martes, 15 de mayo de 2012

Hay muchos traseros que patear - 43



Para Helen


La descarga de Helen a bocajarro reventó media cara del felino, trozos de su cerebro y jirones de carne sanguinolenta así como esquirlas de hueso, la salpicaron. El feroz animal salió despedido hacia atrás y se precipitó fuera del vehículo. Viviana se removía, girándose para repeler con su propia arma al otro nocturno que se cernía sobre ella. Una segunda detonación de la pistola de Helen voló parte de la cabeza de la bestia y en ese segundo de respiro ofrecido por su compañera, Viviana pudo abrir fuego con su fusil sobre el animal, pateándolo luego y tirándolo fuera.

Helen arrancó, su orden de prioridades no contaba ya con Carlo, su fría lógica descartaba que estuviese vivo. Sin embargo Sandro, como humano que era, estaba cargado de prejuicios preestablecidos. Las cortas ráfagas de su armas despejaron unos instantes el camino, se aproximó a Carlo y le quito de encima al nocturno al que propinó una patada en el cráneo y un tiro en la boca. Cargó con el marine y lo subió al jeep, miró con furia en los ojos a Helen:

-¡¿A ti qué coño te pasa?! Nunca has actuado antes así. ¿También te han volado parte de tu cerebro junto con tu bonita cara? ¡Vuelve a hacer algo así y te reviento! - amenazó furioso Sandro a Helen-.


- Calma, Sandro –trató de contemporizar Viviana-. Tiene que dirigir ese transporte.

- ¡Me importa una mierda! ¡Vamos, tira! -replicó Sandro-

Viviana tenía un desgarrón en su armadura y en su espalda. La protección se llevó lo peor, aun así, las garras del animal marcaban ensangrentados surcos. Carlo estaba en peores condiciones, la bestia había golpeado con sus zarpas en la caja torácica y mordido el hombro. La sangre manaba abundante de ambas heridas y mientras Helen conducía a toda prisa con bruscos virajes y sacudidas, Sandro se encargaba de las embestidas de los bichos locales.




Simo, Rivers, Dillon

Retrocedieron a la otra habitación sin parar un momento de disparar. Los nocturnos no se detenían tampoco, inmunes a la carnicería salvaje que tenía lugar a costa de ellos. Por fortuna, no tenían una estrategia astuta, a parte de avanzar para desgarrar, mutilar y asesinar. Por eso encontraron la sala vacía, incluso los desconchones del techo estaban tal como antes. Hicieron pasar a los civiles, protegiéndolos hasta el último momento, sin poder evitar que a un hombre le destrozasen el pecho y la mitad de sus órganos internos se desparramasen sobre el amasijo de vísceras, sangre y desechos animales que lo ocupaba todo.

El lugar apestaba, hedía a muerte, a sangre, a entrañas esparcidas. A terror.

Bloquearon la puerta, Dillon se llevó un ligero zarpazo en el brazo derecho, que casi no sintió, tan cargado de estimulantes y drogas como iba. Formaron una barrera en torno a las mujeres y niños. El sargento miró por la ventana, ni rastro de Helen y los demás. Los nocturnos volvían a la carga contra la puerta, las paredes y el techo nuevamente.

No resistirían mucho.

Kaplizki sopesó la propuesta de Rivers y la de Simo. Afuera no se veía un solo nocturno, ocupados en el interior o azotea del edificio, y seguramente persiguiendo al resto de marines. Era una posibilidad tentadora descender con las cuerdas. Se giró y miró a los civiles. ¿Qué sucedería una vez abajo? ¿Podrían contener en un espacio libre a esos monstruos? El sargento no disponía de tiempo para reflexionar, estaba acostumbrado a tomar decisiones rápidas, efectivas para los suyos. Pero debía proteger a estas personas, no solo a sus soldados. Bajar al piso inferior, quizá ganasen algo de tiempo mientras llegaba el resto de la caballería. Lo que sí resultaba claro es que tanto en un caso como en otro, los nocturnos habrían penetrado en esa estancia antes de evacuarla.

Resolvió resistir hasta que llegase Helen.

Si es que sus camaradas lo conseguían.

En cuanto los detectasen en el exterior sería el caos. El aerotransporte no aparecía. * Eligió una maniobra de distracción.

Ordenó a Rivers que abriese un boquete en el piso, abajo no se veían nocturnos, demasiado concentrados en las víctimas del segundo piso. La sala estaba completamente desordenada y patas arriba, la puerta de acceso abierta de par en par. Aceptó llevar a cabo la idea de Simo, manteniendo esa zona como si fuese un último bastión frente al enemigo. De hecho, así era. No quería arriesgarse a salir hasta que no fuese estrictamente necesario.

Descendieron rápidamente. Primero Simo, Dillon ** y el guardia armado. El francotirador comprobó que las escaleras se mantenían libres, bajó hasta la salida, nada, ningún bichejo. Los civiles descendieron, fue complicado, lento, que mujeres y unos pocos niños terriblemente asustados pudieran descender por las cuerdas. Arriba se quedaron el sargento, Rivers y Anette, decidida a presentar batalla. Serían los últimos, el cebo para los nocturnos.

Quedaban cinco hombres y dos adolescentes para deslizarse por las cuerdas, cuando en ese preciso instante el primer nocturno pudo colarse a través de la brecha para recibir una andanada de Rivers en el centro de su frente. Luego fueron testigos de como la manada criminal penetraba igual que una oleada de destrucción. Kaplizki le susurró a Rivers:

- Cuando se acerque el final, vete. Hay que sacar a esta gente, necesitarán toda la protección posible. Que Dios les ayude, nosotros hemos hecho nuestro trabajo. Y seguiremos haciéndolo mientras nos quede aliento y sangre en las venas.




Para Helen


Perseguidos por algunos nocturnos alcanzaron el transporte aéreo. El ánimo se les borró de la cara, sus expresiones se torcieron, se trataba de un tipo de helicóptero de reducidas dimensiones. Helen saltó del jeep y corrió a la cabina, no estaba cerrada, tampoco la de la zona de carga. Helen subió a bordo y se conectó de la misma forma que lo hiciera a la nave en el futuro pasado; Sandro se ocupó de Carlo, desmayado, Viviana protegía a sus compañeros mientras la una encendía motores, rugían las turbinas del cacharro, giraban los rotores. Sandro tiró afuera todo lo que pudo, dejando espacio libre, pero allí no habría sitio para más de una docena de personas, además de otras tres en la cabina. Maldiciendo, disparó un par de vences contra los pocos nocturnos que se acercaron. Después encontró algo al fondo. Alguien.

Tironeó de la pechera de una mujer de unos treinta años, vestida con blusa y pantalón, descalza y mirada de pánico. Sostenía contra su regazo con ambas manos un grueso maletín. Estaba oculta al fondo, tras unas cajas. Tartamudeando explicó que era la doctora Lern, Brenda Lern. Trabajaba para la Weyland, claro, se había ocultado allí cuando comenzó todo. Logró llegar al transporte, pero el piloto y sus compañeros no. Sollozaba, su rostro ceniciento mostraba las huellas del miedo y el llanto. Mencionó algo más sobre otros doctores y personal de la Weyland que podían restar en las instalaciones de la mina. Sandro bufó y la empujó al mismo rincón, señalando que se callase, ya se lo contaría a su sargento.

Helen manejó los controles y el aparato se elevó. Avisó por el intercomunicador que iban para allá. *** Viviana y Sandro permanecían atentos en las puertas listos para entrar de nuevo en acción en cuanto alcanzasen su destino. Por eso no vieron a tiempo que la doctora Lern se ponía en pie y se escabullía deprisa hasta cerca de la cabina, detrás de esta. Entonces, en cuclillas como estaba, exclamó con voz chillona:

-¡Tengo un detonador termal! Lo haré estallar si no recogen a mis colegas. ¡Les exijo que se dirijan a donde les indico! Ustedes trabajan para la compañía, es su deber. ¡Lo juro, volaré este maldito trasto!

Sandro la fulminó con la mirada. Viviana le paró los pies, segura de que el marine le arrancaría la cabeza de un puñetazo.



Dillon, Rivers, Simo.


Escucharon el aviso de Helen. Tenían una oportunidad. Simo y Dillon dirigirían la ruta de huida hasta el helicóptero. Debían salir y todo daba a entender que mientras sus camaradas resistiesen arriba, ellos contarían con una opción de lograrlo.

Arriba, entraban las criaturas feroces rompiendo lo muros o cayendo desde el techo de la azotea perforado.





Helen Macfersson


Sandro no entendía el porqué lo daba por muerto. No entendía que cada segundo había vidas en peligro. No entendía que por salvar a uno podían morir diez. Sin embargo ella si entendía su egoísmo. Formaba parte del anatema humano. Por ello prefirió no abrir la boca, las posibilidades de que hiciera del tema una bola de nieve eran peligrosamente altas.

Los nocturnos normalmente mataban cuando caían sobre una presa, o los dejaban muy mal parados. A Sandro apenas le habían mordido el hombro y no daba señales de que le tuviera problemas con él. Viviana había recibido una herida similar y se estaba desangrando. La sintética pensó por un instante en hacerla descansar, pero era absurdo. Necesitaban todos los ojos y rifles que tuvieran hasta llegar al transporte.

Y llegaron, pero no era lo que esperaban. Helen impreco, sumando a su suerte entre las pestes que lanzaba. No era un CH47 de transporte militar como todos pensaban, sino un  Bell 206 típico de patrullas. ¿Cómo iban a meter a las docenas de personas?.

- Aquí Helen, Kaplizki. ¿Me recibes? - Hablo por el comunicador - Pensaba habías visto el transporte, porque es obvio que toda esa gente no caben ahí dentro ni en trozos... Un momento, parece que hay alguien con vida.

Así era. Una mujer histérica informo de lo que le había pasado a ella, y la suerte de sus salvadores, piloto y copiloto. Exigía que el helicóptero fuera directamente hacia donde estaban el resto de sus camaradas, un grupo de médicos y personal de la Weylan. Por fortuna, la fortaleza de Carlo para entonces había tocado a su fin y estaba desmayado. Ghost estaba segura que la habría liado. El primer impulso de la piloto, era romperle el cuello de un golpe. Pero inconsciente no les seria de ayuda, y la necesitaban desesperadamente.

- Muy bien, dime dónde están esos científicos. - le respondió a la medico a sabiendas de las reprimendas de sus compañeros.

- Viviana, se lo que estas pensando. Nuestros compis deben estar pasando las de Caín. Pero aguantaran, ten fe. Lo decía Yamec... Vamos a ver si ese grupo de la Weylan tiene más transportes o una fortaleza a prueba de nocturnos.

- Kaplizky. La doctora Brenda Lern dice que, como ella, hay más doctores y gente de la Weylan. Y persuasivamente, con un detonador termal, nos ha solicitado que vayamos a revisar esas instalaciones. Empieza a rezar.






Dillon Frost


Movieron a los civiles. Eran buenos. Los mejores de esta época, la anterior y cualquiera. Aún así, ser los mejores no era suficiente para todos. Uno de los civiles fue reventando. Sus vísceras volaron como serpentinas, de un lado a otro de la habitación, mostrando un cruento espectáculo al que ya estaba acostumbrado. Empezó a preguntarse que clase de hombre era. Había perdido una parte humana. El aspecto del horror. Aquella visión debía haberle dado arcadas, tenía que haberle asustado, incomodado...algo. Lo único que hizo fue soltar un taco y seguir disparando. Para eso le habían entrenado. No había componente humano. Ni miedo, ni tristeza, solo una furia beligerante que amenazaba con consumirlo todo. Incluido a él.

Bloquearon la puerta. Uno de los gatitos tenía las uñas afiladas. No era nada, solo un rasguño. No tenía tiempo para sangrar. Tenían un par de planes. El sargento optó por la sensatez. Rivers hizo un boquete en el suelo. ¿Por qué tenía él aquel juguete para mayores? No era justo. Y ahora el sargento ¿Qué decía? Se concentró a través de la niebla de adrenalina que le nublaba la vista. ¿Qué bajase? ¡Y una mierda!

-¡Me temo sargento que no puedo cumplir esa orden!-¿Iba a ser uno de los primeros en bajar? No. Él se quedaba atrás, con los suyos, en medio de esa vorágine de sangre y vísceras. Era un marine, no dejaba atrás a sus compañeros. Sabía que los que se quedasen atrás lo iban a pasar mal. Quería estar aquí. En el ojo del huracán. Quería ver la sangre correr, esos peludos mutilados por las balas, destrozados y...y...El sargento tenía razón. Él era el médico. Se preocupaba por el futuro de los civiles y de lo que quedase de la unidad. Tenía sus responsabilidades. Era un soldado. Cumplía órdenes que no le gustaban porque estas eran mejor para todos. No podía pensar solo en él, en lo que quería. Eran un grupo. Cada uno hacía su parte. Se sentía mal porque la suya era una de las mejores partes. Una con menos riesgos.
-De acuerdo Sargento. Vuelvan de una pieza. Ya no me quedan tiritas.-Siguió a Simo, abajo, soltando chispas y humo. Se detuvo al bordo del agujero. Podían entrar seis o siete por él.-Rivers, eres un bestia.-Cogió a uno de los niños más pequeños, se lo colgó del brazo y se deslizó, cuerda abajo. Al llegar abajo sonrió a Simo, soltó al niño y dio una calada al puro.-Menudo viajecito ¿eh?

Miró al exterior. Ni rastro de Helen. ¿Dónde demonios estaba?

-No deberíamos salir hasta que viésemos luces ahí fuera.-Miró a los civiles.-En cuanto se lo digamos quiero que corran como cabrones hacia el transporte ¿Entendido?-Miró arriba. Seguían bajando civiles. La seguridad de la mayoría de los civiles quedaba a cargo de Simo y suya. ¿Podrían aguantar hasta que llegase Helen? No lo dudaba. Ellos aguantarían, de los civiles ya no estaba tan seguro. No sentía miedo pero estaba inquieto. Había calma. Era como dormir, enfadado, y despertar en paz. Un cambio demasiado brusco. Igual que pasar de bajo cero a temperaturas cálidas. El metal se agrietaba. Su cabeza, tenía fisuras, se le escapaban los pensamientos. Revisó el arma, contó la munición. Vio si había algún herido al que pudiese calmar. Paseó inquieto de un lado a otro.
No le gustaba. Sus compañeros estaban arriba, llevando todo el peso de la operación. Ellos estaban allí, sin hacer nada. Los Nocturnos no habían llegado hasta allí abajo. Y no lo harían mientras los marines estuviesen arriba. Se mordería las uñas de no ser un mal hábito. Le dio otra larga calada al puro. Escuchó la comunicación de Helen*. ¿Qué decía?¿Qué no entraban todos en el transporte? "Ya los amontonaremos, joder. Aunque tengan que ir atados en las aspas". Macabramente pensó que había sido una bendición que muriesen un par de civiles. El monstruo pensaba, no el hombre. El hombre estaba en una esquina oscura, dentro de su cabeza, desquiciado, lloriqueante y balbuciendo, golpeándose las sienes contra una dura pared.

Volvió a mirar al exterior. Analizó y memorizó la zona. Le indicó a Simo por donde podrían huir con más garantías de ser necesario. Él tenía mejor ojo. Estaría atento por si alguna de esas criaturas se colaba por donde no debía. Ráfagas cortas y precisas. Allí no llegarían en multitud, como arriba. Tendrían que ser precisos.

Luego solo quedaba esperar. Esperar a que el sonido metálico de una máquina les indicase que se habían salvado...o el rasgar del acero y la roca; entonces sabrían que tendrían que vender caras sus vidas. Muy caras. ¿Cuánto vale la vida de un hombre? Se quitó el puro de la boca y lo miró.
-Creo que esto me está matando.-Lo volvió a colocar entre sus dientes y aspiro su negro aroma. Siguió tarareando.-If you're gonna die, die with your boots on...





Anexo – Helen


El sargento respondió a Helen:


- Algo se sobre el transporte. Lo haremos como sea. Vosotros traedlo.

Después, informó sobre la doctora y sus intenciones. La estática era horrible pero la comunicación llegaba inteligible. Kaplizki parpadeó mientras ayudaba a descender a una señora.

- Neutralizadla. Es un impedimento para la misión y si no traes ese trasto aquí ¡ahora!, danos por muertos.



En el aerotransporte las órdenes del suboficial se recibieron con claridad entre chasquidos. En un instante Sandro se encargaría de la doctora. Viviana atendió a Helen, siguió la corriente a la doctora Lern.


- De acuerdo, de acuerdo. Hemos venido a salvarles y usted nos amenaza con ese juguete. ¿Sabe manejarlo? Cálmese, está entre amigos. Iremos a buscar a sus compañeros, pero guarde eso, por favor.


- ¡No! No les creo. Ya se como son todos ustedes, los del ejército. Solo entienden de armas y amenazas y violencia. Pues actúo igual. ¡Lo haré. Juro que lo haré! –respondió, histérica, la mujer-.


Viviana: Ya le ha dicho mi compañera y yo se lo ratifico que nos moveremos hacia ese lugar, indíquenos donde es.



OFF

Helen no puede desobedecer las órdenes, aunque tampoco atentar contra la doctora, a lo sumo desarmarla, pero estás en la cabina, así que tienes que dejar la iniciativa en manos de tus dos camaradas. Si quieres puedes manejar a Sandro y Viviana, o ya lo haré yo. Desde luego tienes posibilidades de realizar alguna acción para ayudarles desde los controles. Claro, e incluso discutirlo con el sargento, pero vamos, tiempo, lo que se dice tiempo, como que no hay.

Ah, te comento de nuevo, el herido es Carlo, Sandro no, es este quien rescata al otro.






Helen McFersson


Después de hablar con el sargento, la sintética murmuro para sí:

-Ordenes son ordenes.


Sabía que sus compañeros habían oído al sargento igual que ella. Miro a Sandro y le hizo un gesto de un puño con los dedos de los extremos; pulgar e índice, extendidos y giro la muñeca. Sandro hizo una mueca que le siguió un gruñido de Viviana. La doctora seguía mirándoles, segura de su baza suicida. El helicóptero se elevó raudo y veloz poniendo altura entre ellos y las últimas oportunidades para los nocturnos de saltar sobre ellos. Activo discretamente el piloto automático y se acerco mirando a la doctora.

- ¿Hacia dónde? -Preguntó, momento en que los inhumanos oídos de la piloto percibían los latidos de sus amigos preparados y tensos.

Cuando la doctora habló, Sandro le agarró las muñecas con fuerza. Casi al mismo tiempo, la piloto le dio un codazo en el estomago, dejándole sin aire unos segundos. Sabía que por instinto soltaría lo que tuviera en las manos e intentaría llevárselas al cuello. Momento en que la soltarían y Sandro recomería el detonador. Helen pensó en tirar a la mujer abajo, para dar de comer a los otros suicidas, los nocturnos. Pero en pago por tan indigno pensamiento, recibió un dolor que le amenazaba con paralizarla por completo.

Giró el cuello a un lado y al otro como si fuera un resorte que le librara de todos los dolores y puso rumbo hacia donde estaba el sargento.




Simo Kolkka


Aceptaron su plan. Ahora era él el tipo sensato. Todos los demás se habían ido muriendo. Kaplizki le mandó bajar primero, junto a Dillon y otro tipo. Al doctor no le gustó, y lo dijo. Por un lado eso demostraba que seguía siendo un marine. Por el otro, demostraba que había perdido algo, eso que durante gran parte de sus vidas le había mantenido callados, por estúpidas que fueran las órdenes. Él nunca había de eso, fuera lo que fuese, así que no lo echaba en falta. Fue el primero en bajar, para encontrarse la habitación vacía. Hizo un rápido reconocimiento. No encontró nada divertido. Dillon bajó, con un niño en brazos. ¿Complejo de Mesías? Posiblemente algo más grave. Mientras el doctor hacía de azafata para los nuevos pasajeros. Arriba la música seguía sonando. Si paraba, las cosas se pondrían feas.


- Pensamiento perpendicular. Fíjate en que camino elige Rivers, y la mejor opción estará a 90 grados. Solo tienes que decidir la dirección.- empezó a preparar toda la munición que le quedase.

Helen parecía estar tomándoselo con calma. Mientras buscaba un sitio donde apoyarse mientras el resto descendía, llegaron las noticias por el comunicador. Miró a los que bajaban. Estaban asustados. Simo no veía mujeres, hombres o niños. Eran todos civiles, sin rostro. Esa parte de la población por la que los marines morían a diario. Al menos solían hacerlo. Cuando el transporte llegase, abriría la marcha hacia el transporte. Si todos seguían las indicaciones de Dillon no habría problemas. Evitaría abrir fuego hasta que el enemigo se echara encima. Disparar antes sería cargarse la distracción que los demás estaban fabricando. Correr y guiar al rebaño. Era un trabajo sucio y aburrido, pero ya había tenido diversión como para aceptar




Jake Rivers


Replegarse hacia una posición más segura, han repetido esa maniobra cientos de veces. Comienzan a moverse los más adelantados, se dan la vuelta tras rebasar a los más rezagados, estos se mueven de nuevo hacia atrás repitiendo el mismo patrón. Entraña sus riesgos, como toda táctica de batalla, especialmente porque suele usarse cuando una posición es indefendible, pero es una forma muy segura de avanzar hacia atrás. Avanzar hacia atrás… Rivers jamás admitiría estar retrocediendo, en su opinión se mueven en la dirección más correcta, eso es todo.

A estas alturas algo tan sencillo no debería causarles problemas, podrían hacerlo con los ojos cerrados. Los civiles no. Es complicado explicarle a alguien que no debe correr tratando de alejarse del peligro, que debe moverse con cuidado para no ir directo hacia la zona de acción del enemigo. Por eso detesta escoltar gente, siempre acaba habiendo problemas porque… no deberían estar aquí.
Ha visto demasiados cadáveres, le resulta difícil lamentar la muerte de alguien a quien no conoce de nada, por brutal que sea. Lo malo es la sensación de estar fallándoles. La unidad Sigma es la mejor de todas, marines coloniales, deberían ser capaces de rescatar una ciudad entera sin sufrir una sola baja. Sin embargo hoy ya han perdido demasiados. Uno solo ya sería inaceptable. Se repite a si mismo que todavía hay más, es necesario seguir luchando duramente para completar esta misión con tanto éxito como puedan.

El sargento decide descender al piso inferior, agujereando el suelo primero. No es mala solución, el techo y las paredes les proporcionarán cobertura durante más rato. Sigue siendo un remiendo, antes o después van a necesitar salir al exterior. Entonces aplicará exactamente lo que tenía pensado hacen en caso de utilizar la venta de este piso, pero debe aceptarlo, cuando se vean obligados a formar un perímetro en el exterior será demasiado complicado. Deben aguantar cuanto les sea posible.

El sargento le dice que se retire antes del final, detesta como suena eso. –No sé si Dios va a ayudarles, pero Jake Rivers sí- sonríe mientras sigue disparando. –Cuando me retire bajaré a Anette conmigo- jamás se deja a un compañero atrás, especialmente con heridas tan serias –¿Has oído Anette?, mantente medio incorporada o me lo pondrás difícil- en estos momentos sería estúpido pararse a pensar si la está ofendiendo –Y espero que nuestro glorioso sargento no piense en quedarse aquí arriba a caer con un mártir. Si no bajas tras de mí, iré al infierno a patearte el culo… sargento-


Hinca una rodilla en el suelo. Cuando la oleada sea muy intensa dejará de buscar blancos tan precisos y disparará haciendo amplios barridos de lado a lado con su nuevo juguete. De verdad lamenta no haber tenido uno así antes. El sargento y Anette se encargarán de disparar a los que se acerquen más, él mantendrá a raya a los demás.

Cuando sea el momento no lo pensará. Se levantará, agarrará a Anette* con poca delicadeza, y saltará con ella hacia abajo. No será una caída agradable, no con tanto peso encima, por eso rodará de inmediato, no quiere romperse los tobillos al tomar tierra.

Su primera reacción será entonces apuntar hacia el agujero. Si asoma cualquier otra cosa que no sea Kaplizki, va a encontrar una muerte prematura. Durante unos segundos, ese agujero será el único camino de bajada que tendrán estos malditos gatitos, y les va a conducir directos hacia el infierno.

Escucha también las comunicaciones con el transporte. –Más bombas, ¡perfecto!- Casi le parece razonable, se metieron en este maldito lío por una jodida bomba, ahora debían encontrarse otra al final del camino. No cree que cueste tanto neutralizar a una civil inexperta. Desde luego la misión es salvarlos, pero si alguno se convierte en un problema para el resto, se le reduce. En caso de ser imposible, se le mata. La vida es simple cuando se tienen claras las prioridades.

En cualquier caso, eso está fuera de su alcance, lo que deben ir haciendo es pensar en una alternativa. Si ha llegado abajo y puede permitírselo, preguntará a los civiles, ellos vivían por aquí. –¿Hay algún otro transporte cerca?, aunque sea por tierra- Un tanque sería mucho pedir, pero cualquier cosa que les mantenga en movimiento podría ser bienvenida. Si no lo hay preguntará por algo que pueda servir de refugio. Si tampoco existe, solo les queda confiar en Helen y aguantar tanto tiempo como les sea posible. Comienza a preguntarse cuantas toneladas de enemigos habrá matado hoy.


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