viernes, 6 de abril de 2012

Hay muchos traseros que patear 28

Sin encontrar nada, perplejos, hastiados, agotados, hambrientos y sedientos, dieron vueltas aquí y allá por las instalaciones mineras. La radio de Viviana permanecía muda y el sonar no señalaba movimiento alguno aparte el de los marines. Encontraron varios carteles, indicaciones e instrucciones en muros y paneles, relacionados con la tarea a la que se dedicaba la mina, avisos, alertas, que no les aclaraba nada. Hasta que dieron con un par de de muros donde con letras grandes, medio borradas, estaba escrito el nombre de una de las grandes compañías: Weyland-Yutani. No es que significase mucho, pues esta inmensa y todopoderosa mega-corporación se encontraba omnipresente en muchos de los mundos descubiertos y colonizados, sin embargo, daba la impresión de que ayudaba en algo a la situación. En realidad era poco más que un efecto psicológico. Pero en otra, aparecía la denominación de la mina, Wey-III, algunas notas sobre el proyecto aunque nada en relación al planeta; el año sí: 2197






Jake Rivers


El coronel está allí, ante ellos, a él le cuesta creerlo. No es que no haya aceptado la orden de quitarse el casco, es que todavía se encuentra perplejo ante lo que ven sus ojos. Todo concuerda, salieron de la nave gracias a la milagrosa apertura de las compuertas, en ese momento no supieron a qué se debía, pero ahora todo tiene sentido… aunque esa afirmación es demasiado apresurada, no todo tiene sentido. Acepta que las versiones de si mismos que están viendo en la distancia son una especie de reflejo o de eco, por eso no pueden oírles ni siquiera por radio. El coronel es distinto, puede verles a ellos y puede interactuar con los alrededores.

Es realmente difícil dejar a Rivers sin palabras, quizás esta sea la primera vez en muchísimos años, pero acaba recuperándose en unos instantes y pidiendo al coronel que les siga. Este se niega, tiene que abrir las compuertas… pero eso no le tomará toda la eternidad. Luego insinúa, para si mismo, que tal vez ya esté muerto. –Señor- es raro oír a Rivers llamar señor a un oficial, incluso a los de alta graduación, pero el coronel se lo ha ganado desde el momento en que les salvó la vida incluso estando en esas condiciones, sean cuales sean –No sé cual es su estado, no entiendo de física ni creo demasiado en el alma o esas bobadas. Admito no poder ayudar mucho, pero en este momento usted está muy vivo como para estar muerto- una estupidez de frase. En lugar de buscar toda la coherencia posible en sus palabras, busca expresar claramente lo que quiere decir – Ninguno sabemos claramente lo que ocurre, y eso le incluye, pero ahora mismo le vemos y le oímos como siempre. Acabaremos saliendo de esta roca, venga con nosotros, alguien allí fuera podrá explicar todo esto, incluso arreglarlo-


El coronel quizás obedezca o quizás no, pero Joe empieza a ser frustrante. –Joe, ¡maldita sea!, me canso de oírte lloriquear. Ahora mismo sigues vivo, ¿quieres seguir así?, ¿le tienes algún apego a tu vida?, entonces más te vale recordar que eres un jodido marine. Sabes a lo que lleva el pánico, a morir estúpidamente, ¿Cuántas veces lo has visto?, y cuando mueras así probablemente también estarás condenándonos a los demás. Así que recupera la puta calma, levántate, y comienza a pensar en algo útil para alejarnos de aquí. ¿Quieres que el coronel se avergüence de nosotros?, compórtate como un hombre, ¡joder! –

No tiene más que decirle, él también debe aferrarse a la poca compostura posible tras algo como esto. Pero ante todo debe luchar por sobrevivir, porque todos sobrevivan – La palabra rendición no está en mi vocabulario -. Helen reporta nuevos datos, tan tétricos como siempre. Cada nueva noticia parece ser aún peor que las anteriores. Oscuridad, nada más, pero una oscuridad distinta. Su primera reacción es encender alguna luz para ver si puede atravesar esa zona. Lo normal sería que si, pero esto lleva muchísimo tiempo sin ser normal. Luego preguntará – Cuando entramos había algo envolviendo la nave, ¿alguno recuerda a cuanta distancia estaba? -. Tal vez esta oscuridad sea lo mismo pero visto desde dentro, claro que en cierta forma también le recuerda a un agujero negro, es fácil entrar pero imposible salir. Habría que probar a adentrarse más, pero poco a poco, todo está siendo demasiado peligroso. –Sugiero un pequeño “paseo” de exploración, veamos cuan lejos podemos llegar… si es que podemos dar un par de pasos. De lo contrario… aunque este pájaro no pueda volar, tal vez podamos hacerlo moverse encendiendo la propulsión, si aún es posible. Se arrastrará y tal vez lo haga lo suficiente como para librarnos de eso… o tal vez nos siga, pero es lo mejor que se me ocurre. ¿Algún plan mejor?- Si no lo hay, se preparará para seguir el suyo propio, y el primer paso es salir de la nave. Con la misma precaución de siempre, incluso con más. No le importa si el enemigo son las mismísimas leyes de la naturaleza, mientras esté vivo para seguir luchando, lo hará.




Simo Kolkka


Escuchó las palabras del coronel en silencio, al igual que Helen. Joe empezó a ponerse pesado, y Rivers le soltó una reprimenda. La cylon ya no decía nada. Las noticias que trajo del "exterior" no eran alentadoras. Past the point of no return... Simo se mantuvo en el mismo sitio, sintiéndose ridículo con el casco todavía puesto. Afortunadamente, Rivers ideó un plan: salir a pecho descubierto a la oscuridad. Era una mala idea, pero era la única que había encima de la mesa.

- Hoy me siento afortunado. ¿Que tal si antes de lanzarnos a la noche eterna miramos si el resto de la nave está así de gelatinosa? Quizás lo que sea que le pasa a nuestra entrada es algo local. Podría haber agua en buen estado, y una salida alternativa. No deberíamos tardar mucho en comprobarlo, y total, tampoco tenemos prisa.

En caso de que nadie se oponga, siguiendo cualquier indicación del coronel empezaría a explorar la nave, tanteando las paredes, para ver si "ceden" igual que todo los demás, o son sólidas. De encontrar agua, cuidaría de que nadie intentase beber, al menos de momento. Aunque para el era obvio que podía no ser del todo beneficiosa para la salud, quizás para el histérico de Joe no lo fuera. Si no encontraban superficie sólida en ninguna otra sección de la nave, se limitaría a recibir instrucciones para salir al exterior de la nave.




Helen


A Ghost no le gustaba nada como estaban las cosas. Antes de entrar imagino podían ir mal las cosas, pero realmente iban peor. Joe lloriqueaba, el coronel quería sacrificarse y Rivers no parecía muy contento con esa opción. Simo quería explorar la nave por si había otra salida.

- Creo que el coronel tiene razón. - dijo por fin antes de que cada uno fuera por su lado. - Alguien tiene que quedarse y mantener abierta "la puerta". No perdamos más tiempo y vayamos a la salida. Aquí no somos formas de energía sólida, solo energía. Y esta nave funciona de imán. Así lo entiendo yo. Bueno, yo voy a la salida... Os espero allí.

Se ajustó el transmisor y se puso el casco mientras caminaba dirección al lugar por el que entraron los tres juntos.




Simo Kolkka


Helen decidió que el plan no era suficientemente bueno para ella, y decidió marcharse.

- No se si se aplicará también a tostadoras, pero la última vez que lo miré, la unidad Sigma-5 éramos un equipo.





Dillon Frost


Nada. La radio muda, el detector de movimiento reaccionando solo a sus pasos.
-¿Que demonios? Creo que se ha roto...-Le dio un par de palmadas. Miró el detector de movimiento de Balsani. Nada, igual. No estaba roto. Se habían esfumado. ¿Cómo era eso posible? Algo que se mueve no puede desaparecer. A no ser que se quede quieto. Esos no eran los instintos de...comprendió, se había dejado llevar por su miedo, sus pesadillas del pasado. Se calmó. Lo que allí tenían era algo crudo. Pero no tan crudo. Se relajó.

-Encontremos a Viviana.-Probó la radio. Luego gritó.-¡¡Viviana!!¡¿Donde diablos te has metido?!¡No es momento de jugar al escondite!-Paneles con nombres y números pasaban delante de sus ojos. Nada relevante. ¿O no? ¿Que ponía ahí? 2197. Un error. Curioso. Nadie se equivocaba en una fecha. Se acercó y quitó el polvo que había encima de la inscripción. Seguramente la inmundicia había convertido el uno en un traicionero uno. Pero no. No fue así. "Quizás sea la fecha de apertura de la mina. Claro, que los gritos...o el termino de un proyecto futuro. Quizás estaban reestructurando este ala...oh...". Explicaciones lógicas, plausibles. Nada encajaba. Viviana no estaba. Habían captado una comunicación. Tampoco estaba. Y movimiento. Desaparecido. ¿Qué estaba pasando? Igual que el coronel, que Miguel, que muchos otros. Pensó.

-La antimateria. No conocíamos sus efectos. Debemos estar cubiertos de su radiación. No sé que es exactamente pero nos hace viajar en el tiempo. Aunque no lo notemos. Por eso captamos una transmisión del pasado...o del futuro, quizá. Por eso vimos los puntos en los sensores. Porque entonces, estábamos en esa línea de tiempo. Cambiamos de fase, a otra línea. Y llegamos en el futuro. Seis años después. ¿Ascienden nuestros cambios de fase o son aleatorios? Vimos nuestra nave en el planeta. Claro, es lógico. La nave también cambia de fase. Nos encontramos en la misma línea temporal. Ahora lo veo claro. Todos nuestros compañeros que desaparecieron...no se esfumaron. Siguen vivos...atrapados quizás en una línea temporal a la nuestra. De estar en este mismo lugar, no los veríamos si ellos están diez años más adelante. Nuestro equipo, nuestras armas, también está cubierto de esa radiación. Por eso captamos señales de otros momentos. Pero...no están ahí. A veces nos mantenemos en una línea temporal, como la de las hormigas. Luego cambiamos. De haber esperado, no sé, dos horas, rodeados de hormigas...estás hubieran terminado por desaparecer. Viajamos por el tiempo de forma inconsciente.-Y si le tomaban por loco. ¿Qué más daba? Era lo creía. ¿Por qué no? La ciencia apoyaba la teoría de los viajes en el tiempo. ¿O era la prensa amarilla? Una explicación lógica. Todo lo demás era imposible. Esta opción, aunque extravagante, era más que posible.- ¿Qué opináis? ¿Me ponéis ya la camisa blanca de correas?-No estaba de humor. Era su carácter.
-Puede que Viviana aparezca. No sé como funciona. Pero parece que si estamos juntos nuestra radiación cambia a la vez. Algunos, como Miguel, no tuvieron esa suerte. Estuvo lejos de nosotros, como el Coronel. Y ahora Viviana. ¡Joder! ¡El sargento!-Se había quedado solo. De volver ya no estaría allí. No habría entrado en la nave, claro. Ni siquiera se habría movido del sitio. Pero ellos no le verían porque estaba en otro tiempo.-No debemos separarnos. Y si lo hacemos y alguno cambia de fase a otra línea temporal, que no se asuste. No es el fin. Debe de haber alguna manera de que limpiar esta radiación. Quizá pase sola. Mmmmm.-Pensó. ¿Y ahora qué? Benley tendría que decidir. A la mierda Benley.-Quizás consiga poner en marcha algunos ordenadores de este complejo. Puede que para entonces estemos en otro tiempo donde no aparezcan llenos de polvo. Hasta puede que tengan un laboratorio. Trataré de investigar lo que nos pasa. Si os parece bien. No podemos irnos. Viviana puede aparecer. ¿Por qué no? Y la civil, no los olvidemos de ella. Quizás me esté excediendo pero...me gustaría echar un vistazo por ahí. ¿Qué le parece, cabo? Tampoco tenemos muchos otros sitios a los que ir. La última vez que lo miré el Rich estaba hasta los topes...



Helen



Helen tenia el presentimiento de que Simo no estaba agarrando bien el fusil que usaba como cerebro, le sorprendió una tontería que dijo;

- No se si se aplicará también a tostadoras, pero la última vez que lo miré, la unidad Sigma-5 éramos un equipo.

Y si su objetivo era que saltara como un resorte, lo consiguió.

- Señor Kolkka, no se maltrate llamándose cosas que aquí no nos servirían de nada. Eso demuestra una falta de autoestima por su parte. Aunque usted sea un sintético (y no quiera admitirlo), es parte de la unidad Sigma 5. ¿Le importaría ahora que sigamos las órdenes? Me refiero a las recibidas tanto por el capitán de sacar a Joe de aquí, y a las del coronel de ir a la salida para que él pueda activar los mecanismos adecuados y así salir todos.

Había puesto una voz que no era la suya, era idéntica a una voz robótica. Tal cual Simo la imaginaba a ella. No dudaba que cabía la posibilidad de que con ese tono de voz, él se daría cuenta de que se estaba riendo de él.
Mientras, le estaba dando vueltas a la cabeza por qué Simo tenía ideas un tanto... extrañas. Ciertamente, no era un humano para Ghost, sino más bien algún modelo... diferente. No sabia si posterior o anterior a ella.



…


Benley asintió a las sugerencias de Dillon, todos se colocaron espalda contra espalda, el dedo sudoroso en el gatillo, las pupilas captando cada detalle. Algo se les venía encima, dieron unos pasos y luego…nada. Los sensores no captaban movimiento, los marines enmudecieron igual que la radio. Buscaron a Viviana, gritaron llamándola, llegaron al lugar donde la dejaron, encontraron infinidad de casquillos, la arena removida por muchas pisadas, observaron que las huellas, de botas, eran distintas a las de ellos. Ninguna otra señal. Se miraron, no comprendiendo nada. Vagaron de nuevo por las instalaciones, el entorno parecía igual, solo que no había llegado el atardecer. A pesar de eso, el cambio de luz y temperatura les había pasado desapercibido. Anette se acercó a Dillon:


- Dime la verdad, ¿creías todo lo que me dijiste durante el camino hasta aquí? Dime que sí, dime que tienes la maldita razón en tus palabras.

Se sentó en el suelo, escondió la cabeza en el pecho, sus hombros se agitaban. La dura Anette, la primera en sumergirse en una nave en llamas tras Sandro, parecía llorar. Benley suspiró. Sandro maldijo, era su último chicle; sin embargo, lo ofreció a sus compañeros y le pidió un cigarrillo a Frost.

Los cuatro se quedaron mirando a Dillon, sopesando su teoría. Cualquier cosa era posible, según Benley, puede que el médico tuviese razón. Sandro silbó:

- Me gusta esa idea. Me gusta. Pero podríamos movernos cuando en este sitio se respiraba mejor, ¿no? La voz de esa chica, la de la radio, molaba.

Anette: Eso es una locura, Dillon. Es anti natural, es…Jodido Espacio. ¿Y si es verdad, qué pasa con nosotros? Ojalá esas malditas cosas saliesen, para desahogarme con ellas.

Estaba crispada, los ojos enrojecidos, desecha. Benley opinó que no era tan descabellada la idea de Frost, asombroso… ¿radiación? Habían descubierto una fuerza nueva en la naturaleza. ¿Pero cómo “saltaban” de un tiempo a otro? ¿Qué circunstancia lo desencadenaba? ¿En qué año se encontraban? ¿Qué pasaba con la física que conocían?


Benley: Este cartel debe ser cuando montaron la mina, como dices, ¿qué año es ahora?

Las preguntas del matasanos eran respondidas con otras cuestiones e interrogantes.

Anette: ¿Quieres decir que los que desaparecieron en la nave podrían seguir con vida? ¿O haber muerto ya en algún momento, hace…hace diez años? ¿O que viven en el futuro?

Sandro: Ey. A mí sí me atrae la idea de colocarte la camisa de fuerza, bien apretada. Recuerdo las correas. – Se puso algo más serio - . No se lo que me sucedió, ya os lo dije. Quizás no era yo. O fui y vine y eso alteró mi mente.

Cabo Benley: Prueba lo que quieras, Dillon. Si tienes razón, tarde o temprano deberíamos encontrarnos con alguien.


Anette: Eso es falso, una conjetura sin fundamento. El planeta lo mismo está desierto para siempre jamás.


Benley: Tanto da. Casi no queda agua ni comida. Movámonos. Busquemos, sin separarnos. Esas marcas en la arena son recientes. No estamos solos, manteneos alerta.


Como un eco a sus palabras, una voz de mujer gritó su nombre, desde lejos, allá arriba, en una de las pasarelas, terminando de momento la discusión sobre la teoría de Dillon. Se trataba de Viviana, agitando los brazos. La perplejidad les envolvió una vez más. La mujer descendió corriendo las escaleras oxidas, cruzó un puente, siguió bajando. Estabais todos alerta, ¿sería de verdad Viviana? En lo alto, donde antes estuvo su compañera, apareció otra alta figura, se cubría con una máscara hasta los ojos, y sobresalían por los lados de la cabeza mechones de cabello rubio. Portaba un rifle y munición en bandolera, un traje azul profundo, polvoriento, pantalones, botas. Os observaba.


Viviana se fue deteniendo conforme se acercaba a vosotros. Llevaba el atuendo de marine pero sin armas. Notó la turbación en vosotros y se paró del todo varios metros antes de alcanzaros, también ella conjugaba la alegría con la inquietud. Levantó las manos con las palmas hacia arriba:


- ¡Chicos, chicos, soy yo! Esto es increíble. Desaparecisteis, así de pronto. Esas cosas se nos echaron encima, vacié varios cargadores, corrimos a escape. No estabais, en parte alguna. Aterradas corrimos sin saber hacia dónde. Eran decenas. Pero aquí hay gente, nos ayudaron.

– Viviana respondió que tres días. ¿Sólo tres días? Sí. No albergaba esperanzas de veros de nuevo.

Anette: ¿Qué gente es esa? – Y Sandro:- ¿tienen comida? ¿Y chicles?

Viviana, casi riéndose: -Por supuesto que tienen comida, agua, incluso alcohol, un espantoso brebaje que te hace desear lamer esta arena. Y heridos. Dos heridos, y una embarazada a punto de parir. Hay mucho que contar, acompañadme. Aunque…Tenéis que dejar las armas a la entrada de su recinto.

Anette: Ni loca, Viviana, dejaré mi armamento. Te he preguntado quienes son.

Viviana: Han cambiado las cosas, por lo que me han contado. Son…llámalos rebeldes, contrabandistas. Gente libre. Dillon, te necesitan, también a ti, Anette. Y nosotros a ellos.

Benley: Para un poco. Esto resulta confuso. Estás, no estás, apareces de pronto. ¿Qué garantías tenemos de esos tipos? ¿Cómo vamos a confiar? ¿Te han dicho en qué planeta estamos?

Viviana: Vosotros sois los que…en fin, un momento antes hablaba con vosotros, al siguiente las dos solas.

Benley: Quiero hablar con su jefe.

Viviana: Es la embarazada. Tiene fiebre, está ardiendo. Podrás hacerlo con su segundo. Chicos, soy yo. Es nuestra oportunidad.

Sandro: ¿Y si no?


Viviana: Nos dejarán fuera. Hay que darse prisa – levantó la cabeza mirando al cielo malva sucio -. Esos bichos aparecerán pronto.

Anette: Ah, buena gente; o aceptamos o nos dejan tirados. Genial. A la mierda con ellos.

Más arriba, donde antes estaba Viviana, otra silueta se unió a la primera, con vestiduras grises, un tanto a lo tuareg. Encapuchado, también con rifle, más baja, tomó forma desde la oscuridad del fondo. Cinturón con pistola, botas marrones, pantalón, añadiendo a esto una máscara que le protegía boca y nariz. Se puso un pequeño auricular al oído.


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Rivers, Simo, Helen


Joe puso cara de circunstancias cuando Rivers le puso las cosas claras, la expresión crispada, las venas del cuello el doble de lo normal. Pareció calmarse cuando el coronel le echó una mirada entre benevolente, inquisitiva y subyugante. Se tranquilizó un tanto el tullido. Ahora quedaba decidir qué hacer. Para Helen resultaba sencilla la decisión, tenía una orden, traer de vuelta a Joe, una prioridad, seguir con vida ella y sus compañeros, y una sugerencia del coronel, marchar cuanto antes. No esperó a sus compañeros y, dado que Rivers postulaba la misma acción, se encaminaron los tres hacia la “salida”. El coronel negó con la cabeza hacia Rivers, le puso la mano en el hombro, el marine sintió el calor intenso que irradiaba el contacto. Rivers sabía poco del alma humana, eso argumentaba, no creía en tales cosas, ¿para qué? Te hacen detenerte demasiado tiempo en lo insustancial.


-No es posible, soldado. No puedo. He visto la escena de la escapada de la Cheyenne varias veces. Se repite, es un ciclo recurrente. Vosotros es la primera vez que aparecéis. En realidad me pregunto si sois mis marines o fruto de mi imaginación. Ni siquiera se si yo mismo soy quien soy, el coronel Samuel J. Nenson. Energía, según Helen, y su mente debe saber de estas cosas. Pero me temo que no, verdad, Ghost? Los científicos que diseñaron tu cerebro seguramente no tenían idea de algo como lo sucedido.

Simo apresuró el paso, eso, o se quedaba en la nave en solitario con la sombría compañía del coronel. Sus planes de investigar el Independencia se quedaron atrás; en silencio, con las palabras de Helen resonando en sus oídos y respondidas con un silencio aleteando en la opresiva atmósfera. Joe corrió para alcanzarles, y los cuatro traspusieron la materia o el tiempo y el espacio.

La espesa oscuridad les recibió con un abrazo de noche profunda ausente de estrellas, sin reflejo del abisal pozo sin fondo donde se sumergían. Caminaron sufriendo una presión cada vez más importante en sus músculos y huesos, una resistencia a su avance. No veían siquiera al compañero, no funcionaba el intercomunicador. A los tres humanos les pareció, si algo así era posible sentir, que se fundían con las mismas tinieblas para pasar a pertenecer a su propia esencia. Ausente a esta sensación, Helen avanzaba, aprendiendo de la experiencia y desarrollándose en ella una emoción para la que sus circuitos cerebrales no estaban programados: el miedo. No discernía a qué o por qué, pero intuía que sin duda era semejante, a su manera, de lo que debían sentir los otros tres componentes de la escuadra.


Luego, llegó un impacto para sus cuerpos semejante al lanzamiento y salto que se producía en la Cheyenne al inicio de cualquier misión. Solo que multiplicado por cinco. La estructura de Helen no lo soportó, cuanto menos la de los tres hombres. Fue como si les diesen la vuelta por dentro a todos sus órganos, les extirparan el cerebro y después lo recolocaran a patadas. La oscuridad de la conciencia se unió a las neblinosas sombras negras de su entorno.

…


Despertó primero Ghost, poco a poco Simo, Rivers, Joe. Llevaban puesto solo el traje de campaña. Descalzos, desarmados, ilesos. Mecidos por el suave traqueteo de un vehículo todo terreno, en la parte trasera, abierta al exterior, sobre ellos el familiar cielo cubierto de plomo malva de los últimos días. Esposada la muñeca a la pesada barra de la protección. Era un vehículo antiguo, desechado casi. Tres tipos enmascarados, sentados en frente, los encañonaban con rifles automáticos. Solo se les veían los ojos y mechones de cabellos sucios detrás. Sus ropas eran a la moda tuareg, portaban bandoleras con munición, cuchillos y pequeñas granadas. Uno de ellos, el más alto, os ofreció una cantimplora cuadrada.


Os seguía otro vehículo de las mismas características, con varios hombres, o mujeres, en su interior. La estela de ruido y el polvo espeso que levantaban se perdía en el horizonte.



Helen


La luz se hizo de nuevo. Las figuras tomaron forma y parecían ser algún tipo de traficantes de esclavos o similar. Se quiso palpar el cuerpo pero sorprendió de que no estuviera viviendo un sueño o pesadilla, era algo real. Por un momento pensó que sus circuitos estaba reviviendo algún tipo de entrenamiento ficticio, pero no era ficticio. Era real.

Miró a su alrededor, como si aquello fuera un viaje de picnic. Con su mano libre se palpo en busca de heridas, contusiones, alguna irregularidad. No hallo nada... nada en absoluto. El cielo era lo único que le hacia presagiar que era el mismo planeta en el que aterrizaron. ¿Dónde estaría el capitán?, ¿Frost?, ¿y los demás? Se le ocurrió un plan de acción, pero lo mejor era esperar órdenes y actuar coordinadamente.

Sus compañeros despertaron momento en el que le ofrecieron agua. Sus circuitos agradecerían algo con lo que refrigerarse y tomo la cantimplora con una sonrisa en su mano libre para tomar un sorbo y pasárselo a su compañero de al lado.

- ¿Hablas mi idioma?- le pregunto al encapuchado.



Anexo


- Desde pequeña – respondió a Helen una voz, grave, distorsionada y lejana debido a la máscara. Aun así el timbre parecía de mujer-.

Se desabrochó las sujeciones de un lado de la cabeza y parte de su rostro quedó a la luz: el de una mujer, ni atractiva ni fea, de labios finos, una pequeña cicatriz en la recta barbilla, ojos azules serenos, una estrecha franja sus cejas.

- Las preguntas las hacemos nosotros. Los marines no entran en este sector, al menos de forma oficial, desde hace décadas. ¿Nos estáis buscando? ¿Ha vuelto el interés ahora que la guerra parece que salpicará a todo el mundo? Nosotros no somos vuestro enemigo.

- Deberíamos matarlos ya – intervino una segunda voz de mujer también. La primera levantó la mano, exigiendo silencio.




Helen


Anexo 1

Helen encajo la situación como si fuera una parte de un puzzle infantil. No eran traficantes de esclavos, eran rebeldes. No pudo por menos que sonreír, ya que en comparación como los otros problemas pasados si trazaba con sus compañeros un plan de acción seria pan comido. El problema era trazar un plan sin que se notara y obtener de igual manera, información.

- No tenéis de que preocuparos, somos... desertores. - dijo al final parpadeando en un acto reflejo como si le costara decir la palabra.

- Éramos marines, pero los problemas no compensaban la paga que recibimos y queríamos formar una familia. - De nuevo mintió parpadeando al final de la frase que quedo muy romántica al abrazarse a Simo y apoyar la cabeza sobre su hombro. "Esa era una frase que hubiera dicho uno de los desertores cuando nos dividimos en dos bandos en La Independencia" estimó.

- ¿Que planeta es este? Es un alivio ver más gente como nosotros. - ¡Eso si que era verdad!, y no parpadeo al decirlo.



Jake Rivers


Deciden salir de la nave, por donde han entrado. De inmediato se pregunta quien ha sido el imbécil que ha sugerido algo similar… -He sido yo- chasquea la lengua mientras procura seguir avanzando, a pesar de la presión. Es como llevar varias toneladas encima, o más bien, como si la fuerza de la gravedad fuese mucho más potente en este lugar. Quizás sea eso, de algún modo, ¿qué sabe él de estos asuntos? La antimateria sin duda ha tenido efectos extraños.

Prefiere no intentar buscarle siquiera explicación a lo visto hace unos instantes. El coronel dice que todo esto se repite de forma cíclica, debe ser lo que llaman una paradoja temporal. Para él carece de sentido, pero lo ha visto con sus propios ojos. El coronel quedó afectado por la antimateria en la independencia, pero la independencia ha llegado a este planeta y es aquí donde el coronel está abriendo continuamente la compuerta para dejarles salir. Desde ese punto podría seguir pensando mucho en ello, pero cuanto más lo hace más siente que se le escapa mucha información. Es un hombre de armas, de acción, no un hombre de ciencia. Quizás por eso se ve incapaz de responderle nada al oficial, de seguir intentando convencerle. Tal vez tenga razón, tal vez sea necesario que se quede aquí. Sin embargo jamás deberían dejar a nadie atrás. Han fallado como marines, espera que por última vez, pero han fallado. Le hubiese gustado encontrar un mejor modo de despedida, pero tan solo pudo cuadrarse, saludar marcialmente, y decir –Energía, alma, o espectro… sigue siendo el coronel de la mejor unidad de marines de todo el maldito cuerpo, señor. Ha sido un honor servir a sus órdenes - Un gesto extraño alguien como Rivers, indisciplinado hasta en los peores momentos, pero ese hombre se ha ganado al menos un reconocimiento. Por hacer las cosas bien una vez no significa que vaya a ganar esa mala costumbre.


Una vez fuera sigue dándole vueltas a la escena, recordando lo ocurrido, preguntándose si realmente no podían haber hecho nada mejor. –Definitivamente, si salgo de aquí encontraré a quienes le dieron la bomba a esa zorra, les haré lamentar haber nacido-. Se centra en pensamientos vacíos, en el deseo de venganza, así evita valorar la situación en la que realmente se encuentran, de lo contrario podría sucumbir al desánimo.
Continúa avanzando incluso cuando pierde de vista a los demás. Con esta oscuridad jamás podrán verse los unos a los otros. Confía en que sigan allí porque… ¿Dónde podrían haber ido sino?, lo único que debían hacer era seguir en línea recta.

No recuerda todo lo ocurrido. Sí recuerda una especie de impacto, o algo similar, después sus sentidos se colapsaron. ¿Un ataque?, ¿un tropiezo?, en cualquier caso el resultado es una oscuridad aún más densa, o sea, quedar inconsciente.

Cuando despierta nota el movimiento, pero él no está andando, por tanto alguien debe estar transportándoles. Un vehículo todo terreno, antiguo –Quizás los demás hayan encontrado algo en esta roca- Abre los ojos para corroborar su teoría, desgraciadamente solo encuentra a tres tipos, los tres armados, pero no son de los suyos –O quizás no-.

Al menos les ofrecen agua. Rivers la acepta después de Ghost. Se pregunta si ella necesitará beber, no lo cree, pero es mejor no desvelarles a los demás toda la verdad, quizás ese haya sido el motivo. Por su parte, él debería pensárselo dos veces antes de beber, pero si les quisieran matar ya lo habrían hecho, utilizar veneno tendría poco sentido, o eso cree, sin embargo tampoco importa mucho, sin agua acabarían muriendo igualmente.


Helen les pregunta si hablan su idioma, responden afirmativamente, eso debe ser una buena señal. Preguntan, claro, siempre hay preguntas, y Helen decide que son desertores, -perfecto…-. Al menos les pregunta que planeta es este, infringiendo de nuevo la norma de “Las preguntas las hacemos nosotros”, sin embargo no vendría mal algo de información. – ¿Tenemos pinta de estar persiguiendo a alguien?-, supone que la interpretación de “parejita” que ha hecho su compañera será aceptable. –Como creo que habréis imaginado, hemos tenido unos problemillas en la huida, ¿podríais decirnos qué día es hoy?, es que los golpes en la cabeza desorientan un poco-


Mientras habla y escucha, observa a todos los allí presentes. La forma de empuñar las armas, la posición, el nerviosismo. Ahora mismo les han cogido por sorpresa, pero quiere saber si también son combatientes más o menos expertos, por si llegase a hacer falta. La perspectiva de ser ejecutado no le agrada, así que es necesario plantearse otros planes de acción por si acaso, aunque supone que debería bastar con parecer inofensivos. Por supuesto él siempre prefiere abrirse paso a golpes, pero es mejor ver como se desarrolla todo esto… por el momento.




Dillon Frost


Viviana no estaba. Claro. Ni rastro de ella. Solo pisadas y casquillos. No había cuerpos ni sangre. Una buena señal.

Aprovechó para comentar su teoría. O quizá solo pensaba en voz alta. Se sorprendió oyéndose a si mismo y asintiendo ante sus palabras. Lo que decía era una locura. Sin embargo, tenía lógica. Era una explicación, algo que podría ser a pesar de que ninguno lo entendía bien. En ese momento Anette se vino abajo. La moral era importante para un marine. Más que su arma de mano. Se agachó a su lado y la cogió del mentón con delicadeza para que alzase su rostro.

-No tienes que ocultar tus lágrimas. No entre amigos.-Se puso serio. Sus ojos eran dos teas brillantes en una oscuridad absorbente.

-¿Si creo todo lo que dije?-No se acordaba de sus palabras exactas pero si de la idea; "Somos marines, podemos con todo y con todos".-No hablo por hablar. Todo lo que digo, así lo creo. Por eso hablo poco.-Pero había llegado el momento de rajar, ¿no? Por Anette.- ¿Qué temes? ¿Crees que no saldremos de esta solo porque no sabemos que está pasando? ¿Desde cuando es necesario conocer la situación para sobreponerse a ella? Ahora quiero que recuerdes la primera misión en la que participé en la escuadra. Le salvé la vida a ese pobre desgraciado en las arenas. ¿Te acuerdas? Yo sí. No fue el primer hombre al que salvé la vida como médico, pero si marcó un antes y un después. Aún recuerdo las caras de sus conocidos, mirándome como a un profesional, a un doctor... ¿Y cuántas vidas más me has visto salvar? Incluso te he remendado a ti un par de veces. Ahora, un secreto.-Se acercó a ella y le susurró unas palabras.-Jamás fui a la universidad de medicina.-Se apartó de ella. Su rostro mostraba una sonrisa sardónica. "Si, no soy médico, solo un carnicero".-Y aquí estamos. No te preocupes. Todo saldrá bien. A Benley se le da bien pensar, algo se le ocurrirá. O a Carlo, es un chico muy avispado ¿Sabes? Incluso Sandro. De vez en cuando dice cosas coherentes. Quizás diga algo que nos salve. Y si no...Bueno, improvisaremos. No tenemos porque saber de que va esto para seguir adelante.-Se puso en pie. Estaba dicho. Si eso no la subía la moral tendría que pegarla un par de bofetadas. Habían estado en situaciones peores, más al límite. Aquello no era peligroso, solo extraño.


La teoría. Quería resolver una pregunta y solo consiguió crear muchas más. Pensar era gratis, teorizar también. Aunque mucho más peligroso.

-¿Por qué "saltamos" de un tiempo a otro? ¿Cual es el desencadenante? Es evidente que no hay ningún factor exterior, los síntomas están dentro de nosotros. Quizás actúa como una bomba de relojería. O son nuestras emociones. Miguel estaba herido y cercano a la muerte cuando desapareció. Sentiría miedo, o rabia. Algo intenso. Viviana no está. ¿Se asustó al ver como esos puntos se acercaban a ella? ¿O fuimos nosotros los que saltamos? Reconozco que hace unos instantes tuve miedo.-No explicó el porque. Por eso prefería no hablar. No quería recordar. Era duro.-Sandro, antes de que perdieses la cabeza...-Evitó hacer bromas.-... ¿Qué sentiste? Quizá el no tuvo la culpa de amotinarse. Quizá algo se coló en su cabeza. O alguien. Él mismo, de una línea temporal paralela, donde es aún más pendenciero que aquí. No lo sé. El coronel también desapareció y no me lo imagino teniendo miedo de algo. Aunque después de todo era un hombre. No dejaría que sus miedos se viesen. Y en esa caída muchos se asustaron.-Pensó. ¿Podía ser el miedo? ¿La necesidad de estar en otro lugar menos en aquel? ¿Significaba eso que Viviana había desaparecido por que su miedo le había trasladado con sus compañeros a otro punto temporal?

Aún hablaban cuando una voz les llamó la atención. Era Viviana. Estaba...cambiada. No mucho. Si lo suficiente. Ella estaba más sorprendida de verlos a ellos que ellos a ella. Escuchó a la mujer. Seguía siendo la misma. El tiempo había pasado. Tres días. Increíble. ¿Y si no era el miedo y si algo más racional como la voluntad o el deseo? Borró las preguntas de la pizarra de su mente. No era momento de eso. Un marine se limita a avanzar hasta que el mundo acabe bajo sus pies. Ahora estaban ahí. Solucionarían esos problemas y luego seguirían adelante.

Viviana quería que se adentrasen, desarmados, en la guarida de aquellos contrabandistas. ¿Por qué desconfiaba de ella? Porque en tras días uno puede cambiar mucho. Seguía siendo ella...pero era como si fuese otra persona totalmente diferente. Había dos heridos y una mujer embaraza. Su deber le llamaba. También se debía a sus compañeros. No dejaría las armas. No cuando en un parpadeo podían estar en otra línea temporal rodeados de...algo hostil.

-No desaparecimos, Viviana. Saltemos adelante en el tiempo hasta el momento en el que acabamos de encontrarnos. ¿Lo entiendes? Hace un minuto escuchamos tu voz pidiendo ayuda. Ahora volvemos a verte. Pero para ti han pasado tres días. Creemos que eso es lo que les ha pasado a los demás. Nos estamos desparramando por el tiempo. Lo que quiere decir que...el resto no están muertos, solo perdidos. Como lo hemos estado nosotros para ti.-Carraspeó. No estaban solos. No querían que le tomasen por loco. Al menos no antes de tiempo.- ¿Y la civil, Viviana?-¿Por qué no estaba con ella?
Pensó en su siguiente movimiento. Anette no quería entrar. Habría que negociar. Se dirigió a los encapuchados.

-Mi nombre es Dillon Frost. Marine Dillon Frost. Médico de mi escuadrón. Puedo ayudar a esa mujer embarazada. Parece estar teniendo un parto complicado. También a los heridos. No tenemos comida, ni agua, pero si medicinas y utensilios. Puedo entrar ahí, con la enfermera Anette, y salvar a la embarazada y al bebé.- ¿Era buen momento para sugerir que aunque era médico jamás había asistido a un parto? No, quizá luego.-También curaremos a los heridos. A cambio queremos agua, comida y cobijo. No dejaremos nuestras armas. Al menos yo no lo haré. Si vosotros no confiáis en nosotros. ¿Por qué íbamos a hacerlo nosotros? No somos estúpidos, joder. No vamos a entrar desarmados en vuestro territorio. Lo haremos armados...pero creo que hablo en nombre de todos nosotros si digo que venimos en son de paz.-Odiaba la gente dura de mollera.-Me da igual lo que sea que va a aparecer aquí por la noche. Lo aplastaremos. Vosotros podéis dejar morir a vuestra líder a manos de la criatura que lleva en el vientre. Nosotros...no tenemos nada que perder. Pero esto puede acabar bien para todos...si cedéis un poco.-No era negociador. Estaría al tanto por si había hostilidades por parte de esa gente.-Contrabandistas ¿Eh Viviana? Parece que esta gente te cae realmente bien....




Anexo 2



El coronel devolvió el saludo de forma igualmente castrense a Rivers, todo un gesto cargado de camaradería y comprensión mutua:


- Hubo buenos momentos, sí. Seguid pateando culos por mí.



…


Efectivamente el líquido era agua. Solo agua, fresca, debido a la cápsula refrigerante de la cantimplora, con cierto sabor a arena, que pasó desapercibido por la sed acumulada, atragantándose los tres y rebosando por las comisuras de la boca. Fue como un soplo de vida reconstituyente.


Rivers observó a sus oponentes. Dedujo que la mujer y la otra figura alta, que todavía no había abierto la boca y parecía un hombre por su complexión robusta, eran veteranos; en particular fue la mirada de la mujer la que le hizo adivinar que había visto y vivido muchas pesadillas, probablemente no tantas como él mismo y sus compañeros pero sí las suficientes. Los ojos del hombre eran muy parecidos, casi iguales, como los de dos familiares. La otra chica, la que amenazó con matarlos, por el contrario se le notaba nerviosa, imperceptible para un examen menos detallista. Por su lado Helen, imaginativa como siempre, se sacó de la manga que eran desertores en busca de un hogar.

La primera se quedó mirando un rato a Helen y a Rivers. Por último contestó:


-Desertores, familia. Ya. Puedo pasar que desconozcáis el día, pero… ¿me has preguntado por el planeta? ¿Qué clase de pregunta es esa? Os encontramos inconscientes en medio de la nada, rodeados de miles de kilómetros cuadrados de nada, aparte de unas bestias carnívoras, sin ninguna clase de huellas alrededor, ni vehículos de ninguna clase. Tampoco hemos detectado presencia alguna de actividad militar ni aeronaves. Y me preguntáis qué planeta es este.

Hubo un silencio; continuó:


- Contadme más de esa “huida”. ¿Cómo habéis llegado aquí, desde dónde?, cosas sin apenas importancia. Sed convincentes. Y, por favor, no volváis a mentirnos. La mentira no favorece en nada la credibilidad futura de quien la comete.

No le hacía falta amenazar de ningún modo. En el contenido de sus palabras quedaba implícita la lectura de la misma.




Jake Rivers


Es lo malo de inventar historias absurdas, luego hace falta llenar las lagunas. Realmente resulta fácil atrapar a un mentiroso. – ¿Ahora qué Ghost?- piensa mientras oculta cierta sonrisa en su rostro. La situación es mala, pero admite que tiene cierta gracia. Lo malo es que no están tratando con novatos, de lo contrario intentaría desarmar a la que les ofrece el agua, usarla como escudo y hacer que sean ellos quienes las depongan. Si fuese la más novata la que está cerca no lo dudaría. Desde luego les daría la oportunidad de rendirse, tampoco pretende matar sin escrúpulos, pero es bien sabido lo corta que llega a ser su paciencia.

Lo malo es que dos de sus captores han disparado más de una vez en sus vidas. Quizás no sea experiencia suficiente como para vencerles en una escaramuza o una batalla en campo abierto, pero desde luego les sobra para no dejarse engañar y para matarles a todos como a cerdos. – ¿Quieres más detalles de la huida?, haber empezado por allí, a todos los marines les encanta contar batallitas, ¿no lo sabíais?- definitivamente este es uno de esos momentos en los que alguien debería hacerle mantener la boca cerrada, o en los que él debería medir mejor sus palabras. Por suerte tiene la verdad de su parte, o más bien, parte de la verdad. Cuando alguien miente puede notarse por sus reacciones corporales. Helen será capaz de controlarlas, él no, y no ha recibido entrenamiento de espionaje o contraespionaje. Por eso le conviene más ceñirse a lo que realmente ocurrió. Por supuesto ocultando algunos detalles, pero eso no es lo mismo que inventárselos. –Verás, algunos de nuestros compañeros querían dejarnos encerrados en nuestra nave, supongo que es lo normal dadas las circunstancias. Para su desgracia me encontraba cerca de la armería, por eso decidí usar lo más grande que tenía a mano, un lanzamisiles- prefiere no decir nombres de armas o tecnicismos a no ser que se los pidan expresamente.

–En realidad nuestra nave era un poco más moderna que este trasto- sonríe, probablemente ganándose una buena tunda –Pero los misiles tampoco le sientan especialmente bien. Tuvimos que darnos prisa y hacernos con lo que teníamos más a mano, que no era precisamente una cápsula de salvamento porque fueron lo más afectado por mi disparo. Subimos en una nave más pequeña, una clase Cheyene. Un aparato bastante útil, por desgracia no tiene una gran autonomía ni está pensada para largos viajes. Además supongo que también comprenderéis algo evidente, la salida no fue fácil. No es que Helen, escogiese un agradable lugar para aterrizar, es que nos acabamos estrellando en esta maldita roca.- Lo cual es totalmente cierto, a pesar de que falta información. –Claro está, tampoco habíamos pensado ir a caer en un puto desierto, así que salimos a buscar agua… con bastante poco éxito hasta ahora, dicho sea de paso. Supongo que no cuesta mucho imaginar el resto- Falta agua, les encuentran desmayados en el suelo… -Vamos, no pido que seáis genios, pero un poco de vuestra parte sí podéis poner- -Supongo que vuestra teoría de la persecución intergaláctica es mucho más interesante. Claro, alguien podría habernos enviado a por vosotros. Lo que ocurre es que nosotros somos tan listos que nos auto noqueamos y nos dejamos atrapar, ¿alguien conoce un modo mejor de cumplir las misiones?- probablemente otro golpe por listillo –Imagino que ya nos habréis registrado, así que no hace falta decir mucho más. No hay ningún ejército persiguiéndoos, ni nosotros vamos a llamar a la caballería. Lo cierto es que de no habernos encontrado, habríamos muerto de sed.- ¿Qué más pruebas necesitan?, claro que sería mucho mejor haberles dicho que simplemente se estrellaron y no tienen ninguna misión aquí, pero ya es tarde para eso. Aún así, prácticamente todo lo que les ha dicho es cierto, incluso pueden preguntarle más detalles, no tiene ningún problema en responderlos.





Anexo Dillon




Anette medio sonrió ante la confesión de Dillon de que nunca fue a la universidad de Medicina:


- Lo se. Todos lo sabemos. Pero no confiaríamos la vida en combate a ningún otro médico. Eres un tipo extraño, Dillon. Gracias.


Te puso la mano en el hombro a modo de agradecimiento y se levantó también. Algo más animada o así quería hacerlo parecer.


…


Frost seguía dándole vueltas al asunto. Sandro se encogió de hombros:

- No lo recuerdo, en serio, Dillon. Creía estar haciendo lo correcto.


Benley: Quizá tuvo miedo y algo cambió en él. ¿Pero cuándo ha tenido miedo Sandro? Tal vez el salto es aleatorio. O una reacción física más que una emoción. Quién puede saberlo.


Las preguntas y más respuestas-preguntas se terminaron cuando apareció Viviana. Se quedó escuchando al médico, asintiendo:


- Aunque no te lo creas, eso que dices tiene sentido. Y hace que comprenda mejor las cosas, todavía estoy digiriendo las noticias que me ha dado esta gente.

Dillon se adelantó a Benley, este no se lo discutió, pero se mosqueó un poco:

- Desde cuando tomas las decisiones, Frost? Lo mismo que con aquellas hormigas. Si quieres mis galones solo dilo.


Anette: ¿No te parece bien lo que ha propuesto?


Benley: Os metéis en la cueva del lobo. ¿Me va a parecer bien? A ver qué opinan esos tipos.


Viviana se enfadó más con el último comentario del médico:


- Ni bien ni mal, Dillon. ¿Qué estás pensando? Nos salvaron la vida, joder. Jeny se encuentra bien, adentro.


Sandro: Entenderás que no podemos entrar desarmados, Viviana. Se supone que el loco soy yo.


Viviana le dio la razón a Sandro y a los demás. Miró hacia arriba, aquellos dos hablaban entre sí. El más bajo se marchó, Viviana quería deciros algo, pero se le veía dubitativa. Se decidió:


- No se si es momento para contaros esto, aunque poco importa antes o después. Les he dicho a ellos lo que nos pasó. No debería, de acuerdo, me encontraba sola, abrumada por lo acontecido, por la información recibida. Nada tenía importancia ya –tomó aire -. Estamos en el año 2238. No me miréis así. Es verdad. No han visto en vida a un marine, hace décadas que los MC no penetran en esta zona del espacio. La Confederaciones y la mayoría de gobiernos se han olvidado de este sector, debido a las guerras constantes y levantamientos. Varias mega corporaciones se disputan los hallazgos mineros o energéticos, no hay control, bandas y ejércitos de todo tipo combaten sin descanso. Al principio pensaron que pertenecía a una avanzadilla, que los MC querían situarse estratégicamente de cara a un posible asalto. He tratado de convencerles de la verdad de mi relato. Algunos me creen, otros…


En esto regresó el otro tipo, os lanzó una mochila. Contenía agua, unas tortas, carne seca y una botella pequeña de licor. Luego Viviana se tocó la oreja, le entregó un diminuto receptor–emisor a Dillon –Quieren hablar contigo-. El cabo mostró una mueca de resignación.


Una voz masculina, un poco ronca, fue la que escuchó el matasanos en su oído, se trataba del hombre más alto:


- De acuerdo Marine Dillon Frost. Tú y la enfermera Anette. Y Viviana, ninguno más. Sin armamento pesado ni granadas. No sois estúpidos, bien, nosotros tampoco. Recuerda que tenemos a vuestra amiga.




Dillon Frost


Así que todos sabían que ejercía la medicina sin título. Si alguno se atrevía a llamarle loco ya sabía como responder. Animó a Anette. O esta fingió estarlo para no desanimarle a él. Una gran mujer de todas formas.


Escuchó a Benley quejarse. Lógico y normal. Le había saltado. Se había pasado el rango por debajo del sobaco.

-Lo siento, señor. Solo tanteaba el terreno.-Se disculpó. A veces no podía refrenarse. A Rivers le pasaba igual. Solo que en él era más habitual. Y él, por su parte, no lo hacía por rebeldía, sino por necesidad. Escuchó a Viviana. La respondió, seco.-Ella dentro, tú fuera. Una garantía.-Así lo veía él. No podía coger a Viviana y marcharse simplemente porque la civil, Jeny, estaba dentro.
Momentos después, los contrabandistas decidían. Viviana aprovechó para darles algo de información útil. No le impresionó conocer el año. Casi cuarenta años después de su línea temporal. Algunos no sabían si creerla o no. Podían verlos como una amenaza cuando ellos ni siquiera sabían que estaban haciendo allí. Una situación complicada. Era como caminar sobre una olla a presión.
-Nos creerán, no te preocupes.-Ya sabía como, tenía pruebas de la época de la que provenían. Les lanzaron comida y agua. Así eran los marines; chicos duros que podían encontrar alimento y agua aún cambiando de época a época. Cogió el receptor que le tendió Viviana.-Lo siento, Benley.-Escuchó la voz. Asimiló lo que oía. Como esperaba, usaban a Jeny como presión. ¿Qué clase de gente eran? ¿Era un farol o un verdadero órdago? Miró a sus compañeros, especialmente a Benley y a Viviana.

-Quieren que Anette y yo entremos. Sin armamento pesado ni explosivos. También Viviana. Nadie más. Entiendo que quieran que Sandro se quede fuera. Aunque aún no le conocen.-Se permitió bromear. El momento era tenso. Su humor, extravagante.-El hombre de la voz ronca me ha recordado también que tienen a Jeny con ella. Como ves, Viviana, no son tan amigos nuestros como pensabas.-Se quitó el transmisor y se lo entregó a Viviana.-Separarnos es mala idea, señor. Si unos saltan y otros no, nos separaremos definitivamente. Por otro lado, me "educaron" para salvar vidas.-No era un doctor de verdad, no obstante si era un hombre y sentía la necesidad de salvar vidas.-Ahí dentro hay gente que puede necesitarnos. No confiaran. Le pido permiso para acercarme a uno de ellos y enseñarle mis placas, señor.-En las placas de un marine venía troquelado su nombre, número de expediente, grupo sanguíneo, cosa que sabía bastante bien, y fecha de nacimiento. Solo tenía que mostrárselas para que viesen que debían tener todos ellos unos sesenta o setenta años. Y no los tenían. Debía ser. No era algo concluyente pero quizás se decidiesen a confiar un poco más. Solo lo haría si el cabo Benley le daba permiso.-Tienen a Jeny. Es la única inocente aquí. Ella y el bebé. ¿Qué hacemos? Si nos separemos estamos perdidos, si no nos separemos, están perdidos los demás.-Se giró hacia los contrabandistas.- ¿Por qué hacerlo tan difícil? Trae aquí a los enfermos y los atenderé. Nada ni nadie puede obligarme a dejar a mis compañeros atrás. La muerte no lo ha conseguido, tampoco saltar de un tiempo a tiempo, ni siquiera la disciplina militar. No lo conseguiréis vosotros.-Miró a Benley, una vez más se había excedido. En este instante no le importaba si el cabo le abría un expediente o la cabeza. Esta vez le había salido del alma. La jerarquía era importante para mantener el orden. No volvería a romperla. Era necesaria para que se mantuviesen unidos.-Lo siento, señor. Pero cada paso que damos, dejamos a alguien atrás. Helen, Simo y Rivers, luego el Sargento, después Viviana...cada vez somos menos.-Se acercó a él y le puso la mano sobre el hombro.-No quiero tus galones, Benley. La decisión es tuya.-Siguió adelante, cogió la comida y el agua y las analizó con su ordenador de mano por si contenían sustancias perjudiciales. Luego las distribuiría entre los compañeros. Podían comer y calmar la sed mientras decidían...




Simo Kolkka


Aquello le gustaba cada vez menos. Prefería la parte en la que les atacaban superhomigas, y estaba seguro de que Rives y Joe también. Era Helen la única que parecía sentir una mínima curiosidad sana por aquellas paradojas espaciotemporales. Peor para ella. Echó a andar detrás de sus compañeros porque la perspectiva de quedarse solo en aquella nave no estaba en el menú. Parecía ser el único que recordaba que afuera la cosa no estaba mucho mejor, y que si volvían con las manos vacías iban a ser ellos el primer plato, por incompetentes. Habría seguido divagando, pero la oscuridad a la que se había referido Helen se le echó encima, derribándolo. Al principio pensó que era como una cámara de descompresión a lo bestia, pero resultó ser solo el principio. Iba más allá del dolor. Si tuviera alma, ahora mismo la estarían pasando por un colador. La agonía se prolongó durante un tiempo indefinido, en el que simplemente se dejó arrastrar por el dolor. No se atrevía a oponerse. Ni siquiera lo intentó.


Al otro lado del espejo, todo seguía sin tener ningún sentido. Al menos el dolor había desaparecido. Además, aquella especie de nativos le ofrecieron agua. Antes de que pudiera decir nada, la cylon se adelantó. Como siempre. No entendía como una máquina podía ser tan estúpida e indisciplinada. En cuanto salieran de aquella habría que aclarar ciertas cosas. Sus compañeros no rehusaron el agua. ¿Estaban volviéndose locos? Quizás fuera buen momento para replantearse si sus compañeros estaban en posición de tomar decisiones. Unos desconocidos te toman como prisionero, y no solo aceptas un favor de tus captores, sino que además ingieres la bebida que te ofrecen, presumiendo que a pesar de que te esposan y quitan el calzado son unos buenos samaritanos. Como vio que sus compañeros no morían envenenados, aceptó gustosamente la cantimplora. Cuando llegó la parte en la que se declaraban desertores tuvo que hacer un esfuerzo para aguantarse la risa, especialmente en el punto cumbre en que Helen se ponía cariñosa. Al menos la ampliación de Rivers fue entretenida. Nada mejor que ocultar las mentiras entre verdades. Sin embargo no entendía en que les beneficiaba aquella versión respecto a la versión original. Era poco mas absurda, y sería mas fácil hacerla creíble.


- ¿Que tenéis pensado hacer con nosotros? Podemos trabajar. Somos buenos soldados. O al menos matamos bien. Tenéis pinta de tener muchos enemigos.- en voz baja añadió para Helen.- Una interpretación brillante. Por un segundo has dejado de parecerme hardware.



jueves, 5 de abril de 2012

Hay muchos traseros que patear 27



Simo y Rivers fueron más cautelosos, no se quitaron el casco ni bajaron el rifle; Helen por su parte lo hizo, acercándose al coronel y Joe se quedó atónito, mirando a intervalos al corpulento y alto oficial y la Cheyenne. La recia voz del coronel llegó amortiguada a los oídos de Rivers y Benley, el hombre parecía tan sorprendido y perplejo como vosotros.

- Curiosa escena, eh? ¿De dónde venís, muchachos? No creí volveros a ver jamás.


El silencio siguió a esta pregunta, rompiéndolo Joe, que explico a trompicones que escaparon de la nave en el transporte yendo a parar a un árido planeta donde de forma insospechada y pasmosa se encontraron con el Independencia.

-Ah. – fue la única respuesta del coronel. Se quedó mirando al Cheyenne sin decir nada, fumando, reflexionando tal vez. Joe, comido por los nervios, salió corriendo hacia el transporte, que ya cerraba sus compuertas. Golpeó, o quiso hacerlo, en el fuselaje, sin resultado. La pequeña nave se elevó, se abrieron las compuertas primeras, descendió el transporte y se volvieron a cerrar.

El coronel se dirigió al panel de control, aguardando. Se repitió la situación vivida antes, las sólidas puertas que daban al espacio exterior se encontraban bloqueadas y fue el coronel quien pulsó la palanca manual. La Cheyenne estaba libre.

- De alguna manera, concentrándome y con cierto esfuerzo, puedo tocar los objetos – informó el coronel-.

A prisa, rebasados por la incongruencia del lugar, por una situación sin precedentes, regresaron al lugar por el que entraron en la nave. Rivers pidió al coronel que viniera con ellos, el oficial negó:

- Debéis marchar si es que podéis, marines. No deberíais haber entrado. Le he dado vueltas a todo esto, he tenido tiempo. Evidentemente es efecto de la antimateria. Perdidos en tiempos diferentes, fantasmas aquí y ahora. No puedo ir con vosotros, alguien tiene que accionar ese dispositivo para que podáis escapar.

- Señor, usted murió…desapareció ante nuestros ojos en el descenso de la Cheyenne – dijo Joe-.

- Sin embargo estoy aquí en este momento.

- Venga con nosotros – insistió Joe -.

- No puedo, soldado. No haga que me repita – Se quedó pensativo - ¿dónde deja todo esto a mi alma, si ya he muerto? – parecía preguntar más para sí mismo que para vosotros -.

Helen se decidió a marchar, sus circuitos chisporroteaban buscando la lógica imposible. Atravesó el casco parcialmente encontrándose con una oscuridad aplastante, tenebrosas tinieblas densas que le dieron la impresión que aplastaban sus huesos. No era igual que cuando “penetraron” en la nave. Se quedó a medias y se echó para atrás, comunicando la experiencia a sus compañeros.

-¿Qué estás diciendo? ¿Crees que estamos atrapados en esta maldita nave?

Joe cada vez estaba más fuera de sí. El coronel permanecía sumido en sus pensamientos. La nave crujía, podían escuchar sus quejidos y lamentos.


…



Renegando, maldiciendo, la frustración concentrada en unos puños apretados, Dillon y Carlo acabaron por obedecer la orden y ponerse en marcha con los demás, Benley, Viviana, Sandro, Anette y Jane. El cabo miró una última vez atrás, hacia Kaplizki:

- Sargento, si no regresan, ¿qué hará? ¿Entrarán en la nave?

- No lo he decidido todavía, Benley.

Se fueron poco a poco, mordiéndose la lengua más de uno. Se escuchó a lo lejos al suboficial:

- ¡Que dios os acompañe, marines!


Una decena de pasos después, Sandro dijo que estaba bien eso de dios, pero que él prefería a su M41A1.

Anette se acercó a Carlo y Dillon, afirmó que todos pensaban como ellos, que compartían las mismas emociones y sentimientos, igual estado de ánimo en cada uno de los componentes de la diezmada unidad.

- Quedamos pocos. ¿Moriremos aquí todos? ¿Es ese nuestro maldito destino, Dillon? No imaginaba que sería de hambre y sed, sino dándole al gatillo, la muerte ideal para cualquier marine. Los guerreros deben morir en la batalla, siempre ha sido así.- suspiró- No entiendo como vamos a salvar a nadie si nosotros somos los que deberíamos ser salvados. Esto es un asco.

Se la veía baja de moral, apesadumbrada. Igual que al resto.

…


El viento omnipresente arreció, incrementando su fuerza y velocidad conforme el día avanzaba. Golpeaba con violento furor en los cuerpos de los marines, como si tuviera algo personal contra ellos, como si fuesen intrusos en sus dominios y quisiera echarlos de allí. Al caer la tarde ya se había transformado en una de aquellas tormentas tan comunes y terribles. Minúsculas partículas de tierra, arena, polvo, insistían en ralentizar el paso de los soldados. Acamparon fustigados por el vendaval. Jane se pasó media noche llorando, hasta que se durmió, agotada. El amanecer no trajo la calma y la ventisca sopló durante toda la mañana. Solo ya cerca del atardecer disminuyó levemente. Casi sin comida ni agua, los labios resecos y agrietados, las lenguas hinchadas. Nadie habló durante las largas horas de vigilia, incluso Sandro de abstuvo de cualquier comentario.

Fue entonces cuando la visibilidad mejoró y se toparon con las instalaciones mineras. Un milagro. O una pesadilla.

Varios edificios de distintas alturas se levantaban junto a una cadena de montañas que no sobrepasaba el kilómetro de alto, la primera comitiva que daba la bienvenida a las inmensas moles más alejadas que se elevaban imponentes. Las instalaciones se encontraban media enterradas en la arena, prisioneras por la tierra que incesante era traída y llevada por el viento. Los edificios bajos estaban completamente hundidos en las dunas, en otros la inmensa mole de arena llegaba hasta más allá del segundo piso. Caminaron como fantasmas que regresaban a un pueblo muerto y desaparecido. Allí donde la arena no había digerido los bloques de metal y cemento la herrumbre dominaba las instalaciones desoladas.


Parecía que hacía años que nadie pisaba este lugar. Viviana no recibió mensaje alguno en la radio, y varios miraban a un cabo Benley amargado en busca de respuestas que no aparecían, incapaz de descifrar el acertijo que pugnaba por devorarles el entendimiento y la existencia. Benley dejó a Jane al cuidado de Viviana en una caseta de planta baja a resguardo de otra de cinco pisos, mientras el resto, sin separarse, se adentraba en la base minera. Comprobaron que recibían la comunicación a través de los cascos, con cierto ruido y estática de fondo, pero lograban escucharse. Desplegados, fueron de un edificio a otro, subieron y descendieron escaleras, evitaron cascotes, metal retorcido y montones de desechos. Había ordenadores, grandes paneles, sistemas eléctricos, todo abandonado, destruido por el tiempo y la arena. Lo mismo el mobiliario, las oficinas, los baños, los dormitorios. Sin rastro de vida, de cuerpos, de cadáveres o esqueletos. Ni comida ni agua. Los sensores de muñeca no señalaban ningún movimiento.


Durante dos horas caminaron entre escombros y fría soledad, comunicándose a intervalos con Viviana, sin novedad por ambas parte. Oscurecía, y quedaban varias zonas por examinar, entre ellas, los túneles principales que se sumergían en las entrañas de la montaña, Benley ordenó regresar y pasar la noche en aquel escondrijo donde permanecía Viviana con la chica. Lo hicieron, cuando se escuchó la voz alterada de Viviana:

- Benley, muchachos. Algo se mueve. Mi sensor capta movimiento próximo a donde estamos. Cuatro puntos que de desplazan con rapidez. Vienen aquí. No me gusta. No me gusta. Daros prisa.

Los cinco se miraron y apresuraron corriendo. Aún tardarían unos minutos en alcanzar la posición de Viviana. Sus sensores también empezaron a marcar señales delante de ellos, y a los dos lados. Una decena al menos, algo más. El grupo estaba bajando unas amplias escaleras que daban a un pasillo exterior que luego llegaba a un puente que había que atravesar. Al otro lado estaban varios de esos puntos en la pantalla del sensor. Sandro creyó ver que algo reptaba y trepaba por las columnas del puente. Debajo de las escaleras también alguna cosa se les venía encima. Muy rápido.




Dillon Frost


Se mordió el labio, asintió ante las palabras de Balsani y aceptó las del sargento.
-No hay muchas opciones...-Masculló para si mismo. Tendría que obedecer, entender que el sargento quedaría atrás, como muchos otros. Abandonado a su suerte debido a que él era el oficial alo mando y a que debía quedarse atrás por si los demás volvían. Una carga demasiado pesada. Ahora toda esa responsabilidad recaía sobre el cabo. ¿Y si el caía? Los demás eran soldados rasos. Esperaba que a Benley no le pasase nada. Esperaba poder sacarles a todos de allí. Había mineros atrapados. Ellos también lo estaban. Matarían dos pájaros de un tiro. Si, saldrían adelante. Se despidieron de forma brusca.
-Hasta la vista.-Nada más. Por delante; un mundo de roca, un erial sin vida. Desesperanza, dolor, cansancio, hambre, sed, calor...No podía solucionar la mayoría de las cosas. Una sí. Por eso cuando Anette se acercó a Balsani y a él para hablar no se mordió la lengua. Sus palabras surgían arenosas y resecas. Su tono de voz seguía siendo profundo.

-Nuestro destino está en nuestras manos. Todos morimos, tarde o temprano. A nosotros nos compete aceptarlo cuando llegue...o luchar cuando el destino nos marque, y sobrevivir.-La moral baja no era buena en los soldados. ¿Cómo debía de sentirse él? ¿Tenía esperanzas? ¿Creía poder salir con vida de esta? No mentiría. Tragó saliva; seca, amarga.-Salvaremos a esa gente. Porque cuando un marine cae por el abismo se sujeta con una mano...y con la otra ayuda al inocente, el débil, al civil. Somos los mejores hombres y mujeres de toda la galaxia. Entrenados para matar, para sobrevivir. Somos la "creme de la creme", la guinda del pastel, los cabrones más feos y con más mala ostia de todo esta puta roca. Somos duros y decimos palabrotas. Mascamos el peligro y escupimos sobre palabras como dolor o riesgo ¿Qué puede con nosotros? Aplastamos a nuestros enemigos, volamos sus tanques y nos meamos en sus misiles. ¿Morir? ¿Aquí? Aún respiras, Anette. Todos lo hacemos. Y mientras lo hagamos, tenemos posibilidades de sobrevivir. Porque somos marines. En parte hombres, en parte guerra... Cualquier otro hubiera caído ya. Nosotros no. Nacimos para esto. Saldremos de aquí. ¿Qué no hay comida en este planeta? mascaremos piedra y beberemos arena. Somos marines, ¡Joder! Estamos por encima de esto. Si no hay una salida, la haremos a dentelladas.-La verdad, solo la verdad. No eran dioses, solo hombres. Pero si no pensaban en que podrían conseguirlo, no lo harían. El creía en ello. Una ruta de escape, una salida, la salvación. Creía en ello. Siempre tenía fe. Había sobrevivido a cosas peores. Si, a pesar de todo había habido otras situaciones más al límite. No se creía inmortal, solo un bastardo afortunado.

Hasta el viento estaba en su contra. Le daba igual. Como si tenía que desafiar a un ciclón. Avanzó. Cada paso que daba se clavaba en la tierra como un obús de penetración. Cada paso, una victoria. Sin lamentos, sin quejas, sin dolor. Ignoraba el hambre. La sed no existía. Su lengua era un infierno ardiente. "Da igual, Dillon, no necesitas hablar ahora". No dejó que los fantasmas del desánimo se colasen entre sus compañeros. Cada cierto tiempo decía algo. No algo estúpido como "Ya falta menos", o "Debe de estar cerca", ninguna de esas estupideces. Sino lemas, frases hechas sacadas de la propaganda de la escuela de marines. "Los marines avanzan, nunca se detienen, nunca retroceden", "Somos marines. Nos hicieron para sufrir y para ganar", "No conocemos el significado de la palabra derrota". Y que Sandro se cuidase mucho de hacer alguno de sus comentarios o tendría que flambearle el culo.

Llegaron a las instalaciones mineras. Nada iba a ser tan fácil. Esperaba una zona de guerra, un lugar conflictivo. Aquel sitio estaba abandonado. Y desde hacia bastante tiempo. Todo aquello no le gustaba. Tampoco apreciaba que las cosas fuesen fáciles. Se había perdido el misterio de la nave. Destaparía este desde el fondo.

-Hace unos días estábamos solos en este desierto de roca. Hace menos, encontramos una nave y una base minera. Este planeta es inesperado. Mantengamos los ojos abiertos.-Encendió la llama de su arma.
Encontraron un refugio para la civil y para Viviana. No le gustaba la idea de separarse. Aquel lugar olía a problemas.

-Intenta mandar tú una señal, Viviana. Quizás alguien nos oiga.-"Y quizás ese alguien venga y nos devore a todos". Había que intentarlo.-Pide un par pizzas. La mía con anchoas ¿Quieres?-Si, claro, si uno no podía decir tonterías el último día de su vida ¿Cuándo iba a hacerlo?

Empezaron a barrer la base. Nada. Silencio, polvo, arena. Prometedor. Pasaron el resto del día así.

-¿Qué opinas, Balsani? Según lo veo yo o tendrían que estar friéndonos el culo o aplaudiendo nuestra llegada. Pero aquí no hay nadie. ¿Crees que el mensaje podría ser una grabación?-Regresaban hacia la posición de Viviana. No llevaban ningún premio. Aún era pronto para desanimarse. Quedaban los conductos principales, entre otros. Si él tuviese que esconderse de algo, lo haría abajo del todo. También si quisiese ocultar algo.


Entonces, movimiento. Los sensores se disparaban. Demasiado movimiento. ¿Por qué ahora y no antes? No era una trampa. Habrían atacado a Viviana cuando ellos estaban más lejos.

-Salen de noche a cazar. De noche...-Sudor frío, recuerdos fríos. La noche sin estrellas y un mar de dientes. Dientes dentro de otros dientes. "No puede ser. No aquí, en esta roca. No aquí". Miró el sensor. Rápidos, muchos, rodeándoles. "Hormigas, tienen que ser hormigas". ¿Y si no lo eran? "Dios está con nosotros, Sargento, pero creo que es cruel". Una historia, un mito, una pesadilla. Algo real, palpable. "Aquí no. No ahora. Me hagas escupir sobre mi propia fe". Ni siquiera sabía con quien hablaba o a que le suplicaba. Solo quería evitar un horror que llevaba clavado en su corazón demasiado tiempo.

-Vamos...vamos a apretar el paso. ¿Queréis, muchachos?-Su voz era un hilillo. Su tono de piel era pálido. Quería equivocarse. Deseaba equivocarse.-Estoy preocupado por las chicas. Muy preocupado. Abrámonos paso....y no nos separemos. ¿Vale? Sugiero una formación cerrada hasta que veamos a que nos enfrentamos. Espalda con espalda. Para que no nos atrapen desprevenido a ninguno....-Su voz no estaba atenaza por el miedo. Solo susurraba, como si hubiese una sombra terrible que pudiese robarle el alma si le oía hablar.
Esperaría a esas cosas. Podían ser hombres, claro, u hormigas, o una especie nueva. No tenía porque creer otra cosa. Salvo por su miedo, su historia. Cuando uno se ha enfrentado al hombre del saco cree que todas las personas que ve llevan una bolsa de arpillera debajo del chaleco. Esperaría, atento. Miraría el sensor.

-Pueden estar tanto debajo como arriba de nosotros.-Había un puente. Jugaban con más dimensiones de lo habitual. Esperaría, los ojos abiertos como linternas. Y lo vería. Vería lo que eran, vería si sus miedos eran solo pavores del pasado o realidad del presente. Y una vez visto, abriría fuego y correría hacia la posición de Viviana. Mantendría la posición, cubriría a sus compañeros, mantendría sus miedos atrás con entereza y fuego. El fuego siempre era agradable.

miércoles, 4 de abril de 2012

Al sur de Hiperbórea 2



Recuerdos de Aswarya  (por Raelana)


No estoy sola. Los muertos me acompañan. Cada miembro de mi tribu viaja conmigo, atado a este cinturón de huesos. Cada falange tiene su nombre y me los recuerda, a ellos acudo cuando necesito hablar. Ellos me escuchan y me responden, flotan a mi lado cuando estoy dormida. Ellos viven mientras yo los recuerde, mientras yo los lleve conmigo. Y yo he jurado no separarme nunca de ellos.

El día que todos murieron está grabado en mi alma a sangre y fuego. Yo no estaba, no los vi morir. Yo había subido a la montaña, al hogar de los ancestros, donde los huesos de nuestros antepasados están enterrados. Allí podía hablar con ellos, preguntarles porqué las tribus del Oeste nos atacaban. Preguntarles como defendernos. Habíamos sufrido ya tres ataques, ataques cobardes donde un puñado de guerreros entraba en la tribu a robarnos las cabras y salir corriendo. Ellos nunca suben demasiado en la montaña, sus caballos no están acostumbrados a eso. Nosotros teníamos pocos caballos, éramos humildes, teníamos poco de todo. Los espíritus estuvieron callados ese día, permanecí allí toda la noche, quemando las hierbas prescritas, llamándolos y aullando y al final llorando al no recibir respuestas. Después bajé al pueblo y comprendí porqué no habían querido hablar conmigo. Los ancestros no estaban allí, en el suelo sagrado, habían bajado al pueblo y habían sido testigos de la matanza, los incendios, el miedo y el dolor. Esta vez habían sido muchos, yo encontré los restos, las pisadas de muchos caballos, muchos guerreros de nuestro pueblo derrotados. Las cabezas de mi madre y mi abuela estaban muy juntas, aunque sus cuerpos aparecieron en dos extremos distintos de la aldea. No había niños, se los llevaron a todos. A algunas mujeres también, las más jóvenes. Al principio tuve la esperanza de que alguien hubiera podido escapar pero esa noche los espíritus acudieron a mi en tropel, todos tan asustados que reviví todo lo que había pasado y lloré con ellos. Y les juré que no iba a volver a llorar jamás.

Llevé los cuerpos al suelo sagrado, tardé varios días en darles a todos la sepultura que merecían, me quedé allí con ellos, no soportaba volver a la aldea donde todo estaba destruido y cada mancha de sangre me hacía revivir la tragedia. Hice el cinturón de huesos, eran demasiados para hacer un medallón, aunque algunos los uní al medallón de los ancestros. El de mi madre y el de mi abuela. Es al medallón al que pido consejo cuando lo necesito. Al cinturón sólo le pido compañía. Voces amigas que me acompañen a través de los caminos. 

No tengo a dónde ir. Mi pueblo ha quedado atrás. Yo fui una niña traviesa, a la que le costaba concentrarse en los rituales que mi abuela me enseñaba. Me gustaba subir a las montañas y correr, y jugar. Mi abuela me regañaba. No hay tiempo para eso, tienes que aprender o todo nuestro saber se perderá. Mi madre ya sabía, pero ella nunca me enseñaba. Se pasaba el día de un lado para otro, sin ver ni oír a nadie. Mi abuela decía que se había adentrado demasiado en el mundo de los espíritus y no podía ver el nuestro. Yo no lo entendía entonces, pero ahora sí lo entiendo. Es fácil hablar con ellos, confiar en ellos. Y es duro vivir. A veces temo que me pase como a mi madre, pero llevo ya meses viajando y sigo viviendo en el mundo real. Me parezco más a mi abuela, ella siempre me lo decía. Mi abuela nunca se dejó arrastrar, dominaba en vez de ser dominada. Si miraba a alguien a los ojos se echaba a temblar. Yo nunca he conseguido eso. Después de mi iniciación la gente empezó a mirarme con mucho respeto, pero eso era en mi pueblo. En el resto del mundo las miradas son lascivas a veces, despreciativas otras, soy la extranjera, la que no conoce las costumbres y no sabe cómo comportarse. Pero también sé las virtudes de las hierbas y las piedras, la sabiduría de los animales y el poder de los espíritus. Y sé defenderme cuando me atacan.

No me gusta hacer daño, pero tampoco que me lo hagan. Al principio parecía más fácil si tenías un hombre. Un hombre se peleaba por ti, te protegía, era una pantalla y yo podía estar detrás y no se me veía. Viajé con él durante meses, pensando que era lo mejor. Porque tenía miedo de un mundo que no conocía y que era demasiado distinto para comprenderlo. Thorgrim se llamaba, tenía la piel tan oscura que me impresionó al verlo y los brazos tan fuertes que podía doblar el acero. Viajamos juntos, él conseguía trabajos de mercenario que realizábamos juntos, seguíamos viajando. Comprendí que no era seguro viajar con él la primera vez que me golpeó pero seguía teniendo miedo al mundo real. Tuvieron que pasar meses para poder comprender como eran las cosas. Cuando llegó el momento simplemente lo supe. Preparé la bebida como debía hacerse y se la eché en el vino. El ya estaba borracho y no se enteró de nada. Desaparecí de allí sin llevarme ningún hueso suyo. No creo que nadie me recuerde, a su lado yo era una sombra y nunca he vuelto a aquella ciudad. 

Desde entonces camino sola, y ya me siento más a gusto entre otros pueblos. Busco mis propios trabajos y los ejecuto yo sola. Hay gente que ya me conoce por mi nombre, son pocos todavía, pero algunos me miran con respeto y siento que me lo he ganado. Otros me llaman bruja y escupen cuando paso, pero yo no soy una bruja. Si los espíritus hacen algo a través de mi son ellos los que lo hacen, no yo. Es difícil explicar que sólo eres un recipiente, una portadora, un medio y que el poder que les asombra no es realmente tuyo. Me llaman Aswarya, la portadora de huesos. Mi nombre real no se lo he dicho nunca a nadie. Es como si lo hubiera dejado atrás, tan muerto como lo está mi tribu, y sólo lo oigo en sueños, pronunciado con la voz de mi abuela que a veces me canta cuando no puedo dormir.

Busco a los supervivientes. Los niños que no se acordarán de mí, las jóvenes que ahora serán madres de niños de otros pueblos. Recorro los mercados de esclavos de todas las ciudades por las que paso, con la esperanza de encontrar a alguno de ellos, pero no he tenido suerte. De los hombres que nos atacaron sólo tengo imágenes confusas en sueños, demasiado poco para poder encontrarles, aunque los muertos claman venganza y quieren usar mis manos. Si encuentro alguna pista los buscaré, se lo he prometido, pero no voy a buscar a ciegas. Tengo una prioridad por encima de la venganza: sobrevivir.

Ahora me he convertido en la única que lleva el legado de mis antepasados, la única que recuerda nuestras tradiciones y nuestros secretos. Soy algo más que una portadora de huesos, llevo conmigo todo lo que fuimos alguna vez, todo lo que hubiéramos podido ser. Mientras yo siga viva mi pueblo seguirá vivo. A veces pienso en volver, echo de menos las montañas, pero no puedo. No sobreviviré allí sola, tengo que seguir caminando.


martes, 3 de abril de 2012

Hay muchos traseros que patear 26


No tenía sentido. Los cuatro marines observaban una escena sucedida días atrás pero en el mismo lugar. Simo trataba de encontrar en sus reflexiones una solución acorde con sus ideas de la naturaleza con el fin de no caer en un pozo ciego de locura. La mente artificial de Helen no dudaba que se hallaban en un bucle espacio-tiempo y propuso el contacto; por su parte, el siempre práctico Rivers pensaba en el ahora, en la misión, en lo fundamental, el agua. Y Joe solo contemplaba la escena con ojos muy abiertos

Rompieron el silencio hablando por los micrófonos. La frecuencia era la misma de siempre sin embargo sus otros yo no dieron la impresión de oírlos, continuaban con sus quehaceres. No se decidían. Notaron algo entonces, Joe no usaba el casco pero no parecía afectado por el humo tóxico, algo en lo que ni siquiera él había reparado. Rivers se apoyó en una de las cajas con cierta intensidad cambiando de posición y parte de sus dedos penetraron en el metal. Joe le miró, hizo lo mismo presionando con fuerza y su mano entera atravesó el material, sacándola luego sin novedad. Presionó en el suelo y la bota se hundió en él, la extrajo sin ninguna dificultad. A todo esto, el material no se deformaba, simplemente era atravesado, seguía intacto.

De nuevo vieron al coronel acercarse a la Cheyenne, cuyos componentes estaban preparados para abandonar la nave. Todo sucedía igual. Helen vio una sombra a su derecha, próxima a ellos y apuntó allí su arma. Los demás siguieron su mirada para encontrarse con una alta figura, familiar, muy familiar: el coronel. Por un lado entraba en la Cheyenne y por otro se erguía a escasos metros de ellos. Fumaba, algo que solo hacía en contadas ocasiones, la expresión de su mirada denotaba cierta ironía y condescendencia. Hizo señas y gestos indicando que os quitarais los cascos.


…



Joe fumaba, Dillon también, mientras examinaba cansino y socarrón a Sandro, que le presentó su sonrisa de anuncio.

-Eso díselo a las hormigas, doc -.


La repentina comunicación dejó sin habla a la mayoría, con incógnitas no plasmadas a viva voz, creando más dudas e inquietud. Viviana no lograba restablecer la conexión, solo conseguía chasquidos y más chasquidos, a punto estuvo de optar por la estrategia de Dillon y darle una patada al trasto. Se movió de aquí para allá hasta que de golpe cesó cualquier sonido. Luego, de nuevo la estática regresó para caer en el silencio otra vez más. Esto sucedía según ella se colocaba en un sitio u otro, hasta que dedujeron que había un límite, una frontera, un perímetro alrededor del Independencia, a unos cincuenta metros, en su interior se escuchaba la radio, fuera del mismo enmudecía. Viviana se encogió de hombros, Benley entornó la mirada. El sargento gruñó y Anette pateó la reseca tierra.

Los prismáticos no ofrecían a la vista base minera alguna, al oeste la franja del río seco, al sur y este la extensa llanura desolada, al norte, ligeras colinas que ganaban altitud conforme se dirigían a las montañas del norte. Viviana probó de llevar a cabo la sugerencia de Frost, trasteó con el aparato, la longitud de onda, la frecuencia, el tipo de señal.

- Señor, creo…bien, si no me equivoco pienso que procede de algún lugar al norte…entre el norte y noreste, unos treinta kilómetros.

Sargento:- Ajá. Cruzando esas colinas hacia las montañas.

Se rascó la barba, paseó su mirada por las lejanas crestas, lo mismo que el resto. Pasó el tiempo, nada en la radio, nada desde el Independencia. Montaron un estrecho entoldado protegiéndose del sol. El sargento tenía esculpida en piedra su cara, sin dejar entrever sus pensamientos. Anette al contrario, estaba nerviosa. Sandro mascaba chicle, y Benley escribía en su diario. Las tripas ruidosas reclamaban su paga que no obtendrían todavía. No quedaba casi nada de comida ni agua.

Se arrastraban las horas; tras cinco de espera incómoda, en las que el sargento negó sistemáticamente que alguien más entrase en la nave, tomó una resolución: le dijo al cabo Benley que marchase con los demás hacia ese punto ignoto, eran marines y su misión, al menos a veces, era salvar vidas. Aparte de que, como bien todos sabían y el médico señaló, era posible encontrar alimentos y agua. Él se quedaría esperando a los otros cuatro marines. Viviana protestó, no le sirvió de nada, Kaplizki le recordó el artículo 10 de su código, “los marines siempre obedecen y respetan a sus superiores”. Cargaron las mochilas y enseres, y se pusieron en camino.



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 Helen


Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Se salía de todos los esquemas lógicos, de cualquier lógica, y eso daba errores en todos sus cálculos. Empezaba a ser consciente de que esa situación era un completo error para ella y Rivers estaba en lo correcto. Tenían a Joe, era el momento de irse. Miró a "los otros" con cierta rabia. Eran marines, su trabajo era salvar vidas pero no podían salvarse a si mismos. Era irónico.

Parecían fantasmas dentro de La Independencia. Atravesaban objetos, incluso el suelo mismo sin dolor ni problema alguno. Y nadie parecía oírles, salvo ellos mismos.

- Bueno, dado que no podemos cargar con nada, ni hablar con nadie lo mejor es que salgamos de aquí. Este sitio me pone los pelos de punta.

Sin embargo el coronel si podía verlos, o eso parecía. ¿Por qué él sí y los otros no? Se preguntaba una y otra vez. Les hizo señas para que se quitaran los cascos tal cual había echo Joe, daba la impresión de que iba a decirles algo importante y quería que le escuchasen bien. Helen se acerco con el casco en una mano y el rifle en la otra, olvidando todo lo demás.




Dillon Frost


El mensaje se desvaneció. Dio paso al silencio y luego a la estática. Él permaneció inmutable. Viviana trató de localizar la señal. Si es que seguía ahí. Dedujo algo, una dirección. A treinta kilómetros. Entonces ¿No venía de dentro de la nave? No, claro que no. ¿Qué sentido tendría que los mineros estuviesen dentro? Entonces la nave no era algo natural de aquel planeta, al igual que ellos. Venía de fuera, de lejos, de las estrellas. Aquel lugar no tenía nada de antinatural. Eran ellos los marcados, los contaminados por la antimateria.
Esperaron. Nada. Los muchachos no volvían. ¿Habían encontrado la muerte en sus entrañas o una posibilidad de supervivencia? Quizás les habían capturado aquellos que estaban en la nave. O seguía investigando. Además con todas las cosas raras que estaban pasando ¿Cómo podía asegurar él que el tiempo pasaba a la misma velocidad dentro que fuera? Cualquier posibilidad que pudiesen contemplar era igual de válida que otras nacidas de la razón y la sensatez.

El sargento se negó a que entrasen en la nave. Él se ofreció una vez más. Por sus compañeros, por querer ir más allá y descubrir de una vez por todas el misterio que encerraba todo aquello. No le dieron esa oportunidad. Era el matasanos. Claro, alguien importante. No pudo salvar a Miguel, ni al coronel, ni a Baltasar...si, alguien necesario, vital. ¿Acaso no morirían igual sin él? También era un marine. No un civil. Matar era su credo, igual que el de sus compañeros. Siempre le apartaban. Era el único que no había pasado por una academia, el único médico, el único negro. Siempre a un lado.

El sargento tomó una decisión; quedarse solo a esperar. Algo tan inteligente como mear contra el viento.

-Señor, permiso para hablar con libertad.-Si se lo daba, bien. Si no, se lo saltaría. No solo debía solucionar las facturas, hemorragias y fiebres de sus compañeros. También tenía que remendar la mayoría de las gilipolleces que salían de sus bocas.-Señor, solo no puede quedarse. Es territorio hostil. Usted solo es un blanco fácil. Yo me quedaré con usted, a esperar. O elija a otro, no importa. Pero no puede quedarse solo. Y lo sabe, señor. No necesitamos ir todos a una misión de reconocimiento. Un marine es solo un hombre, dos son un ejército.-No se movería hasta que el sargento aceptase algo de compañía. No podían dejarle solo. Oficial o no, no podía quedarse solo.







Anexo


-Adelante, Dillon. Ya se lo que vas a decir, pero, vamos, empieza.

El sargento le escuchó, lo mismo que a Carlo. Los demás no protestaron, restaron de pie, aguardando la respuesta del suboficial.

- ¿Crees que me importa ser un blanco fácil? Mira a tu alrededor, Dillon. Dime qué ves. Nada. ¿Van a venir más hormigas mutantes, soldados enemigos, una nueva tormenta de arena? Lo que sea, qué más da. Ya he calculado y reflexionado antes que tú sobre lo que dices. Esa es mi decisión. Esperaré un tiempo prudencial, quien sabe si los demás regresarán. No tenemos idea de donde están ni lo que hacen. Deberían haber vuelto ya, puede que nunca lo hagan, puede que el tiempo sea distinto ahí dentro.


Escupió saliva reseca y terrosa. Continuó en el mismo tono parsimonioso, nada agresivo, sin levantar la voz, pero cargado de fuerza:

- No es una misión de reconocimiento. ¿Tu cerebro ha captado el mensaje de esa mujer, el tono de su voz, la angustia, o también se te han freído los sesos? ¿Lo habéis observado todos? Tienen problemas. Serios, seguramente. Nosotros también. Muy serios. Y vamos a ayudarles. Es algo que podemos intentar hacer, algo que vais a hacer. Eso nos hará olvidar esta maldita mierda que sucede. A ti te digo lo mismo Carlo. ¿Te vas a quedar aquí para rascarme la espalda? Prefiero tenerte lejos, auxiliando a esa gente. Aunque solo sea para no aburrirme con tus historias. Imagina que allí hay niños como el tuyo. Esposas. No tengo idea. Marcharos de una vez, no dejad de sintonizar la frecuencia de esa base. Marcad el terreno para que podamos seguiros luego. Largaos ya, y procurad asustar solo a los malos.


lalalalala

Dillon Frost


Lo malo de tirarse un farol es que el otro cabrito con el que estás jugando quiera descubrir tus cartas llevando una simple pareja. A pesar de todo lo que quería hacer, a pesar de lo que deseaba y de lo que pensaba, a pesar de no ser un marine de pura cepa…sabía que no podía desobedecer una orden. Si, se rebelaba como un pez capturado en una red. Boqueaba y daba saltos a pesar de que sabía de antemano que no podía escapaba. No era como Rivers. Se lamentó de que él tozudo marine no estuviese allí. Al menos el sargento hubiese tenido algo de compañía.

Carlo también lo había intentado. Les habló a los dos. Les picó donde más dolía. A Calor le recordó que podía haber niños y mujeres en apuros. A él la sola idea de ayudar a alguien ya le motivaba. Usaba esos puntos buenos que tenían para alejarles. ¿Olía el peligro? Miró a su alrededor. No había hormigas. No obstante, tampoco estaban ahí cuando aterrizaron en aquel estercolero y no tardaron en chocar con ellas. ¿Qué hacer? Era como si el sargento se hubiese rendido y quisiese quitarse un peso de encima.

Dudó, flaqueó. El sargento sabía lo que se hacía. ¿O no? Estaba armado. Sus compañeros podían volver en cualquier momento. Un marine sabe cuidar de si mismo. Los mineros no. ¿Y quería ir allí? Locos, una explosión de antimateria, la nave retornada y hormigas gigantes. ¿De verdad quería saber a que temían los mineros? ¿Que nuevos demonios verían sus ojos?

Apretó los dientes. Se le ocurrían muchas cosas que decirle al sargento. Entre ellas insultos, ruegos, amenazas y hasta golpes. No quería dejarle ahí. Era su decisión. Eso valía. Estaba en el ejército. Sus encías sangraron. Tensión recorriendo todas sus muelas. ¿Tenía que verlos a todos morir, desaparecer? El grupo era cada vez más pequeño. De todo lo que podía, quería, decir, solo llegó
a exclamar unas palabras.

-¡Joder, señor!-Afirmó.- ¡Joder!-Sentenció con mal humor. Saludó, marcialmente, se cuadró.-Hasta la vuelta, señor.-Empezó a caminar en la dirección marcada, bastante molesto. Marcaría él el camino. Llegarían a la mina, acabarían con lo que allí estuviese asustando a los mineros y encontrarían ayuda para volver a por los demás. Alguien les diría donde diablos estaban. Beberían, comerían, y al final recordarían todo aquello como un mal sueño.

Un mal sueño. Esos nunca se van. Él lo sabía bien.




Simo Kolkka


Sus compañeros pensaron más rápido. Helen demostró los conocimientos de estructura del espaciotiempo que le venían por defecto, mientras Rivers decidió algo más sensato y práctico, ir en busca del agua. Poco después descubrieron que todo a su alrededor estaba formado por una especie de materia deformable que mas que recuperar la forma no llegaba a perderla. Era como si la atravesaran, pero con la peculiaridad de que tenía algo parecido a tensión superficial, que evitaba que atravesaran el suelo hasta... ni idea.

Algo inesperado ocurrió entonces. El coronel parecía haberlos visto, a diferencia del resto de copias de sus compañeros, y les dijo que se quitaran el casco.

- No creo que sea necesario quitarse el casco para escucharle, ¿verdad? Si es así, preferiría llevarlo puesto. Le escuchamos...

En otras circunstancias habría acatado la orden de su coronel, pero por lo que sabía el coronel estaba muerto, y aquel tipo podía ser cualquier cosa o persona, y no estaba dispuesto a arriesgarse, ya que perfectamente podría tratarse de una trama.

lunes, 2 de abril de 2012

Hay muchos traseros que patear 25



25


La expresión de Viviana era de profunda reflexión. Al fin habló:

- Estamos considerando que la emisión proceda de la nave. ¿Y si no fuese así?

Anette: ¿De dónde sino? Eh?

Sandro: De las hormigas, tal vez. Lo vi en un holo-film, unos bichos, unos insectos se comunicaban con humanos.

Nadie le respondió. El sargento reconsideró su postura. Miró a Helen:

- También eres nuestra piloto. ¿Lo recuerdas? No teníamos laboratorio en el Independencia. ¿Qué es eso de mineras? Viviana, continúa con ese trasto. Bien, adelante. Los tres. Puede haber cualquier cosa ahí. Que desafía las leyes de la lógica, de la naturaleza que conocemos. Esto es el espacio y ya sabemos lo extraño que resulta. En cuanto sea posible que uno vuelva e informe. Encontrad a Joe y traedlo…de una pieza. Poneros los cascos y usad los tanques de oxígeno. En marcha. Y suerte, muchachos.

Los tres avanzaron unos pasos y desaparecieron lo mismo que Joe. Daba escalofríos. Helen dejó la radio a cargo del grupo mientras Simo escudriñaba con la lente sin rastro de nada de lo que quisiera localizar.



…

Se quedaron esperando los demás. Dillon y Joe fumando, bebiendo, y masticando la palabra esperanza. Frost observó al detalle la nave con los binoculares, no encontró nada a parte de metal castigado por una entrada brusca en al atmósfera y pequeña fisuras. Sandro masticaba chicle, aburrido, Anette solicitó permiso para hablar sobre Helen. Denegado, fue la respuesta del sargento; la chica tuvo que morderse la lengua.

Helen los había identificado, algo que no gustó a todos; el sargento no se opuso. Dillon no había encontrado francotiradores, el mensaje de radio no cambiaba. Viviana lo intentaba concentrada como siempre en su trabajo. Se escuchó un nuevo chasquido y la radio enmudeció. Un poco después se oyó la misma voz, retazos de lo que decía. Se desprendía claramente el miedo, la ansiedad y la alegría incrédula de escucharles a ellos. Más o menos se entendió lo siguiente después de varias repeticiones:

- Al habla la base minera Loren-Mech. Soy la capataz Fresna Mckillys. Dios bendito ya era hora que alguien apareciese. ¿Qué coño hacían? ¿Qué pasa con la compañía? ¿Se olvidó de estos desgraciados?

El sargento tomó el micrófono con cara de circunstancias:

- Cálmese, Fresna. Le habla el sargento Kaplizki de la Unidad Sigma-5, Marines Coloniales. Hemos tenido…problemas con el aterrizaje.

Fresna:- Sí, este jodido planeta no es precisamente un vergel. Pero…

La comunicación empeoró nuevamente; luego, pareció que se recuperaba.


 

Dillon Frost


Sandro hizo un comentario sobre hormigas parlanchinas. Con el cigarro en la boca se acercó a él y sacó su linterna de mano. Le pidió que abriese el ojo y se lo iluminó.

-Las retinas están bien.-Le puso la mano en la frente.-No, no, no tienes fiebre. Tampoco padeces decoloración.-Solo había un diagnóstico posible.-Entonces eso que has dicho es simplemente una gilipollez.-Una cosa era pensar en vida inteligente extraterrestre y otra muy distinta que las hormigazas que habían pisado hace unos días tuviesen esa clase de inteligencia. Rivers, Simo y Helen se adentraron en la nave. Desaparecieron igual que Joe. ¿Volvería a verlos? Le dio una calada al cigarrillo. Solo podía esperar. Eso le estaba comiendo por dentro. Tenía los nervios destrozados. No le gustaba quedarse a mirar mientras otros se jugaban el cuello. Como médico en el campo de batalla no tenía tiempo para nada. Siempre andaba ocupado. En misiones de exploración o infiltración siempre se quedaba fuera. Cada uno en su sitio. Era un equipo, debía cumplir con su parte. Tsk, eso no hacia mejor la espera.

La radio atrajo su atención. Se escuchó algo. Le dejó secó. Una colonia minera. Miró a su alrededor. Luego al sargento.

-¿Alguien ve la base minera?-Se pasó la mano por la cabeza sudorosa.-Así que por un lado tenemos nuestra nave y por otro la transmisión de una colonia minera.-Dejó de lado cualquier pensamiento lógico y acalló las preguntas de ¿Cómo? o ¿Qué es toda esta mierda? Se concentró. Trató de ser práctico.-Tratemos de averiguar donde están y donde estamos. También porque nos esperan...-No les esperaban a ellos, claro. Había sido una larga semana. Pensó que quizá ahora tendrían que hacerse cargo de otro asunto. La capataz había sonado asustada y jubilosa por su presencia. No era su estilo ir de héroe por la vida pero era médico, lo suyo era salvar vidas. Si había una colonia minera habría agua y comida. Su propia supervivencia ya estaba solventada. Quedaba la de los demás. Tiró el cigarrillo al suelo, lo apagó con el pie.

-¿No podemos localizar su señal?-No era un experto en comunicaciones. Cuando el radar fallaba o se estropeaba la radio el pensaba que se podía arreglar dándole una buena patada. Después de todo, había hecho bien en quedarse.









…


Simo y Rivers casi vomitan cuando fueron engullidos por la nave. Notaron una sensación de mareo y se apoyaron en las paredes. Fue pasar del árido y yermo escenario anterior, directamente al interior del transporte. Helen no sintió estas incomodidades, pero sí una ligera sensación de desorientación. Rivers marchó el primero por el oscuro pasillo, tal vez no fue una buena decisión del sargento elegirle para este reconocimiento, sin embargo Kaplizki conocía bien a sus hombres, o eso creyó hasta el motín. El loco del Sadar.

Era un horno. La misma Independencia que habían abandonado gracias a la Cheyenne. Humo, calor, fuegos. Idéntica sensación agobiante. Los sensores de muñeca señalaban 50ºc, 65% de oxígeno. Se dirigían al hangar. Allí, en la entrada, encontraron a Joe, acuclillado tras unas grandes cajas. Su mirada extraviada, sus gestos acuciantes, su mueca de incomprensión; con la mano hizo señas de silencio absoluto.

Allí al frente, vislumbrada entre los jirones de denso humo que se alzaban por todo el interior del hangar, vieron una escena terriblemente familiar, desde otro ángulo, que les dejó petrificados y casi sin respiración: Dillon se aproximaba con el moribundo Miguel a la Cheyenne, junto con el herido sargento, y Rivers a su lado. Entretanto medio se veía a Carlo en la bodega del transporte que acomodaba cajas, mochilas y equipo. Llegaron Carlota, Viviana y Baltasar con tres carros, y Benley les echó una mano con todo ello.

…



Simo Kolkka


No pudo evitar sonreír ante el comentario de Sandro sobre insectos parlanchines. Lo que no le hizo tanta gracia fue lo que dijo Viviana. Quizás hubiese algún tipo de civilización cerca. Lo suficientemente cerca como para captar la transmisión. O quizás la comunicación venía de una nave en órbita, con un sistema de comunicaciones que suficiente alcance. Por el momento se quedarían con la duda. Después de prepararse de acuerdo a las indicaciones del sargento, y de no encontrar nada en el rápido reconocimiento, empezó a avanzar detrás de Rivers, y un poco por la derecha. Hele debería de ir detrás de él. No estaba del todo a gusto sin saber exactamente las órdenes del que le cubría la espalda pero, con todas sus reticencias, no era momento de poner en duda el compromiso de Helen como marine.


Y de pronto, tuvo la sensación de volver a caer en una nave sin control contra la superficie de un planeta. De pronto se encontraba en algún lugar cerrado, mareado. Miró a su alrededor cogiendo el rifle como si fuera un granjero con una escopeta de caza, impotente. Encontró apoyo en una pared, y poco a poco las cosas dejaron de moverse. Estaban dentro de la Independencia. Rivers seguía delante, y Helen detrás. Buscó alguna puerta que pudieran haber atravesado sin darse cuenta. El calor era insoportable.

Tardaron poco en encontrar a Joe. De momento el plan de sacarlo de una pieza prometía. Pero la sensación de optimismo acabó ahí. En el hangar gente se movía de un lado para otro, cargando otra nave más pequeña con equipo. Eran ellos. Ellos mismos. Carlo, Viviana, Benley... incluso Miguel y Baltasar. Y también Rivers. Buscó la cara de su compañero. El original. Su cara en aquel momento no iba a tener precio. Simo se puso de cuclillas, aunque no sabría decir si para ocultarse más fácilmente o para no caer al suelo desmayado. Cuando se alistó en los marines le dieron un folleto en el que decía que te entrenaban para cualquier situación. Obviamente le habían engañado. No sabía que decir, o que pensar. Parecía una obra de teatro. Tras unos segundos, empezó a pensar con algo de claridad. Habían entrado en la nave de golpe. No recordaban como. Y al "aparecer" allí se habían encontrado mareados. Todos menos la droide. Quizás los habían emboscado y drogado justo al entrar. O quizás después de llevar tiempo en la nave, pero lo habían olvidado como efecto de lo que sea que les hubieran metido.

- Helen.- dijo en voz lo mas baja posible, pero que pudiera oírle.- ¿Tu también estás viendo "eso"?

En cualquier caso, a ella podrían haberla reprogramado, o algo por el estilo. No sabía que hacer. No sabía que se esperaba de el. Solo podía esperar a ver que pasaba. E intentar para a Rivers si decidía solucionar el dilema con una gran explosión. Quizás sus compañeros tuvieran alguna idea genial para salvar el día... Por eso estaban allí, al fin y al cabo.


Helen


Viviana empezó sorprendiendo a Helen con su comentario. Pensó lo decía en broma, pero la respuesta de Sandro le hizo considerar si era un enemigo de la raza humana o no. Helen hizo amago de intervenir, pero un segundo pensamiento le hizo pensar que Annette se tomaría su opinión del peor modo posible.

El sargento le recordó que también era piloto. ¿Era una muestra de aprecio o solo de miedo por perder una de las maneras posibles para salir de aquel pedrusco con forma de planeta? Sus comentarios siguientes sobre que no había laboratorio en la nave ni lógica era cosas que ya sabía Ghost. Aunque no estaban de mas por si alguna unidad orgánica los había olvidado o pasado por alto. Afortunadamente, su petición de entrar en la nave fue aprobada.

Algunos parecían molestos por haberlos identificado. Molestos o no, era un protocolo inviolable de los marines. Algo que debía hacerse al entablar comunicación tanto con criminales, rebeldes o civiles. No hacerlo iba en contra del reglamento. Y para Ghost el reglamento militar era como la Biblia misma. Se pregunto si aquellos que parecían molestos no serian realmente americanos o si infringían el reglamento con frecuencia. Tomo nota mental para prestar atención por si se daba algún tipo de infracción grave.

Viviana hizo otro de sus milagros electrónicos y las comunicaciones mejoraron considerablemente. Alguien se identifico siguiendo el protocolo. Dijo su nombre y la localización. Helen pensó en preguntar por el nombre del planeta y las coordenadas de la base, pero no tenían ni un mapa y ambas preguntas dejarían claro que toda la unidad estaba perdida creando un pánico innecesario.

Los tres fueron engullidos por la nave. Sintió como en su piel sintética había disonancias energéticas que creaban un vacío arriba, que los empujaba o mejor dicho, los atraía. El estomago sensible de ambos marines protesto dejando en el suelo la poca comida que tenían sus tripas. Igualmente no parecían adaptados a la gravedad artificial y se apoyaban en las paredes. ¡Con la de veces que habían pateado la nave! Supuso que a ella le afectaría otro tipo de cosas, aunque esperaba el traje térmico le protegiese. Rivers inicio la marcha, cosa lógica dado su temperamento. Un hombre de poca paciencia que no se complicaba en ideas. ¡Un gran hombre! Helen cubrió la retaguardia, aunque le pareció ver cierta suspicacia en los ojos de Simo. Muy probablemente le engaño la vista tras el cristal del traje sintético. Caminaron por la Independencia y el horrible calor del exterior parecía en comparación un sol veraniego. Respirando de sus bombonas tres de cada cuatro bocanadas.

La suerte parecía acompañarlos. Lo que parecía una visita que les haría recordar los horrores de la nave, fue un simple paseo ya que Joe apareció rápido. Cuando se reunieron con él su apariencia volvió a ser la de un paranoico. Joe pidió silencio por señas, y Ghost agudizo sus oídos sintéticos mirando todos en la misma dirección. Simo hablo;

- Helen, ¿Tu también estás viendo "eso"?

La sintética asintió con la cabeza. Era como ver el pasado a través de una gran pantalla, sin embargo era real. - Einstein tenia razón después de todo.- susurro como si habría trabajado con él.- La disonancia de energía, puede alterar el flujo temporal de lo que se halle en el medio. Y la energía no es otra cosa que materia, o... antimateria. Debemos...

No sabia que hacer. Por eso estaban los tres observando, sorprendidos e indecisos. Todo era igual que entonces. No, no todo. Estaba Miguel y todavía estaba vivo. Y sabia que le pasaría a Miguel si no hacia nada, tenia la oportunidad de intentar torcer el destino, y debía hacerlo puesto que su trabajo era ese. Salvar vidas.

El problema era cómo aparecer. Pensó en informar al sargento, pero se disuadió al instante. Ahora estaban en el "antes de" y no en el "ahora".

- Creo que... - aspiro aire para decir lo que pensó sonaría, no solo ridículo, sino complicado - que deberíamos convencerlos de que salgan afuera. Todos ellos. Tu Rivers no te dejes ver por las dudas.




Jake Rivers

Finalmente el sargento da permiso a Helen para ir con ellos. En principio no comprendió el motivo de obligarla a permanecer allí, luego se recuerda que los oficiales no son muy dados a compartir sus reflexiones con los demás. Finalmente cede porque ella es piloto… ese debería ser un buen motivo para dejarla atrás en lugar de hacerla ir, pero personalmente no le importa en absoluto llevarla en la retaguardia. Por lo que recuerda, y como ha mostrado en este mismo planeta, no duda mucho en ofrecerse voluntaria. Para él eso basta, Simo parece menos seguro. Rivers no llegará a comprenderlo nunca, por suerte tampoco le importa, si los demás siguen escandalizados por saber que les acompaña un sintético, o una sintética en este caso, deberán hacer lo posible por adaptarse cuanto antes.

La entrada en la nave es bastante rara, acaban mareados, sin embargo no se han movido tanto como para eso. Trata de recomponerse rápidamente mientras mira a los demás, le gusta no ser el único que se siente cómo una mierda, de lo contrario podría pensar que es demasiado débil. Las condiciones no han cambiado demasiado, lo cual le extraña bastante, este planeta tiene atmósfera y la nave tiene fisuras, el oxígeno debería estar entrando poco a poco. Es más, con los días transcurridos sin que los motores estén en marcha, también debería haber bajado la temperatura. Eso último es menos raro, prefiere no pensar mucho en ello, pero el aire es otra cosa. Ya hará preguntas luego, por ahora esto es territorio hostil, debe avanzar en sigilo hasta encontrar a su compañero, entonces explorarán un poco más.

Joe no llegó muy lejos, sigue en la puerta. Les señala hacia delante, Rivers mira con cierta desgana al principio, entonces queda perplejo durante unos segundos. Esta escena ya la vivió, pero no desde este ángulo. Han pasado días desde aquello, sin embargo lo tiene de nuevo ante sus ojos. Nuevamente mira a sus compañeros para ver si están viendo lo mismo, pero no habría hecho falta, Simo lo pregunta sin más. –Genial, romper el silencio es lo mejor que podríamos hacer en esta situación- se dispone a darle un pequeño puñetazo en el brazo, para mostrar su disconformidad, pero entonces Helen también – ¿Hoy es el día de olvidar toda la instrucción?- le sorprende, especialmente por parte de Ghost. Rivers se lleva el dedo a la boca para hacer el gesto universal del silencio. Él no sabe si esto tiene mucho que ver con Einstein, tampoco sabe si están viendo algo real o son simples reflejos, o incluso si los reflejos son ellos. Todo eso son hipótesis indemostrables. Ya tiene poco sentido guardar silencio, así que comprueba si alguno de sus “viejos yo” se ha percatado de la presencia extraña, entonces se agazapa para dificultar ser visto, y niega un par de veces con la cabeza. Tocará hablar en susurros. –Lo que ocurrió, ocurrió. No sé lo que es esto, no sé si vemos el pasado, un reflejo, o una jodida función. Pero esta nave estaba estrellada en el planeta. Lo que hagáis ahora no va a cambiar nada, no para mejor. Esperemos a que salgan y revisemos la nave entonces. Sabemos donde se guarda el agua. Vamos a por ella, si aún queda, la sacamos, y pensamos entonces lo que hacer.- La experiencia con la antimateria ha sido bastante mala la primera vez, tiene pocas ganas de repetir. Les mira esperando confirmación, o a ver si Ghost realmente pretende intentar lo que ha dicho. Todo el mundo querría cambiar algunas cosas del pasado, pero deben asumir que ya está hecho. Esto no es real, no puede serlo. Sin duda hay alguna explicación razonable, pero ellos deben comportarse como marines. Evaluar el riesgo, examinar las posibles opciones, y tomar la decisión más conveniente para seguir adelante. Por su profesión deben correr riesgos, pero no hacerlo innecesariamente. Además, si no les han oído ya, tampoco cree que vayan a reaccionar.

domingo, 1 de abril de 2012

Al sur de Hiperbórea

Al sur de Hiperbórea


“El mar”


Inicio otro relato, más corto, en unas pocas entregas. Ambientado en la edad Hyboria, igual que Hechicería y Acero. Es un relato intimista, crepuscular incluso, no falto de aventura, deseo y, tal vez, amor. Y violencia, claro, para ser fieles a Hyboria, junto con pinceladas del mundo sobrenatural.

En esta ocasión comparto la narración con otra excelente escritora, Raelana.



Estepas al norte de Turán.


Los primeros rayos del amanecer despejaban la baja neblina de las estepas turanias y teñían de bronce los cabellos de Aswarya. Hacía frío, como todos los días, y el sol era bien recibido hasta su cenit, cuando apretaba con fuerza castigando las piedras que salpicaban la árida y extensa llanura.


Viajaban hacia el sur, al encuentro del gran río Nezvaya. Según Lucos, esa misma tarde alcanzarían su ribera y siguiendo el trazado de la misma encontrarían poblaciones costeras donde conseguir alimentos y algún trabajo. En el peor de los casos podrían continuar hasta su desembocadura en el Mar de Vilayet donde sin duda la espada del guerrero y las aptitudes de la chamán serían bien recibidas. Turán no discriminaba a nadie dispuesto a recibir su oro a cambio de proteger y ampliar el imperio.

Lucos había perdido su caballo en una partida de dados y ahora cabalgaban los tres sobre el de Aswarya. En el medio el hombre, delante el niño de cuatro años, Sando, y atrás la joven. Sando iba con ellos desde que dos días atrás se encontraron con aquellos tres carros atacados por los bandidos de las estepas. Los asesinos no habían dejado a nadie con vida: quemaron los carromatos, mataron a hombres y mujeres, violaron a estas últimas, despreciando el dinero que pudieran conseguir en los mercados de esclavos. Sando estaba oculto bajo unos matorrales, milagrosamente hubo salvado la vida. El chico no decía apenas nada, y se quedó un buen rato llorando al lado de una mujer joven a la que habían cortado el cuello. Enterraron a los cadáveres y los dos aventureros prosiguieron su camino, esta vez acompañados del niño, al que no podían abandonar y pensaban dejar en algún hospicio o lugar decente. A Lucos no le hacía gracia cargar con un mocoso, pero Aswarya se apiadó de él y convenció a su compañero que siempre se dejaba llevar por la voluntad de la mujer.

Lucos no era mal tipo. Desde luego se parecía bien poco a su anterior camarada de triste y desgraciado recuerdo. Lucos era alto, bastante fuerte, tenía una larga melena negra, barba rala y la mandíbula un poco prominente. No debía contar más de treinta años y su tierra de nacimiento era Corinthia. Parco en palabras, voluntarioso y optimista, no brillaba por su inteligencia ni su habilidad con la espada. Compensaba esto último con sus artimañas, su mirada aguda, inquisitiva y su voz dominante, atributos que por lo general hacían intimidar a la gente, siempre y cuando no fuesen de su misma calaña. Pendenciero y amigo de los juegos de mesa, en particular los dados, donde perdía todo lo ganado pues su mala suerte y juego eran terribles. Trataba bien a Aswarya, la respetaba y en las tres semanas que llevaban juntos jamás le levantó la voz ni la mano, al contrario consideraba que la chica era la cabeza pensante de los dos y solía acatar sus decisiones. Además, pensaba que una mujer valía tanto como un hombre pues ya había tenido ocasión de luchar al lado de otras amazonas y pudo comprobar como las gastaban algunas de esas guerreras. A eso se añadía una curiosidad y temor por los manejos y rituales extraños de la hiperbórea, que le atraían y a la vez repelían, observándola siempre desde varios metros de prudente distancia, con suma precaución.

Cabalgaban en silencio, bajo un sol de justicia y un horizonte monótono y aburrido. Apenas tenían unas pocas monedas, un caballo cansado, y víveres secos y rancios; dos pellejos de agua y un niño de cuatro años. Aswarya torció el gesto pensando en que su situación no era nada buena si se daban de bruces con una partida de saqueadores. Su estómago gruñó sonoramente y esto hizo que Lucos soltara una risotada y el niño sonriera por primera vez.

- Será mejor que comas algo –aconsejó Lucos.

- Yo tengo hambre también –dijo el niño-

-Hum. Ya. –Lucos detuvo al caballo, oteó el horizonte-. Malas tierras estas, Aswarya. No os preocupéis, esta tarde podremos comer sabroso pescado y darnos un baño.

La hiperbórea dejó entrever una sonrisa triste en su hermosa cara tatuada. De pocas palabras, lo mismo que su compañero, reflexiva, sus pensamientos la mantenían en un silencio que aumentaba el halo enigmático que Lucos veía en ella.

Hay días en los que estoy tan cansada que ni recuerdo mi nombre –pensaba- . Días en los que me dejo llevar, apoyando la cabeza sobre la espalda de Lucos pero sin cerrar los ojos, porque no puedo evitar mirar hacia todas partes intentando abarcarlo todo. No es miedo, pero sí prudencia. Aunque ya no viajo sola no me siento segura.

No soporto que me toquen. Incluso al apoyar la cabeza interpongo la capa para no rozar su piel. Miro a Sando y a veces pienso que necesita un abrazo pero no puedo dárselo. Es como si una barrera se interpusiera. La barrera de sus ojos tristes, o de los míos. Nos miramos a los ojos y nos entendemos bien, hemos sufrido el mismo dolor. Pero me siento siempre un poco alejada de ellos, rodeada de los huesos de aquellos que pertenecen a mi pasado, que me acompañan en mi presente. Sando sentía curiosidad pero tampoco he dejado que los toque.

Ahora ya estoy más tranquila. Cuando encontramos a Sando y vimos la carnicería fue como revivirlo todo de nuevo. Hay cosas que se te quedan encostradas en el alma y aunque pienses que las has superado salen a la superficie en cualquier momento y te hacen el mismo daño. No derramé ni una lágrima mientras los enterraba, pero me costó no hacerlo. Creí reconocer a viejos conocidos entre ellos pero la ilusión pasaba al cabo de un momento. Después sentí que la sangre olía distinta, que estaba en una tierra donde yo no tenía raíces. Busqué un lugar donde estar a solas pero me rodeaban los muertos, asustados, intentando agarrarme pero yo no podía librarlos de su dolor. Lucos me hablaba pero era como si estuviera muy lejos. Solo la mirada del niño parecía real.

-Lo llevaremos con nosotros -le dije, y él torció el gesto como hacía cuando jugaba a los dados y perdía pero no replicó. Viajar con un niño no era lo que estaba previsto, pero no podíamos dejarlo allí, rodeado de muertos. Sé que si le hubiéramos preguntado habría preferido quedarse. Que tardaría unos días en darse cuenta de todo, en asimilar que estaba solo. No le he ayudado en eso, ni siquiera arranqué el hueso del dedo de su madre para hacerle un colgante y que lo llevara al cuello. Ahora lo miro y veo que los muertos no viajan con él. A veces que te acompañen es un consuelo, otras veces es como si te anclaras demasiado al pasado y él es muy joven, puede olvidar.

El caballo sufre por el peso de los tres, pero no soy capaz de recriminarle a Lucos su mala suerte en el juego. El no tiene la culpa, es algo que lo arrastra igual que a mi me arrastran otras cosas. No puedo entenderle pero se que es parte de su cultura, como hay muchas cosas de la mía que él tampoco comprende.

No me siento segura a su lado. Quizás ya no me vuelva a sentir segura nunca más. Tampoco deseo que sus brazos me rodeen y él lo respeta. Eso me gusta. No quiero romper esa distancia que nos separa, ni la que me separa del niño. Es como si observarlos desde lejos me permitiera verlos mejor, aunque no entenderles. Es tan difícil entenderles.

Tengo hambre ya, pero no quiero obligarlos a parar. Aun nos queda mucho camino por delante. Me duele la espalda también. Es este extraño clima, me falta el aire de la montaña, el aire denso que parece hecho materia y que cuesta respirar, que enfría los huesos y se mete en el alma. Aquí el sol luce feroz para taladrarme y aunque me cubra con la capa lo siento a la espalda, golpeándome. Me pregunto cuanto falta para llegar. Preguntárselo a Lucos supondría romper el silencio y no quiero hacerlo.

Al final ha sido mi estómago el que lo ha roto y Lucos ríe. También el niño esboza una tímida sonrisa en medio de las sombras que lo rodean. Llegaremos a nuestro destino pronto, solo tenemos que aguantar un poco más. La promesa sirve para animar nuestros corazones a pesar de lo duro de la marcha, de los peligros que podemos encontrar en ella, del miedo que aún nos atenaza al recordar la masacre que hemos contemplado en las cercanías de la sierra de Soren.

Seguimos avanzando, la noche enfriará el aire y se llevará el sol. En la montaña el cielo nunca es tan azul como aquí. En la montaña las cumbres están siempre envueltas en bruma, o quizás es que allí nos rodean demasiados fantasmas.