martes, 3 de abril de 2012

Hay muchos traseros que patear 26


No tenía sentido. Los cuatro marines observaban una escena sucedida días atrás pero en el mismo lugar. Simo trataba de encontrar en sus reflexiones una solución acorde con sus ideas de la naturaleza con el fin de no caer en un pozo ciego de locura. La mente artificial de Helen no dudaba que se hallaban en un bucle espacio-tiempo y propuso el contacto; por su parte, el siempre práctico Rivers pensaba en el ahora, en la misión, en lo fundamental, el agua. Y Joe solo contemplaba la escena con ojos muy abiertos

Rompieron el silencio hablando por los micrófonos. La frecuencia era la misma de siempre sin embargo sus otros yo no dieron la impresión de oírlos, continuaban con sus quehaceres. No se decidían. Notaron algo entonces, Joe no usaba el casco pero no parecía afectado por el humo tóxico, algo en lo que ni siquiera él había reparado. Rivers se apoyó en una de las cajas con cierta intensidad cambiando de posición y parte de sus dedos penetraron en el metal. Joe le miró, hizo lo mismo presionando con fuerza y su mano entera atravesó el material, sacándola luego sin novedad. Presionó en el suelo y la bota se hundió en él, la extrajo sin ninguna dificultad. A todo esto, el material no se deformaba, simplemente era atravesado, seguía intacto.

De nuevo vieron al coronel acercarse a la Cheyenne, cuyos componentes estaban preparados para abandonar la nave. Todo sucedía igual. Helen vio una sombra a su derecha, próxima a ellos y apuntó allí su arma. Los demás siguieron su mirada para encontrarse con una alta figura, familiar, muy familiar: el coronel. Por un lado entraba en la Cheyenne y por otro se erguía a escasos metros de ellos. Fumaba, algo que solo hacía en contadas ocasiones, la expresión de su mirada denotaba cierta ironía y condescendencia. Hizo señas y gestos indicando que os quitarais los cascos.






Joe fumaba, Dillon también, mientras examinaba cansino y socarrón a Sandro, que le presentó su sonrisa de anuncio.

-Eso díselo a las hormigas, doc -.


La repentina comunicación dejó sin habla a la mayoría, con incógnitas no plasmadas a viva voz, creando más dudas e inquietud. Viviana no lograba restablecer la conexión, solo conseguía chasquidos y más chasquidos, a punto estuvo de optar por la estrategia de Dillon y darle una patada al trasto. Se movió de aquí para allá hasta que de golpe cesó cualquier sonido. Luego, de nuevo la estática regresó para caer en el silencio otra vez más. Esto sucedía según ella se colocaba en un sitio u otro, hasta que dedujeron que había un límite, una frontera, un perímetro alrededor del Independencia, a unos cincuenta metros, en su interior se escuchaba la radio, fuera del mismo enmudecía. Viviana se encogió de hombros, Benley entornó la mirada. El sargento gruñó y Anette pateó la reseca tierra.

Los prismáticos no ofrecían a la vista base minera alguna, al oeste la franja del río seco, al sur y este la extensa llanura desolada, al norte, ligeras colinas que ganaban altitud conforme se dirigían a las montañas del norte. Viviana probó de llevar a cabo la sugerencia de Frost, trasteó con el aparato, la longitud de onda, la frecuencia, el tipo de señal.

- Señor, creo…bien, si no me equivoco pienso que procede de algún lugar al norte…entre el norte y noreste, unos treinta kilómetros.

Sargento:- Ajá. Cruzando esas colinas hacia las montañas.

Se rascó la barba, paseó su mirada por las lejanas crestas, lo mismo que el resto. Pasó el tiempo, nada en la radio, nada desde el Independencia. Montaron un estrecho entoldado protegiéndose del sol. El sargento tenía esculpida en piedra su cara, sin dejar entrever sus pensamientos. Anette al contrario, estaba nerviosa. Sandro mascaba chicle, y Benley escribía en su diario. Las tripas ruidosas reclamaban su paga que no obtendrían todavía. No quedaba casi nada de comida ni agua.

Se arrastraban las horas; tras cinco de espera incómoda, en las que el sargento negó sistemáticamente que alguien más entrase en la nave, tomó una resolución: le dijo al cabo Benley que marchase con los demás hacia ese punto ignoto, eran marines y su misión, al menos a veces, era salvar vidas. Aparte de que, como bien todos sabían y el médico señaló, era posible encontrar alimentos y agua. Él se quedaría esperando a los otros cuatro marines. Viviana protestó, no le sirvió de nada, Kaplizki le recordó el artículo 10 de su código, “los marines siempre obedecen y respetan a sus superiores”. Cargaron las mochilas y enseres, y se pusieron en camino.



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 Helen


Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Se salía de todos los esquemas lógicos, de cualquier lógica, y eso daba errores en todos sus cálculos. Empezaba a ser consciente de que esa situación era un completo error para ella y Rivers estaba en lo correcto. Tenían a Joe, era el momento de irse. Miró a "los otros" con cierta rabia. Eran marines, su trabajo era salvar vidas pero no podían salvarse a si mismos. Era irónico.

Parecían fantasmas dentro de La Independencia. Atravesaban objetos, incluso el suelo mismo sin dolor ni problema alguno. Y nadie parecía oírles, salvo ellos mismos.

- Bueno, dado que no podemos cargar con nada, ni hablar con nadie lo mejor es que salgamos de aquí. Este sitio me pone los pelos de punta.

Sin embargo el coronel si podía verlos, o eso parecía. ¿Por qué él sí y los otros no? Se preguntaba una y otra vez. Les hizo señas para que se quitaran los cascos tal cual había echo Joe, daba la impresión de que iba a decirles algo importante y quería que le escuchasen bien. Helen se acerco con el casco en una mano y el rifle en la otra, olvidando todo lo demás.




Dillon Frost


El mensaje se desvaneció. Dio paso al silencio y luego a la estática. Él permaneció inmutable. Viviana trató de localizar la señal. Si es que seguía ahí. Dedujo algo, una dirección. A treinta kilómetros. Entonces ¿No venía de dentro de la nave? No, claro que no. ¿Qué sentido tendría que los mineros estuviesen dentro? Entonces la nave no era algo natural de aquel planeta, al igual que ellos. Venía de fuera, de lejos, de las estrellas. Aquel lugar no tenía nada de antinatural. Eran ellos los marcados, los contaminados por la antimateria.
Esperaron. Nada. Los muchachos no volvían. ¿Habían encontrado la muerte en sus entrañas o una posibilidad de supervivencia? Quizás les habían capturado aquellos que estaban en la nave. O seguía investigando. Además con todas las cosas raras que estaban pasando ¿Cómo podía asegurar él que el tiempo pasaba a la misma velocidad dentro que fuera? Cualquier posibilidad que pudiesen contemplar era igual de válida que otras nacidas de la razón y la sensatez.

El sargento se negó a que entrasen en la nave. Él se ofreció una vez más. Por sus compañeros, por querer ir más allá y descubrir de una vez por todas el misterio que encerraba todo aquello. No le dieron esa oportunidad. Era el matasanos. Claro, alguien importante. No pudo salvar a Miguel, ni al coronel, ni a Baltasar...si, alguien necesario, vital. ¿Acaso no morirían igual sin él? También era un marine. No un civil. Matar era su credo, igual que el de sus compañeros. Siempre le apartaban. Era el único que no había pasado por una academia, el único médico, el único negro. Siempre a un lado.

El sargento tomó una decisión; quedarse solo a esperar. Algo tan inteligente como mear contra el viento.

-Señor, permiso para hablar con libertad.-Si se lo daba, bien. Si no, se lo saltaría. No solo debía solucionar las facturas, hemorragias y fiebres de sus compañeros. También tenía que remendar la mayoría de las gilipolleces que salían de sus bocas.-Señor, solo no puede quedarse. Es territorio hostil. Usted solo es un blanco fácil. Yo me quedaré con usted, a esperar. O elija a otro, no importa. Pero no puede quedarse solo. Y lo sabe, señor. No necesitamos ir todos a una misión de reconocimiento. Un marine es solo un hombre, dos son un ejército.-No se movería hasta que el sargento aceptase algo de compañía. No podían dejarle solo. Oficial o no, no podía quedarse solo.







Anexo


-Adelante, Dillon. Ya se lo que vas a decir, pero, vamos, empieza.

El sargento le escuchó, lo mismo que a Carlo. Los demás no protestaron, restaron de pie, aguardando la respuesta del suboficial.

- ¿Crees que me importa ser un blanco fácil? Mira a tu alrededor, Dillon. Dime qué ves. Nada. ¿Van a venir más hormigas mutantes, soldados enemigos, una nueva tormenta de arena? Lo que sea, qué más da. Ya he calculado y reflexionado antes que tú sobre lo que dices. Esa es mi decisión. Esperaré un tiempo prudencial, quien sabe si los demás regresarán. No tenemos idea de donde están ni lo que hacen. Deberían haber vuelto ya, puede que nunca lo hagan, puede que el tiempo sea distinto ahí dentro.


Escupió saliva reseca y terrosa. Continuó en el mismo tono parsimonioso, nada agresivo, sin levantar la voz, pero cargado de fuerza:

- No es una misión de reconocimiento. ¿Tu cerebro ha captado el mensaje de esa mujer, el tono de su voz, la angustia, o también se te han freído los sesos? ¿Lo habéis observado todos? Tienen problemas. Serios, seguramente. Nosotros también. Muy serios. Y vamos a ayudarles. Es algo que podemos intentar hacer, algo que vais a hacer. Eso nos hará olvidar esta maldita mierda que sucede. A ti te digo lo mismo Carlo. ¿Te vas a quedar aquí para rascarme la espalda? Prefiero tenerte lejos, auxiliando a esa gente. Aunque solo sea para no aburrirme con tus historias. Imagina que allí hay niños como el tuyo. Esposas. No tengo idea. Marcharos de una vez, no dejad de sintonizar la frecuencia de esa base. Marcad el terreno para que podamos seguiros luego. Largaos ya, y procurad asustar solo a los malos.


lalalalala

Dillon Frost


Lo malo de tirarse un farol es que el otro cabrito con el que estás jugando quiera descubrir tus cartas llevando una simple pareja. A pesar de todo lo que quería hacer, a pesar de lo que deseaba y de lo que pensaba, a pesar de no ser un marine de pura cepa…sabía que no podía desobedecer una orden. Si, se rebelaba como un pez capturado en una red. Boqueaba y daba saltos a pesar de que sabía de antemano que no podía escapaba. No era como Rivers. Se lamentó de que él tozudo marine no estuviese allí. Al menos el sargento hubiese tenido algo de compañía.

Carlo también lo había intentado. Les habló a los dos. Les picó donde más dolía. A Calor le recordó que podía haber niños y mujeres en apuros. A él la sola idea de ayudar a alguien ya le motivaba. Usaba esos puntos buenos que tenían para alejarles. ¿Olía el peligro? Miró a su alrededor. No había hormigas. No obstante, tampoco estaban ahí cuando aterrizaron en aquel estercolero y no tardaron en chocar con ellas. ¿Qué hacer? Era como si el sargento se hubiese rendido y quisiese quitarse un peso de encima.

Dudó, flaqueó. El sargento sabía lo que se hacía. ¿O no? Estaba armado. Sus compañeros podían volver en cualquier momento. Un marine sabe cuidar de si mismo. Los mineros no. ¿Y quería ir allí? Locos, una explosión de antimateria, la nave retornada y hormigas gigantes. ¿De verdad quería saber a que temían los mineros? ¿Que nuevos demonios verían sus ojos?

Apretó los dientes. Se le ocurrían muchas cosas que decirle al sargento. Entre ellas insultos, ruegos, amenazas y hasta golpes. No quería dejarle ahí. Era su decisión. Eso valía. Estaba en el ejército. Sus encías sangraron. Tensión recorriendo todas sus muelas. ¿Tenía que verlos a todos morir, desaparecer? El grupo era cada vez más pequeño. De todo lo que podía, quería, decir, solo llegó
a exclamar unas palabras.

-¡Joder, señor!-Afirmó.- ¡Joder!-Sentenció con mal humor. Saludó, marcialmente, se cuadró.-Hasta la vuelta, señor.-Empezó a caminar en la dirección marcada, bastante molesto. Marcaría él el camino. Llegarían a la mina, acabarían con lo que allí estuviese asustando a los mineros y encontrarían ayuda para volver a por los demás. Alguien les diría donde diablos estaban. Beberían, comerían, y al final recordarían todo aquello como un mal sueño.

Un mal sueño. Esos nunca se van. Él lo sabía bien.




Simo Kolkka


Sus compañeros pensaron más rápido. Helen demostró los conocimientos de estructura del espaciotiempo que le venían por defecto, mientras Rivers decidió algo más sensato y práctico, ir en busca del agua. Poco después descubrieron que todo a su alrededor estaba formado por una especie de materia deformable que mas que recuperar la forma no llegaba a perderla. Era como si la atravesaran, pero con la peculiaridad de que tenía algo parecido a tensión superficial, que evitaba que atravesaran el suelo hasta... ni idea.

Algo inesperado ocurrió entonces. El coronel parecía haberlos visto, a diferencia del resto de copias de sus compañeros, y les dijo que se quitaran el casco.

- No creo que sea necesario quitarse el casco para escucharle, ¿verdad? Si es así, preferiría llevarlo puesto. Le escuchamos...

En otras circunstancias habría acatado la orden de su coronel, pero por lo que sabía el coronel estaba muerto, y aquel tipo podía ser cualquier cosa o persona, y no estaba dispuesto a arriesgarse, ya que perfectamente podría tratarse de una trama.

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