domingo, 4 de diciembre de 2011

Rol narrativo


  
Me gusta escribir. En particular, me fascina crear historias que compartir con otras personas, me entretiene, me divierte. Y cuando hablo de compartir no quiero decir desde el punto de vista escritor/lector, sino como creador-lector/lector-creador. Parece un trabalenguas. El rol narrativo trata de construir una historia en la que todos participen, desarrollándola, engrandeciéndola, conformando un flujo de ideas, acontecimientos y sucesos de ida y vuelta, aunque todo ello gire alrededor de un argumento básico, como un esqueleto al que hay darle sustancia, carne, vida. Por ello, a día de hoy, no diré que es el género que prefiero -pues considero que es un género literario en sí mismo-, ni superior a la novela, al cuento, al relato convencional, o a los libro-juegos, pero sí lo sitúo a su mismo nivel. Por supuesto, disfruto de todos ellos, pero con seguridad los que habéis jugado y narrado las vivencias de vuestros personajes, sabéis a qué me refiero. El rol narrativo te da la oportunidad de decidir en todo momento las acciones de tu personaje, las elecciones y decisiones que te gustaría realizase, o al menos intentar hacerlas.

No quedas constreñido a leer la vida de otros, sino a vivirla tú mismo.

Como punto flojo, por supuesto, está el hecho de que es abismal y absolutamente incomparable al alcance de una novela, ya que es una experiencia más íntima, reducida en número de partícipes a unos pocos. Y aprovecho para añadir que, todos, deberíais probarlo en alguna ocasión, por mínimos que sean vuestros deseos o aptitudes para escribir o imaginar. Si alguien, neófito en este mundo, tiene ganas, le apetece probar, que deje un comentario y seguro que alguna cosa podemos idear.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Hay muchos traseros que patear ;D 3


Se sucedieron las preguntas, comentarios y sugerencias de los marines, acerca de lo sucedido en el transporte, el estado de los posibles supervivientes, los afectados y los sanos. El capitán  puntualizó que no estaban allí para especular, suponer ni imaginar fantasías. Creía haberlo dicho claro: neutralización y eliminación de la amenaza, rescate y recogida de pruebas. Punto.  Era su trabajo, para eso les pagaban. Balsani soltó un reniego, asqueado de las corporaciones y su maldita forma de hacerlo todo.

-Cuide esa lengua, soldado Balsani – amenazó el sargento Ramírez.

El coronel miró ceñudo a algunos marines.

 - La mayoría de esa gente son civiles, que deben de estar viviendo la peor de sus pesadillas. Nada de gases, ni táser ni sónicas. Sus efectos pueden resultar gravemente nocivos. ¿Van a rescatarlos, recuerdan?  Si llega a ser necesario utilicen la culata, la morfina y el cerebro. Han sido entrenados para esto. Y si se encuentran con gente que tiene el cerebro frito, ya saben lo que deben hacer.

Joe preguntó, inocente, la forma de distinguir a los cuerdos de los afectados. Respondió al momento Rivers:

-Joe, los que no estén intentando arrancarte la piel a tiras, no están locos, así de simple.

El capitán advirtió a  Helen que podría llevar una pistola con munición somnífera, “vigile lo que hace, soldado”.

-Que se equipen todos con ellas. – Añadió el coronel -.


 Le dio la razón a Helen, una de los pilotos, acerca de que se enfrentaría con los más inteligentes, confiaba en que ellos lo serían más. Sobre los mapas, algunos de ellos llevarían un ordenador portátil minúsculo  con los planos de la nave. Se trataba de un transporte ligero civil, colonos, viajeros. Sin armamento, un único escudo deflector. Las armas a bordo serían las de los oficiales de la tripulación, pistolas, tal vez un par o tres de fusiles inferiores al M41A1, alguna escopeta.

Se desplegó el holograma: una nave de 105 metros,  cuatro cubiertas, un par de lanzaderas en el tercer nivel. En este se encontraban situadas las cámaras de hipersueño. Arriba, uno y dos, servicios y dependencias generales, y el puente de mandos. En la cuarta, bodega, mantenimientos, sala de energía y sistema de propulsión; por fortuna contaba con un puerto de atraque, donde ensamblarían las dos naves pudiendo pasar directamente de una a otra. 

Algunos de lo marines no ocultaban en sus miradas que aquello podía no ser lo que parecía. Pensaban en las maquinaciones de las corporaciones, una droga experimental, por ejemplo. Ninguno dijo nada al respecto.

- El capitán añadió algo más:

- Peinaremos la nave: cada cubierta, dependencia por dependencia, pasillos, corredores, todo. Llevarán también los vibrofilos.


Joe y Helen comentaron algunas ideas sobre inutilizar los sistemas de iluminación, el primero a favor, la segunda en contra. Verónica arrugó la nariz y negó con la cabeza; a Jesper, el otro médico, tampoco le gustó. Por el contrario, Kimberly mostró su amplia sonrisa de hiena asintiendo.

- ¿Han terminado de pensar por mí, los dos? Bien. Gracias por recordarme que yo tomo las decisiones –hizo una pausa, tomó aire-.Crearía confusión, Joe. Es sensato lo que opina la soldado McFersson. De todas formas, esperemos a ver lo que encontramos. Y, Ghost, no se impaciente, nos quedan algunas horas de viaje – concluyó el coronel -.

Terminó la reunión y los marines comenzaron a prepararse, alguien dijo que sería pan comido, otros se encogieron de hombros, muchos bromearon. No era demasiado estimulante la misión. Y lo peor es que retrasaba el permiso en la Tierra.





Un par de chasquidos metálicos, secos, cortos, seguidos de un tercero algo más largo y el Independencia quedó conectado por un pasillo umbilical de cinco metros de largo al Pegaso V, en el segundo nivel. El transporte orbitaba mudo en torno a Europa, uno de los primeros satélites en donde se llevó a cabo el proceso de terraformación. A lo lejos, la nave de vigilancia de la luna de Júpiter se mantenía a la espera. Os informaron que continuaban sin comunicaciones, si noticias. Sin nada nuevo.

En nueve horas vuestra corbeta había alcanzado el objetivo y los dos equipos estaban ya preparados para el abordaje y entrar en acción. A bordo restarían los cinco miembros de la tripulación, más el coronel, el sargento Kaplizki, cabo Linch, cabo Ramírez, Serena y Kart.

Las botas resonaron en el túnel, el sistema informaba que el aire era respirable sin fugas aunque algo viciado y la enorme y circular compuerta abrió sus dos hemisferios. Una luz azulada, menguante, fría, que mitigaba parcialmente la oscuridad, parpadeante a intervalos con destellos blancos, os dio la bienvenida, llenaba el espacio vacío de silencio anormal y acre. El grupo Alpha se desplegó, ellos se encargarían de las cubiertas tres y cuatro. La primera noticia fue que los ascensores más cercanos no funcionaban, Baltasar encontró un panel cuajado de cables e interruptores, comenzó a trastear. El grupo Beta, se desparramó luego por la segunda cubierta. Baltasar informó que el fallo procedía del sistema central, situado en la tercera. Los del Alpha descendieron por las primeras escaleras que encontraron. Próximos al puerto de enlace quedaron como apoyo Linch, Serena y Karl.


El equipo Beta avanzó por pasillos y dependencias varias, siempre acompañados de la luz de emergencia sucio índigo. Las fosas nasales se llenaron del olor ferruginoso de la sangre pegada a paredes y suelos. Paneles rotos, puertas desencajadas, objetos de mobiliario destrozados. Debió existir un escape en la zona de aseo y baños, el agua sucia inundaba varias secciones, el chapoteo de las pisadas rompía la quietud malsana. Encontraron varios cadáveres despatarrados, con golpes en el cráneo, en el tórax, una mujer con la cara reventada por un disparo. La voz del capitán por el intercomunicador avisó de lo mismo en el tercer nivel. Los Beta llegaron a los dormitorios de los pasajeros, encontrando más cuerpos inertes entre camas y muebles volcados y partidos. De momento solo víctimas y los sensores no señalaban movimiento.

En el tercer nivel el equipo Alpha informó que acababan de abatir a seis tipos rabiosos armados con varas de acero que se les habían abalanzado sin prestar ninguna atención a sus avisos. Uno era una mujer, y tuvieron que vaciar buena parte del cargador en cada uno de ellos. – Apuntad a la cabeza, chicos -, resonó la voz de la cabo Liao. El Beta sin novedad. Se escuchó a Mohamed, habían llegado a las salas de hipersueño; contaban cadáveres: quince en sus cápsulas, los tres niños incluidos. Las demás estaban en muy mal estado, algunas fuera de sus anclajes. Sangre por todas partes y decenas de cadáveres, contaron veintidós, algunos parecían que directamente por los efectos del error del sistema, otros más violentamente. No dio detalles. El pelotón Beta contabilizaba doce. Baltasar y Mohamed entraron en la sala de energía y avisaron de dos supervivientes, dos hombres de mediana edad, escondidos, asustados, con algunos rasguños, nada serio. Jesper les dio un tranquilizante a cada uno, que, entre balbuceos informaron que desconocían el paradero del resto. A través del intercomunicador el coronel ordenó que los evacuasen ya. Carlos Azul subió con ellos y Karl se adelantó para recogerlos.


Las pruebas básicas de las muestras de los cadáveres tomadas por Frost no reflejaban nada parecido a un virus. Las guardó para ser analizadas con mayor detalle más tarde.
Mientras tanto, la búsqueda del equipo Beta era estéril, hasta que detectaron movimiento en los sensores: ocho puntos rojos en el comedor - cinco en la misma sala y tres en otra adyacente -. Casi al mismo tiempo surgieron otras tres señales que indicaban presencia más adelante en el pasillo. El cabo De la Piazza envió a Benley, Helen y Rivers por el pasadizo y los demás penetraron en el comedor. La puerta estaba derribada, entraron para ver al fondo a cinco hombres golpeando de forma brutal con dos hachas y barras de acero una puerta que comenzaba a ceder entre quejidos del metal. Detrás se encontraban los otros tres puntos. Uno de los cinco iba armado con un rifle, otro llevaba una pistola en el cinturón. Estaban sudorosos, sucios, con sangre seca en la ropa. No repararon en la presencia de los marines, entretenidos como estaban.

Se prepararon para el primer asalto. Miguel dudaba si aquellos energúmenos eran los afectados o precisamente al contrario, huían de algo. Se situó como los demás en posición solo que con intenciones diferentes a los demás que tenían muy claro que se trataba de objetivos a abatir, cubriendo un lateral del comedor en previsión de problemas y observando su indicador de señales. Carlo preparó por si acaso la pistola con los tranquilizantes. El resto aguardó nos segundos. El sargento lo tuvo claro, De la Piazza dio las indicaciones oportunas con la mano y se ejecutó la orden. Frost abrió fuego el primero, a un tipo delgaducho, el que llevaba la pistola. No falló, las piernas del sujeto fueron el blanco y se derrumbó con mirada de sorpresa y dolor. Joe agujereó el cráneo del que manejaba el rifle y el resto de soldados dispararon sus armas abatiendo a los otros cuatro, destrozando sus cuerpos, saltando trozos de carne, hueso y empapelando las paredes de sangre y trozos de vísceras. Corrieron luego, Sandro le incrustó la culata en la frente al herido en las piernas, pero este no se desmayó, pugnaba por golpear a alguien con la barra que llevaba y disparar su pistola. Lo inmovilizaron con esfuerzo y Dillon le inyectó droga como para tumbar a tres rinocerontes. Se desmayó el tipo y el matasanos se ocupó de sus extremidades, inmovilizándolo por completo. Ya tenían a uno de los descontrolados. Estaba resultando fácil.

Adelante por el corredor, Helen escuchaba como susurros acallados y algún ligero gemido varios metros más allá. Se adelantó unos metros, sin embargo el pasillo estaba vacío. Benley miró hacia arriba, a los conductos de ventilación y servicio, señalando con su rifle hacia lo alto. Ghost, gracias a su sentido auditivo especial, escuchó los gemidos antes que ninguno.  

- Están ahí delante señor. - dijo con voz audible para sus compañeros. - Puedo oírlos desde aquí.

Caminaba lentamente apuntando con el rifle ocupándose de su lado derecho y adelante. Confiaba que Rivers haría otro tanto con su lado izquierdo y adelante también. Tenia la pistola de narcóticos en el estomago, sujeta la funda al arnés. Tenia la certeza de que iba a usarla muy pronto. Vio de reojo que Benley miraba arriba y ella de un hito miro también.

- Cabo, no querrá que nos metamos en ese agujero de ventilación, ¿verdad?

-Si han subido allí, no deben estar demasiado fuera de si. Además, no parecen los gritos de alguien enloquecido. Quizás sean supervivientes –señaló Rivers. No le hacía gracia alguna meterse en el conducto de ventilación-  Tanto si son supervivientes como si no, tenemos órdenes para ellos ¿verdad? va a haber que subir. Me parece que soy demasiado grande cómo para hacerlo yo, debería cubrir por aquí mientras sube alguien... menos voluminoso.

Benley mandó silencio con un dedo en la boca a la vez que asintió con los ojos al comentario de Helen acerca de que los tenían delante y el de Rivers sobre la posibilidad de que se tratase de supervivientes. Tenía lógica esta apreciación, aunque podrían haber oído a los marines y haberse escondido para atacarlos unos cuantos de los alterados. ¿Serían capaces de mantener tanto sigilo si eran locos furiosos? Hum.

El pasillo estaba vacío y a pocos metros delante las señales. Arriba, tras la rejilla de un metro de ancho que discurría a lo largo del lugar, debían estar las personas que se ocultaban, en los conductos auxiliares. En ese momento se escucharon las ráfagas de disparos procedentes del interior del comedor.

Avanzaron despacio por el corredor. Resonó la voz del coronel: “Benley, delante a diez metros hay una reja, una vía de acceso a los conductos”. Pasaron debajo de la posición de las tres señales, que no se movieron. Ghost escuchó con atención, respiraciones agitadas fue lo que recogieron sus oídos. Llegaron al punto de acceso, y a Helen le tocó subir, obtuvo la temida respuesta a su pregunta:

- Eres la más delgada, Helen. Y la que mejor voz y labia tiene, así que arriba. -Susurró Benley con una sonrisa astuta. Helen se encaramó al cabo mientras Rivers vigilaba. Los tres estaban cerca de una primera intersección a la izquierda que llevaba a la enfermería. Más adelante, un segundo giro, a la derecha, conducía a las escaleras que ascendían al primer nivel y bajaban al tercero. Rivers detectó movimiento hacia la derecha, lejos, en la zona de las escaleras, cuatro puntos, informó de ello y el sargento de la Piazza envió a Sandro y Miguel como apoyo a Benley y los suyos cuando su grupo examinaba la puerta interior del comedor. Frost se encargaba del inconsciente loco, le colocaron sujeciones a modo de esposas macizas, de una sola pieza de metal, codificadas, en muñecas y tobillos del loco reducido. Dillon le colocó una pulsera y le monitorizó. Se sentía así más seguro. Joe terminó una derivación en el panel de entrada logrando que se aperturase con graves chirridos lo suficiente para que un hombre pudiera pasar algo apurado. Una estancia pequeña, a oscuras totalmente, fue regada por la luz azulada de emergencia del comedor. El sargento de la Piazza se identificó y esperó. Silencio. Volvió a hacerlo y parte de su cuerpo penetró en el cuarto en tinieblas, enfocando con la luz del casco. Fue saludado por tres tiros de pistola cuyas balas se incrustaron en el metal de los paneles de la puerta. El marine se retiró, y volvió a la carga con su saludo un tanto crispado:

- Repito. Somos Marines Coloniales. Sargento De la Piazza. Hemos venido a rescastarles. No les haremos ningún daño. ¿Pueden entenderme? Les consideraremos una amenaza si no salen de su escondrijo con las manos en alto. Ya.

La respuesta fueron dos disparos más desde las profundidades interiores.

- Muy sutil, sargento – ironizó por el intercomunicador el coronel -. Que algún otro diplomático de su grupo pruebe.

Verónica vigiló al desequilibrado inconsciente mientras Joe y Carlo se situaban para dar cobertura al médico. Había que arriesgarse. Dillon probó suerte, entró adelantando su corpachón:

-Mi nombre es Dillon Frost. Soy médico.-Ni marine, ni militar. Tampoco otro civil asustado. Un médico. Nada de jerga profesional que pudiese asustarlos más, nada de considerarlos hostiles o de entrar a la fuerza. Solo un médico. No empuñó su arma. Se aseguró de que alguno de sus compañeros vigilase al loco.-¿Algún herido?-Esperó respuesta. Su tono de voz era frío pero profesional, el hombre al que uno confiaría el crecimiento de sus hijos.-Les sacaremos de aquí. Hemos venido a salvarles. Podría haber más dementes en la nave, estarán más seguros entre nosotros.-Respiró hondo. ¿Una prueba de fe? El sargento había tenido suerte. Prendió una bengala.-Voy a entrar.-Se asomó con cautela, no quería hacer movimientos bruscos. Dentro no había luz pero desde allí si que podrían ver su silueta. Alzó las manos. Entró.

Nadie respondió. Frost se la jugó y entró con el maletín en alto. La bengala recubierta de un material incandescente iluminó estanterías, armarios empotrados, una mesa con un ordenador, cajas amontonadas. Una voz de varón algo temblorosa pero firme le saludó:

- Levante los brazos y camine despacio. Muy despacio. Le estoy apuntando.

Dillon lo hizo. A los pocos pasos vio a un hombre escondido tras el montón de cajas con una pistola sostenida por ambas manos. Miedo en sus ojos y determinación. La voz del matasanos parecía haberle convencido.

- ¿De veras son marines? Santo Dios, no puedo creerlo. Ha sido una pesadilla, ¿sabe? Una locura.

Salió de su escondrijo, era un hombre de tez demacrada, de unos cuarenta años, adornada su cara con una espesa barba de días. Luego aparecieron tras él una mujer de edad similar, que se abrazó al sujeto, trémula, y un chico de unos veinte años, espantado. No necesitaron calmantes, solo su esposa, estaban bien, un tanto hambrientos, le entregaron la pistola a Dillon. Afuera, se apartaron lo más posible del desmayado irracional. Verónica les hizo tragar unas cápsulas energéticas.


Entretanto, no lejos de allí, Ghost trepó, empujó la trampilla, con cautela; no sucedió nada. Había que arriesgarse, asomó el casco, subió, enfocó la linterna y una sombra a varios metros al frente se removió ocultándose más hacia el fondo. La marine prestó atención, respiraciones contenidas. Entró por completo en el conducto, más ancho que el enrejado, más de metro y medio, y lo suficientemente alto para permanecer en cuclillas o desplazarse a gatas.

Estaba claro que usar la linterna le permitía ver mejor las cercanías, pero delataba su posición allí donde fuera. "¿Quieres jugar al escondite, no?. Pues juguemos." Se dijo a sí misma como si la sombra pudiera oír dentro de su mente. Empezó a gatear silenciosamente. Con los tobillos en el aire, levantando las rodillas y las manos en cada paso. Arrastrando únicamente los dedos meñiques por los bordes, para tantear en la oscuridad. Al llegar a un recodo se quedo quieta, a fin de determinar nuevamente donde oía la respiración forzada o los latidos de corazón. Y suavemente empezó a cantar;

Ya se duerme el niño...
Bajo su ventana
Dos pícaros grillos
Cantan una nana.
A la linda nana
Ya se está durmiendo...
Que ruede la luna
Que lo haga en silencio.
A la linda nana
De ojitos cerrados,
El sueño más lindo
Se arropó a su lado.
A la linda nana
Que ya se durmió,
La última estrella
Recién se prendió.

El objetivo de la canción era trasmitir calma, paz y tranquilidad. Todo ello sumado abrirían las puertas de la confianza.

-Tranquilos, soy Helen, marine de rescate. ¿Quienes sois vosotros? No quiero haceros ningún daño, y me gustaría sacarles de aquí.


Abajo se quedó el cabo Benley, con Miguel, Rivers y Sandro, a los que indicó que cubrieran las escaleras, de dos tramos y dos metros de ancho. Allí no había nadie, pero arriba las señales eran claras. Subieron por los escalones, con Sandro delante, Rivers tras él, el último Miguel. Los puntos se aproximaban, Sandro llegó al descansillo y continuó. Apareció de súbito a la carrera un grandullón con la ropa destrozada, ensangrentada y la cara desencajada por la locura, con ojos de insana efervescente. Lanzó un pesado cilindro de acero, del diámetro de una rueda de coche y casi dos metros de largo. Rebotó en las escaleras, Sandro se apartó y escupió muerte su M41A1. El demente se empotró contra la pared, acribillado; la réplica no se hizo espera,  cuando asomó el cañón de un rifle por la esquina disparando contra los tres marines.

Aunque estaba casi inerte el loco del cilindro, Sandro le arrojó un poco más de metal en la cabeza transformándola en pulpa. El objeto metálico rebotó en las escaleras, siendo esquivado por Miguel y Rivers, que lo vio pasar delante de sus narices. La respuesta al tono imperativo de Jake fue más disparos desde la esquina, una lluvia horizontal sin ton ni son que iba de un lado a otro, oscilando, imparable. Los tres marines abrieron fuego contra el agresor, agujerando las placas de metal de las paredes, los protectores de la esquina, barriendo toda la zona.

Miguel y Sandro ascendieron a toda prisa los últimos escalones, bajo la protección de Rivers. Disparaban sin cesar, y al llegar arriba justo Jake derribó a la amenaza que asomó incomprensiblemente abandonando su posición a cubierto. El marine no soltó el gatillo mientras convertía en papilla a la mujer que manejaba el rifle. Sandro y Miguel lograron avanzar, terminaron el trabajo de Rivers y abatieron a otros dos hombres que, desesperados, aullando, gritando frases inconexas se lanzaban contra ellos con una silla uno y con las manos desnudas el otro. El tiroteó acabó pronto, Rivers informó, Sandro apuntilló:

- Ya lo ve, coronel. Métalos en una lata y tendrá carne para perro.

-Avancen por el sector sur del nivel uno hacia el centro –crujió la voz del coronel-.

La expedición de Helen terminó bien. Como poco la canción de cuna tuvo el efecto de que aquellas personas escondidas se detuvieran a escucharla, sin duda sorprendidas. La marine avanzó aguardando la huida, o un disparo que le volara los sesos. Nada de eso sucedió, gateó decidida, las sombras se aclararon, los bultos tomaron forma. Allí se encontraban tres muchachas de veinte o poco más años, de caras y cabellos morenos sucios, revueltos, los vestidos desgarrados, dos de ellas, gemelas, descalzas, con pupilas que guardaban un miedo atroz. La que quizás estuviese más serena o entera, contestó:

- Nuestra madre nos cantaba esa nana. Está muerta, nuestro padre también. Mis hermanos. Todos están muertos. ¿Quienes son ustedes? Hemos oído disparos cerca.

Las lágrimas apenas contenidas aparecieron en sus cansados ojos, Ghost se presentó, les dio ánimos, todo había terminado, no debían tener miedo. Acto seguido bajaron de allí con la ayuda del cabo Benley.



Comentarios

Podéis observar que hay dos partidas narradas actualmente. En Los Ángeles 2029 intercalo los turnos míos como director con los de los jugadores, dándole la forma de un relato largo.  En la de Marines, casi toda la exposición se trata de la resolución a las acciones de los jugadores, descrita por mí, salpicada  por fragmentos mayores o menores de los compañeros que participaron y algún turno que otro turno entero de ellos. Si hay alguien interesado en leer toda la historia de los Marines, este es el enlace:


De la otra, no lo hay, pues desapareció el foro donde se jugó, Inforol.  

Aprovecho para mencionar a los jugadores, algunos compartieron muy poco tiempo, otros estuvieron hasta el final. De la primera, Ragman711,  Didantee, Morkai, Coca, Belakor, Sunne, Gazak.  De la otra: Drakkon, Helen, Ragman711, rj, Drakkan, tanuky, Ragna.


jueves, 1 de diciembre de 2011

LOS ÁNGELES, 2029 -2



Ricco Leone pensaba que Jacob era un iluso por dudar todavía de él. No se daba cuenta que cada paso que daban por las asquerosas calles de su barrio era un paso que lo acercaba a la Familia. Los Leone necesitaban al mejor y Jacob lo era. O al menos era un buen mecánico y no hacía preguntas. Un gran punto a su favor. Sin embargo no tenía esposa ni hijos, hay quien decía que no tenía amigos. Así que lo único que podían ofrecerle sería dinero, drogas y mujeres. El paraíso. Nadie lo rechazaba. O al menos nadie que rechazase un trabajo para los Leone seguía vivo demasiado tiempo.

Aquellas calles le traían recuerdos a Ricco, también las conocía, las había pateado durante su adolescencia  regresado tiempo atás. Miró uno de los muros y vio una leve grieta. Él sabía como se produjo, lo recordaba. Fue hace más de seis años. En un tiroteo. A modo de flash back le vinieron imágenes de aquel día. Una auténtica masacre. Mató a seis él sólo. Desgraciadamente los primos Jackie, Tom y Bale murieron. Malditos matones de tres al cuarto. Si quería dedicarse al negocio lo mínimo que podían hacer era hacerlo con estilo.

- Lo tendrás todo. Materiales de primera calidad, un taller libre de deudas...Y no tienes que  cambiar nada de su forma de ser, ni de vestir. Tan sólo reparar y preparar coches y aparatos de los Leone exclusivamente. Y algunos trabajos especiales, ya sabes de lo que hablo.


Jacob escuchaba, apuraba su café, sentado frente a Ricco, que no había tomado nada. Reflexionaba: su libertad, su alma, a cambio de una buena vida. Cuando la familia llama, tú obedeces. Estaba tentado a responder que sí.

Desde la barra, Jeremías, el dueño y conocido del “Alemán”, como se le llamaba a Jacob por su ascendencia germana, los miraba curioso y preocupado. El italiano desentonaba con el lugar, igual que un tiburón en una pecera. En otra mesa, cerca de ellos, había una mujer de no más de cuarenta años, algo ajada, de mirada triste y ausente, masticando con calma su bocadillo; más allá dos tipos de pie al lado de otra mujer, uno negro, un armario de casi dos metros, el otro más bajo pero fornido dentro de su abrigo de paga de una año, con gafas de montura gruesa. La chica junto a ellos iba vestida con pantalones anchos, cazadora del ejército abultada, cabellos azulados revueltos que le caían sobre la cara, una máscara anti polución. Apenas le vieron el perfil

Las cosas pasan cuando menos te lo esperas, eso es sabido. Jacob  iba a darle su respuesta a Ricco, cuando el hombre de las gafas se desplomó cuan largo era gritando como un animal que descuartizaran. Al otro no le dio tiempo de desenfundar su pistola su cuerpo estalló en llamas de repente, se tambaleó y cayó entre alaridos desgarradores. La tipa se giró hacia el mafioso y su acompañante, ambos apenas tuvieron tiempo a reaccionar, se acuclillaron. Luego algo extraño sucedió: las mesas y sillas salieron volando, un ariete invisible los golpeó y derribó lo mismo que a Jeremías., al otro lado de la barra. Se hicieron añicos vasos, botellas y platos, y la chica pasó corriendo largándose con un maletín negro. Ricco y Jacob sufrieron como el paso de un aspirador en sus cerebros. Aún aturdidos, en el suelo, trataron de escabullirse hacia la salida, cuando se oyeron las sirenas, los gritos de alto, un tiroteo. Parecía que hubieran estado esperando a la fugitiva; una emboscada, pensó Ricco, que se deshizo rápido de las dos pequeñas cápsulas de éxtasis líquido a las que era aficionado y tiró a un rincón su pistola automática.

Entraron a saco agentes del servicio especial de la policía y de las corporaciones. Colocaron neutralizadores de láser y haces de rayos azulados sellaron la zona, todo en un visto y no visto. Nadie podía salir de allí. La ropa de los dos estaba rota en algunos sitios, la mujer del bocadillo temblaba y gritaba histérica, le dieron dos hostias. Jeremías gemía en el suelo, mientras que los dos hombre yacían muertos, uno todavía humeante su ennegrecido cuerpo después de que lo apagasen los agentes especiales.

Jacob miraba atónito a Ricco. Su restaurante favorito se acababa de ir a la mierda, una tarada se lo había cargado, lo que le hizo preguntarse ¿quien o qué rayos era la chiflada de la mascara? No les puso un dedo encima a ninguno ni la había visto desenfundar arma alguna. Si le daban tiempo él mismo hubiera sido capaz de fabricar una granada de aturdimiento con la suficiente potencia para provocar el mismo efecto...

Comprobó el estado del italiano, lo único que le faltaba era que la mafia le echara la culpa en caso de que la hubiera palmado, eso sí tendría maldita la gracia; de ofrecerle empleo a pedir su cabeza en la misma tarde

-¿Qué ha pasado aquí? –preguntó, aturdido todavía.

Pero Ricco tan solo se encogió de hombros, tan extrañado e inquieto como el Alemán. Una chica que salía huyendo con un maletín, un tipo muerto en el suelo de pronto, y otro que, ante sus ojos, sufrió una combustión espontánea. El italiano se levantó y comenzó a sacudirse el traje, la faltaban un par de botones y un cristal le había hecho una raja bastante fea en la chaqueta. Se identificó ante los agentes de la ley, igual que Jacob. Les leyeron los derechos y obligaciones de los testimonios y los sacaron de allí. Afuera, escucharon con nitidez los disparos, las sirenas y vieron el rotador de la policía y sus haces de luces a veinte metros sobrevolando  la iglesia. Los sanitarios les atendieron las pequeñas heridas y cortes, e intentaron tranquilizar a la mujer del bocadillo, y luego, un tal sargento de Brigada Especial Morrison, con armadura de combate, casco, pistola al cinto y rifle de asalto en la mano, los saludó y preguntó qué había pasado exactamente. Jacob se desentendió de los requerimientos del policía e inquirió a su vez:


- Eh ¿por que rayos anda la poli cargando como locos contra esa iglesia?

Morrison lo ignoró e insistió: Ricco tomó la palabra:

 Agente, no sé que ha ocurrido. Simplemente entramos y la mujer, bueno, creo que era una mujer, llevaba una máscara de gas. Como le decía, algo donde estaba la mujer explotó, fue como una bomba de aire que nos tiró de espaldas. Y entonces salió corriendo. Nada más -Habló con calma. Estaba acostumbrado a lidiar con policías y no le imponían miedo alguno. Sabía que por esta noche no indagarían mucho más.

El sargento Morrison introdujo las tarjetas identificativas en una pequeña maquina solo algo más gruesa que la propia tarjeta y la colocó en la ranura del data teléfono  portátil. Los datos bailaron en pantalla, de Jacob nada anormal, no así de Ricco, nunca había sido detenido pero las autoridades sabían bien quien era. Arqueó una ceja, devolvió las identificaciones, y esperó. Jacob no abrió más la boca, interesado en lo que sucedía en las cercanías de la parroquia, o quizá por el shock debió pensar el agente. O realmente porque seguía pensando en la propuesta del Italiano.

- Nada más, eh? Bien, seguiremos en el Departamento De Justicia. Mis hombres les acompañarán. Como acabo de decirles, podemos retenerles veinticuatro horas. De paso nos dirás que hacías aquí, Italiano.

No era algo intrascendente, aquellos no eran policías corrientes, sino la Brigada Especial de Máxima Seguridad, los BEMS. Ya se había olido Jacob que había algo anormal en el despliegue de armamento y polis. De nada sirvieron las protestas, en unos minutos Jacob, Ricco y la mujer estaban sentados en la parte trasera de un rotador de la policía de Los Ángeles. En calidad de testigos, naturalmente, como les recordó uno de los efectivos sonriendo de oreja a oreja. El mismo que les pasó un detector e incautó una llave inglesa del mecánico. Vieron como a Jeremías lo trasladaban en camilla hasta una ambulancia, inconsciente.




En el interior cavernoso de la iglesia, las sirenas de la policía rompieron el sermón inútil  que el sacerdote Tomachio estaba dando a Mara. “Esperanza", pensaba Mara, lo mismo que se leía en brillantes letras azul eléctrico con un fondo estridente de Fluke, ese grupo de Hashed metal que tanto esta pegando en la música. Esperanza es mi palabra de hoy... se me ha juntado con aquella otra que me dijo ese espectacular y casi único espécimen de hombre que una vez vino a mi en una tarde de lluvia y pestilente congestionamiento... “Me llenaste de felicidad cariño..."

Cariño... ¿Felicidad? Las habré oído diez mil veces de muchas más bocas. Pero, descubrí que de estas personas. de esas situaciones... tienen un sentido distinto. y antes no me había dado cuenta. ¿Como se le podrá llamar a esto que estoy pensando?  Inversión, tal vez.

Sus errantes pensamientos fueron interrumpidos por la estridencia del sonido que ascendía en decibelios. Demasiado ruido, y demasiado cerca. Incluso les pareció oír ráfagas de un arma de cierto calibre. Escucharon el ruido de la puerta exterior abrirse y luego la interior, más pequeña, de golpe. Se giraron y vieron plantada en pie una silueta, parecía que de mujer, embutida en una gruesa cazadora de guerra y pantalones anchos. Los mechones de cabellos sobre la cara no dejaban ver la misma y la mascarilla anti polución menos aún. Sujetaba un maletín negro. El sacerdote notó que el aire se cargaba de una energía extraña. La figura se adelantó a buen paso hacia él. Entonces el padre pensó que tal vez el Maligno venía en su busca, pues conforme avanzaba esa persona por el pasillo central, los bancos de uno y otro lado se alzaban y eran lanzados contra las paredes como piezas de dominó. Mara tuvo que saltar casi hacia el otro lado para evitar ser golpeada. La mujer se detuvo, respiró hondo y aquel desastre se paró. Se acercó al padre, su rostro medio oculto, sudoroso, pero el brillo en sus ojos delataban a alguien desequilibrado; miró fugazmente a Mara, hizo una genuflexión, después habló: la voz sonó apagada, grave, a través de la máscara, con fuerte acento eslavo y urgencia:

- Padre, ¿hay otra salida trasera? ¡Tiene que haberla! ¡Vamos, dígame dónde, por favor!

Fue Mara la que respondió, mordiendo cada palabra que pronunció, primero en un murmullo para sí, luego en voz alta:

- Perra entupida... entupida perra regraciada –despacito, casi un verso amargo-Perra desgraciada entupida de mierda... de mierda entupida, perra maldita-

La replicante parecía que iba a caer en un bucle. El padre Tomachio intervino. Si la mujer de la máscara podía lanzar los bancos por los aires también podría lanzar a Mara.

-No te han herido. Gritar e insultar ahora no tiene sentido. ¿Si no has sufrido daño porque enfardarse? Todo está bien.-Posó sus ojos en la mujer de la máscara.-Por el pasillo, hay una puerta que lleva al callejón. También hay escaleras que llevan a los tejados. Huir solo sirve para volver a encontrar el problema más adelante. En el mismo pasillo están mis aposentos. Puedes esconderte ahí...les diré que saliste por atrás y pasaran de largo.-Luego desvió su vista hacia la otra mujer.-Puede que los policías vengan buscando problemas. Si tienes asuntos que resolver con ellos también sería oportuno que te escondieses en el mismo lugar

Se había sentido un poco asustado al ver avanzar aquella figura, y luego cuando los bancos volaron contra la pared. se rehizo, y ni siquiera se le ocurrió llevar sus manos al arma que llevaba oculta bajo su chaqueta. Nunca era hostil, ni siquiera cuando lo eran con él. Solo en contadas ocasiones. Estaba algo enojado, había puesto su iglesia patas arriba, y ahora le pedía ayuda. Claro, que aquella mujer no parecía saber lo que hacía, no parecía haberse dado cuenta de ese "poder" que tenía. ¿Ciencia, poderes mentales? No importaba.

La enmascarada no escuchó a Mara, y esta bufó mirando al techo cuando el cura la regañó y  soltó algo de su rollo propio de sotanas y les brindó una solución a las dos. La mujer se quitó la máscara y reveló unos ojos grises de mirada turbia y perturbada. Una boca de labios generosos se veían claramente entre la maraña de cabellos, sonriendo enigmática.

- Es un ingenuo padre. Me buscarán hasta debajo de sus alzacuellos. Vigile lo que les dice. Gracias.

Se dispuso a marcharse por el pasillo, miró a la puerta de entrada, Mara la observaba con una mirada tan demente como la de ella, pero de otra clase. La replicante giró nerviosa entre sus manos la tarjeta de identificación, y decidió arriesgarse, y se quedó allí.

-No te inquietes ni sudes, gordito –tenía la costumbre sin motivo de llamar “gordito” a Tomachio, el cual no tenía atisbo alguna de gordura en su recio corpachón. Se puso a canturrear y a leer la Biblia como si nada sucediera. La mujer de la máscara extrajo un móvil negro de sobrio diseño de vanguardia, de uno de los laterales del maletín, pulsó una tecla, esperó unos segundos, atenta a la puerta. Un código, una voz al otro lado y ella alzó su voz:

- Cambio de planes. Si queréis la pasta, id al callejón este de la iglesia. Ya.

Guardó el aparato, se iba, pero otra vez se detuvo. Abrió otra sección lateral del maletín negro, y metió en el bolsillo de la chaqueta del padre Tomachio el objeto que acababa de sacar: una barrita delgada, negra, punteada con muescas.

- Guárdelo bien, padre, por favor. Regresaré a por él.

El sacerdote miró aquel objeto y antes siquiera de que lo hubiese guardado en el bolsillo interior de su chaqueta, la desconocida Se fue corriendo, pasó por la puerta de la habitación del sacerdote y se largó por la salida de la calleja. Mara entretanto leía el libro sagrado mascando las palabras en voz alta, siguiendo su particular alucine. Los pesados pasos retumbaron afuera, las voces. Entraron los agentes de policía, en tropel, una auténtica  horda uniformada. Aquello parecía un hormiguero de comandos armados hasta los dientes. Tomachio decidió ponerse del lado de la fugitiva, ¿acaso no lo había hecho ya? Desconfiaba de la autoridad establecida, corrupta, amoral, envenenada por el poder.

Se puso delante de los agentes interpretando el papel de atribulado sacerdote, alterado, nervioso, asustado. En su interior permanecía en calma. Nunca perdía los estribos. Nunca. Eso cría. Si lo fingía era...simplemente porque le gustaba actuar, como en aquellos programas de la tele.

-¡Agentes, agentes!¡Miren lo que le han hecho a mi iglesia!¡A mi iglesia!-Agarró a uno de los policías por el chaleco.-¡¿Es que no lo ve?!¡Está todo por los suelos!¡¿Quién va ha pagar todo esto?!¿Quién?Oh, en nombre de Dios.¡Y esas armas!?Esta es la casa de Dios. ¡Las armas deben permanecer enfundadas!

Gritaba y gesticulaba. Pensaba con firmeza que la policía, el gobierno, la economía, son cosas que nada tienen que ver con la iglesia. lLas leyes y preceptos sociales, las normas, son solo cosas creadas por los hombres. El Padre Tomachio solo tenía por verdad la Palabra de Dio. El hombre era imperfecto, no era nadie para crear leyes. S atrapaban a aquella mujer de la máscara y la metían en la cárcel, no se redimiría, no se arrepentiría de sus pecados, solo albergaría rencor y odio. Sin embargo, en libertad siempre podrían cambiar las almas. En libertad. Por eso mismo protegía también a Mara. la prostituta joven y alocada. ¿Por qué? Porque era el guardián, y eso era lo que quería hacer y ser: el guardián..


Mara continuaba leyendo la Biblia, no atendía a razones, se encogía de hombros. Enseñó su identificación, la comprobaron con la central, y la sacaron fuera, junto con el sacerdote. Los efectivos de la policía especial se desparramaron entre tanto por las dependencias de la iglesia, en busca de la sospechosa.

Un policía increpaba al padre Tomachio:

- ¿Dónde lee en mi uniforme que ponga gilipollas, padre? Nosotros somos los buenos, la fugitiva ha asesinado a dos hombres, presumiblemente a otros dos personas y quien sabe a cuantos más. No me haga perder el tiempo y déjese de hacer el idiota.

Otro agente empujaba a Mara, que empezó a decir incoherencias y a resistirse, desafiante, rabiosa, se. debatía sin lograr soltarse.

-Déjenla. Sufre de ciertos bloqueos mentales –argumentó el sacerdote.

El otro miró divertido al sacerdote:

-Seguro que es una yanqui. Una puta drogata de mierda. ¿En su casa cada uno hace lo que quiere, eh padre? Se la ha buscado jovencita, ¿qué tal se la chupa?  Qué feo. Poco me importa, de momento se vienen con nosotros. En calidad de testigos.


Les soltó el rollo de los derechos y obligaciones  de los testigos, entre ellos que los podían retener veinticuatro horas. Habló con alguien por el intercomunicador en la oreja:

- Ok, te envío a dos. En la iglesia, sí. El cura y la puta que se tira. Los demás  continúan la persecución.

El detector descubrió la pistola del padre, y se la llevó otro guardia con la documentación de ambos y la mochila de Mara. Se oían las ráfagas lejanas en la parte trasera del edifico de la iglesia. Al poco, se encontraron los dos en el interior de un rotador de la policía, junto a una mujer y dos hombres, Jacob y Ricco, camino de la Corte de Justicia, sobrevolando el espacio aéreo de la lúgubre y sórdida ciudad de Los Ángeles.-.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Hay muchos traseros que patear ;D 2



Después de cinco días la resaca del hipersueño continuaba para algunos. Menos mal que un café bien cargado y una charla intrascendente sobre el mate que preparó el marine Miguel Goudine despabiló a la mayoría. Eso y los siempre alegres chistes del matasanos:

- Una vez conocí a un hombre que bebió una infusión de mate. Las raíces de la planta habían absorbido los vertidos tóxicos de una corporación que talaba la selva en Sudamérica. Cuando se tragó la infusión fue como beber fuego líquido. Se quemó la lengua, se abrasó la tráquea y vomitó su propio estómago en el último estertor de muerte.

Luego bebió un sorbo su humeante taza de café, con meditada parsimonia sin esbozar una sonrisa o un gesto que indicase que era una broma.-O puede que fuese el pollo que comió antes.- Añadió.

Helen, calado su sombrero de cowboy, al lado de la silenciosa Blondie, observaba al meditabundo Rivers, el cual prefería una nueva misión a regresar al estercolero que era la tierra, una cloaca, un sumidero de desperdicios. La verborrea locuaz de Carlo logró que algunos lo miraran mal, y terminó por despabilar a la gente. El sargento Ramírez devoraba un sándwich rebosante de mostaza, entretenido admirando las formas de Carlota que le plantó un dedo en sus narices y se levantó, cuando la conversación empezó a derivar hacia el mundo de la anatomía femenina y sus secretos. En ese momento el sargento Kaplizki hizo su aparición en la estancia, el saludo fue inmediato por parte de todos, pero el suboficial les ordenó descanso. Su expresión pétrea no revelaba casi nunca su estado de ánimo, sus ojos sí. No traía buenas noticias, o tal vez todo lo contrario, según se mire, como opinaría sin duda Rivers.

- Tenemos un asunto que resolver antes de dejar caer vuestras feas caras en el “Estercolero” -se refería a la Tierra -. Parada cerca del satélite de Júpiter, Europa.

Alguien masculló una maldición, Baltasar tiró la gorra, Carlota reprimió un eructo, mencionó a toda la corte celestial salpicada de obscenidades. Empezaron a llegar el resto de marines,  por último el capitán y el coronel. Parecía una reunió informal, sin embargo no lo era. El coronel, siempre ahorrativo en palabras, fue al grano: una nave de transporte civil, el Pegaso V, se encontraba a la deriva próxima a la órbita de Europa. Ni señales, ni contacto alguno, ni respuestas. Ellos eran los más próximos, así que entrarían en acción. En menos de once horas establecerían contacto. El capitán continuó:

- La versión oficial es un posible secuestro terrorista. La real es que se cree que de nuevo se ha producido un fallo en el sistema de crionización. Ya pasó antes, los archivos son confidenciales. Entonces, murieron la mayoría de “los durmientes”, pero otros no. Lo que sea que se produce en la cápsula ataca al cerebro y el sistema nervioso, lo transforma en papilla. O te mantiene con vida convirtiendo en un maldito cabrón asesino con la fuerza de cinco hombres: estos sujetos desarrollan un estado de neurosis y esquizofrenia aguda, violencia, ira, agresividad, que termina en la auto-mutilación y suicidio.

Prosiguió:

- En el Pegaso V viajaban ochenta pasajeros y quince tripulantes. Hay que entrar allí, sacar a las personas que no hayan sido afectadas, eliminar al resto y destruir la nave. Debemos tomar muestras de las cápsulas y traernos un par de cadáveres tanto de los muertos en el acto como de los que sobrevivieron pero fueron “contaminados”. Y al menos uno de ellos vivo.

El coronel intervino:

- Usaremos el procedimiento estándar. Dos equipos de diez efectivos entrarán en el transporte: Alpha, al mando del capitán O´Hara y el cabo Liao, y equipo Beta, comandado por el sargento De la Piazza y cabo Benley. Prepárense. Entramos en código 2.

Se desplegó un holograma que representaba una nave del tipo del transporte a rescatar, pero ya antes de que se viese la misma, el capitán dio paso al turno de preguntas. Abrió Karl:

- ¿Afectará eso a nuestros días de permiso, señor?

- Tendrá los mismos días, soldado. Cumpla con su deber y no pregunte gilipolleces – replicó el sargento Kaplizki.

Verónica fue a preguntar algo, se dio cuenta del chicle que mascaba y se lo tragó antes:

- ¿Cuántos supervivientes “sanos” podemos calcular que quedan y que margen de error tenemos?

El capitán la miró sombrío:

- Basándonos en los datos e información que tenemos del suceso anterior, no más del 20% para cuando lleguemos. Quizá un 30%. El margen de error es cero, soldado Landea.

- Lo que el capitán quiere decir es que debemos evitar al máximo víctimas no deseadas. –puntualizó el coronel -.

- ¿Hay civiles menores de edad ?– inquirió la silenciosa Blondie. El coronel respondió:

-Ya saben que en esta clase de viajes solo se permiten mayores de quince años. Sin embargo no siempre se cumple la normativa. La estación espacial de Europa informa que tres pequeños embarcaron también.

- ¿Por qué no intervienen las patrullas de Europa?- preguntó alguien.

- Al saber de nuestra cercanía, esos cagones corporativistas han preferido esperarnos. Y, si ahora se les viene a la cabeza que tras tantas horas podían haber salvado muchas vidas de iniciar cuanto antes la operación de rescate, les diré lo que todos piensan: No quieren que haya testigos, que nadie quede con vida sería lo mejor. Nosotros somos un engorro y ahora esos hijos de puta estarán rezando para que lleguemos demasiado tarde. – Fue la seca contestación del coronel Nenson -.



domingo, 27 de noviembre de 2011

Hay muchos traseros que patear ;D -Marines

Breve detalle de los marines de la Unidad Sigma-5


Jake Rivers - Normalmente le llaman solo por el apellido, de hecho suele presentarse cómo Rivers. Un tipo grande, de complexión fuerte. Piel morena, cabello negro corto, desaliñado, barba de días –que oculta parte de cicatriz en la mejilla derecha, a la altura de la boca al menos hasta que sus superiores le amonestan o hasta que comienza a molestarle. Indisciplinado, de maneras agresivas,  violento; tolerante con quien respeta, y frío, muy frío.

Dillon Frost – De raza negra, metro ochenta, abultados músculos, entrenados a conciencia más por aburrimiento que por perfeccionarse. Calvo totalmente, sin barba ni vello facial. Sus ojos son dos motas oscuras y gélidas sostenidas en el abismo de oscuridad que es su rostro. Su tono de piel es el más oscuro posible. El único punto de luz que arroja sobre su figura es la perfecta dentadura blanca que tiene. Cerca del cuello, la cicatriz de una quemadura que le llega casi hasta detrás de la oreja, como si le hubiesen arrojado un producto químico que le hubiese quemado la piel. Nunca habla de ello. Es taciturno y solitario, nunca sonríe. No suele hablar, lo justo cuando tieen algo que decir. No se inquieta por nada. Espiritual, sin religión alguna,  médico entregado y un soldado perfeccionista.

 Miguel Goudinni- Tez pálida, muy blanca. Cuerpo fibroso,  ojos verde claro y pelo castaño, corte militar clásico. En la espalda, y todo a lo largo y a lo ancho tiene un enorme tatuaje de un arcangel, recuerdo del ciclo secundario. Un tipo chapado a la antigua, todo un galán, habla correctamente, todavía un poco niño.

 Carló Balsani – Italiano, cabello castaño, ojos color miel, constitución atlética, piel bronceada. Amante de las armas y de su familia. Carácter amigable pero se enoja si le preguntan por su pasado. Nunca se separa de  su revolver Magnum especial y un relicario donde viene la foto de su esposa y su hija.

Helen McFersson,  Alias: Ghost -Pelo rubio, liso y corto como un chico en un cuerpo endurecido de medidad de maniquí.  Lleva gafas de sol en todo momento, incluso duerme con ellas. Se las quita si se lo piden, pero se siente desnuda sin ellas. Suele mascar chicle, y diriase que olvido hace tiempo lo que es una sonrisa. Silenciosa, precisa, fria y letal en su trabajo Viste todo tipo de ropa, prefiriendo estar en topless, ropa tejana o militar.

 Joe Chip – El técnico informático,  De ojos marrones y pelo corto de color negro. Un cuerpo de músculos marcados,  definidos. Reservado, disfruta de la compañía de amigos, pero le resulta difícil hacer amistades debido a su carácter. Le cuesta aceptar ordenes cuando no entiende los motivos, razón que le valiera varios llamados de atención de sus superiores y, según sospecha, se atrasará su promoción a cabo.

Simo Kolkka – Francotirador. Tiene la forma física estándar para un soldado de élite, y una complexión media. Quizás menos musculoso que la mayoría de sus compañeros, con igual o similar capacidad de resistencia a la fatiga y el dolor. Suele mostrar una actitud completamente introvertida. No solo no se relaciona con los demás, sino que además parece no importarle lo más mínimo nada que no sea lo estrictamente profesional. Carácter altamente explosivo, muy profesional cuando está de servicio. Destaca también por su fortaleza y equilibro mental. Nadie ni nada ha conseguido ponerle nervioso nunca. Quizás por eso es tan bueno en su trabajo.

Coronel Samuel J. Nenson - Militar de carrera, de nacimiento; antepasados militares. Corte depelo a cepillo, el clásico coronel duro, severo, justo; respetado, por sus hombres, por los mandos superiores, incluso por el enemigo.

Capitán Michael O´Hara - Irlandés de ojos azules y cabello amarillo pajizo. Delgado, de nervios de acero. Si le pinchas crees que no sangrará, te dice con el mismo humor que ha nacido su hijo o que se ha muerto su madre. O que te pegará un tiro en la sien. Viajará al infierno a tocarle las barbas al diablo al frente de su unidad.

Sargento Kaplizki – El sargento de hierro. Vozarrón que haría temblar hasta a un predator. Trata al enemigo como a sus hombres y a sus hombres como al enemigo. En realidad se preocupa por todos y cada uno de sus soldados.

Sargento De la Piazza – La antítesis del anterior. Bajito, musculoso,  cualquier cosa se la trae floja.

Cabo Linch – Un hijo de puta de dos metros. Un cabrón hasta la médula. Nada más que decir.

Cabo Li liao – Como Linch. Solo que en mujer. Culturista, mal genio, le van igual los hombres que las mujeres. Más de uno/a la mataría.

Cabo Ramírez - Mestizo, le gusta el alcohol y follar. Solo piensa en eso. Se tiraría hasta a una botella. Tan duro como todos. Se lo monta con Liao.

Cabo Benley - Un hombre singular. Romántico, culto, fuma en pipa en sus ratos libres. Lee en todo momento, sabe hablar de cualquier tema. Simpático, cae bien a todo el mundo. No te dejará en la estacada. Experto en xenología y mundos aliens. Una enciclopedia del saber.

Soldados de primera:

“Blondie” – Silenciosa, mirada que te traspasa y te hiela el corazón. Experta en demolición. Dicen que pasó 20 años en un planeta prisión. Nadie le levanta la voz. Aparenta 35 años. Dicen que mató a un oficial clavándole una cuchara en la frente.

Eric Johnson - Un armario de casi dos metros. Lo suyo es el armamento pesado. Bromista.

Sandro Malbet – Medio cráneo recubierto de una plancha de acero. Tampoco habla apenas. Es el primero en entrar en una nave en llamas y el último en salir. Está loco.

Karl Frederic – Habla demasiado, come demasiado, duerme demasiado. Un pesado y fanfarrón, experto en comunicaciones y buen piloto.

Serena Lancovia – No supera el metro 65, no debería estar en los marines, cuya altura mínima es metro 78. Por algún motivo es componente de unidad de élite, quizá  debido a que es una extraordinaria francotiradora y no se arredra ante nada ni nadie. Va rapada al cero, buenos pectorales, poco trasero.

Anette Elven – De piel café con leche. Está muy buena. Cuerpo de diosa, labios de ninfa. Experta en artes marciales y manejo de cuchillos. Gasta mala leche, nadie es perfecto. La segunda tras Sandro en meterse en la nave en llamas.

Verónica Landea – Hispana morena que rivaliza con Anette en belleza. Un encanto de mujer para los marines, agradable, chistosa, se tira pedos, eructa, un poco rara.

Jesper Miliawicz - Médico hábil, lacónico, toma drogas a escondidas, pero todo el mundo lo sabe. El coronel lo soporta porque es bueno en lo suyo, tiene temple y no duda. Eficaz por lo demás en combate.

Kimberly Latva – Un negro con mala baba, lleva el arma Inteligente M56A2. No le gastes bromas o aplastará tu cabeza con una de sus manos.

Baltasar Sunday - ¿ Qué hace este tío aquí? Lo suyo es la informática, computadoras. Reventar cerraduras de cualquier tipo, por eso es uno más de los vuestros. Flacucho, pendenciero, al rato tu mejor amigo.

Carlos Azul – Un pedazo de carne con cientos de músculos hiperdesarrollados. Carga con dos lanzamisiles. Se le van los ojos tras el culo de Verónica, como a muchos, pero a él se lo nota más.

Alí Mohamed - Árabe, muy religioso. Abierto a la cultura, tolerante, se interesa por cualquier religión antigua y nueva. No tiene reparos en enviarte al cielo o al infierno. Confesor de las penas de todos. Está de muy buen ver, el cabo Liao se lo ha tirado más de una vez. Se rumorea que también estuvo con Serena.

Tripulación.

También son marines, su entrenamiento algo distinto al resto, a excepción del básico.

Absolon Barlup – Teniente, piloto experimentado, mediana edad, casi calvo. Nunca lo ves sin su puro en la boca. Sosegado, tranquilo, afronta con aplomo la presión y situaciones delicadas.

Orlando J. Hayles – Sargento, copiloto, comunicaciones, sistemas, navegación. Fortachón de algo menos de 30 años, barba, bueno en su trabajo. No se mete con nadie y va a lo suyo. De confianza. Apoya  s Viviana.

Ludwin Shelley – Cabo, mantenimiento general de la nave. Siempre con su mono de trabajo gris, su caja de herramientas, su ordenador. Enfrascado en su faena y atento a cualquier ruidito de los motores de energía.

Carlota Petro – Soldado, ayudante de Shelley. Habla por los codos. Sobre todo de sus novios. Es toda una manitas.

Viviana Molino – Alferez. Control de sistemas de vuestra nave, un coco. Ingeniería, eléctronica, computadores, procesos de hipersueño, sistemas vitales. Atractiva, cabellos cortos castaños, algo distante, laboriosa y seria.