sábado, 23 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar. 13



-No, no ha mencionado a ningún niño. No temas por Sando, Kerkan no mata niños. Seguramente lo abandonará en alguna aldea –responde al fin Lucos a mi pregunta.

No es un consuelo.

La idea desesperada centellea en mis pupilas. Descarto perseguir a Kerkan en la barca y trato de jugársela a los bandidos. Los demás comprenden, vemos alejarse a los caballos y su carga de muerte.

Deprisa. Deprisa.

- Zse caerán. No aguantarán. Oh, diozses, no vamoss a escapar –casi lloró la doncella.

Lucos se apoya en el tronco de un árbol. La princesa mira aterrada el trozo de tela ensangrentado. Sus manos enjoyadas jamás deben haber hecho algo semejante. Entonces la doncella me ayuda. Lucos bromea, no suelta mi mano; la sonrisa no huye de su boca. Su vida sí.

-Bueno, si te pones así de pesada, aguantaré.

El miedo nos sigue, nos atenaza, es nuestro más cruel perseguidor. Aquel a quien no podemos engañar. No puedo negarme a mí misma que estoy asustada. Que tengo miedo. Veo a Lucos desangrándose, aguantando, con esa sonrisa que no consigue ocultar el dolor que siente.

Calla. Calla. No, sigue hablando. Mientras hables estás vivo. Mientras hables tu espíritu no se unirá a los que me acompañan. Ya he perdido a demasiada gente. Demasiada. No quiero arrancar uno de tus dedos y unirlo a mi cinturón de huesos. Necesito la carne, el calor, la sonrisa y el sonido de los dados. La herida no sería grave si no tuviéramos que movernos, si no nos persiguieran, si el tiempo no jugara en contra nuestra. ¡Ah! Lucos, la suerte podría sonreírte al menos una vez. Al menos esta vez.

Los bandidos llegan al galope, una docena o más, atronando los cascos de sus monturas, justo a tiempo de que podamos desaparecer en los lindes de la oscuridad del bosque. Atisbo, oculta por un arbusto: se detienen los hombres barbudos, maldicen en su lengua, los sables en alto. Buscan huellas, sus caballos patean y piafan, alzando sus remos. Examinan las brasas de la hoguera, señalan hacia la barca, discuten entre ellos.

Con el corazón encogido veo que se deciden a continuar cabalgando tras los caballos en fuga. 

La luz reflejada de la luna apenas si penetra en la noche ciega del bosque. Apurados, seguimos avanzando, los más silenciosamente posible. El guardia, un hombre alto, corpulento, de mirada sombría, me ayuda con Lucos. En un diminuto claro donde penetra un rayo plateado nos tomamos un descanso. Se que no tardarán en dar alcance a los falsos señuelos; regresarán, no les resultaría difícil dar con nosotros. ¿Y entonces qué?

Tendemos a mi amigo en el suelo y me siento a su lado.

-El bosque no es una solución. Tal vez si logramos ocultarnos en alguna hondonada –señala Lucos, la voz apagada, la piel de la cara sudorosa, pierde el color. Se va con las cenizas.

El guardia dijo algo, Lucos cabeceó y tradujo:

-Dice que la noche es nuestra aliada, su oscuridad: aprovecharla, o vender caras nuestras vidas.

La herida es grave, el movimiento de la huída y la pérdida de sangre la han agravado, la luz se le escapa sin remedio. Lucos, me dices que busque una hondonada, el bosque no sirve. No, el bosque nos da un tiempo precioso. Quizás hubiera sido más sencillo nadar hacia la barca. Kerkan no habría perdido la oportunidad de ayudar a la princesa y llevarla a su destino, pero habríamos tenido que abandonarte, Lucos, y no estoy dispuesta a hacer eso. Ni siquiera lo entiendes, estoy segura de que ni siquiera lo entiendes. Posiblemente ellos tampoco. Me miran, como si supiera qué estoy haciendo. Lucos traduce lo que hablan. Sí, traduce, pídeles que vigilen, que se preocupen ellos. Yo no puedo. Ni siquiera me salen ya las palabras.

Los muertos revolotean a tu alrededor, presienten que serás su próximo compañero. ¿Es que no veis que lo necesito con vida? No le tendáis los brazos, no le acojáis. Todavía no. Todavía no. Me quedaré sola en un mundo que no entiendo y que no me entiende. Levanto la cabeza y miro a la princesa, a su doncella, al guardia. Cansados, asustados, sangre seca, sudor y polvo. Trago saliva, pero soy incapaz de decir nada, espero que entiendan que ahora Lucos es lo más importante.

Me vuelvo hacia él. Dejo que mis dedos jueguen con su cabello, recorro la línea de su mentón, bajo mi rostro y le doy un beso, las lágrimas recorren mis mejillas, el guardia habla pero no lo entiendo, no quiero entenderlo. Aprieto la mano de Lucos con fuerza, su espíritu se tambalea, inquieto, puedo verlo como una larga mancha que se extiende sobre su cuerpo. Todavía duda, es un niño indefenso en el mundo de los muertos. Mira sorprendido todo lo que le rodea, ahora ve las cosas de distinta forma, o quizás todavía esté ciego y no las vea. Todavía está demasiado cerca de este mundo.

Glan fue niño antes de morir, ahora es el primero que extiende sus brazos hacia el desconocido que llega a su reino. Los veo, puedo verlos. Y podría extender mis manos y tocarlos si tuviera tiempo, si no estuviera sosteniendo la mano de Lucos. No voy a soltarla. Aplico sobre la herida una hojas de muérdago, y un poco de ungüento elaborado por mí. La joven doncella me ayuda, sus manos son hábiles. La princesa gime, oculta su rostro asustado con sus manos. Seco mis lágrimas. No veo más nítido a pesar de eso. Estoy tan cerca del mundo de los fantasmas que podría tocarlos, podrían verme. ¿Me oyen? ¿Me oís?

-Ayudadme -les pido, y mi súplica es un lamento lleno de dolor, un canto fúnebre-. No ha llegado su momento todavía, no es su momento. Si queréis que siga viva él también tiene que vivir. Habladle. Hacedle volver. Lo necesito. El peligro será mucho mayor si él no me acompaña. Lo sabéis.

Intento reconocer las formas de los muertos, pero se tornan borrosos, se entremezclan unos con otros. Extiendo mi mano y dejo que sus espíritus se enreden entre mis dedos, no puedo caminar con vosotros hoy. Hoy tengo que quedarme a este lado.

-Abuela. Abuela. ¿Eres tú? Atiende mi súplica. Siente mi dolor. Penetra en mis sentidos, mira con mis ojos. Ayúdame. Ayúdalo.

Las sombras se tornan más intensas y ya no veo lo que tengo a mi alrededor. Solo las veo a ellas. Si el guardia sigue hablando yo ya no le escucho. Lo único real ahora es la mano de Lucos a la que me aferro. La aprieto con fuerza aunque él apenas cierra la suya en torno a la mía. Se me escapa. Se me escapa.

-Lucos. Lucos. No es momento. Tienes que volver a tu cuerpo. Tienes que ayudarnos. Me has metido en este lío y tienes que sacarme de él. No podemos seguir sin ti y no estás preparado. ¿No ves que la herida se va a cerrar? El muérdago detiene la hemorragia y ayuda a cicatrizar la herida. Te pondrás bien. Pero no puedes rendirte ahora. Tienes que volver. Mírame. Mírame con tus ojos. No mires a los muertos que me acompañan, no tienes que ir con ellos. No es tu momento. Regresa. Regresa a mi. Aprieta mi mano. Lucos. Aprieta mi mano. Regresa.

El guardia vigila. Espetó una orden, varias veces. No lo comprendo, pero se su evidente significado: “Aprisa, aprisa, regresan”.

Noto el miedo a mi alrededor. Es un sentimiento. Una sensación. Ni siquiera sé si procede de mi, de mis compañeros, o de los muertos. Mis sentidos están en el puente. Sin pasar al otro lado, sin volver a este. Extiendo la mano hacia la sombra que se agita sin separarse de Lucos, mi cuerpo real apretando su mano real, mi espíritu intentando alcanzar el suyo. Mi personal partida de dados. Mi apuesta. No me has enseñado a perder, Lucos, no me has enseñado. No sé perder y mantener la sonrisa. Me echaré a llorar.

Ya estoy llorando.


domingo, 17 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar. 12




El caballo de Lucos relinchó, se encabritó, y luego prosiguió su carrera ahora también cargando con mi peso. Mi montura siguió galopando al lado por puro instinto junto a los demás. Lucos estaba encorvado hacia delante, me llega su murmullo amortiguado por el dolor:

-¿Pero qué haces, Aswarya? ¿Qué haces? No me debes nada. Por Mitra, te queda
mucha vida.

El salto de un caballo a otro, aunque complicado, obtuvo su éxito. Sin embargo ahora la distancia se acortó peligrosamente con los tres primeros jinetes que nos persiguen. Miro hacia atrás, rodeada de espíritus que intentan darle alas al corcel, envuelta en miedo, empapada en sudor frío. Miedo vencido por una decisión, sin importar las consecuencias. Importa el ahora, no el mañana. Nos define lo que hacemos, no como pensamos. Tal vez esos pensamientos rondan mi mente; o un vacío completo, solo impulsada por la necesidad de actuar. Guiada por el corazón.

Quiero cerrar los ojos, soñar que cabalgamos bajo el sol, nadie nos persigue, la humedad que noto en mi vientre es sudor, no es sangre. Pero corremos, corremos, porque no podemos soñar, porque el enemigo está tan cerca, tan condenadamente cerca. Y el caballo con el peso de los dos avanza más despacio. ¿He cometido un error? No quiero pensar en eso, no quiero pensar. Sólo cabalgar, continuar adelante. Las lágrimas saben a sangre. No contesto a los reproches de Lucos porque tengo un nudo en la garganta, pero me aprieto contra él, que sienta mi calor ya que no puedo darle otra cosa.

De nuevo miro hacia atrás, el enemigo está cada vez más cerca, no descansa, no se rinde. Estamos muy lejos de conseguir escapar, quizás no lo logremos nunca. Los espíritus están inquietos. No es esta la venganza que sueñan, que anhelan, los veo retorcerse, tan inquietos como yo. Reflejan mi miedo. Nos alcanzan. Nos alcanzan.

Están aquí.

Aquellos tres asesinos se nos echan encima. Puede que Zawinnia le diera una orden al guardia sobreviviente, el hecho es que este vuelve grupas hacia nosotros, acude a ayudarnos. Llega justo cuando uno de los bandidos se preparaba para darme un golpe mortal. El soldado le cortó la cabeza de un certero sablazo en la primera pasada al galope. Me vuelvo un segundo: la lucha es breve, intensa, cruel. El hombre se enfrenta a los dos bandidos, maneja con habilidad su acero. Veo abrirse el pecho de un segundo bastardo, y, no se como, hago descabalgar al tercero con un golpe de bastón en su nuca. Peleo con rabia, ya que no tengo esperanza, con la ira de cien muertos latiendo en mi interior.
Espero que Lucos pueda aferrarse solo al caballo, pero no le digo nada. Sin el guardia no lo habría conseguido. El miedo es el que mueve mis manos y usa mi bastón, el miedo es el que me tiene en pie y consigue que no me desplome sollozando de impotencia en el suelo. Logramos escapar de ellos, y las lágrimas son de alegría ahora.

Pero vienen más, la luna brillante deja ver el aguerrido grupo de asaltantes que se aproxima a galope tendido. Ellos son tantos y nosotros tan pocos. Lo único que podemos hacer es seguir corriendo.

-¡Vamos! –me urge el corpulento guardia.

De nuevo cabalgando, arrastrando una esperanza que se desvanece a cada impulso de los cascos del caballo. Noto las manos llenas de la sangre de Lucos, mi vientre, mi estómago empapado en su sangre, mezclada con mía. Es imposible escapar. Galopamos todo lo deprisa que podemos. No parece ser suficiente, nunca es suficiente. No quiero volver la cabeza, no quiero mirar. Hemos perdido, esta vez hemos perdido. ¿Por qué seguimos huyendo? ¿Por qué continuamos luchando, esforzándonos? Si no podremos conseguirlo. Si la sangre mana cada vez con más intensidad. Sangre que nos mantiene pegados, unidos. Si pudiéramos parar podría intentar hacer algo para contener la hemorragia, pero no podemos detenernos. Ellos están cerca. Nos atraparán. No servirá de nada.


A la derecha, la sombra del río donde se bañaba el astro nocturno. En frente y a la izquierda, bosquecillos. Detrás, la muerte o algo peor. Mi mirada se iluminó de sorpresa: lo que parecía una vela blanca destaca más allá de los márgenes del río, entre los diminutos islotes diseminados en la corriente. Llegamos a una pequeña hondonada, la princesa, la doncella y el guardia nos esperan. Hay una hoguera medio apagada, sus brasas todavía relucen en la oscuridad de la noche, jirones de humo ceniciento se elevan indolentes. En los ojos de Zawinnia se lee el temor mezclado con agradecimiento, suficiente con un asentimiento de cabeza. Cerca de la hoguera el cadáver de un hombre de cierta edad yace con un tajo en el cuello donde todavía fluye un hilo de encendido carmesí. Junto a la maleza, la doncella sostiene en su regazo la cabeza de un chico; huía la sangre y su vida por su boca, las manos apretándose el vientre. Consiguió articular unas palabras cuando el guardia le pregunto en su lengua. Después su rostro se crispó en un rictus de agonía y sus ojos se quedaron ciegos y estáticos mirando al infinito cielo. Lucos me tradujo, con esfuerzo:

- Un hombre a caballo apareció…Quería que lo transportasen a la otra orilla. Su padre se negó…Son pescadores. Mató a su padre y obligó a su hermano a ayudarle con la vela. Sin duda era Kerkan…Hijo de puta.

Muerte por doquier. Muertos todos. ¿Qué habrá sido de Sando? ¿Ha visto como mataban a estos hombres? ¿Estará muerto él también?

-¿De Sando no ha dicho nada? -le pregunto a Lucos, aunque no quiero que se esfuerce, no quiero que hable. Tenemos que ocuparnos de esa herida ya. Si es que no es demasiado tarde. Los miro a todos, la princesa está asustada, todos estamos asustados. Pero estamos vivos todavía, estamos libres todavía, sentimos el viento, olemos la sangre, derramamos lágrimas.

La barquita no estaba lejos de la orilla, puede que a menos de treinta metros, bordeando un islote. La ribera herbosa del río se pierde hacia el este, y al norte el bosque. Los bandidos galopan sedientos de nuestra sangre desde el oeste. Los demás no saben qué hacer. Las dos mujeres miran alternativamente al guardia, a mí y a Lucos. El soldado blande el acero, en su cara oscura y tatuada la determinación a vender cara su vida.

La mano de Lucos aprieta con fuerza la mía, tanto que casi me hace daño.

- Veo a tus espíritus, Aswarya. Te comprendo…ahora. –Gira su cabeza, sus pupilas brillan en mis lágrimas, una sonrisa se asoma a su perfil –Es mi última partida. Y la perderé, como siempre –la sonrisa se ensancha-. No podía morir con nadie mejor a mi lado.


Desmontamos y dejamos con cuidad a  Lucos sobre la húmeda hierba de la orilla.

-Aguanta, Lucos, aguanta. Nos quedan muchas partidas todavía. Nos quedan muchas partidas -no sé si ya me oye o no. No quiero saberlo. Sostengo su mano, le doy un beso en la mejilla. Arranco un trozo de mi ropa y se lo doy a la princesa, enseñándola como presionar sobre la herida para que no salga más sangre.

Mi vista se pierde en la oscuridad buscando una salida, una desesperada solución.

-Tal vez si nadamos hasta la barca, pero él no podrá... –digo sin convencimiento, tampoco sé si la princesa y su doncella saben nadar bien, si los meteré en un peligro enviándolos a Kerkan... qué complicado es todo. Miro los cadáveres. Son sólo dos...El guardia niega con la cabeza, mira a Lucos. Se lo que piensa.

-¡Deprisa, ayudadme! -con rapidez intento montar al hombre y al muchacho en los caballos, el soldado me ayuda, le ponemos a uno de ellos mi capa, le pido a la princesa la suya. Todavía está oscuro, el engaño puede funcionar. Si se alejan, si se alejaran... ¿podremos transportar a Lucos? No puedo arriesgarme a quedarme con un caballo, podrían encontrar las huellas.

-Al norte, iremos hacia el bosquecillo, no esconderemos allí. Díselo, Lucos, háblales. A mi no me entienden. Te necesito. No te vayas todavía, te necesito.

Incito a los caballos para que corran en las márgenes del río, a la vista. Golpeamos sus grupas, espero que los cuerpos muertos no se caigan, espero tantas cosas. El guardia me ayuda con Lucos, la princesa vigila. Los animales inician su carrera transportando dos cadáveres. No hay tiempo para más, a la doncella borra nuestras huellas. Espero que me entienda, espero que todos me entiendan.

-Aguanta, Lucos, aguanta –una vez más, y otra-. Tienes que llevarme a ver el mar -las lágrimas corren por mi rostro sin que pueda hacer nada por evitarlas, no vuelvo la cabeza atrás, no miro a nuestros perseguidores, miro hacia adelante, hacia el bosque, huimos a pie para ocultarnos en su salvaje vegetación.



martes, 12 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El mar 11



Ya nada importa. Si lo conseguimos o no. Si estamos muertos o estamos vivos. Veo la sangre salpicar el rostro de Lucos pero no me preocupo de si sigue en pie o no. Las riendas están tan cerca de mí, y a la vez tan lejos. Extiendo mi mano y las atrapo. Son mías. El miedo me rodea, los gritos, pero ya da igual. Si lo conseguimos o no. Sólo nos queda seguir luchando hasta que no podamos más.

Un instante de respiro me proporcionaron los espíritus de mi gente. Los caballos. Las riendas, son mías. Todo fue muy rápido. Imágenes imprecisas, indefinidas, igual que ráfagas de diapositivas: Lucos luchando como nunca antes lo había visto, teñidas sus ropas de sangre propia y ajena; el último soldado manejando su espada con terrible eficacia; la princesa y la doncella gritando, llorando, ebrias de pánico; los barbudos rostros de ojos demoníacos inyectados de furia roja, brillando al reflejo de las llamas.

Ahora es como si estuviera envuelta en bruma, como si algo me apartara de los demás. Los caballos relinchan pero se dejan sujetar, si me ven tranquila ellos estarán tranquilos, si la princesa ve que mi mano no tiembla quizás la suya tampoco lo haga. Todo va demasiado rápido. Grito. Doy órdenes que sé que no entienden, pero la firmeza de la voz hace que sus gritos se conviertan en lágrimas. Las ayudo a montar, sin pensar que sería mucho más fácil subir a uno de estos caballos y salir yo corriendo, alejarme y olvidarlos a todos. Un trabajo, no es más que un trabajo. ¿Y la vida no es importante? ¿Mi vida o la de ellos? Si los dejo sus espíritus me perseguirán para siempre. Los veré suplicantes, extendiendo las manos y entonces no podré tocarlas. Ahora al menos sé que he hecho todo lo posible.

Una cuchillada en el costado, superficial, pero extensa y dolorosa. Una descarga eléctrica me sacudió.

-¡Vamos Lucos! ¡Ah! -el corte duele, la sangre mana de la herida, siento que mi cuerpo se dobla. ¿Cómo voy a subir al caballo? ¿Cómo...?


Cabalgo detrás del caballo del guardia, la princesa y la doncella a mi derecha, competentes amazonas. Lucos cerraba el reducido y maltrecho grupo que intentaba escapar de la jauría que nos perseguía. Seguimos galopando, mi mente se ha quedado en blanco, miro a mi alrededor y estamos todos. Cabalgamos deprisa, me giro hacia atrás, Lucos también nos acompaña. Miro a la princesa y a su doncella. No tienen problemas para mantenerse sobre el caballo. Van bien, no me necesitan, en realidad lo único que tenían era miedo. Nuestros ojos se cruzan un momento y sonrío. Me pregunto si ella también estará sonriendo bajo el velo que le oculta el rostro. Veo rastros de lágrimas en sus ojos y quizás ella también los ve en los míos. Ni siquiera recuerdo si he estado llorando, siento la boca pastosa. Corremos, corremos.

Nos persiguen. No se darán por vencidos hasta que nos atrapen. Tenemos que ir más deprisa, todo lo deprisa que los caballos puedan. ¿Hacia dónde habrá ido Kerkan? No tenemos tiempo para buscar su rastro, no mientras nos persigan. Espero que Sando esté bien. Al menos él ha huido, al menos él está a salvo.

Las tinieblas del bosque nos engullen. Apenas la luz plateada de la luna se colaba por el tamizado techo formado por las copas de los árboles. Resultaba peligroso para los animales y los jinetes. Esquivando ramas y troncos, sin ceder ni aumentar la distancia de los tres primeros bandidos que nos acosaban, a unos sesenta metros. El bosquecillo dio paso a una explanada rociada de hierba baja y arbustos, próxima a las riberas del río que formaba amplios meandros en esa zona, salpicado de oscuros manchones negros, únicos atisbos de los islotes diseminados aquí y allá en la corriente. No era fácil descubrir el rastro de Kerkan.

Lucos se retrasaba. Al mirar atrás no pude distinguir con claridad su rostro, pero no dudé que la tortura de la herida debía marcarlo con su huella. Se encorvaba sobre el cuello de su montura. No podemos detenernos. Y allá, a esos cincuenta metros, la avanzadilla de los asesinos, un trío de ellos, fustigaban a sus caballos. Más lejos, al doble de distancia, se distinguían parcialmente otro puñado de sombras.

El soldado y las dos muchachas me ganaban terreno. Lucos quedaba rezagado. No tardará en caerse, estoy segura de ello. Escuché sus gritos:

-¡Galopa y no te detengas ni mires más atrás!

Su sonrisa se ha congelado sobre su rostro, ha perdido color, tanto como la sangre que le mana de la herida. Me apremia a que siga adelante. Si pudiéramos parar podría aplicarle un emplasto, cerrar su herida, calmar su dolor, si pudiéramos parar... pero no podemos. Yo también estoy herida. ¿Sobreviviremos a un nuevo combate? ¿Sobrevivirán ellos si me quedo a ayudar a Lucos? ¿Qué pensáis vosotros? Da igual, yo tomo ahora las decisiones. Lucos es la única familia que tengo ahora, la princesa es un trabajo. No pude hacer nada por vosotros, sólo contemplar vuestro dolor, quizás no pueda hacer nada por él, pero si muere su espíritu continuará conmigo. Como vosotros. Aceptadlo como a uno más, estará desconcertado cuando os vea.

Ahora sé que sí estoy llorando.

-¡Aguanta, Lucos! ¡Estamos juntos en esto! -intento frenar el caballo, dejarlo a paso más lento para que pueda ponerse al mismo nivel del de Lucos. Lucos nunca me dejaría, lo sé. Lucos me ha salvado la vida más de una vez. Pienso en ello mientras mi caballo se acerca al suyo, mientras suelto las riendas y me preparo para saltar-. ¡No te vas a librar de mi tan fácilmente!

Me gustaría sonreír pero las lágrimas desdicen lo que hacen mis labios. No voy a negar que tengo miedo. Lo tengo. ¿No hubiera sido mejor morir en casa? La tensión es lo único que me mantiene alerta, no lo soporto, por eso no soy una buena jugadora de dados. A veces se gana y a veces se pierde ¿no es cierto, Lucos? A veces hay que arriesgarse y jugar.

Salto hacia el caballo de Lucos.


domingo, 10 de junio de 2012

Al sur de Hiperbória. El Mar, 10



La situación era desesperada, es suficiente con echar un vistazo alrededor: casi no restaba en pie ninguno de los soldados, los asesinos de las estepas los remataban, varios incendios se habían declarado en las tiendas adyacentes, y los barbudos desarrapados que atacaron el campamento se lanzaban sobre el último reducto de defensa en torno a la carroza.

Tal vez fue una decisión desacertada quedarse.

La puerta del carro no se abrió. Llamé, gritando de nuevo, aporreando la madera artísticamente labrada. Puede que en el interior temiesen que era una trampa, pero tarde o temprano esa barrera sería barrida sin remisión. Lucos también avisó a la princesa. Un guardia levantó la voz en otro idioma. Chirriaron levemente un par de postigos internos y la portezuela se abrió una rendija. Apareció la cara pálida y terriblemente asustada de la chica que hizo de intérprete en la conversación anterior. Le enseño, apurada y aprisa, la pulsera, agitada en mi delgada muñeca. No menos miedo y angustia se debía reflejar en mi cara, sin embargo leyó la poderosa determinación subyacente en mi boca, mis ojos, mis pupilas.

Salió la joven, luego otra doncella y por último la princesa, la tez cenicienta de terror. En ese instante la puerta del otro lado fue desencajada con violencia y un bandido de largos bigotes entró como una bestia iracunda. Usé de nuevo hábilmente el bastón impactando en su rostro, quebrando los labios, dientes y nariz. Entretanto, las tres mujeres se pegaron horrorizadas al costado de la carroza, mirando con expresiones desencajadas la furibunda lucha en torno a ellas, los soldados muertos y mutilados, la sangre que lo salpicaba todo y el fuego que consumía las tiendas e iluminaba la noche de rojo y oro. Un febril temblor les sacudía los miembros, incapaces de moverse cuando les grité que avanzaran conforme a la idea de alcanzar los caballos.


Aswarya, sigue corriendo, luchando, defendiendo. Delante va Lucos, feroz, furioso; detrás a la derecha uno de los guardias y en la retaguardia el otro. Corremos, desesperados, apretando los dientes o gritando a la princesa y a las doncellas que no se detengan.

Derribo a un bandido de un contundente bastonazo. Otro se abalanzó con la espada en alto a dos manos aullando como el lobo que era, y el bastón le partió el cráneo del brutal golpe que descargué sobre él. Supervivencia. Quería vivir. Los espíritus no me arrastran con ellos, al contrario, existen a través de mí, desean saborear la vida contigo. Apartar sus bocas del pan de la ceniza y sus miradas de la yerma oscuridad.

Todo es más difícil de lo que pensaba. Tan duro. ¿Acaso esperaba otra cosa? Esta gente ha destruido pueblos. Nosotros solo nos defendemos. Odio matar. Odio ver los espíritus levantarse y abandonando los cuerpos. A veces extienden las manos hacia mí, pero los rechazo. Ya tengo mis propios muertos. Muertos que fueron mi carne y mi sangre. Otras veces sus espíritus huyen, recordando que he sido yo quien les ha dado el golpe de gracia. Y yo avanzo, avanzo. Apenas doy un paso cuando hay otro enemigo delante. Siento los golpes, me traspasan, intento mirar a Lucos, ver la sonrisa de Lucos, mejor que los ojos asustado de la princesa.

-¡¡Seguid!! ¡¡Vamos, no os detengáis!! -hablo como si me entendieran. Agito la pulsera como si fuera un símbolo mágico. Los golpes duelen. No me entienden pero sienten el dolor y el miedo. Me gustaría transmitirles confianza pero solo puedo tirar de ellas. ¡Han tardado tanto en salir! Ocultas en el carro como un niño en el vientre materno. Como si fuera a resistir eternamente ese pedazo de madera, como si hubiera alguna posibilidad de vencer. Mis gritos no los entienden. Quizás les asustan, quizás le dan más miedo que los enemigos. Confianza. Sí, confianza. Vamos a salir de aquí. No soy capaz de decirlo. Las palabras no salen. Siento un sabor amargo en la garganta. Rápido. Otro golpe más. Los caballos, los caballos.


Un tercero y un cuarto enemigo son abatidos en nuestra carrera. Empujo a la doncella, tiro de ella. El guardia de atrás se desembarazó de dos bandidos y detuvo un nuevo ataque. Su compañero a la derecha bloqueó un espadazo, atravesó la garganta al dueño de un sable oxidado. Acosados, hostigados desde los cuatro costados, faltaba poco para alcanzar los caballos. Lucos me anima, mostrando su sonrisa inquebrantable; su espada se hundió profunda en un vientre, empujó violentamente al que se opuso a su avance. Golpeaba y sajaba. Le salieron dos al paso, esquivó la letal estocada del primero, bloqueó la hoja del otro asesino, y cuando su espada mordió la carne del anterior, el segundo lo ensartó en el estómago. La sangre manó de la herida de Lucos como un torrente, sin embargo el guerrero tuvo arrestos para cortar el cuello de su rival.

-¡Oh, Lucos, Lucos! –apenas logro contener un grito de angustia y miedo.


Los corceles relinchaban, en sus grandes y húmedos ojos el terror quedaba reflejado igual que la luna en la quietud de la superficie del río. Lucos perdió pie, su mano ensangrentada taponando la herida; mi habilidad con el bastón impidió que un mandoble le cortara la cabeza, al romperle la mandíbula al barbudo que iba a ser su verdugo. La princesa chilló, se detuvo, horrorizada, una mano velluda la agarró del brazo y la tiró al suelo, la intérprete quiso ayudarla y la patearon y a la otra la tiraron de un salvaje empellón, volteando durante dos o tres metros y yendo a parar cerca de una tienda en llamas donde la cogieron varias manos fuertes e innobles.

El guardia de atrás se giró y contuvo a dos bandidos, para que Lucos y yo tuviéramos la oportunidad de soltar a los caballos. Tenemos suerte, hay suficientes para todos. Resoplan, estiran de las riendas que los mantienen sujetos a varios postes. El otro soldado quiso auxiliar a la princesa y se vio engullido en una lucha contra tres ladrones.

Alguien me descargó un puñetazo muy fuerte en plena espalda, fui a rebotar contra los ijares de una de las monturas y al instante una patada en el estómago casi me deja sin aire.

-Ah!! -caigo al suelo, siento el dolor en la espalda, en el vientre, la tierra que se aproxima a mi rostro.

Caigo para atrás, junto a los animales, y ahora es Lucos quien me ofrece su ayuda, colocándose delante de la sombra que se yergue sobre mí. Flexiono las rodillas, apoyo las manos en el suelo. No, no lo hago. No sé qué estoy haciendo. ¿Dónde están las riendas de los caballos? Arriba. Estoy en el suelo. Lejos de ellos. Lejos de todo. Los espíritus me rodean y me acarician. Tengo que levantarme, tengo que seguir. Ya no hay marcha atrás. Podría haberme ido, podría estar lejos, pero no lo estoy, estoy aquí. En el suelo... en el suelo....

Otra sombra, un canalla malencarado, la muerte pintada en su rostro de sonrisa rota. Algo sucede, él no lo comprende, yo sí: los espíritus, los veo, los siento, le rodean y lo arrastran lejos, cubriéndolo, ahogándolo de terror.

Me cuesta levantarme. El golpe me ha desestabilizado. ¿O han sido más de uno? Ya no lo recuerdo. Voy hacia los caballos. Tengo que soltarlos. No puedo pararme a pensar. No puedo pararme. No puedo... Miro hacia atrás, la princesa en dificultades, Lucos herido. ¡Lucos! La princesa. Tantos frentes a la vez. Los enemigos que me acosan. Luchar. Hay que seguir luchando. Soltar a los caballos, ayudar a montar a la princesa, debo hacerlo.

He de hacerlo. Conseguirlo.


jueves, 7 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar. 9


Tembló un instante el desconcierto en los ojos de Kerkan. No se esperaba cargar con un mocoso, prefería cabalgar al lado de una mujer como Aswarya. Emular la suerte de Lucos. Miró al niño, no menos sorprendido que él; Sando lloraba, no quería soltarse de los brazos de la joven. El rostro sudoroso del capitán se maquilló con una sonrisa cínica:

-Tan loca como él. Hasta nunca, par de idiotas -Fustigó al caballo que sacudió su cabeza, relinchó y brincó hacia delante con sus dos jinetes. Kerkan pateó a un bandido que le salió la paso y con su espada rajó la cara de otro. Se perdió al galope en la oscuridad de los árboles en dirección este.

En la expresión de Lucos leí orgullo y miedo. Sus ojos revelaban que hubiese preferido que escapare y salvara mi vida. Pero también una felicidad infantil escondía la mirada del grandullón. No veía, no quería ver la muerte que acechaba en los filos acerados que blandían los asesinos. Quedarse para salvar a la princesa. O para morir. O algo peor. Estaba decidido. Ya está. La vida se aleja, quizás, me quedo con el peligro y la muerte. Me rodean. Lucos sonríe. Mi sonrisa le responde. Estamos juntos en esto. Si muero, no lo haré sola. Ya solo quedan metros que nos separan de nuestro destino, sea cual sea.

Siento los brazos de los muertos abrazándome. Quisiera librarme de ellos, librarme del calor y la humedad de este clima infame. Me dejo llevar. En las montañas hace frío, en las montañas el aire corta, la respiración se hace más lenta, aquí todo es más rápido. En eso también llevo ventaja. Corremos hacia la carroza, quebré el cuello de un bandido de un golpe fuerte y seco en la nuez, con el extremo del recio bastón. Lucos abrió el pecho de un barbudo enemigo, atravesó el vientre de otro. Llegamos a la carroza para auxiliar a los altos guardias. Cayó con la cabeza cortada otro de ellos, rebotó, sanguinolenta y los ojos muy abiertos, a mis pies. Dos bandidos se abalanzaron, esquivé el sable de uno, el bastón giró en molinete, rompiendo huesos y desparramando sesos. El segundo asaltante evitó mi golpe, el filo de su arma dio de lleno en la puerta de la carroza cuando me agaché para evitarlo. Saltaron astillas de madera color azul. El bastón impactó en su hombro, reculó el hombre hacia atrás, y volvió a la carga. Llegaban más de sus compañeros.

Golpear, golpear, golpear. Como tuve que haber hecho y no hice. Veo los espíritus que se alejan de los cuerpos sin vida. Algunos extienden las manos, intentando agarrarme en la muerte como no han podido hacer en vida. Los dejo pasar. Dejo que se alejen, intento no oír sus gritos. Sólo lo siento por el guardián herido. Un aliado menos.

-¡¡Hay que huir, señora!! ¡¡Venid con nosotros!!! -la llamo, espero que salga, no podemos llevarnos la carreta. Sólo podemos cargar con nuestras vidas, ya es peso suficiente- . ¡¡Señora!! ¡¡Si tenéis alguna arma, cogedla!!! ¡¡Confiad en nosotros, os protegeremos!!!

-Tenemos que llegar a los caballos, intentemos llegar todos juntos, con la princesa en el centro -quizás haya alguna dama con ella, quizás este sola. No miro para comprobarlo. La única oportunidad que tenemos es huir. Observo a Lucos y a los guardias que quedan-. Tenemos que avanzar todos juntos o no llegaremos. No podeos quedarnos a luchar, son demasiados.

Los huesos de mi cinturón tiemblan. A veces creo que ellos desearían que yo también estuviera muerta, con ellos.


martes, 5 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El Mar 8



8



El vértigo de la lucha traspasó las conciencias de los espíritus, sacudidos, agitados en un frenesí descompuesto de una docena de voces cuyo aliento te insuflaba fuerzas para combatir. Arañaste, mordiste, el soldado quería aplastarte la cara contra el suelo húmedo.

Olía a tierra, a bosque, al susurro de las aguas del río; a sangre. En derredor la escena de lucha tenía lugar, precipitándose hacia un final previsible. Algo así debió suceder en tu aldea. Gritos de hombres dándose ánimos, blasfemias, gemidos de los heridos, el chocar de los aceros; todo ello resonaba como un zumbido en tus oídos.

Aswarya golpeó la mejilla del soldado, el pecho, los brazos. A su vez recibió un puñetazo en el hombro derecho. Su desafío desconcertó al hombre un momento, la fiereza de la mujer del norte se desbordó, logró zafarse de su abrazo. Un salto, atrás, y el reflejo de la hoja del cuchillo empuñado en su mano brilló un segundo a la luz de las hogueras. La acometida de Aswarya fue frenada por su rival, un hombre de grosero aspecto pero entrenado soldado, y una segunda cuchillada trazó un semicírculo cortando tan solo la burda tela del uniforme. El soldado estuvo a punto de agarrar de nuevo a la chica, pero la joven le asestó una patada en el estómago, él la empujó y Aswarya rodó a un lado. El soldado desenvainó su larga y curvada espada. En su boca una sonrisa despiadada. En los ojos de la chamán la ferocidad de su tierra.

A pocos metros, Lucos ensartó a uno de sus oponentes. No siendo un excelente espadachín, compensaba la suerte de los dados con la del combate. El otro asesino estuvo a punto de acertarle en el cuello, el mercenario fintó a un lado y atravesó el vientre del bandido con su espada.


Ahora no puedo pensar, sólo actúo. Mi cuerpo se mueve sin que yo le de órdenes. Ha tomado el control. Los sentidos están alertas, veo, oigo, grito. Grito pero no escucho mi voz en el caos atronador que me rodea. O la escucho pero no la reconozco como mía. No soy yo.

Estoy en otro mundo, otro lugar. Los gritos están dentro de mi alma también. Los huesos de mi cinturón, tiemblan, recuerdan, y yo recuerdo con ellos. A la vez vivo. A la vez muero una y mil veces. A la vez me defiendo con piernas, brazos, el cuchillo está en la mano pero no recuerdo haberlo desenvainado. A veces los dejo tomar el control, dejo que ellos guíen mis manos pero ahora no. Esta es mi lucha, mi momento, tengo que vivirlo yo. La sangre tiene un olor agrio.

Es pegajosa, la sangre, noto mis cabellos apelmazados, el rostro manchado, ni siquiera sé si la sangre es mía. Me duelen los golpes. Estoy viva. Sigo luchando sin temor. Lucos me lanza el bastón, mis manos se adaptan a él y golpean con fuerza. Es una prolongación de mi mano, de mi alma. Las almas de los muertos flotan alrededor de él, queriendo sentir la fuerza del golpe. La rabia de caer al suelo, de desfallecer, de morir. Armada de coraje y de ira, me preparo para la embestida del soldado traidor. Pero no llega, cae atravesado por una lanza que no es mía. Levanto la cabeza y lo miro, el miedo mezclado con la sorpresa; es Kerkam, a caballo, sujetando por las riendas a otra montura, la mía. ¿Qué has hecho? Era mi oponente. Me has robado su muerte. ¿Acaso quería matarlo, realmente?, me pregunto. Yo solo me defendía. Los huesos tiemblan. Vosotros sí queréis muerte. Queréis venganza. Aunque no sean vuestros verdugos, lo fueron del pueblo de Sando. Necesito pararme, pensar, respirar. Sobre todo respirar. Sando corre, tiene un par de arañazos en la frente, se refugia entre mis piernas.

- ¡Vamos, Lucos, monta! ¡No hay nada que podamos hacer! –grita, y urge Kerkan.


Lucos lo observó con una mirada encendida:

-No has cambiado, Kerkan. “Salva tu culo”, ese es tu lema. ¿Y tus hombres?

-¡¡Imbécil!! ¡¡Mira a tu alrededor!!


El campamento estaba en manos de los bandidos. Algunos soldados luchaban y morían. Una tienda se incendió iluminando de danzantes sombras fantasmales la noche. De uno de los carromatos los asaltantes sacaban a rastras a una de las doncellas. En torno a la otra carroza, la de la princesa, a unos quince metros de distancia, tres de sus guardias se enfrentaban contra varios bandidos de las estepas; el cuarto había muerto.

Me fijo en todo esto en un instante. Lucos acompañó mi mirada. Kerkan tenía razón. Había que decidir ya. En un momento se abalanzarían sobre nosotros. Lucos parecía indeciso, tenso, preparado para continuar luchando. ¿Y yo? Luchar, escapar. Lucos rompe la tensión:

-Podemos intentarlo, Kerkan. Reúne caballos, saldremos de aquí con la princesa. Me pagaron para eso. ¿De qué vale tu palabra?

- ¡El estúpido Lucos de siempre! –Las palabras surgieron de la boca del capitán con desprecio y enfado. Acercó el otro animal a mí-. Sube, mujer. Olvida a este loco, Aswarya, no corras su suerte. Ven conmigo y salva tu vida.

Huir. Parece tan fácil, tan sencillo. Solos los tres, como antes. Nos iba bien con los tres. Lucos no quiere dejar a la princesa atrás. Yo tampoco. La decisión no es fácil. Sando se abraza a mi, asustado, temeroso. Un niño en medio de una guerra. ¿Qué le espera si no huimos? ¿Qué le espera si lo abandono?

No puedo pensarlo más tiempo. La pulsera de la princesa me quema en la muñeca. Deudas de honor que hay que pagar, aunque la muerte nos llame por ello. ¿No es cierto, Lucos? Podemos perder a los dados pero no engañar, ni protestar al pagar las deudas. No soy buena jugadora de dados. Algún día tengo que decirle a Lucos que me enseñe. Una guerra es buen momento para empezar a jugar.

Subo a Sando en el caballo, el niño protesta, me he decidido con una mirada.

-Me quedo con Lucos. Si te vas salva al niño -no es un ruego, ni una orden, es simple sentido común-. Nos reuniremos contigo después -le digo a Sando- tenemos que salvar a la princesa.


Quizás, al final, no veré el mar.

domingo, 3 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea. El mar, 7


Una noche agradable, cuya templada temperatura invitaba a caminar, a conversar un rato antes de dormir contemplando los fuegos lejanos en la bóveda celeste, se transformó de pronto en una condena que pendía sobre la cabeza de todos nosotros.

La pulsera se agita en mi muñeca cuando me arrojo igual que un ariete contra el bandido. El hombre miró un segundo hacia el niño, suficiente distracción que pude aprovechar. Los entrenados músculos de mis piernas se tensaron, como un resorte salto contra él, no logra esquivar el golpe, sorprendido por mi rapidez. Se golpeó la espalda contra un arbusto, perdió pie y cayó, y yo con él. Sando no reaccionó. El pequeño miraba la escena con ojos traspasados por el miedo, plantado en pie frente a nosotros.

-¡Corre, Sando, corre!

El niño salió de su ensimismamiento al oírme apremiarle de nuevo. Sus pequeñas piernas se pusieron en movimiento:

- ¡Son los hombres malos que mataron a papá y mamá! ¡Los hombres malos!

Traté de de ponerme en pie, huir, escapar, debía dar el aviso. Estaba casi erguida cuando mi oponente me agarró del tobillo y me tiró al suelo, contra la tierra y la hierba húmedas. Puedo zafarme de la garra que hace presa en mí y logro emprender la carrera; la mellada hoja del sable cortó el aire a pocos centímetros de mis muslos. No usé el cuchillo ni me detuve, detrás  escucho los insultos y reniegos del bandido y de los otros asesinos a los que había descubierto sus planes, que surgieron de más allá de los árboles.

Me perseguían.

El enemigo es fuerte. Yo soy rápida. Es mejor arriesgarse que no hacer nada. Aunque duela, aunque muerda el polvo y mis sentidos se llenen de barro. Huir. Sí, huir del enemigo para avisar a mis compañeros. Escapar no es la solución. Escapar. No. Son mis compañeros. Lucos está en peligro. La princesa extraña que me regaló la pulsera. Tengo que seguir corriendo.

Sando grita, y yo corro. También grito, dar la alarma es importante. No importa que ellos sepan hacia donde voy, deben imaginarlo de todas formas. Ahora hay que dar la alarma. Ellos también gritan, insultos que sólo entiendo a medias, según sople el viento. ¡Corre, Sando! Que tus piernas sean alas, que tus pies no rocen el suelo.


Gritaron. El ataque se adelantó a lo previsto. La horda de bandidos de las estepas se abalanzó sobre el campamento rugiendo, aullando. Los centinelas fueron abatidos con el cuello cortado o el corazón partido. Varios soldados estaban tendidos entre las tiendas, drogados, pero a otros no les había surtido el efecto todavía, y, aturdidos, desenvainaron sus espadas, pero, torpes de reflejos y acción, iban a suponer poca resistencia para los asesinos nocturnos.


Aswarya corría. Sando chillaba con su vocecita:


-¡Quieren matar a Asvaya! ¡Lucos, los hombres malos tienen a Asvaya!


La joven chamán daba largas zancadas presa de una urgencia de vida o muerte. Podía huir en dirección contraria, desaparecer, pero su corazón le insuflaba otro aliento, los espíritus rebullían alborotados, temerosos. Recordaban otro día no muy lejano.

Siento las piernas pesadas, hace mucho que no corro así. Alcanzo pronto al niño y cargo con él, en brazos. No quiero mirar atrás pero lo hago. Me persiguen. Ahora estoy envuelta, arropada por los espíritus que salen del cinturón de huesos y que me abrazan porque estoy en peligro. No llores, Sando, no llores. Esto no será como el ataque a tu tribu. No será igual.

A no muchos metros delante pude ver la lucha que ya tomaba cuerpo en el campamento, las palabras se clavan en mi garganta y no puedo decirlas. No estoy segura de nada. Veo a Lucos de pie y luchando, mi corazón se alegra al verlo. Blande la espada y mi bastón, a su lado soldados inconscientes, otro que se tambalea. La lucha es desigual, pero él es fuerte y poderoso. Me vio y fue a la carrera hacia mí, truncada esta a los pocos metros por dos de los bandidos que le cerraron el paso.

Estaba a menos de diez metros, cuando un pesado cuerpo impactó en mi espalda. Me derribaron, unos brazos de oso me sujetaron por la cintura desde atrás y caí, rodando varios metros en la suave pendiente, enzarzada de pies y manos en lucha con uno de mis perseguidores, un soldado traidor. Debido a la caída Sando salió despedido a un lado, rodando también y magullándose.

La lucha me rodea. Está encima de mí, está debajo. Me retuerzo. Lanzo un grito de desafío en una lengua que ninguno de ellos comprende. Podría haber huido, haber escapado, alejarme de la lucha ¿y volver después, a enterrarlos? Ya llevo un cinturón de muertos encima por no haber estado. Ya veo el terror de Sando cuando le miro a los ojos y no puedo compartirlo. Esta es mi lucha y no huiré. No hasta que todo termine. Aunque yo termine.

Golpearé con furia por todos los muertos. Los propios, los de Sando, los que quedarán aquí a la orilla del río. Incluso por mí misma. Lucos me diría que la venganza no es buena compañera. Pelea por ti, no por los que quedaron atrás. Los muertos ya no necesitan mi brazo, pero sí los que están vivos. La princesa. Tengo que saber si está bien. ¡Sando!! ¡Malditos traidores!

Golpeo, golpeo intentando quitármelo de encima.



sábado, 2 de junio de 2012

Al sur de Hiperbórea, El Mar, 6

Terminado el relato/partida de los marines, cientos de fans  ( :P ) me solicitan que siga con Al sur de Hiperbórea, El Mar.  De manera que proseguimos, de un tirón, con las vivencias de Aswarya y Lucos en tierras de Hyboria, Tiempo ahora de una nueva entrada, la sexta. Si queréis hacer memoria, las anteriores "entregas" se encuentran en etiquetas.

Un saludo




6



-…están ya en posición, un minuto más y atacarán –dijo una voz de tintes amargos.

- La droga en el vino ya está surtiendo efecto, he visto alguno inconsciente. Será fácil como os dije. Los centinelas son los únicos a quienes no se les ha distribuido pero ni se enterarán cuando les corten el cuello –escuché la respuesta de otra voz cuya tonalidad era más grave.

- Perfecto. Perfecto. Si queda algún soldado con vida podremos venderlo en los mercados de esclavos, pero recordad bien nuestro objetivo principal: la princesa, también sus doncellas y el comandante Liurgan. El resto son prescindibles –reconocí el timbre y tonalidad de esa garganta traidora; la del sujeto al que Lucos golpeó en el encuentro de la mañana.

- Así se hará.

- ¿Y el capitán Kerkam?

- Matadlo.

- ¿Qué pasa con ese tipo, y la muchacha del cinturón?

- La hiperbórea calentará mi cama. Luego puedes entregarla a los hombres de Akam-Lar. No la maltratéis demasiado, una mujer así, del norte y con esa apariencia, vale su peso en oro en los mercados de Zamora. Lo mismo os digo de las doncellas, mejor no las toquéis. Las vírgenes cotizan muy alto.

Risas apagadas de hiena.

- El niño lo podéis criar con vosotros. Haced de él un asesino, jajajaja. Pero a ese perro de Lucos no lo matéis. Le daremos motivos sólidos para que nos suplique su muerte. Le voy a devolver el regalo que me hizo. Primero dejaremos que vea el repaso que le dan los hombres a su querida puta, después…empezaremos arrancándole los ojos, o mejor quemándoselos.

Sando no entendía nada, lo leía en su mirada perpleja a la vez que asustada. Yo tampoco lo comprendo. No, sí lo entiendo. Van a atacarnos. Nos destrozarán. Han estado esperando su momento y ha llegado. Lo sabíamos. Lo sabíamos. Tengo que hacer algo. Tengo que avisarles. Hemos sido traicionados. No sé si es bueno o es malo saber que no van a matar a Lucos. Huir. Huir de aquí sería lo mejor. Dejarlos morir solos. Pero llevo la pulsera en la muñeca y la princesa ha sido amable conmigo. Al menos tengo que avisarles. Ah! Si Sando no estuviera a mi lado. Pobre niño asustado. No puedo dejar que vuelva a ver otra matanza. No puedo.

Una sombra se perfiló a mi lado. Está ahí. Es más una sensación que una certeza y me giro, y lo veo, tras un arbusto, a mis espaldas, surge un hombre vestido con pieles, de cabello y barba negros e hirsutos. Blande un sable, y en sus ojos brilla una luz malsana y asesina. Me di la vuelta a tiempo de encararlo.

- Quieta, zorra. ¡Eh, venid! Aquí tenemos una visitante inesperada –llamó en un susurro a los otros-. ¿Me entiendes verdad? Entenderás esto, entonces –señaló su acero-.

Si Sando no estuviera a mi lado, de nuevo me digo a mi encogido corazón. Mejor muerta que esclava. Mejor, mejor. Pero son muchos los que dependen de mí ahora. La luna refleja el brillo de la pulsera, se pierde en los cabellos de Sando. Huye, pequeño, huye. No puedo decirlo en voz alta. Al menos que él tenga una oportunidad. Bajo los ojos de derrota y me encojo en actitud sumisa. Espero poder engañarle.

Me lanzo sobre el hombre. Más alto, mas grande, más fuerte que yo. Espero cogerle de sorpresa, que no tenga tiempo de reaccionar. Tirarle al suelo para que Sando pueda salir corriendo.

-¡Corre, Sando, da la alarma!! ¡Corre lo más rápido que puedas! ¡Nos atacan! ¡Nos atacan!

El mundo gira a mi alrededor, o soy yo la que giro. El aire se ha vuelto arena. Las piernas son dos pesados troncos. Y el acero está muy cerca de mi cabeza.