martes, 15 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear - 43



Para Helen


La descarga de Helen a bocajarro reventó media cara del felino, trozos de su cerebro y jirones de carne sanguinolenta así como esquirlas de hueso, la salpicaron. El feroz animal salió despedido hacia atrás y se precipitó fuera del vehículo. Viviana se removía, girándose para repeler con su propia arma al otro nocturno que se cernía sobre ella. Una segunda detonación de la pistola de Helen voló parte de la cabeza de la bestia y en ese segundo de respiro ofrecido por su compañera, Viviana pudo abrir fuego con su fusil sobre el animal, pateándolo luego y tirándolo fuera.

Helen arrancó, su orden de prioridades no contaba ya con Carlo, su fría lógica descartaba que estuviese vivo. Sin embargo Sandro, como humano que era, estaba cargado de prejuicios preestablecidos. Las cortas ráfagas de su armas despejaron unos instantes el camino, se aproximó a Carlo y le quito de encima al nocturno al que propinó una patada en el cráneo y un tiro en la boca. Cargó con el marine y lo subió al jeep, miró con furia en los ojos a Helen:

-¡¿A ti qué coño te pasa?! Nunca has actuado antes así. ¿También te han volado parte de tu cerebro junto con tu bonita cara? ¡Vuelve a hacer algo así y te reviento! - amenazó furioso Sandro a Helen-.


- Calma, Sandro –trató de contemporizar Viviana-. Tiene que dirigir ese transporte.

- ¡Me importa una mierda! ¡Vamos, tira! -replicó Sandro-

Viviana tenía un desgarrón en su armadura y en su espalda. La protección se llevó lo peor, aun así, las garras del animal marcaban ensangrentados surcos. Carlo estaba en peores condiciones, la bestia había golpeado con sus zarpas en la caja torácica y mordido el hombro. La sangre manaba abundante de ambas heridas y mientras Helen conducía a toda prisa con bruscos virajes y sacudidas, Sandro se encargaba de las embestidas de los bichos locales.




Simo, Rivers, Dillon

Retrocedieron a la otra habitación sin parar un momento de disparar. Los nocturnos no se detenían tampoco, inmunes a la carnicería salvaje que tenía lugar a costa de ellos. Por fortuna, no tenían una estrategia astuta, a parte de avanzar para desgarrar, mutilar y asesinar. Por eso encontraron la sala vacía, incluso los desconchones del techo estaban tal como antes. Hicieron pasar a los civiles, protegiéndolos hasta el último momento, sin poder evitar que a un hombre le destrozasen el pecho y la mitad de sus órganos internos se desparramasen sobre el amasijo de vísceras, sangre y desechos animales que lo ocupaba todo.

El lugar apestaba, hedía a muerte, a sangre, a entrañas esparcidas. A terror.

Bloquearon la puerta, Dillon se llevó un ligero zarpazo en el brazo derecho, que casi no sintió, tan cargado de estimulantes y drogas como iba. Formaron una barrera en torno a las mujeres y niños. El sargento miró por la ventana, ni rastro de Helen y los demás. Los nocturnos volvían a la carga contra la puerta, las paredes y el techo nuevamente.

No resistirían mucho.

Kaplizki sopesó la propuesta de Rivers y la de Simo. Afuera no se veía un solo nocturno, ocupados en el interior o azotea del edificio, y seguramente persiguiendo al resto de marines. Era una posibilidad tentadora descender con las cuerdas. Se giró y miró a los civiles. ¿Qué sucedería una vez abajo? ¿Podrían contener en un espacio libre a esos monstruos? El sargento no disponía de tiempo para reflexionar, estaba acostumbrado a tomar decisiones rápidas, efectivas para los suyos. Pero debía proteger a estas personas, no solo a sus soldados. Bajar al piso inferior, quizá ganasen algo de tiempo mientras llegaba el resto de la caballería. Lo que sí resultaba claro es que tanto en un caso como en otro, los nocturnos habrían penetrado en esa estancia antes de evacuarla.

Resolvió resistir hasta que llegase Helen.

Si es que sus camaradas lo conseguían.

En cuanto los detectasen en el exterior sería el caos. El aerotransporte no aparecía. * Eligió una maniobra de distracción.

Ordenó a Rivers que abriese un boquete en el piso, abajo no se veían nocturnos, demasiado concentrados en las víctimas del segundo piso. La sala estaba completamente desordenada y patas arriba, la puerta de acceso abierta de par en par. Aceptó llevar a cabo la idea de Simo, manteniendo esa zona como si fuese un último bastión frente al enemigo. De hecho, así era. No quería arriesgarse a salir hasta que no fuese estrictamente necesario.

Descendieron rápidamente. Primero Simo, Dillon ** y el guardia armado. El francotirador comprobó que las escaleras se mantenían libres, bajó hasta la salida, nada, ningún bichejo. Los civiles descendieron, fue complicado, lento, que mujeres y unos pocos niños terriblemente asustados pudieran descender por las cuerdas. Arriba se quedaron el sargento, Rivers y Anette, decidida a presentar batalla. Serían los últimos, el cebo para los nocturnos.

Quedaban cinco hombres y dos adolescentes para deslizarse por las cuerdas, cuando en ese preciso instante el primer nocturno pudo colarse a través de la brecha para recibir una andanada de Rivers en el centro de su frente. Luego fueron testigos de como la manada criminal penetraba igual que una oleada de destrucción. Kaplizki le susurró a Rivers:

- Cuando se acerque el final, vete. Hay que sacar a esta gente, necesitarán toda la protección posible. Que Dios les ayude, nosotros hemos hecho nuestro trabajo. Y seguiremos haciéndolo mientras nos quede aliento y sangre en las venas.




Para Helen


Perseguidos por algunos nocturnos alcanzaron el transporte aéreo. El ánimo se les borró de la cara, sus expresiones se torcieron, se trataba de un tipo de helicóptero de reducidas dimensiones. Helen saltó del jeep y corrió a la cabina, no estaba cerrada, tampoco la de la zona de carga. Helen subió a bordo y se conectó de la misma forma que lo hiciera a la nave en el futuro pasado; Sandro se ocupó de Carlo, desmayado, Viviana protegía a sus compañeros mientras la una encendía motores, rugían las turbinas del cacharro, giraban los rotores. Sandro tiró afuera todo lo que pudo, dejando espacio libre, pero allí no habría sitio para más de una docena de personas, además de otras tres en la cabina. Maldiciendo, disparó un par de vences contra los pocos nocturnos que se acercaron. Después encontró algo al fondo. Alguien.

Tironeó de la pechera de una mujer de unos treinta años, vestida con blusa y pantalón, descalza y mirada de pánico. Sostenía contra su regazo con ambas manos un grueso maletín. Estaba oculta al fondo, tras unas cajas. Tartamudeando explicó que era la doctora Lern, Brenda Lern. Trabajaba para la Weyland, claro, se había ocultado allí cuando comenzó todo. Logró llegar al transporte, pero el piloto y sus compañeros no. Sollozaba, su rostro ceniciento mostraba las huellas del miedo y el llanto. Mencionó algo más sobre otros doctores y personal de la Weyland que podían restar en las instalaciones de la mina. Sandro bufó y la empujó al mismo rincón, señalando que se callase, ya se lo contaría a su sargento.

Helen manejó los controles y el aparato se elevó. Avisó por el intercomunicador que iban para allá. *** Viviana y Sandro permanecían atentos en las puertas listos para entrar de nuevo en acción en cuanto alcanzasen su destino. Por eso no vieron a tiempo que la doctora Lern se ponía en pie y se escabullía deprisa hasta cerca de la cabina, detrás de esta. Entonces, en cuclillas como estaba, exclamó con voz chillona:

-¡Tengo un detonador termal! Lo haré estallar si no recogen a mis colegas. ¡Les exijo que se dirijan a donde les indico! Ustedes trabajan para la compañía, es su deber. ¡Lo juro, volaré este maldito trasto!

Sandro la fulminó con la mirada. Viviana le paró los pies, segura de que el marine le arrancaría la cabeza de un puñetazo.



Dillon, Rivers, Simo.


Escucharon el aviso de Helen. Tenían una oportunidad. Simo y Dillon dirigirían la ruta de huida hasta el helicóptero. Debían salir y todo daba a entender que mientras sus camaradas resistiesen arriba, ellos contarían con una opción de lograrlo.

Arriba, entraban las criaturas feroces rompiendo lo muros o cayendo desde el techo de la azotea perforado.





Helen Macfersson


Sandro no entendía el porqué lo daba por muerto. No entendía que cada segundo había vidas en peligro. No entendía que por salvar a uno podían morir diez. Sin embargo ella si entendía su egoísmo. Formaba parte del anatema humano. Por ello prefirió no abrir la boca, las posibilidades de que hiciera del tema una bola de nieve eran peligrosamente altas.

Los nocturnos normalmente mataban cuando caían sobre una presa, o los dejaban muy mal parados. A Sandro apenas le habían mordido el hombro y no daba señales de que le tuviera problemas con él. Viviana había recibido una herida similar y se estaba desangrando. La sintética pensó por un instante en hacerla descansar, pero era absurdo. Necesitaban todos los ojos y rifles que tuvieran hasta llegar al transporte.

Y llegaron, pero no era lo que esperaban. Helen impreco, sumando a su suerte entre las pestes que lanzaba. No era un CH47 de transporte militar como todos pensaban, sino un  Bell 206 típico de patrullas. ¿Cómo iban a meter a las docenas de personas?.

- Aquí Helen, Kaplizki. ¿Me recibes? - Hablo por el comunicador - Pensaba habías visto el transporte, porque es obvio que toda esa gente no caben ahí dentro ni en trozos... Un momento, parece que hay alguien con vida.

Así era. Una mujer histérica informo de lo que le había pasado a ella, y la suerte de sus salvadores, piloto y copiloto. Exigía que el helicóptero fuera directamente hacia donde estaban el resto de sus camaradas, un grupo de médicos y personal de la Weylan. Por fortuna, la fortaleza de Carlo para entonces había tocado a su fin y estaba desmayado. Ghost estaba segura que la habría liado. El primer impulso de la piloto, era romperle el cuello de un golpe. Pero inconsciente no les seria de ayuda, y la necesitaban desesperadamente.

- Muy bien, dime dónde están esos científicos. - le respondió a la medico a sabiendas de las reprimendas de sus compañeros.

- Viviana, se lo que estas pensando. Nuestros compis deben estar pasando las de Caín. Pero aguantaran, ten fe. Lo decía Yamec... Vamos a ver si ese grupo de la Weylan tiene más transportes o una fortaleza a prueba de nocturnos.

- Kaplizky. La doctora Brenda Lern dice que, como ella, hay más doctores y gente de la Weylan. Y persuasivamente, con un detonador termal, nos ha solicitado que vayamos a revisar esas instalaciones. Empieza a rezar.






Dillon Frost


Movieron a los civiles. Eran buenos. Los mejores de esta época, la anterior y cualquiera. Aún así, ser los mejores no era suficiente para todos. Uno de los civiles fue reventando. Sus vísceras volaron como serpentinas, de un lado a otro de la habitación, mostrando un cruento espectáculo al que ya estaba acostumbrado. Empezó a preguntarse que clase de hombre era. Había perdido una parte humana. El aspecto del horror. Aquella visión debía haberle dado arcadas, tenía que haberle asustado, incomodado...algo. Lo único que hizo fue soltar un taco y seguir disparando. Para eso le habían entrenado. No había componente humano. Ni miedo, ni tristeza, solo una furia beligerante que amenazaba con consumirlo todo. Incluido a él.

Bloquearon la puerta. Uno de los gatitos tenía las uñas afiladas. No era nada, solo un rasguño. No tenía tiempo para sangrar. Tenían un par de planes. El sargento optó por la sensatez. Rivers hizo un boquete en el suelo. ¿Por qué tenía él aquel juguete para mayores? No era justo. Y ahora el sargento ¿Qué decía? Se concentró a través de la niebla de adrenalina que le nublaba la vista. ¿Qué bajase? ¡Y una mierda!

-¡Me temo sargento que no puedo cumplir esa orden!-¿Iba a ser uno de los primeros en bajar? No. Él se quedaba atrás, con los suyos, en medio de esa vorágine de sangre y vísceras. Era un marine, no dejaba atrás a sus compañeros. Sabía que los que se quedasen atrás lo iban a pasar mal. Quería estar aquí. En el ojo del huracán. Quería ver la sangre correr, esos peludos mutilados por las balas, destrozados y...y...El sargento tenía razón. Él era el médico. Se preocupaba por el futuro de los civiles y de lo que quedase de la unidad. Tenía sus responsabilidades. Era un soldado. Cumplía órdenes que no le gustaban porque estas eran mejor para todos. No podía pensar solo en él, en lo que quería. Eran un grupo. Cada uno hacía su parte. Se sentía mal porque la suya era una de las mejores partes. Una con menos riesgos.
-De acuerdo Sargento. Vuelvan de una pieza. Ya no me quedan tiritas.-Siguió a Simo, abajo, soltando chispas y humo. Se detuvo al bordo del agujero. Podían entrar seis o siete por él.-Rivers, eres un bestia.-Cogió a uno de los niños más pequeños, se lo colgó del brazo y se deslizó, cuerda abajo. Al llegar abajo sonrió a Simo, soltó al niño y dio una calada al puro.-Menudo viajecito ¿eh?

Miró al exterior. Ni rastro de Helen. ¿Dónde demonios estaba?

-No deberíamos salir hasta que viésemos luces ahí fuera.-Miró a los civiles.-En cuanto se lo digamos quiero que corran como cabrones hacia el transporte ¿Entendido?-Miró arriba. Seguían bajando civiles. La seguridad de la mayoría de los civiles quedaba a cargo de Simo y suya. ¿Podrían aguantar hasta que llegase Helen? No lo dudaba. Ellos aguantarían, de los civiles ya no estaba tan seguro. No sentía miedo pero estaba inquieto. Había calma. Era como dormir, enfadado, y despertar en paz. Un cambio demasiado brusco. Igual que pasar de bajo cero a temperaturas cálidas. El metal se agrietaba. Su cabeza, tenía fisuras, se le escapaban los pensamientos. Revisó el arma, contó la munición. Vio si había algún herido al que pudiese calmar. Paseó inquieto de un lado a otro.
No le gustaba. Sus compañeros estaban arriba, llevando todo el peso de la operación. Ellos estaban allí, sin hacer nada. Los Nocturnos no habían llegado hasta allí abajo. Y no lo harían mientras los marines estuviesen arriba. Se mordería las uñas de no ser un mal hábito. Le dio otra larga calada al puro. Escuchó la comunicación de Helen*. ¿Qué decía?¿Qué no entraban todos en el transporte? "Ya los amontonaremos, joder. Aunque tengan que ir atados en las aspas". Macabramente pensó que había sido una bendición que muriesen un par de civiles. El monstruo pensaba, no el hombre. El hombre estaba en una esquina oscura, dentro de su cabeza, desquiciado, lloriqueante y balbuciendo, golpeándose las sienes contra una dura pared.

Volvió a mirar al exterior. Analizó y memorizó la zona. Le indicó a Simo por donde podrían huir con más garantías de ser necesario. Él tenía mejor ojo. Estaría atento por si alguna de esas criaturas se colaba por donde no debía. Ráfagas cortas y precisas. Allí no llegarían en multitud, como arriba. Tendrían que ser precisos.

Luego solo quedaba esperar. Esperar a que el sonido metálico de una máquina les indicase que se habían salvado...o el rasgar del acero y la roca; entonces sabrían que tendrían que vender caras sus vidas. Muy caras. ¿Cuánto vale la vida de un hombre? Se quitó el puro de la boca y lo miró.
-Creo que esto me está matando.-Lo volvió a colocar entre sus dientes y aspiro su negro aroma. Siguió tarareando.-If you're gonna die, die with your boots on...





Anexo – Helen


El sargento respondió a Helen:


- Algo se sobre el transporte. Lo haremos como sea. Vosotros traedlo.

Después, informó sobre la doctora y sus intenciones. La estática era horrible pero la comunicación llegaba inteligible. Kaplizki parpadeó mientras ayudaba a descender a una señora.

- Neutralizadla. Es un impedimento para la misión y si no traes ese trasto aquí ¡ahora!, danos por muertos.

…

En el aerotransporte las órdenes del suboficial se recibieron con claridad entre chasquidos. En un instante Sandro se encargaría de la doctora. Viviana atendió a Helen, siguió la corriente a la doctora Lern.


- De acuerdo, de acuerdo. Hemos venido a salvarles y usted nos amenaza con ese juguete. ¿Sabe manejarlo? Cálmese, está entre amigos. Iremos a buscar a sus compañeros, pero guarde eso, por favor.


- ¡No! No les creo. Ya se como son todos ustedes, los del ejército. Solo entienden de armas y amenazas y violencia. Pues actúo igual. ¡Lo haré. Juro que lo haré! –respondió, histérica, la mujer-.


Viviana: Ya le ha dicho mi compañera y yo se lo ratifico que nos moveremos hacia ese lugar, indíquenos donde es.



OFF

Helen no puede desobedecer las órdenes, aunque tampoco atentar contra la doctora, a lo sumo desarmarla, pero estás en la cabina, así que tienes que dejar la iniciativa en manos de tus dos camaradas. Si quieres puedes manejar a Sandro y Viviana, o ya lo haré yo. Desde luego tienes posibilidades de realizar alguna acción para ayudarles desde los controles. Claro, e incluso discutirlo con el sargento, pero vamos, tiempo, lo que se dice tiempo, como que no hay.

Ah, te comento de nuevo, el herido es Carlo, Sandro no, es este quien rescata al otro.






Helen McFersson


Después de hablar con el sargento, la sintética murmuro para sí:

-Ordenes son ordenes.


Sabía que sus compañeros habían oído al sargento igual que ella. Miro a Sandro y le hizo un gesto de un puño con los dedos de los extremos; pulgar e índice, extendidos y giro la muñeca. Sandro hizo una mueca que le siguió un gruñido de Viviana. La doctora seguía mirándoles, segura de su baza suicida. El helicóptero se elevó raudo y veloz poniendo altura entre ellos y las últimas oportunidades para los nocturnos de saltar sobre ellos. Activo discretamente el piloto automático y se acerco mirando a la doctora.

- ¿Hacia dónde? -Preguntó, momento en que los inhumanos oídos de la piloto percibían los latidos de sus amigos preparados y tensos.

Cuando la doctora habló, Sandro le agarró las muñecas con fuerza. Casi al mismo tiempo, la piloto le dio un codazo en el estomago, dejándole sin aire unos segundos. Sabía que por instinto soltaría lo que tuviera en las manos e intentaría llevárselas al cuello. Momento en que la soltarían y Sandro recomería el detonador. Helen pensó en tirar a la mujer abajo, para dar de comer a los otros suicidas, los nocturnos. Pero en pago por tan indigno pensamiento, recibió un dolor que le amenazaba con paralizarla por completo.

Giró el cuello a un lado y al otro como si fuera un resorte que le librara de todos los dolores y puso rumbo hacia donde estaba el sargento.




Simo Kolkka


Aceptaron su plan. Ahora era él el tipo sensato. Todos los demás se habían ido muriendo. Kaplizki le mandó bajar primero, junto a Dillon y otro tipo. Al doctor no le gustó, y lo dijo. Por un lado eso demostraba que seguía siendo un marine. Por el otro, demostraba que había perdido algo, eso que durante gran parte de sus vidas le había mantenido callados, por estúpidas que fueran las órdenes. Él nunca había de eso, fuera lo que fuese, así que no lo echaba en falta. Fue el primero en bajar, para encontrarse la habitación vacía. Hizo un rápido reconocimiento. No encontró nada divertido. Dillon bajó, con un niño en brazos. ¿Complejo de Mesías? Posiblemente algo más grave. Mientras el doctor hacía de azafata para los nuevos pasajeros. Arriba la música seguía sonando. Si paraba, las cosas se pondrían feas.


- Pensamiento perpendicular. Fíjate en que camino elige Rivers, y la mejor opción estará a 90 grados. Solo tienes que decidir la dirección.- empezó a preparar toda la munición que le quedase.

Helen parecía estar tomándoselo con calma. Mientras buscaba un sitio donde apoyarse mientras el resto descendía, llegaron las noticias por el comunicador. Miró a los que bajaban. Estaban asustados. Simo no veía mujeres, hombres o niños. Eran todos civiles, sin rostro. Esa parte de la población por la que los marines morían a diario. Al menos solían hacerlo. Cuando el transporte llegase, abriría la marcha hacia el transporte. Si todos seguían las indicaciones de Dillon no habría problemas. Evitaría abrir fuego hasta que el enemigo se echara encima. Disparar antes sería cargarse la distracción que los demás estaban fabricando. Correr y guiar al rebaño. Era un trabajo sucio y aburrido, pero ya había tenido diversión como para aceptar




Jake Rivers


Replegarse hacia una posición más segura, han repetido esa maniobra cientos de veces. Comienzan a moverse los más adelantados, se dan la vuelta tras rebasar a los más rezagados, estos se mueven de nuevo hacia atrás repitiendo el mismo patrón. Entraña sus riesgos, como toda táctica de batalla, especialmente porque suele usarse cuando una posición es indefendible, pero es una forma muy segura de avanzar hacia atrás. Avanzar hacia atrás… Rivers jamás admitiría estar retrocediendo, en su opinión se mueven en la dirección más correcta, eso es todo.

A estas alturas algo tan sencillo no debería causarles problemas, podrían hacerlo con los ojos cerrados. Los civiles no. Es complicado explicarle a alguien que no debe correr tratando de alejarse del peligro, que debe moverse con cuidado para no ir directo hacia la zona de acción del enemigo. Por eso detesta escoltar gente, siempre acaba habiendo problemas porque… no deberían estar aquí.
Ha visto demasiados cadáveres, le resulta difícil lamentar la muerte de alguien a quien no conoce de nada, por brutal que sea. Lo malo es la sensación de estar fallándoles. La unidad Sigma es la mejor de todas, marines coloniales, deberían ser capaces de rescatar una ciudad entera sin sufrir una sola baja. Sin embargo hoy ya han perdido demasiados. Uno solo ya sería inaceptable. Se repite a si mismo que todavía hay más, es necesario seguir luchando duramente para completar esta misión con tanto éxito como puedan.

El sargento decide descender al piso inferior, agujereando el suelo primero. No es mala solución, el techo y las paredes les proporcionarán cobertura durante más rato. Sigue siendo un remiendo, antes o después van a necesitar salir al exterior. Entonces aplicará exactamente lo que tenía pensado hacen en caso de utilizar la venta de este piso, pero debe aceptarlo, cuando se vean obligados a formar un perímetro en el exterior será demasiado complicado. Deben aguantar cuanto les sea posible.

El sargento le dice que se retire antes del final, detesta como suena eso. –No sé si Dios va a ayudarles, pero Jake Rivers sí- sonríe mientras sigue disparando. –Cuando me retire bajaré a Anette conmigo- jamás se deja a un compañero atrás, especialmente con heridas tan serias –¿Has oído Anette?, mantente medio incorporada o me lo pondrás difícil- en estos momentos sería estúpido pararse a pensar si la está ofendiendo –Y espero que nuestro glorioso sargento no piense en quedarse aquí arriba a caer con un mártir. Si no bajas tras de mí, iré al infierno a patearte el culo… sargento-


Hinca una rodilla en el suelo. Cuando la oleada sea muy intensa dejará de buscar blancos tan precisos y disparará haciendo amplios barridos de lado a lado con su nuevo juguete. De verdad lamenta no haber tenido uno así antes. El sargento y Anette se encargarán de disparar a los que se acerquen más, él mantendrá a raya a los demás.

Cuando sea el momento no lo pensará. Se levantará, agarrará a Anette* con poca delicadeza, y saltará con ella hacia abajo. No será una caída agradable, no con tanto peso encima, por eso rodará de inmediato, no quiere romperse los tobillos al tomar tierra.

Su primera reacción será entonces apuntar hacia el agujero. Si asoma cualquier otra cosa que no sea Kaplizki, va a encontrar una muerte prematura. Durante unos segundos, ese agujero será el único camino de bajada que tendrán estos malditos gatitos, y les va a conducir directos hacia el infierno.

Escucha también las comunicaciones con el transporte. –Más bombas, ¡perfecto!- Casi le parece razonable, se metieron en este maldito lío por una jodida bomba, ahora debían encontrarse otra al final del camino. No cree que cueste tanto neutralizar a una civil inexperta. Desde luego la misión es salvarlos, pero si alguno se convierte en un problema para el resto, se le reduce. En caso de ser imposible, se le mata. La vida es simple cuando se tienen claras las prioridades.

En cualquier caso, eso está fuera de su alcance, lo que deben ir haciendo es pensar en una alternativa. Si ha llegado abajo y puede permitírselo, preguntará a los civiles, ellos vivían por aquí. –¿Hay algún otro transporte cerca?, aunque sea por tierra- Un tanque sería mucho pedir, pero cualquier cosa que les mantenga en movimiento podría ser bienvenida. Si no lo hay preguntará por algo que pueda servir de refugio. Si tampoco existe, solo les queda confiar en Helen y aguantar tanto tiempo como les sea posible. Comienza a preguntarse cuantas toneladas de enemigos habrá matado hoy.


domingo, 13 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear - 42



De un campo de batalla a otra situación límite. El extremo entrenamiento físico y psíquico de los marines ahora relucía en toda su intensidad, permitiendo que no perdiesen la cordura; no al menos del todo. Para lo que les estaba sucediendo no te preparan en parte alguna, ni en simulador ni en la teoría. Pero allí estaban, cumpliendo con su deber una vez más. Aunque no todos, Dillon anunció la muerte de Benley, desconocida para todos, sin embargo sospechada. Sandro no llegó a mencionarlo, aunque él no vio al cabo muerto, antes de eso explosionó el hangar; asintió con la cabeza, hora comprendía el significado de las palabras que le dijera el médico.

Tardaron unos instantes en amoldar sus torturadas mentes al momento presente. ¿Qué era el presente para ellos? Se fundían en sus castigados cuerpos el presente con el futuro y el pasado. ¿Hasta cuándo iba a ser así? ¿Hasta cuándo esta maldición duraría? Hasta la muerte de todos, seguramente. Entretanto no les quedaba más que seguir siendo marines. Y eso precisamente iban a hacer, sacar a toda esta gente de este infierno.

Se inyectaron la magia de Dillon *. La presión arterial aumentó, el dolor casi desapareció en todos ellos; el mundo se tornó rojo, los segundos pasaban delante de sus miradas ralentizados. Una sensación poco conocida, pocas veces antes se “metieron” tanta droga. Les esperaban diablos al acecho. Ellos también eran demonios. Los civiles los miraron asombrados. Aterrorizados. Ninguno decía nada aparte de gemidos y lloros. Los hombres tomaron las armas, respirando agitados, sudando a mares. Dillon les metió un buen chute, serenidad y adrenalina, el equilibrio. ¿Ha quién coño le importarían las consecuencias?

Una de las puertas ya estaba protegida por un armario, parecía que a los civiles no les dio tiempo de más. Lo apartaron, varios pequeños boquetes estaba agrandándose por las fieras al otro lado. Los soldados abrieron las puertas, Sandro y Carlo barrieron la zona a la par que dos de esas cosas saltaban al interior. Las dudas de la sintética se desvanecieron: agujerearon los corpachones felinos con sus mortales ráfagas, desparramaron sangre roja, entrañas, sesos y huesos destrozados por todas partes. Los Nocturnos no retrocedieron, quisieron entrar más, los dos marines avanzaron, delante Sandro, como era habitual en él; tuvo tiempo de girarse, llamar a Simo y levantar el dedo corazón sonriendo. La munición despedazó la carne de las fieras, un pedazo de cerebro rebotó en el pecho de Helen, la sangre salpicaba por doquier. El ruido de los disparos se fundió con los gritos de pánico de los civiles, los rugidos de los animales y los chillidos y estertores de muerte de estos. Viviana y Svenson se unieron a ellos, se abrieron paso hasta el descansillo y luego escaleras abajo dejando a su alrededor una decena de cadáveres de nocturnos mutilados. Ninguna de ellos logró de momento tocarles con sus garras o los enormes y largos colmillos. Retrocedían los bichos, a su paso; retrocedían y morían. Lo que quedaba de puerta fue cerrada de golpe y las barricadas dispuestas. En la otra puerta no fue así, miraron a la sala adyacente, allí también los nocturnos estaban intentando abrirse paso a través del techo. Aquel sitio era una ratonera.

Dentro la tensión se cortaba con un cuchillo, igual que los cuartos traseros de una ternera. A Rivers no le supuso dificultad amoldarse a la nueva arma arrebatada a aquel soldado muerto del futuro, ahora se vería qué hacía esa máquina de matar y si los nocturnos tenían miedo o algo similar. Simo a su lado, sin tener claro si esto era real o una alucinación. Dillon al otro, junto al sargento. Anette acabó por despertarse, agarró su fusil, y se acomodó en un rincón; su expresión era más salvaje que la de esas fieras. Que acabaron por entrar.

La puerta cedió, los armarios cayeron. Aguardaron un instante a que esa marabunta se desparramase en el interior conforme a la sugerencia de Rivers. Solo un segundo, porque los nocturnos penetraron a grandes saltos, corriendo, con una furia inusitada. Pudieron verlos, grandes, casi del tamaño de un lobo, con cierto parecido a los gatos monteses de los que habló el sargento. Parapetados tras las mesas volcadas, los marines no tardaron en recibirles adecuadamente.

Resultó una sangría. No fue la primera vez en que tuvieron que enfrentarse a bichos en alguno de aquellos mundos exteriores, pero con todo, siempre resultaba espeluznante ver los resultados. La primera oleada se transformó en pulpa en menos de treinta segundos. Su sangre y pedazos de órganos internos saltaron en todas direcciones, en los trajes de los soldados, en sus rostros demacrados con expresiones de puro salvajismo. La música a todo volumen de Dillon se mezcló con la cacofonía demencial que amenazaba con aplastar el reducido espacio de la sala. El fusil de Rivers era capaz de reventarles la cabeza y llevarse por delante a varios más. Ni Simo ni Dillon supieron a cuantos derribaron. En su rincón, Anette contribuía a la masacre mientras el sargento no dejaba que fiera alguna se aproximase; Phillips también disparaba sin cesar. Las mujeres y los niños chillaban aterrorizados.

Los nocturnos no retrocedían, se amontonaban sus cadáveres despedazados. Uno de ellos alcanzó una de las mesas y antes de que explotara su cerebro, sus garras la partieron por la mitad. Unas tremendas zarpas, negras como la obsidiana y duras como el titanio. Otros intentaron llegar pero fueron repelidos antes. Entonces el techo se agrietó en un par de puntos y comenzaron a llover los monstruos de setenta kilos. Fueron abatidos igual que sus congéneres pero uno de los agujeros estaba próximo a la zona de los civiles. Anette y Svenson los hicieron retroceder, el sargento les ayudó. Un zarpazo abrió una ancha franja roja en la pierna de Kaplizki; otra garra arrancó de cuajo la cabeza de una mujer. Los marines y el resto tuvieron que retroceder un poco. Otra fisura en el techo se agrandó y una parte de él se vino abajo. Phillips miró por una rendija de la otra puerta, de momento el techo allí resistía, los nocturnos estaban centrando sus esfuerzos en la primera sala:

- ¡Vayamos a este otro lado!¡Nos dará más tiempo!

Las bestias no se detenían de forma alguna. Sus sistema neuronal les mandaba una única orden, matar y aniquilar al enemigo; no conocían el miedo, la sensatez ni cuando era el momento de retirarse. Y su número no se agotaba. Empezaron a alcanzar la barricada de las mesas con aquellos saltos enormes de los que eran capaces de realizar, sus cuerpos eran descuartizados en el aire.



Para Helen



Escaleras abajo dejaron un reguero de cuerpos de nocturnos fragmentados. Una zarpa hirió en el brazo a Sandro, que apretó los dientes y pateó a la bestia. Salieron al exterior corriendo y disparando como posesos, cubriéndose mutuamente, desplazándose entre las sombras en medio de la zona apenas iluminada artificialmente. Algunos nocturnos los siguieron, acosándolos, pero la mayoría se quedó en las inmediaciones del edificio o treparon de nuevo por las escaleras.

Se detuvieron en una esquina. Recuperando el resuello, en la dirección indicada por el suboficial. Vieron a los nocturnos, en los tejados, en las calles, decenas de ellos. Una escena dantesca. Se escuchó a Sandro por el transmisor:

- Sargento, chicos. Son…docenas. Son docenas y docenas. Joder. –Se dirigió a Helen y el resto-. Movámonos rápido hacia ese helicóptero.

Así lo hicieron. La ametralladora inteligente de Helen derribó a toda cosa viva que se movía alrededor. Viviana y Svenson guardaban las espaldas, Helen en el centro, Sandro y Carlo delante. Sandro era tan imparable como esas bestias, no le iba a la zaga Helen ni ninguno de sus compañeros. Se desplazaron bastante deprisa, empezaron a no encontrarse con casi ninguna resistencia. Algún bicho les atacaba o brincaba encima, sin embargo la mayoría los vigilaba desde las alturas o los seguía a una distancia prudencial. A veces, de pronto, se abalanzaban sobre ellos sin aviso previo, una docena o más, viéndose obligados a refugiarse en alguna entrada de los edificios.

Cruzaban una calle cuando un nocturno se abalanzó desde un tejado sobre la espalda de Svenson. Lo derribó y antes de que Viviana pudiera dar cuenta de él ya había hundido sus acerados colmillos en el cráneo del pobre hombre. Se sacudieron sus extremidades unos pocos segundos y quedó luego rígido. Tuvieron que dejar el cuerpo, y al mirar atrás vieron media docena de esos animales devorándolo. Otros cuantos los persiguieron.

Llegaron a las inmediaciones de un puente, Helen cada vez más convencida d que eran producto de las manipulaciones genéticas de una corporación. Miraron arriba, se veían despejados los escalones que ascendían a una altura de veinte metros. Luego la plataforma del puente, cincuenta metros, que enlazaba con otro y salvaba el desnivel de la montaña en ese lugar. Observaron bestias agazapadas en toda su extensión. Viviana les llamó la atención al otro lado, un vehículo semejante a un jeep aparcado atravesado en medio de la calzada, a unos veinticinco metros de ellos. En campo abierto y sin protección alguna. Podía o no funcionar y llevarles hasta el transporte aéreo evitando el puente a través de las rampas construidas a tal efecto. Dos opciones.







Helen McFersson


Los nocturnos eran unas bestias feroces. No era la primera vez que se enfrentaba a engendros de laboratorio crecidos de modo salvaje, pero sabia que no podía confiarse ni desconcentrarse. Al igual que los "peludos", ella también tenia que ir matando a su paso. Uno de los chicos de Yamec cayo, pero al ver como lo destrozaban otros siguió su camino sin dedicarle mas pensamientos. Cada segundo era un metro menos, no había tiempo que perder.

Viviana, una vez más parecía ser su ángel de la suerte. Y ya iban tres con esta!. La primera, salvándole el pellejo sintético, la segunda haciéndole saber las debilidades de "su raza", y ahora ahorrándole el difícil y casi segura emboscada en el puente que llevaba al helicóptero. Había otro modo de llegar al helicóptero, era un riesgo que merecía la pena intentar.

- Vamos a ese vehículo. Esos bichos parecen no saber cuando están muertos, ni cuando están cansados. Llegaremos además al helicóptero más rápido.

La sintética se sentía asombrada, y también sentía algo de admiración por el creador de aquellas bestias. Eran un extraño cóctel de cerebro de insecto, las habilidades de un felino, y una resistencia de un reptil. Su munición y sus armas eran eficaces si, pero cada vez menos. Sintió rabia por no poder haberse llevado el blaster y una armadura mejor. De nada servia lamentarse ya que ella no tuvo elección, intento usar esa rabia para correr más deprisa.



Anexo para Helen



El grupo siguió a Helen hacia el pequeño vehículo. Corrieron disparando al frente y hacia atrás. Viviana y Helen a la par, un felino saltó sobre esta última y la sintética le reventó la cabeza con una ráfaga de la ametralladora. Otro le alcanzó con un zarpazo en la pierna, un roce únicamente, Helen le propinó una patada y girándose los proyectiles lo destriparon esparciendo sus entrañas por el suelo ensangrentado.

Helen llegó la primera al jeep. Viviana la cubría, apoyada en los costados del vehículo, mientras Sandro, unos metros rezagado en la retaguardia, con una rodilla en tierra, eliminaba a los engendros que se abalanzaban sin temor alguno a la muerte, con una furia desmedida y frenética.

-¡Pon en marcha el puto jeep, Helen! –Bramó Sandro-.

Carlo se encontraba en el vértice derecho del imaginario triángulo formado por Sandro, Viviana y Carlo, protegiendo a la piloto que manipulaba en el panel de mandos y el teclado. Con sus recientes conocimientos su base de datos le mostró lo que podía llegar a hacer, hasta donde alcanzaban sus habilidades desconocidas, fue como una puerta de los secretos recién abierta. Se conectó al ordenador del jeep y lo puso en marcha. El motor rugió al primer intento, en perfecto estado.

Viviana ya estaba arriba, Sandro retrocedía hacia el vehículo. Carlo estaba siendo rodeado y una de las bestias logró derribarlo. Viviana lanzó un agudo grito de dolor y cayó hacia delante sobre el asiento de atrás, un nocturno le había atravesado la coraza en la espalda de un tremendo zarpazo. Su cabezota de dientes duros como el metal se balanceó mirando a Helen. Otro nocturno saltó sobre el capó y un tercero en la parte de atrás, no lejos de Viviana.






Helen Macfersson (Anexo)


Helen miro al nocturno cara a cara esperando en esa fracción de segundo oler su propio miedo, pero solo percibía un fétido aliento mezclado con el olor metálico de la sangre. La fracción de segundo siguiente, su pistola escupía plomo sobre el nocturno quitándole la preocupación de matar.
- Viviana, ya se que duele pero si no te ocupas de los laterales con la metralleta inteligente olvídate de lo que queda de vida, y de las nuestras de paso. Sandro monta de una puta vez y ayúdala un poco.

La idea era avanzar esquivando o atropellando a los nocturnos que se pusieran delante. No era una de sus mejores ideas, de echo le parecía una idea muy mala, pero no tenia otra. Volver no era opción. Carlo estaba muerto desde el mismo momento en que le cayó un bicho encima, y Viviana... prefería no hacer conjeturas. Viviana había tenido la suerte de caer herida dentro del jeep, sino se hubiera visto obligada a darla por muerta. Estaba claro que esos bichos sabían matar y no daban oportunidades sobre aquellos que golpeaban con sus zarpas. Se centro en llegar, como fuera, al helicóptero. Luego estaba el problema de hacerlo despegar, tendría que olvidarse de las comprobaciones y despegar tan pronto los rotores tuvieran propulsión suficiente. Ahí Sandro y Viviana iban a pasarlas putas. En esos escasos veinte segundos, podría pasar cualquier cosa, Helen ayudaría a cubrir los otros ángulos.




Jake Rivers

Al menos acaba de comprobar algo, no tienen miedo. Resulta sorprendente, casi todos los animales que él conoce acaban teniendo miedo de ser masacrados. Estos siguen viniendo sin ningún reparo, a pesar de encontrar la muerte uno tras otro. No les importa, han salido a buscar sangre y morirán por conseguirla. Es la peor clase de enemigo que se puede encontrar. Cuando uno combate contra humanos sabe lo que puede esperar. Ya deba atacar o defender, siempre se puede encontrar alguna lógica en el comportamiento enemigo. Incluso si te estás defendiendo contra un número aplastantemente superior de efectivos, comienzan a plantearse mejor sus ataques cuando pierden las primeras oleadas. Ahora no tienen esa ventaja. Da igual si son unos salvajes a la hora de despachar a estos gatitos, siempre van a venir más sin tener en cuenta su propio destino.

Tanto él como sus compañeros aguantan bien, lanzándoles una lluvia de plomo a cada instante. Por su parte, Rivers queda más que satisfecho con la nueva adquisición. Se pregunta cuantos años tendrá que esperar, si regresan a su propio presente, para que desarrollen un arma como esta. En contadas ocasiones había visto los proyectiles atravesar el primer blanco para impactar en el segundo. Con esta preciosidad lo consigue a cada instante. ¿A cuantos derriba por cada disparo?, resulta imposible contarlo. Tenían que haber intentado hacerse con unas pocas más. Incluso así la situación sería mala, pero al menos mejoraría un poco.

Podrían aguantar bastante tiempo aquí, pero la habitación está comenzando a ceder. Quedan tan solo unos segundos para que todo se desmorone como ya lo hace el techo. Por cada nuevo agujero entran más de esos “nocturnos”, incluso llegan a los civiles, justo lo que estaban intentando evitar. Esto está apunto de convertirse en una posición indefendible. Alguien sugiere ir a la habitación contigua, pero allí no hay ninguna salida, será como entrar en una ratonera. Aún así, no tienen más remedio. –Vamos, moved a los civiles primero- él retrocederá más lentamente, protegiendo la retaguardia… y esperando que los demás le cubran.

Incluso cambiando el lugar, volviendo a formar para cubrir las entradas más fáciles, no habrán arreglado nada, al contrario, solo habrán retrasado lo inevitable pues se encontrarán completamente encerrados. Aguantar toda la noche es imposible. Incluso con los estimulantes de Dillon, los reflejos comenzarán a fallar tras unos minutos de fuego continuado. Las paredes también cederán, y el techo. Todo eso si no se les agota la munición antes. Por eso jamás ha sido partidario de encerrarse en una situación extrema, te quedas sin alternativas.


Dillon también ha pensado en lo mismo*, necesitan un plan de emergencia. Están en un segundo piso. Mientras Rivers piensa en preguntar hacia que dirección quedan las escaleras, porque las paredes son un impedimento tan pequeño para los marines como lo son para los nocturnos, Dillon recuerda algo más simple y probablemente eficaz, llevan cuerdas encima. Pueden atar unas cuantas, prepararse para evacuar en cuanto el vehículo esté cerca o cuando simplemente ya no puedan aguantar más tiempo aquí dentro. Es una buena idea, o al menos la que le parece más aceptable. –Que alguien busque un punto firme para atar un par de cuerdas. Cuando debamos irnos o ya sea imposible quedarnos aquí, que bajen un par de los nuestros primero, luego los civiles, y por último los que aún estemos aquí arriba mientras nos cubren desde abajo. Tengo más potencia de fuego, me quedaré el último. En cuanto toquemos suelo deberemos formar un perímetro solo entre nosotros porque ya no quedará nada para cubrirnos- Le parece lo menos descabellado… luego recuerda un dato importante, él no está al mando. –¿Te parece bien, sargento?-

Si les parece bien, no tiene más que poner en marcha el plan. Buscar un buen sitio para aguantar hasta que sea imposible, y abatir a tantos de esos gatitos como puedan. Cuando le toque descender, si llega ese momento, tiene claro que no lo hará poco a poco, de forma segura y progresiva, sino deslizándose por la cuerda. En el peor de los casos, dos pisos no son mucha altura para una caída, es más importante evitar las garras y mandíbulas de estos animales. Tan solo es necesario amortiguar bien la caída, tanto si se desliza como si algo corta la cuerda o él ve necesario soltarse. Flexionar las piernas al tocar suelo y rodar hacia un lado. Lo han hecho cientos de veces. Luego situarse para seguir cubriendo y confiar en que los demás traigan el maldito helicóptero… si es que funciona, porque la suerte no está de su lado últimamente.




Dillon Frost


Presente, pasado, sin futuro. Sacón las dosis. Un compuesto químico experimental que hacia subir la adrenalina igual que la tabla de ventas de un centro comercial el día antes de Navidad. Gasolina en las venas, veneno en la cabeza. Chispas en el corazón.

-El desayuno de los campeones.-Y soltó una risa aciaga. Inyectó a todos sus compañeros. El dolor se esfumó. Era consciente, a duras penas, de que su carne seguía quemada, de que trozos macilentos se desprendían a veces. Ahora podía ignorarlo perfectamente. Escuchó el tic tac de un reloj. Tic, tac. El momento de salir, el momento de empezar. Tic tac dentro de su cabeza. Tic, un latido, tac, un parpadeo. Tensión, sudor. Música en sus oídos. ¿Cómo podía escuchar el reloj?

Abrieron la puerta. El viejo rock and roll enmudeció por la sintonía que había sido la banda sonora de su vida. Balsani, Carlo, Helen, Viviana y el apoyo civil. ¿Volvería a verlos? No era tiempo de ponerse nostálgico. En cuanto salieron, los abandonaron a su suerte cerrando la puerta tras ellos.

Ellos se quedaron dentro. Sin escapatoria. ¿Y quien la quería? Si saltaban ahora dejarían anonadados a todos. Si, ellos podían escapar. Los civiles no. Saltar. De nuevo la mezcla de realidades. ¿Qué era la realidad?¿Estaba él allí, sudor en la frente y el fusil en las manos o estaba en otro lugar, quizás en su hogar, Marte, mirando desde una ventana el negro vacío? No había lógica, no había sentido. Todo era irreal. Sueños y pesadillas. Había que romper la sensación, lo que veían, lo que creían, a golpe de gatillo.

Saltaron los armarios, destrozados. Aparecieron las bestias. Los llamados Nocturnos. Gatos hiperdesarrollados con malas pulgas. Había visto cosas peores. A Sandro cuando se despertaba. Rabiosos, como diablos. Entraron. Empezó la escabechina. La cacofonía de las armas reinó durante unos momentos dejando tras de si un páramo lleno de sangre, restos de hueso y casquillos vacíos. Le dio una calada al puro y asintió mientras su arma seguía martilleando en sus manos. Sintió el miedo de los civiles. "Que se callen, joder. Los marines están aquí". Pólvora y el hedor de la muerte. El nuevo juguete de Rivers hacia las delicias del psicópata de su compañero.

-Las navidades se han adelantado para ti ¿eh? Ho, ho, ho.-Ráfagas cortas, medidas, directas al cerebro, o tiros rápidos que barrían la zona. Los Nocturnos quedaban desmenuzados. Y venía más. Sabía porque eran tantos. Allí estaban todos. Varias generaciones. Del pasado, del futuro y del presente. Si, toda la puta raza estaba allí congregada. ¿Realmente no estaba en Marte mirando por una fría ventana al exterior mientras esperaba a que su café se enfriase? No. Eso nunca había pasado. Ya solo conocía esa vida.


Estaban preparando un gran banquete para los carroñeros. No iba mal la cosa. No habían contado con que las paredes tenían que aguantar. Ellos eran más duros que la roca y el acero. Resistirían. Las paredes no. Todo empezó a venirse abajo. Cayeron. Hirieron al sargento. Ni siquiera lo notaría. Una de las civiles no tuvo tanta suerte. Su cabeza salió despedida como un juego perfecto de un golfista. El palo adecuado. Defendieron el perímetro. "El problema es que el perímetro se está yendo al carajo".

Empezaron a saltar sobre ellos.

-¡Plato!-Gritaba cuando veía uno en medio del aire. Y luego todo eran fuegos artificiales rojos y oscuros. Allí no brillaba nadie. Alguien dijo de retirarse hacia el cuarto de al lado.-Pues vamos, joder. Todos a mover el culo. Usted también señora. Un, dos, un, dos.-Se giró, protegió a los civiles. Corrieron ríos de sangre. Fuentes de sangre, explosiones escarlatas. Un mundo rojo.-Me encanta mi trabajo...-Llegaron a la sala contigua*. Otra ratonera. Al menos esta tenía techo. Rápidamente buscaron una idea para cuando tuvieran que evacuar la zona. Habló con Rivers un momento. No, nada del Sadar. Cuerdas, solo cuerdas. No, no iban a colgar a nadie. ¿Podrían bajar todos los civiles por la cuerda? Si. Era una situación desesperada. No oía los cascos del caballo de la Muerte. Venía a por ellos. Tic, tac, detrás del reloj. Lo escuchaba.

Rivers organizó todo aquello. El muy mamón había cogido los galones prestados al sargento. Y no lo hacia mal. Arrojó su cuerda a uno de los civiles. Que empezasen ya. Dos cuerdas. Bajarían el doble de rápido y así dos podrían quedarse atrás. Rivers se ofreció. Decía tener más potencia de fuego.
-Si, bueno, yo también la tengo grande. Me quedo contigo. Bajamos juntos.-Miró atrás, por la ventana, solo un instante. Seguramente abajo había más de esas cosas.-Si alguien tiene explosivos que los use ahora. Limpiemos esa zona.-El petardeo incesante seguiría. Formarían un perímetro defensivo al lado de las ventanas. Los civiles cobijados. El sargento tendría que bajar el primero, junto con Simo. A Anette tendrían que bajarla. Seguro que tenían un par de cinturones o correas para que alguien pudiese cargar con ella. Sino, se ofrecería él y serían tres para la fiesta final.

Asegurada la zona lo suyo era ganar tiempo. Resistir, aguantar todo lo que pudiesen. Escuchar el silbido de las balas junto a una vieja balada de heavy metal. Que bonita era la vida. Tabaco en los pulmones, fuego en las manos. Y cuando todo empezase a desbordar. De cadáveres, de Nocturnos, saldrían pitando, usando las cuerdas. Aquello no se convertiría en una típica situación de "entre la espada y la pared". Salvo que ellos fuesen la pared y los demás viniesen a estrellarse contra ellos.

Cuando bajasen los primeros marines y los civiles tendrían que estar atentos, disparar en el piso y fuera, cubrir a los suyos. Sería en momento en el que más vulnerables serían. Se quedaría hasta el final, con Rivers, escupiendo plomo y maldiciones, soltando humo por la boca y muerte por el cañón de su arma. Luego saldrían de allí. Bajaría haciendo rappel. Se quemaría la mano por la fricción de la cuerda. Solo era dolor. Ahora podía aguantarlo. Y luego...bueno, luego se verían sumidos en un mar de pelo y dientes donde ya no tendrían cobijo. Resistirían hasta el final. Y más allá.

-When we're living our lives on the edge, say a prayer on the book of the dead. We're blood brothers, we're blood brothers





Simo Kolkka


La poción mágica del doctor era buena. Se preguntaba por que no la había sacado antes. Se la guardaba toda para el, seguro. Sabía la verdadera respuesta, todavía no la habían necesitado antes. Él seguía disparando. La mano no le dolía, aunque sabía que cuando saliese de aquella, o despertase, no iba a ser precisamente una molestia fácil de llevar. Dedicó un momento a mirar alrededor, sin dejar de apretar el gatillo. Los marines que quedaban estaban disparando también, pero había algo en sus rostros que le daba miedo incluso a él. Cuando nacieron eran niños normales. Bueno, seguramente eran del tipo de los que pegaban a otros niños en el parque, pero normales al fin y al cabo. Ahora se habían convertido en bestias. Debía de ser la única manera de vencer a aquel enemigo, empezar a parecerse a ellos. Cuando volvió a sí mismo estaba bañado en sangre y trozos de carne que no sabía de donde habían salido. Si era suyo daba igual lo que hiciese, así que continuó con su labor. Quizás no fuera un sueño, al fin y al cabo. Parecía más bien un videojuego. Los había más sangrientos, pero no con mejores gráficos. Había que conceder que la mujer perdiendo la cabeza fue un buen punto. Rivers tomó el mando, e ideó un "plan". Simo hizo un gesto de negación. Aquella gente estaba loca, pero viéndolo en perspectiva, de momento la mayoría de sus locuras habían funcionado, y aquella vez el tarado con la pistola futurista parecía tenerlo claro.

- ¿Y si hacemos un agujero y pasamos al primer piso? Parece que tenemos invitación.- señala el nuevo juguete de Rivers.


Mitad de caída, un poco más seguro, pero solo temporal. Siempre podía seguir bajando. Por si la idea no cuajaba, empezó a retirarse hacia la ventana. A no ser que estuviese bloqueada no dispararía. Si llamaban tan pronto la atención podían estar perdidos. A no ser que el sargento tomase la iniciativa, o su plan fuese descartado, bajaría el primero. Seguiría con su política de no disparar a no ser que fuese vital, y lo haría con ráfagas cortas y precisas. Los civiles tardarían en bajar, y a campo abierto no iban a poder defenderse si se les echaban todos encima.


jueves, 10 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear - 41



Estaba resultando una de las más duras batallas que nunca habían librado. Machacados literalmente por el fuego enemigo, superados en número de efectivos, armamento y protección, sin embargo lograron abrirse paso a través de todas las dificultades, y quedaba muy poco para tomar el control de la nave enemiga. Pero el coste era elevado, la mayoría heridos, algunos de gravedad; el estado del médico no era para nada el mejor y su ayudante, Anette, inconsciente. Viviana se ocupó de las labores de Anette lo mejor que pudo, examinó también los destrozos en Helen, pero cada soldado usó su medikit con los conocimientos mínimos y exigibles a los miembros de la unidad; se inyectaron a prisa el líquido y sustancias contenidas en las jeringuillas ya preparadas para tales contingencias.

Marines. Los mejores. Siempre.

Deprisa. Con el dolor mordiendo nervios y músculos. Algunos tratando de evitar el desmayo; la adrenalina disparada, la excitación al máximo. Pensando en el siguiente paso, en el último asalto a la sala de operaciones del transporte. El cansancio y la pérdida de sangre se hacían notar en estos momentos de tregua y recuperación de fuerzas. Debían actuar de inmediato.

Dillon se mareaba, no tragó unas píldoras pero hizo que el resto las engullera. Tuvo tiempo y ganas de bromear. Se puso en pie, dispuesto a proseguir con y en la fiesta. Los sedantes calmaron la atroz tortura de sus camaradas, sin embargo él no tomó nada. Quiso ocuparse de las heridas de sus camaradas, sintió un vahído. Dio instrucciones a Viviana y Nela e hizo lo que pudo. Nadie se quejaba. Tipos duros.

- Ninguna baja, Rivers –respondió secamente Sandro-.

Rivers dejó la rebelde en un rincón, respiraba, casi mejor que él; la chica padecía una fuerte conmoción y continuó sin despertar. Yemac la asistió, posó su mano en su frente, bajó la cabeza, cerró los ojos y rezó en un murmullo. Antes afirmó en silencio que sí, que era la nave que estaban esperando, a la pregunta de Helen. La soldado sintética calculaba las posibilidades de éxito definitivo y las probabilidades de supervivencia de cada uno de ellos, el resultado era peor de lo esperado, a la vez que un segundo programa examinaba la operatividad de su propio cuerpo, a un 80%. A su lado, Simo, que había perdido su rifle de francotirador destrozado por el impacto, también requería asistencia médica, no tenía hueso alguno roto, sin embargo la mano era una pulsante pulpa ensangrentada. Viviana le inyectó alguna cosa y el mismo Sandro fue quien le puso un rápido pero eficiente vendaje, al menos teniendo en cuenta la premura y condiciones existentes.

El humo denso, negro y tóxico se expandía por los corredores de ese nivel, cables eléctricos chisporroteaban, saltaban chispas igual que diminutos relámpagos liberados, y el sistema antiincendios se colapsó a la vez que las alarmas emitían sus estridentes graznidos. Las paredes perdieron su consistencia y color. Luego todo cambió.

Un microsegundo. No sintieron nada, tal vez alguno náuseas, un hormigueo en la piel. Estaba oscuro, en penumbras, un par de luces de emergencia emitían una pobre luz rojiza en la estancia rectangular, de 15x10 metros. Un par de mesas de metal, dos ordenadores, archivadores, armarios, sillas. Dos puertas, una a cada extremo. Se revolvieron a un lado apuntando con sus cañones al escuchar respiraciones entrecortadas, suaves gemidos y murmullos de miedo. En la pared de enfrente un grupito de personas se agazapaba, temerosos, sentados o en cuclillas; la mayoría mujeres, algunos niños, varios hombres y adolescentes, un par de docenas. Tan sorprendidos como los marines. Se escuchaban ruidos afuera, gruñidos, el rasgar de unas fuertes garras contra una puerta, golpes en techo, en el suelo, al otro lado de las paredes. En el otro muro una silueta agachada se recortó, armada como vosotros y con el mismo traje: el sargento Kaplizki.

- Habéis tardado, muchachos. Me alegro de veros –igual que si nada hubiese sucedido, con su grave y potente voz. Sin sonreír, como era habitual en él-. Tenía la sensación de que regresaríais.

Perplejos, extrañados, mudos. Miraron atónitos al sargento. Viviana se puso en pie, dio un par de vueltas, gritando de frustración, una patada contra la pared.

- Intenta controlarte, marine. Esto es más de lo que puede soportar un soldado, pero no un marine.

- Pero mucho más de lo que puede asimilar la mente de una persona sin volverse loca – respondió Viviana, aturdida, enfurecida-.

- ¿Cuál es la situación, sargento? –Preguntó Sandro-. No parece buena.

- No lo es. Vosotros venís de una fiesta, por lo que veo, debió se duro.

Sandro: Le fue peor al enemigo.

Sargento: Así debe ser, muchachos. Escuchad, no hay tiempo para explicaciones. Las cosas están así: Dieciocho civiles que sacar de aquí, un helicóptero de transporte a trescientos metros. Sin piloto, hasta ahora –miró con intención a Helen-. Una distancia entre edificios y terreno abierto, cuajado de unos desagradables bichos peludos. Es de noche, cuando esas cosas salen. Depredadores de afilados colmillos y garras como de acero, con seis patas, se parecen a gatos monteses, mucho más grandes.

Sandro: Hemos visto una foto. Una cacería de bichos.

Sargento: No, no es otra cacería. Hemos de conducir a los civiles de la mina hasta el transporte. Esas cosas son muy agresivas, no son rivales para nuestros rifles, pero son muchas, esa es su gran ventaja, y con un zarpazo pueden arrancarte un brazo.

Los golpes en el exterior se intensificaban, los gruñidos se escuchaban más cerca.

Sargento: Viviana, Carlo, Sandro y uno de los guardias, Svenson – señaló a un tipo grandote que sujetaba una pistola -, junto con Helen os abriréis paso hasta el helicóptero. Dirección noroeste. Traedlo aquí. Prioridad que Helen llegue a ese trasto. El resto aguantaremos aquí, lo que podamos. Después nos pondremos en marcha si no queda otro remedio. Phillips nos ayudará – otro hombre, alto, enjuto, con un rifle, asintió con la cabeza -. Moveos, muchachos. Estamos en un segundo piso, hermético. Atención cuando abramos la puerta.



OFF

Solo habéis “saltado” vosotros, los marines. La situación es extrema, pero tenéis tiempo de algunas preguntas, las mínimas. Eso, y a ponerse en marcha y a afrontar lo que vendrá en breve.

Recordad que vuestras condiciones físicas no son las mejores.





Dillon Frost

No podía hacer su trabajo. Así de simple. Estaba hecho trizas. Apenas sabía como seguía consciente. El dolor era mareante. Era necesario. ¿Cómo iba a mantenerse despierto si se tomaba un sedante? Cansancio, fatiga, horas de lucha…pasaba factura. Esa noche, si llegaba a ella, dormiría como un bebé. El dolor le molestaba, igual que una avispa detrás de la oreja. Le mantenía despierto, vivo. La mejor receta. Sus compañeros se ocuparon de si mismos. Bien por ellos, no quería mimarlos demasiado con sus cuidados. Hasta Sandro hizo un vendaje aceptable. Rió ante la broma de Simo. Y era una risa seca y negra.

Nadie le dijo “Tranquilo, Dillon, es verdad que estamos despegando”. No. Porque no lo estaban haciendo. No temblaba la nave, Temblaban ellos. Le dio una calada al puro y sonrió a Yamec.

-No has rezado lo suficiente, Yamec. Un par de rosarios más y nos hubiéramos quedado al segundo round.-Apenas nada, un momento. Menos que lo tarda un ángel en bailar sobre la cabeza de un alfiler. Y allí estaban. O más bien…no estaban. Sintió un cosquilleo en la nunca. Adiós a Yamec, a su historia, a su línea temporal. Aquello era otro momento, otro lugar. Había gente allí. Una oficina. Y un hombre armado. Parpadeó. ¿Acaso era cierto lo que veían sus ojos? ¡Un marine! Y no solo eso. Uno de los mejores. Otra calada al habano, esta supo a gloria.

Viviana, frustrada, mostró como todo aquello la estaba volviendo loca. Él, convencido, dio un paso al frente. “Sargento, me alegro de verle. Tenemos que sacar a esta gente de aquí. Junto con Yamec y sus rebeldes podremos asaltar el centro de mando de esta jodida nave para despegar y….”. ¿Y qué estaba diciendo? Ya no estaban allí. Todo le daba vueltas. Los engranajes de su cabeza se atoraron, retrocedieron y al final explotaron. Se golpeó la cabeza con la palma un par de veces, sin darse cuenta de ello. Algún sentido, algo de lógica.
-La transmisión que oímos. Una mujer pedía ayuda. A marines, en una colonia. No esperaba a nuestra unidad…pero ya que estamos aquí, de paso.-Si, eso serviría. Para encajar un par de piezas. Tenía la mitad del cuerpo destrozado y ese último “salto” le había hecho perder la cabeza. “Mientras no pierda las pelotas todo irá bien”.

Escuchó al sargento. Una nueva misión. Civiles que rescatar. Niños, jóvenes y mujeres. También hombres. Meros hombres. Un marine va allí donde se le necesita. Senderos de muerte y ríos de sangre. Lo veía todo rojo. El dolor, atroz, devorada la parte macilenta y tumefacta que quedaba de su cordura. Un nuevo objetivo. Los Nocturnos. Así los habían llamado los rebeles que aún no habían nacido. Ajá, claro. Todo está bien. El universo gira alrededor de un eje. A veces, se disloca, se aparta de ese eje y gira alrededor de…otro, y uno salta de un lado a otro matando gente por motivos que cree nobles. Pero no se queda lo suficiente para ver si eso sirve de algo.

Rememoró. Ahora. Bueno, dentro de unos cuantos años, habría un pequeño Dillon Sigma danzando por ahí. Eso estaba bien. “Llegarás a sitios donde muy pocos han llegado”, decía la publicidad del panfleto de los marines, “Ya te dijo, joder. No te lo puedes ni imaginar”.

Tenían órdenes. Estar loco o medio muerto no era excusa para no cumplirlas. Dos puertas que defender, civiles que proteger.

-A sus órdenes Sargento.-Antes de empezar a moverse recordó algo. A los demás les extrañaría no ver al cabo ahí.-El Cabo Benley ha muerto…luchando como un marine.-El final del secreto. Al menos se quitaba un peso de encima. Uno pequeño. Cogió a Anette y la dejó con alguno de los hombres, civiles. Les indicó que no tocasen el arma, que la mujer querría tenerla a mano cuando despertarse. Si tenía que correr, que dos cargasen con ella y otro con su equipo. Si la dejaban atrás les patería el culo.

Se reincorporó y sacó sus cigarrillos. Pura terapia.

-¿Alguno fuma?-Ofrecería cigarrillos a sus compañeros y a los civiles. Un acto trivial que servía para quitar tensión al asunto. Buscó un cigarrillo y dejó caer la ceniza de su puro en él.-No juguéis con fuego, chicos.-Les dijo a los niños.-Es peligroso. Pero no tanto como nosotros. No temáis. A efectos prácticos es como si estuvieseis ya en ese helicóptero. No tengáis miedo. El miedo…pufff, como el humo. Que se vaya. Somos marines, los mejores de este siglo, del siguiente y del anterior. Ja. Haced lo que se os diga con rapidez y saldréis de esta.-Claro que sí, joder. Ellos no fallaban.

Se detuvo delante de Phillips.

-¿Sabe manejar eso, vaquero? Si, seguro que si. Quédese con los suyos y deje que hagamos el trabajo pesado.-Lo que menos quería ahora era un aficionado jugando a los pistoleros.-Dispare solo si es del todo necesario.-Miró al techo, escuchó el rasgar de las criaturas. La demencia penetrando densamente por su cráneo con garras y dientes.

Miró las mesas.

-¿Unas barricadas muchachos? Podemos usar los armarios para bloquear las puertas y las mesas para cubrirnos nosotros. Al menos sabremos que esas cosas no nos morderán las pantorrillas.-Humo oscuro saliendo de su boca.-Daremos fuego de cobertura al grupo que va al exterior. Luego, estarán solos para el rock and roll. El último baile del día. Te lo vas a pasar de miedo ahí fuera, Balsani. Tú y tu gatillo fácil…-Otra calada. El cáncer negro tiznando sus pulmones.

Sacó su equipo. Contó los cargadores que le quedaban, vio si el cuchillo estaba afilado y amartilló la pistola. Miró el botiquín. El suyo era más grande y mejor que esos kits de socorro que llevaban los demás. ¿Le quedaba algo de su magia?* Cargó el rifle, lo acarició. Todo estaba bien. Todo iría bien. Simo había perdido su arma, igual que él.

-Has perdido a tu larguirucha, Simo. Betsy acabó quemada. Tendremos que hacer esto como los demás mamones de la unidad.-Un chiste, sin humor, apenas sabía lo que decía.

Se acercó a la pared opuesta y sacó el cuchillo. Empezó a rasgar la pared para dejar una inscripción para tiempos venideros. “La unidad Sigma estuvo aquí”, y debajo puso los tres años. El suyo, del que nunca debían de haber saltado, el de Yamec, y el de “ahora”, con esos civiles y los nocturnos. Miró el filo, algo mellado ahora en la punta. Se quedó prendado unos diez segundos, como ido, maravillado de la dureza del metal. Otra calada, una larga. Terminaría el puro antes de morir.

Se colocó el auricular en la oreja derecha y en la izquierda…sacó uno de sus viejos cascos y lo acopló. Le dio al play y dejó que la música lo invadiese. Se colocó detrás de una de las mesas, clavó la rodilla en el suelo y esperó, en buena posición, para tener cubierta una de las puertas. No estaba en condiciones de dar cobertura a los demás. Se quedaría allí y aguantaría. No iban a pasar de allí. Eso, por sus santas pelotas. Se podía palpar la tensión, suculenta y abultada como los pechos de una furcia. Saltaban, androides, antimateria, nocturnos, civiles, rebeldes, un bebé, el coronel, traición, el teniente, cuerpos traslúcidos, un androide entre ellos, nuevos modelos, el adiós a Betsy, el adiós a muchos, fuego, dolor, el olor del puro, volver a casa, el hogar. Lorna, sobretodo Lorna. Algo con dientes afilados más terrible que todo eso…oscuridad, una negra y basta oscuridad. Y un final.
Sin cerebro, solo un mar dantesco de brea en su lugar donde los pensamientos racionales se asfixiaban.

Decidió cantar para alejar cualquier clase de pensamiento que no fuese apretar el gatillo. Iba a aguantar hasta el final. Hasta el puto final.
-Oh baby, ye-e-e-eh baby, woo-o-o-oh baby, havin' me some fun tonight…





Jake Rivers


Despertar de una pesadilla para encontrarse en otra, esa sensación tiene Rivers cuando vuelve a haber algo de luz. Hace unos segundos estaban en el futuro, tras luchar contra soldados mejor preparados, con equipamiento más moderno, estaban a punto de abandonar el planeta ¿En busca de qué?, tal vez de nada, solo importaba encontrar una salida. Ahora, un parpadeo después, han regresado a su tiempo, o quizás a un tiempo intermedio, junto al sargento.
-¿Esto es el pasado?, ¿el presente*?, ¿un futuro anterior?, ¿posterior?- Se pasa la mano izquierda por la frente. Podría decir encontrarse frustrado, confuso, y no mentiría, pero se quedaría corto. –¿De qué ha servido todo esto?- ni siquiera saben si la batalla ha tenido lugar, o lo tendrá. Otros compañeros tienen mucha más idea de física, de teorías sobre viajes en el tiempo, sobre antimaterias. Él solo tiene claro el dolor de las heridas. Podrían haber tomado parte en algo que no ocurrirá nunca. Es más, ¿cómo puede saber si ha ocurrido?.

Justo mientras lo piensa, Viviana grita, girando sobre si misma. Él había tenido la misma idea, ahora sabe lo ridículo que quedaría, pero no puede culparla. Tienen motivos para volverse locos. Rivers cree llegar a sentir la cordura escaparse poco a poco de su cerebro. Necesita saberlo, averiguar si realmente todo aquello ha pasado, o pasará, si no ha sido producto de su imaginación. Tal vez no se haya movido de aquí, tal vez el veneno de aquel bicho le haya mantenido inconsciente, delirando. No explicaría el grito de Viviana… pudieron herirla a ella también tras caer Rivers inconsciente. Palpa la espalda, el rifle del soldado enemigo debería estar allí**. Un rifle mucho más moderno, más avanzado, con la culata manchada de su propia sangre. Si está allí es una prueba irrefutable.

Dillon ofrece otra prueba más contundente. El cabo ha muerto. Preguntó si había bajas, nadie le respondió, pero tampoco vio a Benley allí. Pensó que debía estar en otro punto de la nave, ahora ve su error, simplemente no estaba. ¿No debería haber viajado su cuerpo con ellos?, incluso una prueba como aquella presenta más dudas, más motivos para no creer nada de lo ocurrido. –Deja de engañarte. Fue real, esto es real-

Se concentra en respirar hondo. Han recuperado al sargento, es la primera buena noticia –Me alegra volver a verle, sargento.-. Kaplizki sabe que vienen de una “fiesta”, es difícil no verlo cuando todos están hechos polvo. Responde con la frase más típica de los boxeadores –Tenía que ver como terminaron los otros- Sonríe. Necesitaba decir algo así. Sigue sin saber que pensar de todo esto, como debe sentirse. La confusión es demasiado grande, tal vez no la acaba de superar en muchísimo tiempo. Por eso ha recibido la misión del sargento como agua de mayo. Algo en que pensar, algo para alejar la mente de los viajes temporales. ¿Volverán a desaparecer cuando todo esto termine?, tal vez, y entonces será él quien grite a todo pulmón. Ahora deben concentrarse solo en proteger a esos civiles… civiles una vez más. Espera que esta vez nadie lleve una maldita bomba encima.

Aquí la situación tampoco es buena, nada buena. Hablan de monstruos peludos. ¿Acaso algo así puede existir en este mundo? –Si, el universo es muy grande- Por algún extraño motivo, le parece más rara la existencia de esos seres que la de hormigas gigantes. Afortunadamente, si ha aprendido algo durante estos días, es a abrir la mente.

Dillon se “relaja” fumando, ofreciéndoles a los demás. Rivers no suele fumar, aún así alarga la mano para aceptar el ofrecimiento. No tarda en encenderlo. Para él no es una sensación agradable ni le sirve para calmarse, pero se trata de una especie de ritual entre soldados desde los tiempos de la segunda guerra mundial. Nadie es no fumador en el ejército. Lo apaga tras un par de caladas.

-Si, usemos los muebles como barricadas- Si esos bichos no van armados, tendrán que superar o romper cada obstáculo en el camino. Es un tiempo extra que puede ser muy valioso. –Distribuyámonos para poder cubrir entre dos cada punto débil. Mientras uno dispara el otro que quede en espera, así no dejaremos de abrir fuego en ningún momento, ni siquiera durante la recarga, porque podremos turnarnos -. Cuando se trata de defender una posición de enemigos que van a correr de cabeza contra ti, es mejor hacer ese tipo de fuego alterno para no darles la oportunidad de acercarse mientras nadie escupe plomo sobre ellos. –¿Te parece bien, Kaplizki?- ya ha olvidado llamarle sargento, era impensable que la costumbre le durase mucho más. Recarga la pistola para estar seguro de tenerla lista en el momento adecuado. –No podemos abatirlos justo en la entrada, luego nos entorpecerían al salir. Debemos dejarlos aproximarse un poco.- Toma posición de inmediato. –¿Alguien sabe si esos bichos tienen miedo?- ríe un instante –Porque vamos a darles motivos para sentirlo-. Buscar blancos claros, apuntar a la zona de la cabeza, todos los seres que conoce mueren más fácilmente así.

Se gira hacia los civiles –Que ningún listillo trate de rebasarnos. Quedaos entre nosotros o estaréis solos. Ya he cubierto mi cupo de cargar con pesos muertos por hoy-

Dillon comienza a cantar. –Menudo momento para descubrir su vena artística-. Bate la cabeza lentamente. Para él solo hay una música digna de los marines, la producida por las armas. En esa es un auténtico virtuoso y hoy está dispuesto a hacer sonar su obra maestra.



*Obviamente se refiere a su propio tiempo




Helen McFersson


Una de las cosas buenas de estar juntos, pensó Helen, era que los problemas tendían a morirse o acabarse en poco tiempo. Eran un buen equipo, aun con sus diferencias, pero se hacían entender y cada uno en su especialidad era sorprendente. La androide pensó que una vez se acabaran los problemas, podría buscar el lanzador de plasma, analizar la piel sintética de sus homónimos, reparar la suya y por que no... Aprender mas sobre si misma y esa nueva habilidad de internarse en el alma virtual de ordenadores y computadoras. Había tenido suerte de no haberse topado con "demonios", y sabía que debía estar preparada para eso si volviese a suceder.

Sin embargo, algo similar a la energía estática le anticipo un microsegundo que iban a "saltar" en el tiempo una vez más. Sus deseos y anhelos desaparecieron de su memoria y los reemplazaron por algo similar a la desesperación y la rabia. Rabia debido a la impotencia, o mejor dicho como resultado de sentirse como una pieza de ajedrez que pasa de un tablero a otro por el dedo caprichoso de algún dios, o como ella había analizado anteriormente, como resultado de la infección de la bomba de antimateria.

Se preguntaba, apenas sentía todo eso si irían mas al futuro o al pasado. Al menos todavía, solo habían tenido una experiencia al encontrarse a si mismos, por lo que daba por echo que no había líneas temporales paralelas. La voz del sargento le indico habían vuelto al pasado. Por sus palabras pudo deducir que para el apenas habían pasado unas horas.

Viviana se encolerizo, no fue la única. Alguno como Dillon, rozaba el límite de la locura. Los únicos aparentemente menos afectados eran ella misma y Sandro, ya que la demencia la llevaba dentro. Esperando que algo le encendiera el interruptor para liarla.

No había mucho tiempo, se trago las preguntas superficiales y detalladas. Improvisaría según las circunstancias, acorde a su entrenamiento. Cuando el sargento le dio ordenes Ghost se sintió mejor, y tras recoger su escaso equipo y la metralleta inteligente se sentía dispuesta. Tenia que sacar a dieciocho civiles como fuera. Iría detrás de Svenson hasta llegar al helicóptero. Rivers sugirió montar una resistencia, a Helen no le parecía buena idea.
- No seria mejor buscar otros vehículos y alejarse mientras llegan?. Si buscan comida tan desesperadamente, es probable que la sacien sobre sus heridos. Y dado que son grandes felinos, el que mas se mueva tiene la ventaja. Aquí, solo tenemos la sorpresa inicial a nuestro favor. Luego, solo somos comida. Sobre un vehículo, podemos herirlos para que sea el olor de su sangre el olor reinante sobre el que se puedan abalanzar.




Anexo Helen


Sargento: Si encuentras esos vehículos, traedlo. No he visto ninguno de ese tamaño para todos. Además, no hay tiempo. No tardarán en entrar. Pero si tenéis la suerte de encontrar alguno para alcanzar al helicóptero, genial. Quizá no quede otro remedio que salir ahí con todas estas personas pero por ahora prefiero arriesgarme y resistir aquí las embestidas. Por lo que he visto de ellos, no buscan solo saciar su hambre, llevan en la sangre el instinto de matar. Poneros en marcha.





Helen McFersson. Anexo


- Muy bien - dijo la piloto. - Cual es el punto de encuentro con los civiles?

Helen no entendía al sargento. Quería ser un mártir o un héroe?. Una introspección sobre su situación tampoco se lo ponía mucho mejor. A decir verdad, estaba en desventaja ya que no sabía donde estaban aquellos animales, y los animales si sabían donde estaban ellos. No tenia ninguna experiencia sobre cuanta munición, o cuantos marines serian necesarios para matar a uno de ellos. Tampoco sabia si eran animales en grado primario o secundario, tal que podrían serlo un tiburón cuyo instinto es matar y tragar incluso sin tener hambre, o un felino terrestre que una vez saciado su apetito aun enfadado solo mata lo que le molesta. Al menos el sargento le había dado dos respuestas que tenía en mente y no había formulado. Una era si llevaban esos animales mucho tiempo en el planeta, la respuesta obvia era que no. Probablemente y siendo optimistas, llevarían entre unos doscientos o trescientos años. La otra respuesta es que si eran criaturas de aquel planeta o no, y resultaba obvio que eran algún tipo de DNA producido por la Weylan u alguna otra corporación con el fin de limpiar el planeta de toda forma de vida en un periodo de quinientos años. Mucho mas rápido que terraformar un planeta de cero.

Cargo su metralleta inteligente, era para ella como un alma gemela; mortal, rápida y de buen diseño. Si llegaba al helicóptero, una vez en el aire... estaba pensando mucho, y probablemente tendría que improvisar ya que no sabía ni de cuanta autonomía de vuelo dispondría, ni otros detalles. La verdad es que dado lo caprichoso de los saltos temporales, parecía una perdida de tiempo pensar a largo plazo.




Simo Kolkka


Le hicieron un apaño en la mano, y se buscó algo con lo que disparar. Siempre había oído que era importante tener buenas herramientas para trabajar. La próxima vez se llevaría munición anti-equipo para su nuevo rifle. Sería un rifle automático. Debía de estar haciéndose viejo. Miró a sus compañeros. Estaban realmente mal. Para alguno el mantenerse de pie era una verdadera prueba de equilibrio. La moral estaba baja. La única pista de que habían ganado era que seguían vivos. De hecho, había visto enemigos muertos con mejor estado de ánimo que el que predominaba en la sala. Un mal día. Ya llegarían los buenos. Al instante siguiente, se encontraba a oscuras, con la excepción de unas luces de emergencia. Por un instante pensó que simplemente se había ido la luz. Un análisis un poco mas detenido dejó claro que no se trataba de eso. Kaplizki estaba allí. Debía de tratarse de un sueño. Seguramente los demás estaban riéndose ahora mismo él en el hangar. Menuda vergüenza, un marine quedándose dormido en una situación de combate. Era afortunado de que las medidas disciplinarias no fueran aplicables en aquella época. Se decidió a por lo menos aprovechar el tiempo para que su cuerpo recuperara energías. Empezaron a planificar una estrategia contra lo que fuera que los estuviera atacando. Parecía serio. ¿Podría ser real? Había visto cosas bastante más raras en las últimas semanas. Decidió no dejarse matar, solo por precaución. El plan era absurdo, lo cual era bastante habitual en la realidad. No sabía como interpretarlo. Algunos empezaron a colocar el mobiliario para dar algo de cobertura, mientras otros se preparaban para salir a correr.

- ¿Y si echamos a Sandro primero para distraerlos? Seguro que les cae bien a los gatitos...- Dillon se puso a cantar. Quizás el también estuviese de que estaban en un sueño absurdo.- Hablando de rock & roll, me pregunto si los Rolling Stones habrán sacado nuevo disco. ¿Podríamos pasar por una tienda de discos cuando subamos al transporte?

Se situó en una posición con buena visión del conjunto y amplia cobertura, o lo más parecido que pudiese encontrar.