Con un chirrido agudo de frenos se
detuvo el buga de forma brusca a la entrada de una callejuela donde los rayos
del sol peleaban duramente por abrirse paso entre las sombras. Con determinación
abrió la puerta del coche y la cerró sin delicadeza alguna. De él se apeó una
pava que conservaba un buen tipo a pesar de su desordenada vida y de las ojeras
de cadáver que lucía como semáforos.
O sea, yo.
Con mis jeans ajustados que marcaban un
culo que podía dar guerra toda una noche. O al menos eso pensó uno de los dos jóvenes
polis que montaban guardia en el portal arcaico de un edificio vetusto y que un
día fue elegante, de aspecto vagamente modernista. El otro agente miraba su
vómito, el segundo del día al que me enfrentaba, verde cenagoso, con restos de
desayuno, con tanta atención y desconcierto igual que si fuera el último
trabajo del pintor de moda; su compañero lo consolaba mofándose de él, aunque
la expresión de su rostro revelaba que poco le faltaba para también
él descargar su estómago en las baldosas gastadas de la entrada.
Una risa incontrolada surgió de mi
garganta para después cortarla en seco.
-Mierdecillas –murmuré, mientras encendía
otro cigarrillo. Alcé la voz- Soy la agente Ilian del cuerpo especial de
asuntos especiales, valga la redundancia. -¿Qué cojones decía?-
Le dio una palmada en la espalda al
novato. Me echó una mirada de desaprobación.
-Ya sabemos quien eres -y me señaló con
la mano que subiera:
- Séptimo piso.
Su mirada no se atrevió a pasar de mis
ojos a pesar de las ganas que tenía de darme un repaso. Y acabó por hacerlo. No
se me pasó por alto esa mirada de curiosidad y morbo, a la que tan acostumbrada
estaba ya. Maquillé mi cara pálida de una sonrisa perversa, y me subí los jeans un poco más para marcar cuerpo y dejé
entrever parte de la camiseta que mostraban a las claras que mis pezones no
solo eran grandes y duros sino que además iban precedidos de un pecho que
aunque no exagerado sí era firme todavía a pesar de superar la treintena de
largo.
Dudé si me iba a tomar la molestia de subir o era preferible que el agente me contara la película y luego irme a beber una Coca-Cola al bar de la esquina, que no tenía el cuerpo para historias raras. Pero el deber es el deber, y para eso me pagan.
“Es hora de
que subas pequeña... Tú ya no tienes nada en tu estómago así que... Adelante,
además estás acostumbrada a esos escenarios en los que tanto disfrutas
mirando... Venga, ponte en marcha...” -dijo suavemente aquella voz que me
acompañaba de por vida. Cerré los ojos. Hacía mucho tiempo, había intentado localizar
en sus recuerdos al dueño o dueña de aquella cantinela que la taladraba desde
el accidente. Sabía que tarde o temprano reconocería al propietario pero de
momento esa parte de mi cerebro se negaba a darme la respuesta. Suspiré, aburrida
de mí misma y de mis tonterías.
-”! ¡Mierda! Debo
dejar el Cacique, o acabaré en un psiquiátrico antes de tiempo...” – dije
en voz alta. Los otros me observaron, sonriendo de forma esquiva.
”Supongo que
nada agradable me espera ahí arriba “Y menos con el imbécil baboso de Gálvez...”
- ¿Podrías
describirme el escenario con detalle, agente?
Una arcada seguida de otra me subió
hasta la garganta. Me hizo sentir aún más viva. Y más echa polvo. Sabía que
provocaría el nuevo espasmo en el estómago del más imberbe pero que también al
hacerle recordar el lugar pasaría lo mismo con el “curtido” en experiencia.
Dicho y hecho. Ambos hombres doblados ante mí decorando el suelo de bonitos
colores.
-”En fin, ya
veo que no será posible... Gracias de todos modos...” -añadí
con algo de sorna en el tono de voz.
“No, no son
gilipollas, ni lerdos, ni blandos, ni.... Son personas, ¿Te acuerdas de lo que
significa esa palabra?
”¡Cállate de
una puta vez....! Necesito concentrarme y no tengo ni el estómago ni la cabeza
demasiado finos.” -advirtió entre dientes, mientras buscaba en uno de mis bolsillos aquel
frasco milagroso que conseguía que pocos minutos con tan solo una diminuta
pastillita, devolverle a la normalidad. Se la tragó sin agua, como
siempre...
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