmayarse víctima del dolor, como haría cualquier otro. Es una pregunta para la que nunca tendrá respuesta. Se concentra en mantenerse despierto.

Mira a la mujer a pocos metros de él. –¿Sigues viva?-. No hay respuesta. O está muerta o inmersa en un sueño muy profundo, porque el estruendo de hace unos segundos habría despertado a cualquier ser viviente conocido por la raza humana. Sigue mirando, en busca de algún rastro de vida. Respira. Haría falta Dillon para preguntarle si respira con normalidad, pero no tiene ni idea de donde está, ni de donde se encuentra el resto de la unidad. El siguiente paso será encontrarles. –Me han acribillado para traerte aquí, así que más te vale no morirte grandísima hija de…- Ni siquiera tiene sentido insultarla, no va a oír nada. –El descanso ha terminado, es momento de levantarse y…-

También le han pateado la cabeza otras veces, y tampoco le hace gracia. Además este debe ser el mismo tipo que le ha disparado. Muy amablemente le pregunta lo normal, y le da con la culata del arma para quebrarle una costilla más. Ya deben quedarle pocas. Se queda en el suelo, no tendría mucho sentido moverse después de todo. –Jake Rivers, encantado de conocerte, ¿y tú como te llamas colega?- Se lo tomará a mal, pero le importa poco. Rivers puede decirle su nombre, su unidad… así debe ser siempre, están obligados a ello, y también a no revelar más detalles, claro que los detalles en esta ocasión son bastante increíbles. –Unidad Sigma.- El soldado no puede esperar que le diga nada más, sin embargo seguirá insistiendo, y eso va a ser doloroso.

Le quedan pocas costillas para dejar que se las rompan, y además tiene poca paciencia. Verse encañonado tan de cerca no le impresiona, la armadura es bastante peor. Se arriesgará de todos modos.

Apoyándose con la pierna izquierda en el suelo, da una patada al arma con la derecha para apartarla. Por eso uno no debe acercarse demasiado a la víctima cuando tiene un arma de fuego. ¿Para qué ponerte a la distancia donde puede representar un problema?.

Debe moverse rápido porque eso solo le evitará unos disparos*. Usará la pierna izquierda para barrer las del soldado, desde atrás porque resulta mucho más difícil mantener el equilibrio.

Si esos movimientos han sido rápidos, los siguientes deben serlo aún más. Debe medio incorporarse rápido, poniendo su rodilla sobre la mano que empuñe el arma (o sobre la propia arma si aún la sujeta con ambas manos). No tiene tiempo para descolgar su propio rifle ni tiene intención de forcejear por el del enemigo. Desenfundará la pistola mientras la amartilla. Gastará el cargador entero, pero no contra cualquier parte, no sabe cuanto aguantará la armadura y no quiere acribillarse a si mismo por los rebotes. Disparará contra el cuello. A todas luces es una zona más desprotegida, y además las balas no tienen porque penetrarlo. Los impactos deberían hundir un poco las protecciones, con suerte destrozándole la nuez o creándole grabes problemas respiratorios. Con suerte la aboyará, y eso le impedirá respirar. Si se queda sin balas o se le encasquilla el arma, le dará la vuelta para golpear con la culata, una y otra vez, donde esté más desprotegido el soldadito y en las manos, para incitarle a deshacerse del rifle.

Eso lo hará con la mano derecha, con la izquierda sacará el cuchillo para buscar partes blandas de la armadura y apuñalarle con todas sus fuerzas. Todas las protecciones suelen ser peores contra armas blancas… o contra balas a bocajarro.

Si todo falla, seguirá forcejeando con el tipo. Los golpes no le dolerán demasiado con esa protección, pero Rivers es especialista en combate cuerpo a cuerpo, le retorcerá los brazos, la cabeza, o las piernas, mientras se esfuerza por evitar los ataques de su adversario y, además, lo mantiene en el suelo para evitar darle más ventaja, ya tiene bastante ese cabronazo.




Helen McFersson


La sintética tomo nota mental de que cualquier cosa que quisiera hacer con Sandro, debía hacerlo atado con una cadena o de lo contrario volvería a actuar por su cuenta ignorando ordenes, sugerencias o cualquier cosa que implicase la palabra grupo compacto. ¿Un síntoma más de cobardía?. Era posible. Atacar a un enemigo o arriesgar la vida propia también lo hacen los temerarios aun con los pantalones húmedos. Obedecer ordenes eso ya era de valientes, así era el criterio impreso en la memoria de la androide. Por supuesto, era un concepto con un valor voluble dependiendo de cada situación pero era obvio, ya por tercera vez, que para que Sandro hiciera algo al pie de la letra había que obligarle. Ceder a su capricho no era la solución. No por la falta de dignidad que ello le aportara a la androide, sino por las consecuencias subsiguientes. El encajaba dentro del prototipo de hombre que da la brasa para conseguir un revolcón, y luego maltrata verbalmente a la mujer por concedérselo. En psicología llamado caso Houston.

Se conectó a la nave, y desplazó su voluntad al interior de la nave abandonando temporalmente su cuerpo. Comparativamente, era como una posesión espiritual. Su influencia se basaba en la calidad de resistencia que hubiera en cada "miembro" de la nave. A través de las cámaras vio a sus compañeros. La situación no pintaba nada bien. No obstante, empezó a adquirir información para ganar a su vez control sobre la nave y sus componentes. La nave pertenecía a la Weylan, al igual que ella, al igual que el sueldo de sus compañeros ya que era la Weylan la que sustentaba económicamente al ejército. Con rapidez se dio cuenta de que podía acceder a todo, pero dependía del tiempo que empleara a cada cosa. Era necesario imponer un criterio de prioridades.

Lo primero de todo fue dejar de modo pasivo, un grito como un banshee de leyenda, un pitido de gran resonancia sobre los cascos de los soldados. Con suerte, algún cerebro reventaría, y la gran mayoría quedarían sordos o neutralizados un gran tiempo. Y probablemente la mayoría recurriría a su instinto para quitarse los cascos. Confiaba en que, siendo humanos acostumbrados a obedecer ordenes, pocos tendrían la iniciativa de simplemente apagar sus transmisores. La siguiente prioridad seria desactivar a los sintéticos, con cuidado de no desactivarse a si misma. Lo siguiente seria inutilizar todas las terminales y cualquier acceso virtual a la nave, salvo la suya propia para evitar que algún humano hábil, o algún sintético desprogramado pudiese "ayudar" a la nave en su resistencia o, por que no a tomar control del cuerpo de Ghost. Después, pensó en apagar todas las luces pero un segundo pensamiento le advirtió que ahí los soldados coloniales fugarían con ventaja al conocer mejor su nave. Así que en lugar de ello sello todas las puertas y rampas, incluido el hangar. Por ultimo, dirigiría el hornet restante de manera inofensiva, salvo por las armas que pudieran llevar los soldados del interior, hasta la posición de Rivers o Simo. En una incitación a que ellos tomaran el vehículo, con su voz a través del megáfono

- Bienvenidos a bordo Jake Rivers. Simo Kollka.

Y les llevo hasta dentro del hangar, el cual abro y cierro.



Simo Kolkka

Hizo su carrera, llevando su cuerpo al límite, y se tiró en un hueco que le pareció adecuado. Aunque a aquella velocidad era difícil estar seguro de si sería suficientemente hondo, o si los laterales aguantarían... Ya no tenía sentido. Se tiró dentro y se agazapó. Cerró los ojos, y esperó. En momentos como aquellos le gustaría creer en algo más allá de su puntería. Escuchó explosiones, sintió el calor, intuyó los colores y el sonido se coló en sus oídos. ¿Habría tenido suerte? ¿No era aquella la bala que alguien había preparado para él, el día que nació? Que demonios... Probablemente aquella persona ya estuviera muerta, y esa bala se habría fundido junto a muchas otras para hacer el cascarón de aquellos súper soldados. Cuando dejó de oír la pirotecnia fue estirándose poco a poco. Tenía el cuerpo agarrotado. Ningún entrenamiento te preparaba para mantener aquel ritmo durante mucho tiempo. Se fijó en el rebelde. No parecía una muerte demasiado agradable. Inspeccionó su propio cuerpo, y cuando vio que todo seguía en su sitio se levantó, e intentó contactar con Rivers.

- Cuéntamelo Rivers. ¿Como pasaste la evaluación psicológica al alistarte?.- Aquel hombre estaba realmente mal. Algo no funcionaba bien en su cabeza. Quizás ser un héroe se tratase de eso.


El sensor de movimiento trajo buenas noticias. Aún quedaban enemigos con los que divertirse. Estaba cerca. No era su estilo, y no tenía margen de error. No podía seguir disparando y escondiéndose porque estaba demasiado cerca. No había más opciones, por lo que buscó un lugar privilegiado para disparar donde pudiera cubrirse y recargar en caso de que devolviera el fuego, y esperó a que llegase. Dispararía en cuanto asomase en la cabeza. Un disparo directo a menos de 10 metros en la cabeza. Si un impacto directo a esa distancia no hacía un agujero de lado a lado, se prometió a si mismo conseguirse uno. Era una quinta parte de la distancia minina del rango de un francotirador policial. La mayoría de los niños hacían disparos más difíciles con sus carabinas de juguete. El único detalle era asegurarse de que el objetivo era enemigo antes de disparar. Parecía evidente, pero no sería el primero en volar la cabeza a un compañero, o a un civil.



sábado, 5 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear - 38


38


- Yo no quiero una mujer estúpida, Helen. Ya existen los sintéticos de placer, a mí me gustas tú. De siempre, lo sabes. Eres mi chica, como un talismán. Me parto -su cínica sonrisa se desplegaba igual que un abanico de oreja a oreja.

La idea de Ghost de recuperar el arma de plasma se la quitó rápido de sus circuitos, el boquete del ascensor era un horno cuajado de llamas que todavía no se habían extinguido y un amasijo de metales retorcidos y carbonizados. Miró a Sandro creyendo que aparecía cuando el peligro pasó momentáneamente. Pero sabía que el marine no era de esos, todo lo contrario.

Arriba, Sandro empujó al sintético de combate contra la pared, dando tiempo al ascensor a ponerse en marcha. Luego fue lanzado de forma violenta al otro lado del pasillo por la fuerza de su rival que acto seguido le disparó con el cañón de plasma. El sintético creía haberlo dejado fuera de combate, o como mínimo ya no era una molestia inmediata dirigiendo su atención al elevador. Pero fue Sandro el que derribó al sintético cuando este se disponía a transformar en un infierno el interior del ascensor que había caído con la última granada de su rifle desde el extremo del corredor. Pero esto lo desconocía Helen.


El rebelde herido tenía el vientre perforado, poca cosa podría hacer por él Dillon, aparte de calmar sus dolores. Lo arrastró a un lado y le dio un sedante. Después tuvo que preocuparse de su propio pellejo. Habló con Sandro, con los demás por el intercomunicador. Yamec lo miró y respondió a su pregunta con un ademán del brazo:

- En todas partes, aquí, ahora. En los latidos de tu corazón y en el aliento que te da fuerza.

Los dos marines corrieron hacia la salida del hangar dirigiéndose al interior de la nave. Yamec los instó a echarse al suelo. Unos segundos después, recibieron dos descargas desde el exterior. Las explosiones destrozaron la rampa, abrieron un boquete mayor en el hangar, el sintético o los compañeros de este no parecían tener reparos en destruir parte de la nave. Sacándose de encima trozos de planchas de metal candentes de agudas aristas, Carlo y Dillon como perseguidos por el diablo se deslizaron por los pasillos hasta Helen, Anette y Sandro. Balsani no se apenó de la muerte de un camarada, ¿tanto rencor y resentimiento sumió a su corazón en ese desprecio por un compañero de armas como había sido Benley? ¿No recordaba los momentos compartidos con él y las batallas a su lado?

Afuera, Rivers recuperaba fuerzas. Resultaban una tortura las quemaduras, dejó de pensar en ellas, reptó, saltó a otro agujero. Se asomó. No veía donde andaba el lanzagranadas de la chica, y no tenía tiempo de buscarlo. El Hornet daba la vuelta después de perseguir a sus compañeros en la rampa. Distinguió al sintético, agazapado, atrincherándose y poniéndose a cubierto de camino a la rampa. Observó también a uno de los soldados disparar dos granadas contra la rampa y la salida de la nave. Jugaban duro. El sintético abrió fuego hacia atrás y barrió la zona donde se encontraba uno de los rebeldes y luego la de Rivers, que se hundió en la zanja. Cuando miró de nuevo, cambiando de posición, vio a otro soldado en el boquete humeante que antes constituía la salida/entrada, la rampa ya no existía. Acababan de lanzar unos garfios y los dos hombres treparon al interior de la nave. El sintético parecía quedarse protegiendo su retaguardia. El Hornet dio otra pasada batiendo con su munición el desolado campo de batalla y mientras giraba a lo lejos, Rivers parecía tener posibilidades de usar su Sadar contra el sintético, conforme a la estrategia que había planificado en unos segundos (efectivamente, se ha dado la vuelta).

Simo se preparaba para cumplir su parte del plan. Recuperado de la explosión, gateó de nuevo, encontró el lugar adecuado, a cubierto, apenas se dejaba ver, preparándose para disparar a su objetivo. Se olvidó del soldado de élite que iba a por él, o creyó haberlo despistado. Ajustaba su rifle cuando un impacto bajo la clavícula izquierda lo lanzó hacia atrás. El dolor irradió hasta el cerebro y se quedó un instante sin aire, el rifle quedó tirado a su lado entre la tierra calcinada. A pesar de ello, tuvo suerte, la armadura amortiguó la mayor parte del brutal golpe del proyectil, que la atravesó y se alojó un par de centímetros en el cuerpo del marine, por debajo del hueso, rozándolo y astillándolo. Tomó aliento con la certeza de que tenía que reaccionar rápido, pero el enemigo no llegó. Alcanzó a verlo arrastrándose, luego correr en zigzag, hacia la nave como si hubiese recibido órdenes o un aviso o escapando de algo. Al mirar después tuvo tiempo de ver como el tercer soldado que quedaba, propinaba un culatazo a uno de los rebeldes con los que luchaba cuerpo a cuerpo, creyó que la mujer, y al otro lo esquivaba, lo lanzó hacia atrás y antes de que se levantase su cañón reventó su cabeza y pecho a bocajarro. Vio correr y regresar a ese guardia, tal vez avisado por radio, y Simo tuvo que esconderse cuando la libélula de metal probó de aniquilarlos con otra ráfaga. Uno de los rebeldes protegido en un talud disparó al soldado que regresaba pero no le alcanzó; el sintético devolvió el regalo y el Guerrero de la Fe hizo una pirueta para tirarse de cabeza en otro hoyo.

Rivers tenía la línea de tiro despejada. Contra el sintético, que estaba pegado casi al blindaje exterior de la nave, o contra el Hornet, que volteaba otra vez abatiéndose sobre ellos. Por su lado, Simo permanecía tumbado, recuperando fuerzas y energías. La idea de disparar al gigante de metal se fue al garete por lo pronto. En ese momento el Hornet lanzó algo: una multitud de objetos de color negro, con forma y tamaño de un huevo, pero no precisamente de Pascua, que caían desde las alturas igual que una cascada de fuegos artificiales cuando explota el cohete pirotécnico en las alturas, como un paraguas gigantesco. Esa era la razón de que el sintético y los soldados saliesen de allí. Simo y Rivers vieron a la chica, a una decena de pasos, boca abajo, muerta, o tal vez solo sin sentido.


Carlo y Dillon atravesaron el corredor en llamas, dejando a un lado la enorme hendidura formada por los retorcidos y resquebrajados restos humeantes del ascensor. Más allá encontraron a una Anette recostada en la pared, más o menos inconsciente, seccionada su pierna por debajo de la rodilla derecha, sangrando copiosamente con el hueso y restos de carne a la vista, y una herida abierta de entrada salida en el hueco del hombro del mismo lado. Helen tenía media cara destrozada, faltándole el ojo derecho, una negra abertura debajo de las costillas, sangre y cableado quemado. Sandro mostraba mejor aspecto, retazos de sangre en los rajados pantalones, y poco más.

- ¿Qué está pasando ahí fuera? – preguntó Sandro.

Al poco Nela llegó renqueante, con su pronunciada cojera. Anunció que Yamec se había quedado defendiendo el paso, los soldados de élite eran ahora quienes asaltaban la nave…Había que darse prisa, tomar decisiones, según Yamec alcanzar el puesto de mando, controlar los diversos sistemas, y en caso extremo desperdigarse por la nave, esconderse y contraatacar. No debían quedar muchos efectivos enemigos. Hizo una mueca de dolor contenido, sangraba por la pernera. Sandro, decidido, cogió el cargador de proyectiles explosivos de Anette, se puso en pie:

- Iré a apoyar a ese loco. Salid de aquí.

Esperó unos instantes por si alguien le acompañaba y salió corriendo en la dirección por la que vinieron Dillon y Carlo. Sin órdenes, ni otros consejos o pareceres, se puso en marcha según su razonamiento. Poco después la voz de soprano de Viviana sonó en los auriculares:

- Vamos de camino, uno de los guerreros y yo. Escuchad bien, tenéis que encontrar un panel de control, debe de haberlos en algunas intersecciones de la nave. Helen, atiende: conecta tu sistema al de la nave. Podrás acceder a todas o al menos muchas de las secciones del transporte. Algunas cifradas, probablemente. Inténtalo, desde los sistemas de seguridad, armas, supervivencia, compuertas, etc... Incluso los sintéticos. En nuestra época vosotros llevabais incorporados, tal vez no lo sepas, un chip controlador. Por ondas de radio se os puede desactivar, basta con dirigir la antena y conocer la clave.


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Dillon Frost


Yamec le respondió. Pensó corresponder a su gesto alzando el dedo corazón y bajando todos los demás. "Que me aspen si veo a tu Dios en una guerra. Nada bueno puede salir de una guerra", pensó. "Si tu Dios está aquí no me vendría mal más adrenalina y un par de alas". No le respondió. Sombrío, se limitó a asimilar todo el palabrería de Balsani y a seguir adelante. Ya habían hablado demasiado. Había pecado él en su reacción. No estaba acostumbrado a notar la falta de mando. Durante un breve momento se preguntó que harían si la batalla se recrudecía o que sería de ellos más adelante. Rápidamente recordó un lema detrás de otro. No había entrenado con sus compañeros pero había luchado con ellos demasiado tiempo como para obviar una gran verdad. Un marine no retrocede nunca. Si cae, cae avanzando. El futuro podía ser cada vez más negro, incluso devorador. No había nadie mejor preparados, ni en este tiempo ni en otro, para enfrentarse a algo así.

Yamec les gritó algo. Se vio tirado en el suelo y luego un par de explosiones barrieron la zona. Su zona. ¿Había visto algo Yamec? ¿Su Dios le había avisado? No era el momento de aceptar lo desconocido como guía de uno de sus aliados. Yamec había visto el movimiento de las tropas de élite. Nada más. Siguieron avanzando a través del fuego. Al otro lado estaban los supervivientes de aquel Infierno. Respondió a Sandro secamente.

-Fuegos artificiales.-Helen le dio un susto de mil horrores. Casi se volvió blanco. La mujer tenía medio rostro destrozado y le faltaba un ojo. Se alegró de que no fuese humana.

-Espero que no sientas dolor.-Le dijo, poniendo su mano sobre su hombro. Ya habían muerto demasiados, no quería ver caer a más. Siempre era su máximo. Al momento se agachó y atendió a Anette. No tenía buena pinta. Ojalá le llamasen alguna vez para curar un resfriado o algo que se curase con un poco de jarabe. Su mente voló fugazmente lejos de allí y se recordó a si mismo trayendo una nueva vida a este mundo. Era una barrera entre los dos mundos. Un custodio. No iba a dejar que Anette se marcharse. No sin presentar batalla.

-Despierta, despierta, no te vayas...-Miró su pierna. O lo que quedaba de ella.

-¿Dónde está el resto de su pierna?-Preguntó a sus compañeros. Si los restos estaban cerca quizás pudieran operar más tarde y unirla. No era un órgano demasiado complejo. El ordenador le daría una imagen tridimensional interna con la que podría ajustar el hueso para que no quedase coja...o muy coja –no, no podría, estaba delirando, esa intervención le superaba. Cerraría la brutal herida con el equipo láser de precisión para suturar y...debía aguantar así. Se tomaría su tiempo, mediría bien la distancia y lo ajustaría al milímetro mediante la computadora. Fijaría la carne y luego suturaría, finalmente entablillaría. Aunque lo primero era cortar la hemorragia. Sobre la herida del hombro...ya se ocuparía más tarde."Si tu Dios está por aquí, Yamec, que me dé un par de manos extra", pensó. Efectivamente, deliraba.

Había buenas prótesis, seguramente mejores en su tiempo, pero él era lo mejor de lo mejor. Le habían enseñado eso. Intentaría salvar la pierna.

Atendía a Anette con devoción silenciosa. Su mente iba del ordenador a la mujer. Palabras de ánimo escapaban de sus anchos labios. Había dejado el rifle recostado contra la mujer. Si había problemas cambiar de herramientas sería algo automático para él. Un interruptor, dos posiciones: luz, vida, encendido y oscuridad, muerte y apagado. Se filtraban los hechos que ocurrían a su alrededor. Yamec había quedado atrás. Nela estaba con ellos.

-¿Aguantará tu pierna?-No podía hacer nada por ella ahora. Su lista era inagotable e iba añadiendo heridas y sujetos por gravedad de sus heridas. Sandro se iba. Ese bastardo tenía la sangre de hielo. Vería a Benley, tal vez, aunque eso no era lo que le preocupaba.-Sandro, ya tengo bastantes problemas con Anette. Si no puedes volver de una pieza ni se te ocurra volver.-Le había cogido cariño a ese idiota, igual que a un perro feo.-Y Sandro...-Lo miró y levantó uno de sus dedos ensangrentado para hacer el signo del silencio. Sandro no lo entendería ahora. Quizás más adelante, cuando viese el cadáver de Benley y entendiese que debía guardar silencio. Ahora dependía de la inteligencia de Sandro.

Llamó Viviana. Había una posibilidad de que Helen pudiese desactivar los androides. Eso sería de mucha ayuda. Miró a su compañera. Era la que menos trabajo le daba, así que había que conservarla.

-¿Qué dices? ¿Crees que puedes freírles el cerebro a tus nietos?-Siguió con Anette. Balsani aún estaba por allí.-Tu preocupación es encomiable, Carlo, pero aquí no te necesito. Puedes ayudar a Helen o puedes ir a saludar al pez gordo que se esconde en la sala de mandos. Yo me quedaré a esperar a Viviana.-En cuanto Anette estuviese estabilizada lo diría por radio. Eso ayudaría a los muchachos...y le ayudaría a él a aceptarlo. A veces no creía lo que un hombre o una mujer eran capaces de hacer. Había visto cosas increíbles y no provenían de Dios. Venían del hombre. Si había algo más grande y más bueno no lo necesitaban.

Cuidaría de Anette. Escucharía con atención, operaría y saltaría a cualquier sonido, grito o movimiento, incluso por instinto o simple reacción. Subiría su rifle, apuntaría y, si lo que veía no era un marine o un fanático religioso, barrería la zona, alejándose de Anette, acercándose al enemigo que hubiese avistado. Medio cargado, y el rifle fuera. Lo soltaría, la correa lo mantendría en su sitio. Y cogería el lanzallamas. Freiría la zona. Avanzaría. Si algún cabrón le molestaba iba a reducir su escondite a fosfatina. Barrería la zona con fuego, se acercaría al sujeto y volvería poner al rojo las cosas. Solo tendría dos opciones; o arder o retroceder. Y no iba a dejar que retrocediese mucho. Tenía dos armas, usaría la versatilidad que eso le daría.

Apuntar primero, mirar...observar, y si lo que veía no le gustaba, apretaría el gatillo. No iba a dejar a Anette. Tampoco la movería hasta que estuviese estable.





Jake Rivers

El plan podía haber funcionado razonablemente bien, pero alguien más perseguía a Simo. Al parecer han debido impactarle. Espera que esté bien, aunque ahora no puede comprobarlo más que llamando por radio. –Sigues entero, ¿Simo?-

Tampoco dispone de demasiado tiempo para escuchar la respuesta. Los enemigos se apartan de una zona concreta –eso solo puede significar una cosa- piensa mientras alza la cabeza para ver al pequeño engendro volador listo para mandar todo este campo de batalla directamente al infierno, un viaje solo de ida y sin escalas. – ¡Joder!-

El primer paso debería ser buscar un punto seguro – ¡pero no hay un puto punto seguro en toda esta maldita roca!-. No está del todo en lo cierto, lo sabe. Las armas de ese tipo no se lanzan para arrasar las propias tropas. Por eso los enemigos han comenzado a replegarse antes, se dirigen hacia las zonas donde no van a ser impactados por el fuego cruzado. Esas zonas son seguras, en cierta medida, la única pega es el número de individuos hostiles que puede encontrarse en ellas. Aún así son su única opción. Ya ha agotado toda su suerte sobreviviendo a la explosión anterior, no cabe esperar otro milagro. –Si sigues vivo, más te vale correr, Simo-

Tampoco le hace ninguna gracia correr directo hacia el fuego de un bastardo que quiere mandarle al otro barrio, pero hay pocos remedios. No tiene tiempo para apuntar y disparar el Sadar, y el rifle es completamente ineficaz contra esas bestias. Podría hacer un tiro a ciegas, recto, sin el buscador de calor. Por desgracia solo le queda un misil, si falla comenzarán los problemas serios... aunque bien pensado empezaron hace un rato.

Sale de su escondrijo a la carrera, con el arma en la espalda. Antes de hacerlo, o quizás durante la propia carrera, traza una ruta mentalmente para saber donde es más improbable ser alcanzado por el sintético. Correr cambiando de dirección bruscamente, sin un patrón fijo, y cubrirse lo mejor que la situación le permita, ya que debe ir tan rápido como jamás lo ha hecho. En realidad tiene tiempo de sobra para llegar a una zona más o menos segura, pero hay algo más que hacer.

La chica probablemente esté muerta, no lo sabe, y no va a parar a comprobar sus constantes vitales, pero si va a ir hacia ella velozmente para cargarla a hombros e intentar salir del infierno en que se va a convertir todo este lugar.

No es una decisión sabia, pero si la de un marine. Hay algunos artículos del código que no acata muy a menudo, como respetar a los oficiales superiores, pero debe cumplir al menos parte porque de lo contrario no es ni siquiera un marine, solo un asesino con un arma. Deben auxiliar a los heridos, es lo que va a hacer.

Irá hacia la rebelde abatida, la levantará, la cargará a hombros y correrá tal como tenía pensado, forzando su cuerpo tanto como dé de sí, para algo deben haber servido todos los años de entrenamiento y de batalla tras batalla. – ¡Maldita zorra novata!- no está consciente, pero a Rivers le da igual. – ¡Si me vuelan el culo por tu culpa, espero que vayas al infierno conmigo!- No son palabras de ánimo… no cree que importe en estos momentos.

Si consigue salir de la zona a tiempo, sin haber muerto en el intento, deberá buscar rápidamente un lugar donde cubrirse para pasar al ataque después. Lo primero es dar con ese lugar más o menos seguro, cerca de la nave para que el Hornet no continúe masacrándolos a placer. Luego ya pensará en la contraofensiva, si tiene el privilegio de seguir respirando para llevarla a cabo.




Helen McFersson


- Yo no quiero una mujer estúpida, Helen. Ya existen los sintéticos de placer, a mí me gustas tú. De siempre, lo sabes. Eres mi chica, como un talismán. Me parto - su cínica sonrisa se desplegaba igual que un abanico de oreja a oreja
Helen le miro a los ojos, incrédula y preguntándose por qués. ¿Por qué lo hacia? ¿Por qué persistía? ¿Era por apuntarse otro ligue raro a su lista de conquistas? ¿Para satisfacer su propio ego? ¿Sabría el propio Sandro la respuesta siquiera? ¿Por qué se había echo marine? ¿Por la Paz? ¿Por dinero? ¿Por la Libertad? ¿Por Amor? Esas son ilusiones, desvaríos de la percepción. Concepciones temporales del frágil intelecto humano que trata de justificar una existencia sin sentido ni objetivo. En realidad, era tan artificial como ella. Aunque solo los humanos inventarían algo tan insulso como el Amor. Se preguntaba si Sandro se daría cuenta de todo eso. No, seguramente no. Pero tampoco tenía un modo de comprobarlo. Complacerlo seria un error a largo plazo, aunque dados los acontecimientos tener "largo plazo" seria todo un merito en si. Y lanzarle una negativa directa, seria tan malo como repetirle incansablemente que estaba loco de atar. Lo mejor era simplemente no responderle. Miro a Anette asegurándose de que el torniquete cumplía su función.

Mientras esperaba a los refuerzos, una parte de si misma evoco otros enfrentamientos como si fuera marcha atrás en el tiempo. Primero el combate con las hormigas dopadas, luego contra sus compañeros en la nave Independencia, más tarde contra los locos en la Pegasus V, y finalmente contra unos rebeldes en un planeta colonial similar al que estaba en ese momento. No podía decir que le gustase ese trabajo, a decir verdad no podía asegurar que le gustaba. ¿O si? Le agradaba aprender, o copiar comportamientos. Era una manera de hacer de la humanidad de otros la suya propia.

Llego Dillon, el grandullón de ébano que daba la sensación que cambiaba al gris al ver a Anette y a ella. Empezó como de costumbre, con chistes tranquilizadores para él mismo aunque parecían dirigidos hacia los que le rodeaban. Ella, o mejor dicho Ghost, respondió de modo autómata, ya que Helen, a pesar de lo fútil que resultaba, seguía buscando cualquier rastro por pequeño que fuera del blaster del super-sintético moviendo la cabeza a derecha e izquierda 170º.

- Es irritante no ver completamente, pero no duele.

La siguiente pregunta de Dillon, no tenía mucho sentido, pero al no haber estado allí, era imposible que lo supiera.

- La pierna de Anette esta desparramada en trozos variables desde 0,01 milímetros a 1 milímetro. Desde casi el primer piso, hasta abajo en el ascensor. Tienes que ponerle una prótesis, una pierna sintética como la mía o como la del sintético que hemos destruido en un 88%. Si pones una pierna de otra persona sin que sea de su mismo grupo sanguíneo, la mataras de seguro. Y dadas las presentes circunstancias, no hay tiempo para nada de eso. Párele la hemorragia y punto.

De pronto Helen tomo cuenta de lo que había dicho Ghost. Sabía que Dillon no le sentaría bien que le dijera como tenía que hacer su trabajo. Pensó en disculparse, pero necesitaba ahorrar energía. Viviana le dio ordenes, le dijo algo que desconocía por completo. ¿Realmente tenia eso ahí? Miro su muñeca izquierda intentando comparar el mapa de componentes que creía conocer y lo dicho por su compañera. Ciertamente, tener por huesos barras de acero huecas no era muy práctico. Imagino que tenía dicho dispositivo, buscando en su interior. Se sorprendió al ver que tenia razón, tenia uno en cada antebrazo. Puso su voluntad en "despertarlo" y los órganos sensitivos del brazo le daban la sensación de que algo por dentro la abrasaba, aunque lo que pasaba realmente era que dicho conector se abría paso a través de la piel sintética al exterior.

- Sorprendente - dijo mientras giraba su antebrazo para observar el dispositivo con restos de su sangre artificial.

-¿Qué dices? ¿Crees que puedes freírles el cerebro a tus nietos? - pregunto el matasanos.

- Ahora mismo, comparto la misma animadversión que Anette por los sintéticos de combate. Me deben una cara nueva.

Su rostro cambio ligeramente, sus ojos estaban entrecerrados mostrando una mueca feroz, casi malvada.

- Sandro, Carlo, seguidme. - les ordeno mientras se dirigía a la primera intersección en busca de una terminal. Luego insertaría su conector e intentaría decodificar la clave para poner su voluntad sobre la nave, y desactivar a todos los sintéticos enviando dicha señal repetidamente durante cinco minutos.



Simo Kolkka


Se estaba preparando para hacer el disparo del siglo, cuando se dio cuenta de que no había ocupado apropiadamente de un asunto. Primero cayó al suelo de espaldas, y segundos después fue llegando el dolor. En un principio se hizo tan intenso que no podía ni moverse ni respirar. Pasado el momento crítico en el que era fácil quedarse inconsciente, todo lo demás era fácil, al menos hasta que su cerebro viera que el peligro había pasado. Entonces llegarían unos cuantos días divertidos. Por un segundo solo pensó en lo desafortunado que sería que Doc muriera ahora que necesitaba por primera vez en aquella disparatada aventura asistencia médica. Pasados unos segundos que parecieron durar minutos, se incorporó, recogió su rifle, y echó una ojeada rápida desde su posición. Al ver que el enemigo volvía a la nave se concedió un momento para tomar aire y ver que hacer. Disparar no serviría de mucho. Con un poco de suerte dentro de la nave les habrían preparado una emboscada. Pero no terminaba de entender el que porqué de la precipitada decisión. A él casi lo tenían, o eso debían de pensar. Quizás solo querían menospreciarlo, dejando claro que no era una amenaza, sino una molestia. O quizás habían oído a Rivers amenazar con disparar su SADAR con los ojos cerrados, otra vez. Escuchó a Rivers por el comunicador.

- Si. Y sigo teniendo una bala guardada para tu amigo. ¿Todavía...?- entonces se dio cuenta, al tiempo que su compañero hacía una observación estratégica bastante sensata. Solo hacía falta mirar hacia arriba para darse cuenta.

Echó a correr, sin pensarlo. No es que no hubiese visto a la mujer inconsciente, o al inconsciente de Rivers corriendo, sino que le gustaba más el papel de héroe que el de mártir. Su compañero tenía una oportunidad de cogerla y salir a tiempo. Él apenas tenía tiempo de ponerse a salvo. Y alguien tendría que disparar cuando todos sobreviviesen milagrosamente. Necesitaba buscar un buen agujero, que estuviera lo menos cerca posible de la zona de impacto. Una vez que tuviese la suficiente falsa sensación de seguridad, se tiraría, y en la posición más compacta posible se quedaría el suelo. Aquel momento era bastante inquietante. No saber si el destino te había reservado un día más o no, y no poder hacer nada mas que esperar a que se descubrieran las cartas. En caso de que al estruendo de aquellas cosas al caer no le siguiese fuego, calor, quemaduras, metralla y un túnel con una luz blanca al fondo, se levantaría, y empezaría por localizar al marine cabeza hueca, y al sintético que debía de andar cerca.



miércoles, 2 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear 37



Helen pulsó el botón, las puertas se demoraron unos pocos segundos en abrirse con un chasquido y un ruido chirriantes. Agarró a Anette, inconsciente, la sacó del destrozado elevador, dejándola más allá, a salvo. Al girarse vio que el sintético se removía allá arriba y que medio cuerpo asomaba por el boquete. La marine disparó la granada y rodó a un lado. A la primera detonación siguieron dos o tres más, el ascensor reventó por completo, las paredes crujieron, se astillaron en decenas de enormes restos de metal, plástico y cables. Una ola de calor y fuego barrió la zona después del primer impacto de las ondas expansivas. Incluso parte del techo se desmoronó. Las llamas lamían el hueco del ascensor, el corredor y el sistema antiincendios se puso en marcha, un líquido grisáceo, de fluidez semejante al agua chorreó de lado a lado desde las placas de arriba, creando una ligera gelatina que se tragaba el fuego.

Helen corrió al lado de Anette, perdía mucha sangre y le hizo un provisional torniquete en la pierna amputada y taponó como pudo la herida del hombro. Después de ocupó de ella misma, su sistema de defensa bioartificial se puso en marcha a un ritmo forzado. No había perdido energía y seguía operativa a pesar de los destrozos, menos el ojo, completamente ciego. Mientras se ocupaba de esto, vigilando el ascensor, no se escuchó más al sintético; sí que oyó la voz de Sandro, preguntando cómo iban las cosas. Al rato, apareció por una esquina, tras bajar los dos pisos por las escaleras – estáis en la misma planta que los hangares, por donde habéis entrado en la nave, solo que en una sección un trecho más alejada -. No tenía mal aspecto, llevaba todavía el casco, el rifle, varios desgarrones en los pantalones y la armadura rota en un par de puntos. Se fijó con atención en Anette, luego en la piloto:

- Mejor no te mires al espejo, Helen – dijo, socarrón -. No te preocupes, a mí me sigues gustando, continúa en pie mi proposición – la sonrisa torcida se dibujó más allá de la protección del casco -.


Dillon le estaba dando trabajo al Hornet que, como una libélula rabiosa, descendía veloz y estrellaba su furia contra el fuselaje de la enorme nave. El médico se escondía entre las aristas y huecos y veía como cerca de él rebotaba la descarga de las dos ametralladoras de la avispa aquella. Con cautela y despacio dio la vuelta hasta llegar al otro lado, descubriendo que la otra ametralladora había sido también destruida ya. Se deslizó entonces hacia abajo, una nueva ráfaga le cruzó delante de las narices.

La posición de Rivers era la correcta, un poco al descubierto pero no le quedaba otra opción. En la siguiente pasada disparó al Hornet, este hizo un giro inverosímil evitando el impacto y el proyectil siguió su trayectoria hasta perderse de vista. Rivers corrió hasta el próximo hoyo. Cuando se giró vio de nuevo al pájaro de metal, regresaba y lanzó un misil.

Un misil térmico.

El terreno circundante donde impactó se cubrió de llamas enrojecidas en todas direcciones exterminando cualquier vida que pudiera haber ahí. Por suerte, casi todos los efectivos de rebeldes y marines se encontraban ya próximos a la nave, a excepción de Simo, fuera del radio de la deflagración, y Rivers. La lengua de fuego barrió en olas superpuestas unas a otras toda esa zona, incluido el desnivel donde se ocultaba Rivers, en los extremos del perímetro de la onda de choque. Se sintió dentro de una estufa, de un horno, y él era el primer plato rustido. El fuego retrocedió. La armadura aguantó, pero parte de sus gruesos pantalones había sido destrozada y zonas de piel y carne de pantorrillas y muslos algo más que chamuscadas. El hornet se preparaba para una nueva pasada. De tripas corazón, Rivers se encaramó al borde, soportando el tormento de sus quemaduras y probó suerte una vez más. Giraba la aeronave cuando estalló en mil trozos incandescentes alcanzada de lleno. Rivers se arrastró a otra trinchera y se dejó rodar por la pendiente hasta el fondo de la misma a fin de tomarse un respiro.

Por su parte el francotirador, efectivo y letal, acertó en el frontal del casco a uno de los soldados de élite, reventando su cerebro. Fue entonces cuando tuvo lugar la explosión del misil térmico y aunque no estaba próximo a ella, sí lo suficiente para meterse en un hoyo y dejar que pasase lo peor. Luego reptó y disparó, recibiendo a la vez la contrapartida correspondiente de sus enemigos. No le dieron. Se parapetó entre unas grandes rocas cuando el segundo Hornet, abandonando la localización exacta de Dillon, comenzó a acribillar el campo de batalla con las dos ametralladoras, demasiado cerca todo el mundo para usar palabras mayores.

En la rampa se produjo una pequeña batalla para el control de la misma, con Carlo y Benley al frente del equipo de asalto. Carlo hizo buen uso de su M41A1, cubriendo al cabo y a Yamec y Nela. Cuando Frost descubrió que la segunda ametralladora estaba muerta y logró deslizarse hasta el suelo a salvo, de momento, del pesado Hornet, no recibió respuesta alguna de Benley. Decidió aproximarse por el flanco opuesto. Descubrió una buena sección de la rampa retorcida y rota. Abajo, un rebelde caído se movía todavía, gimiendo; cerca, medio cuerpo de un soldado blindado, en el costado opuesto el cadáver de otro con el pecho abierto. Arriba, el cuerpo de Benley yacía boca abajo, con un boquete enorme en la zona posterior de su cabeza, donde humeaban sus sesos, y otro igual de grande en medio de la espalda. Nela, cojeando ostensiblemente, subía en ese momento la quebrada rampa, para unirse a Carlo y Yamec, ilesos. Dillon se giró al presentir la presencia de alguien más en las dunas, uno de los militares de élite que buscaba protección del ataque de otro rebelde. Betsy suspiró y emitió su expresivo cariño. El soldado fue dado de lleno por aquella masa casi corpórea de fuego y calor sin límites. Rodó a un lado, y, para sorpresa de Dillon, la armadura del tipo soportó las llamaradas. Probó una nueva andanada pero tuvo que correr antes debido al acoso del Hornet que en picado caía sobre todos ellos. Dos ráfagas trazaron sendas líneas paralelas lamiendo las botas del matasanos.


Más allá dos rebeldes, un hombre y una mujer, se trabaron en combate cuerpo a cuerpo con otro soldado en una de las hondonadas. Simo se escabullía de escondite en escondite y en uno de esos saltos vio a uno de los efectivos blindados que no lejos abría fuego contra él; también vislumbró al sintético avanzando hacia la posición donde supuestamente estaba Rivers. Avisó a su compañero por el intercomunicador y se desplazó raudo subiendo otra cuesta justo cuando una granada de forma oval y de ominoso color negro caía y rodaba a unos metros de Simo. La detonación no le alcanzó de lleno sin embargo la onda expansiva lo hizo volar y voltear en el aire, no rompiéndose ningún hueso ni sufriendo males mayores que contusiones, gracias a su excelente forma física. Algo conmocionado, se despabiló rápido con la presunción de que iban a por él.


El sintético de combate, de pronto se detuvo y giró sobre sus talones, encaminándose hacia la rampa. A pesar de su envergadura y peso se movía con fluidez y agilidad, aprovechando las ventajas del camino. Un rebelde bien parapetado por las rocas le disparó tratando de contener o retrasar su avance. El militar blindado al que Dillon regaló con una entusiasta y llameante andanada de la vieja Betsy, comenzó a disparar a los que se reunían en lo alto de la salida.

Se escuchó entonces a Sandro:

- ¿Os las arregláis sin nosotros compañeros? Aquí nos ha salido un grandullón con malas pulgas. Dillon, viejo, mueve el culo y ven, Anette está jodida.

Luego preguntó, propuso a Helen y a Benley que la piloto se quedara con Anette y él iba a probar de colarse hasta el puente de mando. Eso, o los esperaban allí, al fin y al cabo, seguían en el mismo nivel, pero según él, su éxito estaba en la velocidad de movimientos. Repitió el mensaje pero por segunda vez no recibió respuesta de Benley. Su mirada turbia y perpleja, se cruzó con la de Helen, temiendo lo peor.



Jake Rivers


Resulta desagradable encontrarse al otro lado del misil. Su experiencia anterior solía ser la de quien dispara, no quien está apunto de acabar a la parrilla. Maldice la maniobrabilidad de esos malditos hornets mientras tantea el estado de sus heridas. El traje ha aguantado bien, al menos la parte con protección, las piernas han salido bastante peor paradas.

Durante unos instantes solo puede pensar en el inmenso dolor. Agradecería ser menos resistente para poder desmayarse unos instantes. Sin embargo es buena señal, si las quemaduras fuesen más profundas no le dolerían, estas han llegado solo a la zona externa de la piel. Debería estar agradecido por la suerte que ha tenido. No obstante está cabreado, mucho, consigo mismo por no acertar el disparo y con el maldito ingenio volador por estar apunto de freírle.
Utiliza esa rabia para levantarse, aún hay trabajo pendiente. Ha desperdiciado un misil, le queda dos para derribar dos aparatos. Debería ser suficiente si las cosas van bien. Corre, concentrándose en cada paso para evitar que el dolor se adueñe de su cerebro, hacia la siguiente posición de disparo. – ¡Esta vez no voy a fallar pajarraco!-. Apunta, dispara, y reprime un salto de alegría mientras comprueba el éxito de la acción. Uno menos, le queda un misil para el otro. Por desgracia tiene que volver a moverse, la zona desde la que se derriba un pájaro suele ser la peor para quedarse cuando aún resta uno en el aire. A nadie le hace gracia esperar para ser derribado.

Vuelve a ponerse en movimiento mientras busca un buen punto para el segundo disparo. Por las comunicaciones que oye, las cosas no van demasiado bien para el resto. Dillon debe haber hecho bien su trabajo con las armas de la nave porque ahora solo es necesario evitar el fuego aéreo. Tampoco es una labor sencilla, pero utilizando el terreno a tu favor puedes cubrirte de un objetivo cuando este no sabe donde estás. Encuentra un buen escondrijo donde tomarse un pequeño respiro antes de volver a la carga.

Al parecer han herido duramente a Anette. Hacen bien en no concretar la extensión de la herida, en este momento cualquier mala noticia sería nociva. Ahora la única esperanza para su compañera es que Dillon pueda llegar hasta ella a tiempo. Espera que así sea, aunque les deje a Simo y a él mismo más solos en el exterior. Después de todo aquí caso han acabado, únicamente derribar un pájaro más y todo listo.

Escucha una comunicación de Simo, se ha tomado en serio su labor de observador. Desgraciadamente no son buenas noticias. Un sintético va hasta su posición. Por los caóticos datos recibidos hasta el momento, las armas convencionales son totalmente inútiles contra ellos, sin embargo las que portan tienen un poder de fuego terrible. Es una mala situación, además de resultar frustrante descubrir que el futuro ya ha llegado, los marines de carne y hueso son solo un artículo obsoleto, los auténticos señores de la guerra son esos monstruos metálicos. Esta consideración le daría para reflexionar un tiempo sobre su sitio en este mundo y muchas otras cosas, pero la filosofía barata tendrá que esperar.

Está convencido de poder atacar con el sintético de combate, si tuviese armas capaces de hacerle daño, pero no es así. Los rifles no los frenan, le dio sus granadas a Dillon… Se le ocurre un par de maniobras más con lo que lleva encima, pero tendría que acercarse demasiado y sus piernas pasan por malos momentos. Seguramente reaccionaría mal cuando más necesitase reaccionar bien. Eso solo le deja un arma útil, pero tiene dos pegas. Por un lado la necesita contra el Hornet restante, por otro sería un suicido plantarse frente al enemigo para dispararlo. Cuando consiguiese asomar lo bastante ya se habría convertido en un colador.


Pone a trabajar su cerebro. Muchos consideran que no hay nada en el interior del cráneo de Rivers, espera poder demostrar lo contrario. El sintético tiene un arma con poder suficiente para derribar al pájaro. Si le impacta con el SADAR no quedará entera, así que es su primera opción pero debe buscar una segunda. Vuelve a su mente la imagen de la joven mutilada a pocos metros. Llevaba un lanzamisiles que Rivers no pudo recoger por el fuego enemigo. Puede ir a por él. Ambas opciones son poco seguras, se le ocurre al menos una docena de pegas para cada una. Así es la guerra, no hay planes perfectos.
El segundo escollo es más difícil de salvar, aunque hay un método evidente. Por desgracia significará de forma casi segura la pérdida del arma enemiga. –Aquí carne a la brasa, ¿me recibes, Simo?-. Mientras espera respuesta corre, buscando un lugar adecuado para esto. El campo completamente abierto no le viene bien, porque puede tener poco tiempo para asomar y disparar. Si espera impactar directamente contra el cuerpo del enemigo… estos misiles no fueron hechos para blancos tan pequeños. Sin embargo si el enemigo le sigue y se acerca a un lugar donde el misil vaya tener muchos obstáculos, como las paredes o el mismo suelo, dará igual que no haga un blanco limpio. Ahora debe asegurarse de ser seguido, pero no puede dejarse ver porque esos trastos deben tener demasiado buena puntería. Dejará un conveniente rastro de sangre. –Creo que tu rifle no tiene mucho éxito contra nuestros amigos de metal. Yo lo destruiré, pero necesito tu ayuda. Aunque no puedas cargarte a ese cabrón, puedes disparar contra su arma. A ser posible arráncasela de las manos, pero si tienes dudas al respecto, inutilízala. Sé que puedes hacerlo, los francotiradores siempre presumís de poder darle a una cerilla desde quinientos metros de distancia –


Si Simo le ayuda, el plan es evidente. Disparar justo tras el disparo del francotirador. Quizás ni siquiera consiga inutilizar el arma o quitársela de las manos, pero al recibir fuego enemigo el sintético comprobará la zona para devolverlo. Tal vez estime que el blanco está demasiado lejos y, al ser inofensivo, decida dejarlo estar. Además probablemente tardará menos de un segundo en hacer la comprobación y disparar. Es tiempo suficiente. Rivers asomará, disparará, y volverá a cubrirse esperando la confirmación de su compañero.

De no poder recibir ayuda, por el motivo que sea, descolgará las bengalas. Estudiará bien el terreno. Utilizará su sensor de movimiento para determinar la posición del enemigo. Atará las bengalas juntas y las encenderá todas de vez. Las arrojará hacia donde está el sintético. Debe ser un lanzamiento cuidadoso porque aunque no necesita impactarle, tampoco puede permitirse que caigan demasiado lejos. Entonces se alejará unos pasos para poder abrir fuego con el Sadar. El misil saldrá hacia arriba, pero detectará la fuente de calor más grande de las proximidades, las cuatro bengalas, y descenderá en una rápida parábola.

La última comunicación que ha recibido es que el sintético iba hacia su zona, pero podría no ser así*. También podría no ser perseguido. Entonces el plan variará notablemente. De igual modo le pedirá a Simo que arranque el arma de las manos del sintético, quizás puedan hacerse con ella. La mayor diferencia es que Rivers simplemente disparará contra la maquina de guerra en cuanto dé con una posición aceptable, sin ningún otro tipo de trucos. De no tener contacto visual, se decidirá por buscar otra posición desde la que hacer un disparo seguro y certero, tomándose el tiempo necesario para apuntar, contra el segundo Hornet.

Luego hará otra ruta mental hacia el lanzamisiles abandonado en el suelo. Cualquiera que sea su blanco, va a quedarse sin munición. Tanto para este recorrido como para los anteriores, va a moverse usando el terreno para esconderse, buscando cobertura, pero al mismo tiempo debe desplazarse tan rápido como sus músculos le permitan. Evidentemente le preguntará a Simo si hay algún blanco urgente, deben cubrirse todos mutuamente, pero en caso contrario lo primero es rearmarse de nuevo. Si con una rápida inspección visual comprueba que el arma del sintético, o cualquiera de esas otras armas capaces de taladrar blindajes, queda más cerca, irá a por dicha arma. Siempre hay que buscar la solución óptima.

Una vez tenga en su poder algo con lo que ser capaz de abatir a los cabrones que pretenden masacrarles, no dudará en dirigirse al combate nuevamente.








Dillon Frost


Una ristra de balas agujerea la roca y hace saltar polvo. Él ni se inmuta. Cree que una de las balas le ha rozado el casco. El piloto del hornet es bueno. No lo suficiente. Sigue reptando, aprovechando las rocas y los riscos. No es un blanco fácil. Vio la ametralladora destrozada. Un viaje en balde. Era lo malo de la guerra. La información era útil...si la tenías a tiempo. Al menos había cumplido con su parte del plan. Cuando una nueva ráfaga de balas por poco le parte en dos se detuvo un momento para maldecir a Rivers. Luego siguió moviéndose.
Benley no respondió. No se preocupó. Cuando uno tiene una pandilla de soldados blindados soltando plomo a diestro y siniestro lo que menos tiempo tienes de hacer es responder. A ver te falta el aliento. Lo sabía bien. Vio a uno de los rebeldes retorciéndose en el suelo. Se tomó unos momentos para comprobar su estado y ver si podía hacer algo por él. Algo rápido, como siempre. Lo atendió de forma mecánica. Poco le importaba a él que no fuese de los suyos. Le bastaba con saber que no pertenecía al enemigo.
Avanzó y vio que uno de los cuerpos era el de Benley. Sus sesos se estaban friendo a fuego lento. Mal asunto. No era uno de los líderes que salían en los folletos de alistamiento pero era el único que tenían. ¿Y ahora qué? Sintió pena y tristeza, como cada vez que veía caer a un compañero. La reprimió, junto con la furia seca que empezaba a llenarlo, y siguió adelante. Llegó a la rampa. Allí estaba Carlo. Una buena noticia. Y Nela y Yamec. Balsani le habló. No le respondió, aún. Notó algo detrás de él. Se giró. Su dedo apretó el gatillo por instinto. Calentó un poco el ambiente. No sirvió contra esa armadura. Tendría que darle más. Tarde o temprano el metal se calentaría. Convertiría ese traje en un Infierno. Lo asaría. No le dieron tiempo. El hornet descendió sobre ellos. Puso pies en polvorosa maldiciendo de nuevo a Rivers...porque no tenía a nadie más a mano que maldecir. Siguió a Balsani al interior de la nave, era lo mejor. El hornet le dejaría en paz y dejaría de estar tan expuesto. Además, la mayoría de sus compañeros estaban dentro.

Dentro, seguro de que el hornet no volvería a molestarle, dejó de maldecir a su compañero ahora que Yamec estaba al alcance.

-¿Dónde está tu dios ahora?-Se giró hacia Balsani. Cortó la comunicación. Aún no había respondido a Sandro.-No dejemos que los demás se enteren de lo de Benley. Lo que menos necesitamos ahora es hundirles la moral a todos.-Estaba dentro. Desde allí podían hacer más daño. No iba a quedarse en la rampa a pesar de que tenía ganas de enfrentarse al androide y a las tropas de élite. Que se ocupasen los rebeldes. Era su problema. Él cuidaría de los suyos. No había civiles que proteger así que...marines primero.

-Voy para allá, Sandro.-El pobre desgraciado seguía buscando la respuesta de Benley. ¿Y ahora qué? ¿Debía decirle a él, y a todos, que el cabo tenía un agujero en la cabeza del tamaño de una bola de billar? ¿Y entonces que pasaría? La moral se iría por el sumidero y puede que alguno de sus compañeros se quedasen parados, congelados. Como decía la vieja canción "El Show debe continuar". Eran marines, muertos podían causar tantas bajas como vivos. Tenía esa convicción. Una lástima lo de Benley, una lástima lo que iba a decir.-Benley no puede responder. Una de las explosiones ha destruido su comunicador...él se queda en la rampa. Balsani y yo vamos hacia allá. Helen ¿Puedes aguantar sin Sandro? Si es así, ya estás tardando en irte a fundir a esos mamones. Si la situación es crítica esperar a que lleguemos nosotros.-Pidió la posición. Mientras hablaba no dejaba de mirar a Balsani. Esperando, quizás, que este dijese algo, se quejase o lo mirase con desprecio. Benley estaba muerto y estaba tomando decisiones que no sabía si eran correctas o no. Pero el que estaba al cargo era un cadáver humeante. No hacía lo correcto. Tampoco podía dejar de hacerlo.-Simo, Rivers, sois los únicos que quedáis fuera. Cuidad de vuestros culos.-Y ya está. Nada más. Pensó que ya le partirían la cara después de que todo aquello terminase.-Vamos, Balsani. Nuestros compañeros nos necesitan...-Correría hacia la posición de Anette. Usaría el sensor de movimiento para estar advertido de la posición del enemigo y de los suyos. Freiría a cualquiera sin compasión, sin pensar, esperando llegar a tiempo de salvar la vida a Anette. Como médico, ya se había puesto en lo peor...



Helen McFersson


Helen se sentía ligeramente indecisa. Cualquier decisión que tomara parecía ser la mejor, como la peor. Tenia al lado a Anette sin una pierna, e imagino el esfuerzo que tendría que hacer para intentar obligar a su cuerpo a estar consciente. Imaginaba que la adrenalina que corría por sus venas le ayudaría a ello en gran medida. En silencio, la piloto le agradeció que así lo hiciera puesto que la visión se le había reducido a la mitad, y de 180 grados, ahora solo veía 90. Sin embargo, ella estaba preparada (en teoría) para esa eventualidad, y sus oídos podían oír lo mismo que oyera un perro, a un kilómetro de distancia. Se concentro en prestar mas atención a este sentido, teniendo en cuenta que los gemidos y respiración de su compañera se superponían a los ruidos débiles.

Ahí no era el mejor momento para disparar primero y preguntar después. Necesitaban ayuda, y la necesitaban rápido. El sintético de combate parecía estar neutralizado. No tenia muy claro si por sus granadas o por el fuego y techo caído sobre 'el. Ghost le insto a buscar con la mirada el lanzador de plasma. Con ese arma al menos, se igualarían las cosas al menos en cuestión de armamento. Apareció Sandro, como era de esperar, una vez no habría problemas visibles. Le dijo que no tenia buen aspecto y que aun quería... Helen no entendió bien esa parte, ya que le daba cierto asco. Como si su generador interior crease una gran cantidad de energía cinética sobre su piel sintética.
- Tu proposición - repitió a modo de respuesta - Creo que tal y como van las cosas en nuestro mundo podrás comprarte a una como yo, como quien le compra un juguete a su hijo. Y una vez que te leas el manual, puedes tener una mujer tan estúpida al nivel que tu quieras.

Benley estaba creando un plan, pero quedo súbitamente interrumpido. ¿Estaría bajo fuego directo? Eso se preguntaba ella y Sandro. Sin embargo en los minutos subsiguientes no prosiguió con los detalles finales del plan, lo que auguraba que su equipo de comunicaciones había quedado inutilizado o había caído bajo fuego. Iba a proponer por radio a los de fuera que lo buscasen, cuando hablo por radio Dillon.

- ...Helen ¿Puedes aguantar sin Sandro? Si es así, ya estás tardando en irte a fundir a esos mamones. Si la situación es crítica esperar a que lleguemos nosotros.

- ¡¿Critica?! -
 pregunto como si desconociera esa palabra - Cuando me veas inmóvil entonces la situación será critica. Pero Anette le falta un pedazo, lo que hace que le falte poco para estar en manos de Morfeo hasta que la repares. Y yo no veo bien... Así que valora tu mismo. Estamos al lado del ascensor... bueno, lo que queda de él. El sintético de combate ha echo un trabajo muy profesional, casi nos destruye. - termino diciendo con un tono de envidia.
- Por cierto, creo que Benley ha debido de perder la conciencia o el intercomunicador. Dile que esperamos ordenes. Hay que organizar esto.




Carlo Balsani

El rostro recio de Balsani volteó a ver a Dillon mientras corrían hacia dentro de la nave.

-La vista siempre al frente Dillon si no quieres acabar con un agujero en la cabeza al igual que Benley

El disparo de Balsani y el cuerpo sin vida de uno de los soldados enemigos dejó muy en claro a que venía este soldado. A patear los traseros de estos niñatos.

-Joder Dillon deja de lamentarte por cada muerte que ves. Si quieres salvar más vidas lleguemos a donde está Helen y saquémoslos de la situación en que se encuentra.

Como si la hubiese invocado en esos momentos Helen hablo por el intercomunicador en busca de respuestas del buen Benley.

-Diablos, aún después de muerto este imbécil de Benley sigue dando la lata. Deja de mirarme de esa manera yo no tengo la culpa de que él muriera, y si piensas en que tenemos que hacer ahora o si lo que hacemos es lo correcto yo digo que es lo que se nos enseñó: salvar las vidas de las personas que no se pueden defender por sí mismas.

Bufó y prosiguió:

-Helen, sigan el plan tal cual pidió Benley. Él por el momento tiene algunas cosas en la cabeza que no lo dejan responder por ahora. Aguanten ya vamos en camino, solo aguanten un poco más.

Giró la cara hacia Dillon mientras cortaba la comunicación con Helen.

-Deja que los muertos descansen y que los vivos se preocupen por ellos mismos, Dillon. A tu pregunta de ¿A donde esta mi dios? te responderé que nos esta cuidando ahora. Si no fuera así no estaríamos vivos ya. Lo creas o no.





Simo Kolkka

Solo logró hacer un disparo antes de tener que esconderte para evitar acabar tostado. Realmente se había tirado sin tener ni idea de donde se había producido la explosión, pero no es como si tuviese tiempo para analizar la situación. Era mejor mancharse un poco de arena que de metralla. En cuanto el calor se disipó lo suficiente volvió a disparar y esconderse. Uno de los Hornet seguía pululando por ahí, pero seguía limitando su armamento. Vio un sintético en dirección a Rivers, por lo que le avisó, aunque ya no tenía muy claro cual era su posición. Se estaba moviendo hacia la siguiente cobertura, cuando una granada hizo explosión peligrosamente cerca. La fuerza fue suficiente para echarlo a un lado como si fuera un muñeco de trapo. Un par de segundos después estaba boca abajo, con dolor generalizado por todo el cuerpo. Se incorporó rápidamente, y a punto estuvo de volver a caer, fruto de la desorientación. Mientras todo dejaba de dar vueltas y el dolor aumentaba ligeramente de intensidad siguió arrastrándose como pudo hasta la cobertura. Mientras recobraba el aliento y se volvía a colocar el rifle, escuchó a Rivers por el comunicador. Supuso que la explosión le había alcanzado parcialmente, aunque para aquel hombre parcialmente pudiera significar que conservaba el 51% de su cuerpo. Escuchó también las noticias sobre Anette. Por lo segundo solo podía confiar en que doc llegara rápido, así que contesto al otro.

- Alto y claro.- escuchó la parte del plan que le involucraba. Absurdo. Le gustaba.- Y desde 300 metros podemos encenderlas. Pero si estos bichos están hechos de madera, lo disimulan bastante bien.- mientras hablaba tenía claro que iba a jugársela. Total...- A la de cinco. Cuentas tú.- no podía controlar la respiración si tenía que contar en voz alta.

Mientras esperaba la cuenta, hizo una rápida aproximación de la distancia, la diferencia de altura y el viento. El tener que sincronizarse con su compañero impedía también el controlar los latidos del corazón. No había tiempo para hacerlo bonito. Apuntaría al centro de la muñeca con la que sostuviera el arma. No sabía como funcionaban aquellas máquinas, pero era lo único que se le ocurría. A malas lo despistaría lo suficiente como para que Rivers pudiera hacer su tiro.


martes, 1 de mayo de 2012

Trailer de Prometheus

Hola

Otro trailer de la precuela de Alien. Al parecer hasta agosto no llega a las salas de cine de España.