lunes, 26 de marzo de 2012

Hay muchos traseros que patear 22


Estaban vivos dentro de una lata de sardinas blindada como un bunker y cargada de armas, munición y adrenalina. Se respiraba sudor, sangre, angustia, desespero y triunfo, en una mezcla confusa en la que resultaba difícil señalar qué elemento predominaba sobre los demás.

Vivos. Lo cierto es que no todos. Baltasar no lo resistió, murió aferrando la mano de Simo, asintiendo con la cabeza, una sonrisa amarga en la boca, una luz brillante en sus ojos. Otro más que caía.

- Todos lo hicisteis bien, Dillon. Pero no quiero perder a nadie más, a ninguno. Si te digo que no hagas tal cosa, no la hagas. Eso va para todos. Y si no estáis conformes, que otro tome el mando. ¿Está claro?

Benley se secó su brillante y húmedo rostro con la manga. Dillon se esforzaba con el desmayado Joe, con las heridas de Rivers y Helen, con los rasguños de Carlo. Anette empezó a ayudarle después de que dejasen de temblar sus manos y su cuerpo por entero. Tiró a un lado el Arma Inteligente, se sentó, tomó un sedante. Luego hizo lo que pudo. La información sobre el veneno que le facilito Ghost le vino bien, pues Anette preparó bajo la supervisión de Dillon una suspensión que inyectó a los dos marines afectados por el veneno. Rivers se estabilizaba, empezó a recuperar la visión, el oído, aunque continuaba sin sentir sus miembros; tenía algo de fiebre, notó el hambre y un sabor agrio en la boca. A Helen le fue igualmente bien el componente en su torrente sanguíneo. Rivers no perdió la capacidad de deducción y reflexión, dio su opinión sobre el camino a seguir. Preguntaron sobre el rumbo. No lo había, según Viviana, era largarse. ¿Acaso importaba? Que algún listo sacase el mapa, ironizó. Benley observó el radar, había una posible zona rocosa al noreste, bastante lejos. El M577 tomó esa dirección.


La mayoría se quejó, preguntó quien dejó a Sandro libre. Le llamaron perro y loco. No le gustó al prisionero, que enseñó los dientes y una de sus mejores sonrisas de psicópata. Viviana, desde el volante, alzó la voz respondiendo:

-¡Yo! Yo lo hice. La situación lo requería. ¿Qué pasa? Lo necesitábamos.

Simo, satisfecho, si se puede decir tal cosa, por sus disparos sobre la hormiga voladora, a la vez estaba malhumorado, encañonó al marine, se encontró con que este también le apuntaba con una pistola. En la mirada de Sandro se leía que dispararía sin dudarlo, en la de Simo también. Un vozarrón grave se escuchó de pronto; sentado en el suelo, apoyado en la pared, el adusto y recio sargento Kaplizki había vuelto en sí. Sus ojos duros enfocaron a los dos soldados, abarcó cuanto sucedía en el reducido espacio del blindado:

- Soldados, bajad esas armas. Es una orden que no repetiré. Sandro, volverás a ser esposado, para tu protección y la del resto. Provisionalmente. Nadie te tocará. Dillon se encargará de ello. Ponedme al corriente.

Sandro dudó unos segundos, accedió, obedeció al sargento. Fue esposado. Simo lo dejó estar *.


Sin embargo una nueva noticia cayó como agua fría por sorpresa sobre todos ellos. Helen era un sintético. Anette parpadeó, confusa, incrédula. Benley puso cara de “ya me olía algo así”. Sandro lanzó una carcajada típica:

- Jajajaja! Así que una marine sintética. Un maldito robot. Y pensar que más de una vez estuve a punto de meterme en tu litera. Jajajaja. Tampoco sería la primera vez que echo un polvo con un sintético. No me jodáis, ¿acaso no lo habéis probado? Jajajaja!!

Anette sintió cierta repulsión. Se apartó de ella, balbució:

-Sus análisis eran normales…su sangre…es como la nuestra. Todo…no lo entiendo.

Sargento: Es un modelo de última generación. Prototipos experimentales para el ejército. Una máquina de guerra multifunción. Mejorado su cerebro, mucho más inteligente que la de los anteriores, mayor capacidad de reacción y aprendizaje. Viviana, intenta lo que dice Helen. Cabo, ocupa su lugar. Simo, deja tu rifle y encárgate de la tronera.

Viviana se aproximó. No le gustaba aquello. Miró recelosa a Helen, cuyas constantes vitales se mantenían al mínimo, apenas le quedaba energía para moverse. Sus nanos trabajaban frenéticamente reparando el sistema, sin embargo necesitaban ayuda exterior. Viviana protestó débilmente:

- Sargento, señor…Yo…yo no estoy familiarizada con estos…con estas máquinas.

Kaplizki insistió. Viviana se puso manos a la obra, su expresión teñida de un ligero tinte de repugnancia.

Algo golpeó en el techo exterior. Simo pudo ver una hormiga voladora, que abatió con los lásers. Por el visor vio otras que se acercaban surcando el aire espeso y parduzco. Benley aceleró.





Simo Kolkka


No había servido para nada. O técnicamente, para muy poco. Al menos tenía un cuerpo que entregar a su familia si por un milagro encontraban una forma de llevarlo a cuestas hasta casa. Poco probable, pero era algo. ¿Había merecido la pena estar a punto de morir por aquel montón de carne? Eso ya era lo de menos. Las probabilidades de supervivencia volvían a disminuir.

Cuando fue a buscar a Sandro, este le estaba esperando. Al parecer además se loco se había vuelto estúpido. Si única posibilidad de ganar era haberle disparado según se acercó. Simo, sin embargo, podía disparar de modo que el enemigo no tuviera tiempo para apretar el gatillo. Era su trabajo, al fin y al cabo. A pesar de que no era un método seguro, tenía la suficiente confianza como para arriesgarse. Revisó sus reglas morales antes de decidir que hacer. Ley primera. Los marines solo combaten enemigos. Sandro le estaba apuntando con una pistola, y era capaz de disparar. Pero era un marine. La definición de enemigo era demasiado ambigua. Ley tercera. Los marines no torturan ni matan prisioneros. No iba a torturarlo, sino a matarlo, y además, no era un prisionero, puesto que estaba suelto y con una pistola en la mano... Antes de llegar a una resolución, al sargento Kaplizki le pareció un buen momento para despertarse. Claro como el agua. Bajó la escopeta, atento aún a cualquier movimiento inadecuado por parte de Sandro.

Las buenas y moralizantes noticias no dejaron de fluir. Un marine sintético. Por algún desconcertante motivo, la reacción de Sandro le hizo sonreír. No sabía como tomárselo. En realidad, no sabía como tomarse nada. No era su trabajo.

- Una maldita tostadora... y necesita pilas...- no daba crédito. Se intentó concentrar en su rifle, pero aquello era demasiado.- Al menos los electrodomésticos no se vuelven locos, ¿no? No le afectará esa especie de... descomposición.

Fue un verdadero alivio el encargo del sargento. Además, al poco rato, unas moscas llegaron para ayudarle a liberar estrés acumulado. Desde allí sería como jugar a un videojuego. No tenía que preocuparse por nada; solo disparar.




Dillon Frost

"Todos lo hicisteis bien, Dillon". La voz del sargento martilleaba su mente una y otra vez, de forma mecánica, insistente. Sus oscuros ojos estaban posados sobre el cuerpo de Baltasar. Simo se había arriesgado lo indecible por ir en su ayuda. Había efectuado un disparo milagroso y había corrido a través de un mar de mandíbulas para salvar a aquel hombre. Ahora estaba muerto. Simo había cumplido. Él no. Apretó sus manos, con contenida ira, y cerró los ojos. No quería ver el rostro de su compañero muerto. Otro rostro más. Demasiado tarde. Ya estaba en su memoria, dentro, en lo profundo, para atormentarle en las noches febriles y en las largas guardias.

-No todos, señor, algunos fallamos al final...-Siguió con su trabajo. Nadie parecía correr peligro. Helen les facilitó datos sobre el veneno. Anette preparó un antídoto. Se lo inyectaron a la piloto y a Rivers.

-Si vuelves a andar, recuerda, no es para patearle el culo a alguien con un misil.-Le dijo, sombrío. Hablaron sobre Sandro. Simo se encendió. Aunque era un marine muy formal. Su arma encañonaba al prisionero. Viviana confesó haberlo liberado. Lo tendría en cuenta para el futuro. No por reproche, sino por precaución.

-Hiciste bien, Viviana.-El sargento se despertó. Eso aliviaría los hombros de Benley. Apenas prestó atención cuando Sandro bajó el arma. Se dedicó a sus quehaceres. Ese otro asunto ya estaba resuelto. Intentó ayudar a Helen. Escuchó lo que decía. No tenía sentido.

-Será mejor que ponga un sedante, Helen. Debes tener los nervios destrozados.-No era así. La mujer se rebeló como una máquina, una sintozoide, un robot sintético igual que un humano salvo por el hecho de que no estaba vivo. No supo como sentirse. Esperaba coser su pies, arreglas algunos vasos sanguíneos...no trocear unos cables ni empalmar unos circuitos. Quedó aturdido, confuso. ¿Un androide? Ni siquiera una mujer. Un robot, sin sexo, no una mujer, una compañera, solo una máquina. Igual que el panel de control de M577. Escuchó a Sandro.

-Permiso para amordazar al prisionero, sargento. Al menos hasta que tenga algo interesante que decir.-Entornó los ojos.-Seguramente hasta el fin de los tiempos...-Se apartó de Helen, Viviana la atendería mejor.

Vio como a Viviana no le gustaba tener que atender a la máquina. Helen, se llamaba Helen. Sandro se había burlado, Simo había resultado ofensivo. Anette se había retirado discretamente. ¿Qué sientes cuando un amigo resultar no ser más que un código base formado por unos y ceros? Sus palabras eran respuestas programadas con efectividad y sus actos no nacían del alma...sino de una secuencia lógica y estéril. Asustaba un poco. Entendió a Anette, así como a Simo y a Viviana. A Sandro no, ese mal nacido estaba loco.
Tuvo algo de tiempo para pensar sobre el asunto. Meditó sobre ello, taciturno, hasta que decidió dar una contestación, bastante tardía, a todos aquellos sucesos.

-Sigue siendo nuestra compañera. Hemos luchado a su lado, sangrado con ella y sudado penurias en los rincones más oscuros de este universo. Entonces, a ninguno de nosotros nos importaba si ella era humana, un sintético o un calamar. Ahora debería ser igual. Ella no ha cambiado, solo lo que sabemos de ella. Sigue siendo una de nosotros, un marine. Y para mi es suficiente. Por eso no entiendo estos...aspavientos y esas palabras. Si alguno cree pertinente usar términos como tostadora o electrodoméstico...será mejor que se los guarde.-Gruñó. Estaba mascando muchas palabras que era mejor no decir.- ¡Lo que me faltaba! ¿Vamos a empezar a hacer diferencias entre los marines? En esta unidad jamás se han hecho distinciones sobre sexo, condición social, origen, raza...Nosotros no juzgamos, somos uno. Así debemos seguir.-Se quedó a un lado, meditabundo. "¿Puede uno ser sin sentir? ¿Tienen alma la máquina? ¿Un alma virtual? ¿Sueñan los androides con...? Basta, toda esta cháchara filosófica no sirve de nada. A veces hay que dejar de buscar explicaciones a las cosas para aceptarlas tal y como vienen".

Hormigas, en lejanía, un problema real. Revisó a Betsy, había sido de gran ayuda. Se aseguraría de que estaba en perfecto estado y el tanque de combustible en buen nivel. Seguramente tendría que sacarla a bailar dentro de poco. Rivers había indicado que sería más sensato viajar hacia suelo más duro. Tenía razón.

-Puede que haya otra clase de vida en este planeta. Si esos insectos dominan la zona es lógico pensar que otra posible existencia conviva en los lugares más seguros, lejos de ellas. En las rocas a las que nos dirigimos.-Podía haber asentamientos en aquella zona rocosa. Era una buena decisión. Hasta entonces intento mantener la mente fría, el cuerpo en calma y descansar.





Jake Rivers


Nota un leve pinchazo, ignora de lo que se trata, quizás uno de esos medicamentos inútiles, algo para cortar el dolor –pero si no me duele…-. Poco a poco va saliendo de la oscuridad, comienza a ver y a oír algo más que ecos lejanos. Aún no puede comenzar a moverse, pero al menos está empezando a abandonar las sombras.

Mira a su alrededor con algo de pereza, los demás parecen alterados. Ha escuchado que alguien liberó a Sandro, también que Simo y Sandro se han encañonado mutuamente. Deberían tener más cuidado, ambos, no cree que ninguno de los dos tenga muchas dudas en disparar.
Sin embargo a quien tiene cerca es Dillon, aún está enfadado por lo del misil. – Es lo que hago mejor, Frost, disparar - Debería dar las gracias, han cargado con él hasta aquí, parecen haber curado el veneno que remite poco a poco. No va a darlas, sería impropio de él. Por supuesto se siente agradecido, incluso afortunado, pero los demás ya saben cómo es, resultaría extraño si actuase de otro modo.

Las sorpresas no quedan allí. Ghost es una sintética, al parecer. Cree haberla visto sangrar, haber visto cómo la herían. Le parece poco razonable hacer una nueva generación de sintéticos menos resistentes y fuertes que los anteriores. Sin duda habrá algún buen motivo, motivo que no le importa lo más mínimo. Algunos reaccionan con asco, otros son más razonables, al menos en apariencia, él solo acierta a decir – Eso explica muchas cosas -. Por eso parecía tan recta, acudiendo una y otra ves al manual de normas para tratar de tomar decisiones. Actúa cómo la programaron para actuar, de forma sistemática. – Opino cómo Dillon. Helen ha estado a nuestro lado desde hace tiempo, cuando cubría los flancos nadie se planteó si era humana o no. En lo que a mi respecta es cómo cualquiera de nosotros, un marine. Si os causa desconfianza ahora, pensad en todo el tiempo que habéis pasado a su lado… hasta hoy no ha ocurrido nada -. A Rivers no le importa, es un poco tarde para sentir miedo o repulsión. Después de todo siempre dicen que ellos ya no son hombres o mujeres, son marines, ¿es que los demás no recuerdan la instrucción? – Otros eran completamente humanos y perdieron la razón… no veo a que viene ahora tanto reparo -. Allí tienen a Sandro, un gran ejemplo.

Al parecer se están dirigiendo hacia terreno rocoso, pero las hormigas voladoras les siguen. Si les alcanzan todas no habrá forma de enfrentarse a ellas, ni siquiera dentro del tanque. Sería bueno saber que sentidos utilizan para localizarles. ¿La vista?, ¿el oído?, ¿el olfato? Ghost se recubrió con la sangre de alguno de esos monstruos, pero le reconocieron igualmente. Es malo, no podrán perderles con facilidad. Quizás acaben hartándose de seguirles, pero si no es así… ellos tendrán que parar en algún momento. Quizás fuese buena idea buscar alguna cueva en ese teórico terreno rocoso, claro que entonces quedarían encerrados, lo cual no es mucho mejor. No pueden hacer otra cosa que seguir alejándose hasta encontrar un lugar más seguro, tal vez entonces consigan organizar una defensa más o menos decente. Sigue aferrándose a la creencia de que si matan a las suficientes, estas acabarán dejando de atacar, en algún momento deben acabar comprendiendo la inutilidad de sus actos, incluso los animales lo hacen.

No tiene más que decir, por tanto sigue tumbado esperando a ir recuperando la movilidad en las extremidades… porque confía en que eso ocurra. Le parecería más terrible quedar en estas condiciones que haber muerto cómo tantos otros han hecho. Procura no pensar en los caídos por ahora, solo le haría deprimirse, no es lo que necesitan en este momento.




Helen


El análisis de la situación indicaba a Ghost que debería grabar los gestos faciales, y las palabras en vida de los supervivientes para futuras referencias. La mayoría, uno a uno, fueron diciendo sus puntos de vista diferentes y unos mostraron más humanidad que otros. No detectaba ninguna necesidad de responder a los comentarios de ninguno, pero la situación parecía necesitar por completo una respuesta, su respuesta. Le parecía que si no lo hacia, seria testigo de algún tipo de anomalía. Y aunque no era propensa a considerar los resultados inferiores al 10%, había sido testigo de una bomba de anti-materia, e incluso su propio rescate. Aunque ella calculaba solo un 3,3333% de posibilidades de que fueran en su busca. Así pues considero que era apropiado volver a usar la subrutina de emociones que sus compañeros conocían como Helen. Respondió primeramente los comentarios negativos y luego agradeció a quienes hicieron los positivos.

- Pues si Simo. Soy una tostadora y necesito pilas. Todos necesitamos algo. Tu por ejemplo estas conectado a tu fusil, del que apenas te desconectas*. Es obvio que es ahí donde esta tu cerebro. Como ves los dos tenemos mucho en común, un cerebro mecánico.

-¡Sandro, no me jodas! Nunca pensé que esa plancha de acero que tienes por cerebro te diese ese tipo de ideas. De todos modos, conmigo ni lo intentes. Puede ser que tome tus intenciones como las intenciones de esas hormigas y... bueno. Sea el fin de los dos.

- Tranquila Anette. Ser sintético tiene sus ventajas y desventajas, del mismo modo que ser humano, o ser negro, o ser un enano. Tenerme asco por no ser humana es tan estúpido como tenerte asco porque no tienes alas. Cada cual es como es, puede que guste a otros, puede que no. Pero lo importante es que te gustes a ti misma y aceptar a los demás como son. La única diferencia entre tú y yo, es que mi alma es física y tangible.

- Gracias Rivers, Dillon y a los demás por no soltar un "es un jodido robot". Vosotros sois en verdad humanos de alma y corazón.

- Viviana. Aparca tus ascos y recelos a un lado. Supongo que no te gustan las responsabilidades, pero chica. ¡No hay opción! O lo haces ahora, o me conviertes en chatarra. La decisión depende de ti. Yo ya he gastado demasiada energía. Desconecto 20 minutos todos mis sistemas, menos mi cpu para que puedas operar sin miedos.

* No desconectar físicamente.


domingo, 25 de marzo de 2012

Hay muchos traseros que patear 21



El cabo Benley no pudo detener la resolución de Dillon. El matasanos corrió hacia el hoyo, dejando por el momento de lado a los heridos, lanzando ráfagas de ira y fuego, atrás quedaban las maldiciones y reniegos de Benley. Frost se coló en el agujero tras asegurar la soga y fue tragado por una oscuridad ominosa que hacía palidecer a su piel negra. Arriba quedaban unas perplejas hormigas indecisas y lejanas.

El blindado, con su carga humana herida, cerró su reforzada puerta y giró hacia la posición de Simo y Anette. Sandro dispara las torrretas laser, Carlo las ametralladoras frontales. Benley se quedó fuera, directo al hormiguero para cubrir la posición del maldito médico indisciplinado. Joe se dejó caer y tuvo la suficiente serenidad para inyectarse algo en el muñón que cortó la hemorragia; con todo perdió finalmente el conocimiento. Por su parte Rivers caminaba entre la nada y las sombras, insensible, paralizado, a caballo entre la desesperación y el entrenamiento recibido. Mantenía las constantes vitales en la zona alta del rango normal. O era un veneno lento o solo paralizante.

Allá en la parte superior de la hondonada Simo se batía con los nuevos regimientos de bichos gigantes. Disparó, alzando un grito de guerra que para su frustración a las hormigas tanto les dio. Al menos le animaba a él. Barriendo la zona, alcanzó a Baltasar; pierna rota, varias costillas seguro que también, el traje había resistido y absorbido lo peor del golpe. A cubierto de la criatura muerta abrió fuego a bocajarro contra una de sus hermanas que casi se les echa encima. Luego, desde varios metros por detrás, Anette y su arma inteligente le dieron un respiro para sacar de debajo de los restos del cadáver pestilente a un casi exánime Baltasar.

Pero para vuestra desgracia, esas hormigas estaban dispuestas a lanzar una postrer carga creyendo que en esta ocasión tenían las de ganar.

Simo y más atrás Anette disparan poseídos por una determinación invencible. Algunas hormigas dudaron de nuevo ante la defensa salvaje de la mujer. La mayoría embistió en tropel. Aquella máquina infernal las estaba destrozando, no les importó, lo que aprovechó Simo para cargar con su compañero y retirarse lo más rápido que podía, bajo la protección de Anette. Un monstruo alcanzó su bota y lo tiró, otros se disponían a destrozar a ambos. Simo salió de aquel amasijo de exoesqueletos escupiendo fuego y gritando, Anette quemando el cañón de su arma. Baltasar disparando también su propia pistola, pateado, mordido, desmembrado. Por fortuna, aunque unos segundos tarde, emergió del talud el M577, con un Carlo que si bien no pudo cubrir a Dillon, sí lo estaba haciendo a otros soldados, vomitando muerte por las ametralladoras mientras Sandro disparaba al lado opuesto y al norte, dispersando los pocos locos bichejos que se atrevían a avanzar. Crujían los miembros rotos de las hormigas debajo de las enormes ruedas del transporte, Simo consiguió echar adentro a Baltasar como un saco de patatas, luego descargaron algunas granadas más contra la marabunta que finalmente se retiraba. Baltasar era poco más que un guiñapo ensangrentado y quebrado.

En todos los frentes las hormigas reculaban, inquietas, no era una huida en toda regla, sin embargo se mostraban reticentes a continuar cayendo abatidas por el fuego y la metralla de un enemigo que, muy inferior en número, poseía una capacidad ofensiva brutal, no tenían idea que se estaban enfrentando a una unidad especial de los Marines Coloniales. La unidad Sigma, letal, diezmada, pero sin un ápice menos de coraje, sacrificio y valor.

En el interior del hormiguero Ghost logró colocar otro cargador en su pistola y vaciarlo contra la hormiga roja que descendía chasqueando sus mandíbulas, poco más que un bulto para su mermada visión. El ser quimérico rodó un poco y se quedó trabado en el túnel antes de aplastar a la chica. Uff. Helen se quedó tumbada, quieta, ahorrando energía. A pocos metros, Dillon se aproximaba, pasó por los huecos que dejaba la cosa muerta, crispado, el pulso acelerado. Alcanzó a la piloto, no tenía buen aspecto para nada, la sangre perdida era abundante, las heridas feas, semejantes a las de Rivers. Escuchó los ruidos diabólicos desde abajo, Betsy cantó su particular melodía abrasando a lo que fuese que acechaba, transformando el lugar en un horno candente. Tironeó de Helen, no había tiempo para excesivos cuidados de campaña. Trepar con el lanzallamas arrastrando a una mujer casi inerte no resultó fácil. Helen hizo lo que pudo aunque se encontraba al mínimo, paso a paso, esforzándose a cada segundo. Tardaron bastante en subir, en lograr llegar a la boca del hormiguero. Allí se encontraba Benley, cubriendo la entrada, lanzando granadas con su rifle, siguiendo los consejos de Rivers. Les ayudó a ambos en los últimos metros a la superficie.

La tormenta arreció, miles de partículas de arena y polvo y tierra furiosas golpeando contra los cascos, las viseras y el metal del blindado que a pocos metros bajaba otra vez para recogerlos. Por fin se cerró la puerta con todos en el interior, Dillon tenía mucho trabajo por delante, Anette también como su ayudante. Benley miró enfadado al médico y le ordenó que empezara rápido a ocuparse de los heridos. Dijo que no toleraría más insubordinaciones. Aunque no aclaró que resolvería en caso contrario. ¿Podía hacer algo? Estaba sujeto a mucha tensión, igual que todos, pero en su caso más, pues sobre sus hombros recaía la responsabilidad hasta que el sargento se recuperase.

Viviana encaró el M577hacia el norte, la zona más despejada conforme indicaban los instrumentos. Rivers y Helen temblaban, sudorosos, fríos, el primero del todo paralizado, la segunda con cierta movilidad. Helen descompuso y descifró los componentes de aquel veneno, descubriendo que se trataba de un potente inductor de parálisis que no parecía mortal a no ser en cantidades muy altas; en su cuerpo el porcentaje rozaba dicho límite.





Dillon Frost

Calor, sofocante, abrasador. La pesada armadura de combate sobre los hombres. El equipo, el armamento...y los pecados cometidos. La oscuridad, escarpada, arisca, afilada. Las manos intentando trepar. Sudor, temor, negrura, olor a carne quemada y a combustible. Uno asqueroso, el otro reparador, confortable, como el olor del hogar. Roca cruda a su alrededor, arriba un pedazo de luz. Esperanza, oportunidad, salvación. Y solo una certeza. Que mientras él subía Helen le cubriría. A pesar del deplorable aspecto en el que la había encontrado, Dillon sabía que la mujer le cubriría hasta agotar su vida, sus fuerzas o las balas. Por eso había descendido a aquel agujero perdido en ninguna parte. Porque un marine siempre confía en otro marine. Un marine no es peligroso por si mismo. Solo es un hombre o una mujer. Pero cuando sus compañeros le apoyan, y eso es siempre, su fuerza es la de un dios.
Tensó sus músculos de negro acero. Subía, poco a poco. Apoyando los pies con firmeza, besando la roca, exhalando pólvora y vapores calientes. Arriba, el martilleo incesante de un arma, explosiones. Abajo, el goteo de la sangre, el crispar de unas mandíbulas. En su mente, silencio. Solo silencio. Un desierto de sonidos blanco y pulcro. Llegó a la cima. Benley estaba allí, cubriéndole. Uno se siente arropando cuando ve que sus compañeros están tan locos como uno mismo.

-Es como volver a nacer. Nacer de la tierra.-Aunque se sentía más bien como si le hubiesen escupido o como si le hubiesen echado a patadas de aquel lúgubre sótano. Arriba solo se detuvo un momento para aspirar profundamente. Miró abajo, al cráter, en lo profundo había todo un hervidero de vida cuya una finalidad era devorarles.-Les hemos enseñado quien manda aquí, Helen.-Soltó una seca risa, luego empezó a correr hacia Benley.

Llegaron al blindado. Las puertas monocromas se le antojaron las del paraíso. A su alrededor veía saltar la tierra y los miembros explotados de las hormigas. Entró solo para encontrarse con rostros de dolor, heridas, sangre, cargadores medio vacíos. Era estupendo volver a casa.

-Papá está en casa, niños.

Dejó a Helen con cuidado en una zona libre. Luego atendió a las palabras del cabo.

-Lo siento, señor. Pero tenía que hacerlo.-Dejó el lanzallamas a un lado, casi con desprecio.-Tenía que hacerlo.-Se secó el sudor de la frente.-Usted es más imprescindible que cualquiera de nosotros.-Sacó su equipo médico. Ya sabía lo que le tocaba. Para un médico de guerra el reposo no viene después del peligro. Para un médico nunca hay descanso.-Lo hice bien, señor. El coronel estaría orgulloso.-Palabras de ánimo. Todos estaban al límite. Para eso les habían entrenado.

Empezó a curar heridas, a inspeccionar los cuerpos y a cerrarlas, a desinfectar. Anette era una grata compañía en estas largas horas. Tan tensas para él como las del combate. Su vida no corría peligro. La de sus compañeros si. Sus anchos músculos no le servían de nada, igual que su entrenamiento en las salas de peligro en el campo de tiro. Nada de eso servía. Solo la rapidez de su mente, la agudeza de su vista y los conocimientos obtenidos en tomos mohosos en una vieja unidad médica. No era un doctor, solo un carnicero al que le gustaba jugar a las carreras con la chica de la guadaña. No era tan sencillo como empuñar a Betsy y quemar unos cuantos bichos. Era un trabajo de precisión, como los aterrizajes de Helen o los disparos certeros de Simo.
Solo cuando el último de sus compañeros estuviese estabilizado se permitiría preguntar sobre los daños del blindado o el rumbo. Hasta entonces estaría sumergido en su mundo de tiritas y jarabe para la tos. También preguntaría quien había soltado a Sandro. Aunque sus formas no serían las mejores.
-¿Quién demonios soltó al loco? La situación era desesperada, pero poner a Sandro a los cañones es como darle una pistola a un mono.-Miró a Sandro. Se había portado.- ¿Entonces qué? ¿La amnistía para él? Somos pocos los que quedamos enteros...por cierto. ¿A donde diablos vamos?-Aunque suponía que en aquel desierto de roca cualquier dirección era igual de buena.
Intentaría descansar un poco, sentado, con el ruido de fondo del motor del M577. Esa era una canción que arrullaba su alma y le daba paz. De nuevo, estaba en camino. De nuevo, habían sobrevivido...para volver a luchar.




Jake Rivers


Rivers, a pesar de intentar mantenerse consciente, permanece inmóvil, con los ojos cerrados. Si no fuese por el dolor de las heridas, sería agradable tener un momento tan apacible de descanso. Sabe que realmente no es apacible, que los demás están desatando el infierno para poder salir de allí con vida. Sin embargo a penas oye los disparos o las explosiones. Ignora si es por causa del veneno o porque está intentando concentrarse en bajar el ritmo de su cuerpo, aunque esto último empieza a resultar un poco innecesario.

Finalmente escucha a alguien entrar en el blindado, más de uno. Hay unos minutos de incertidumbre, sin embargo comienzan a moverse. Ya deben estar todos dentro. Esboza una pequeña sonrisa mientras sigue escuchando. Al parecer Benley está poco contento –este tipo siempre está poco contento- No lo acaba de entender, todo ha salido más o menos bien, debería importar poco si ha sido por la temeridad de algunos o por la disciplina. Al final lo que cuentan son los resultados.

Ahora están avanzando hacia ningún lado. Siguen sin tener provisiones suficientes, ni un método de escape. En realidad por ahora lo único que han hecho es aplazar un poco el final. Sin embargo sabe que pueden conseguirlo. Esas hormigas debían alimentarse de algo, cómo poco tiene que haber agua (porque espera que beban agua). En cualquier caso tendrán que seguir buscando, lo que es evidente es que no van a rendirse nunca.

A pesar de estar avanzando ahora, el blindado también agotará el combustible antes o después. No estarán a salvo eternamente. Eso sin contar la munición de la que disponen. Todos sus recursos son finitos. Además las hormigas pueden seguirles, o puede que topen con otras por casualidad. Hay un abanico bastante grande de posibilidades, incluso es posible llegar a un lugar donde esos insectos no se acerquen, pero sea solo porque lo habita su depredador natural. En cualquier caso, intenta sugerir algo más, si tiene bastante fuerza cómo para hablar – Vayamos a una zona más rocosa, que no puedan abrir agujeros bajo nuestros pies con tanta facilidad -. Luego podrán buscar algo mejor, pero la primera regla en estos casos es mantenerse vivo tanto tiempo cómo les sea posible.

A parte de sugerencias cómo esa, solo puede permanecer quieto a la espera de llegar a algún lado. De vez en cuando trata de mover alguna extremidad, con poco éxito al parecer, para comprobar si va recuperando la movilidad. Tampoco sabe que podría hacer en caso de estar en plena forma. Está tan desorientado cómo supone que estarán todos los demás. Sin embargo están juntos, tienen armas, y saben usarlas. Siguen siendo tan peligrosos cómo siempre.





Helen


Energía... Energía... necesitaba energía o su unidad central se desconectaría del todo. Dejo de moverse y apago todos sus sistemas. Era el momento en que los nanitos empezasen a hacer su labor y se concentrasen en reparar la unidad central de energía. Pero... ¿Y si no tenían tiempo suficiente? Repaso el historial de los supervivientes, había visto sus fichas en alguna ocasión para saber las competencias e incompetencias de sus compañeros. La persona ideal para ayudarla era Viviana. Ingeniera de sistemas, y con conocimientos más que notables en electrónica, computadoras, procesos de hipersueño, sistemas vitales. ...mucho más adecuada que Dillon en ese campo.
- Necesito que Viviana use mi equipo y reparé mi generador principal. Poco tiempo antes de reset por falta de energía. Debe ser Viviana Molino- exigió al final, o eso detecto pudo decir.

Siguió repasando inmóvil imágenes del pasado de Viviana. Como unidad de carbono, encajaba dentro del perfil de mujer perfecta, salvo por su carácter. No había error, era la persona adecuada. El siguiente era Baltasar. Otro "genio" de las computadoras, pero con las piernas rotas difícilmente estaría motivado para "operarla". Benley tenía que estar contento, su especialidad era xenología y mundos alienígenas, y había tenido una experiencia de primera mano con alienígenas. Apunto un par de bites el dato obtenido sobre el veneno de las hormigas.




Simo Kolkka


Correr y disparar a ciegas. Correr era de cobardes, y disparar a ciegas de locos. No se consideraba ninguna de las dos cosas, pero eso era lo gracioso de una batalla, nunca sabes en que te va a convertir. Sintió como algo alcanzaba a Baltasar, pero no había posibilidad de cambiar la estrategia. Correr y disparar... eso era todo. El compañero con el que cargaba no estaba bien, su nulos conocimientos médicos habían sido suficientes como para determinarlo, quizás hubiera mas daño del que se veía a simple vista. Por suerte, la caravana apareció por encima del talud.

- Ya era hora. Espero que el retraso sea porque habéis parado en el camino para comprarme algún regalito.

Segundos después soltaba a Baltasar como si fuera un saco de patatas en la zona de descarga del M577, aunque le costó encontrar sitio para aparcarlo. Dillon iba a tener trabajo. Después de echar cuentas apresuradamente, se dio cuenta de lo que Dillon tardó poco en decir en voz alta. Sandro en los cañones. Recogió el aliento que le quedaba, y corrió en dirección a los cañones, estuvieran donde estuviesen. Intentaría no parecer demasiado amenazador. Una vez encontrada aquella rata, la encañonaría, y lo tendría bajo control de nuevo.


- Como nadie sepa que hacías jugando con los cañones, habrá sido una muy mala idea por tu parte.- una vez llegase con los demás, preguntaría.- ¿Quien ha dejado suelto al perro?

Supuso que habría sido el cabo. Era el único con autoridad para que no lo linchasen por aquello, pero quería asegurarse. Después, se enteraría del rumbo, y si no hacía falta en la "unidad de cuidados intensivos", iría a donde no estorbase, y recargaría munición y pondría a punto el rifle. El disparo al pajarito que quería llevarse a Baltasar había sido bueno, incluso para el. Una pena haber tenido que empañarlo después.

jueves, 22 de marzo de 2012

Hay muchos traseros que patear 20

Los motores del M577 rugían poderosos como una bestia lanzada a la arena para enfrentarse a decenas de rivales. Sin embargo quedaban acallados por las detonaciones y el tronar de los disparos que se escuchaba en todas direcciones. Poco menos que música para algunos, desde luego.


Benley consiguió meter en el blindado a un casi desmayado Joe. Helen y Carlo se abrieron paso escupiendo fuego los cañones de sus rifles a la vez que las troneras láser les ayudaban también a amontonar cadáveres de hormigas. Helen se contuvo de usar el lanzagranadas acoplado a su M41A, trepó junto a Carlo por el montón de desechos animales, perdía el sentido de las distancias, le costaba respirar mientras su organismo trataba de identificar la amenaza para dar una respuesta que contrarrestase los efectos del veneno antes del colapso de todos sus sentidos. Giró sobre sí, y ahora, con distancia suficiente, disparó por dos veces granadas contra las pocas que se movían detrás. Pero no logró llegar al blindado. Perdió pie, algo en aquella amalgama de cuerpos sin vida se clavó en su pierna, unas mandíbulas de hierro, tiraron de ella, la arrastraron por el suelo. El voluntarioso Joe quiso echarle una mano, las mandíbulas de las hormigas chasqueaban, de nada sirvieron sus buenos propósitos, Helen quedó atrás y él logró alcanzar el M577. Ghost disparó su arma, desesperada, pisoteada, golpeada y mordida por las hormigas que se afanaban sobre ella, incapaz de hacerse con una de las granadas y dar un final explosivo y brutal a su vida. Sintió un nuevo aguijonazo, esta vez en el brazo izquierdo. Sujetada por el pie con fuerza salvaje su captora la introdujo en el agujero y tiró de ella túnel abajo.

Arriba, ese lado, el oeste, de momento se encontraba despejado, antes de que llegase el grueso de la amenaza.

Por la otra parte, un Dillon disfrutando en su elemento junto a la cálida Betsy consumía a las hormigas en un océano de llamas. Cada latido del corazón del matasanos pulsaba sobre el alma despiadada de Betsy. Inteligentes o no, las bestias recularon, con el pánico ancestral de cualquier ser vivo hacia el fuego. Trataron de rodearlos, de colarse por los extremos pero allí se encontraban de nuevo con la inmisericorde Betsy o las ráfagas de 10 mm de Simo y Rivers esparciendo sus entrañas cuando lograban atravesar las corazas de sus encarnados cuerpos. Rivers fue protegido por sus dos compañeros, de pie, temblando, cayó, al fin, resistiendo todo cuanto pudo, forzando su maquinaria humana, vendiendo cara su vida y temiendo que sus compañeros tirasen a la basura la propia con tal de salvarlo, lanzando una última granada; paralizado, no sentía las piernas, los brazos dejaron de obedecerle, perdió el sentido de la vista y los sonidos le llegaban lejanos, ralentizadas las ondas sonoras. Sin embargo seguía consciente. Alguien tironeaba de él, el marine solo podía dejarse llevar, sin más opción, lo mismo que el incauto insecto que cae atrapado en la tela de araña.

Ese frente fue también limpiado, y, más allá, las hormigas se agrupaban, tal vez para encarar a los soldados con una nueva estrategia, o para dejarles marchar. O sencillamente esperando los refuerzos. Dillon creyó ver que las antenas señalaban hacia su lanzallamas que tanto daño les había causado.

Simo apuntó. Sangre fría y nervios de acero templados en decenas de combates unidos a su excelente puntería. Acertó en el blanco a pesar de la tormenta, de la mala visibilidad, aunque el bicho volador no soltó a su presa. Apretó de nuevo el gatillo, disparando una ráfaga, debía arriesgarse, eso o Baltasar era hombre muerto. La hormiga voladora esgrimió un sonido como el chirrido de un tren antiguo frenando a alta velocidad sobre unos raíles oxidados y se precipitó más allá del talud, en el este, fuera de la vista de todos. Simo corrió hacia allá.


Dillon cargó a Rivers, con la cobertura de Anette. Cuando esta vio a Simo en pos de Baltasar, no se lo pensó y fue tras su estela. Cuando el médico de la unidad pisó el interior del blindado, le recordó más a una enfermería que a un puesto móvil de combate. Nunca hubo tantos heridos allá dentro. Rivers no se movía, con una palidez azulada en su piel, Joe sangraba profusamente por el antebrazo cortado y Carlo tenía varias cortes en las piernas, que podían infectarse. Simo, al mando de la tronera, le saludó, mordaz la sonrisa que esgrimía: " Qué tal, Doc, ¿divertido, eh? Guárdame una cita con Betsy, ok? jajajaja! "


En la oscuridad de las profundidades, Helen se fue golpeando contra las paredes, zarandeada, se le fue de las manos el rifle, y casi sin sentido atinó a desenfundar su pistola con la que tras vaciar el cargador se deshizo de la hormiga. Se encontraba a no sabía cuantos metros bajo tierra, veía una luz difusa sobre su cabeza, a muchos metros en una pendiente de un ángulo de cincuenta grados, calculaba. Encendió las luces del casco – o los infrarrojos, dispone de ambas posibilidades - para ver, como en una mañana de niebla, un ancho pasadizo irregular descendente y la bestia algo más abajo, inerte. Se mareaba, le faltaba el aire, al menos había recibido una dosis más de aquel veneno. Escuchó sonidos procedentes de las alturas, una sombra borró la poca luz, una sombra que descendía chasqueando. Al fondo también oyó el sonido de algo que se aproximaba. No atinaba a cargar de nuevo la pistola, le temblaban las manos, ¿dónde estaba el maldito rifle? No a la vista. Su corazón artificial, el generador principal, se bloqueó. Le quedaban treinta minutos de energía adicionales a su cerebro sintético, pero le costaba horrores mover sus miembros.

Aparecieron unas cuantas hormigas de avanzadilla por los montículos el oeste, abatidas por las troneras del blindado. El resto se quedaron agazapadas, aguardando. Dillon ordenó a Viviana que fuese a por Simo, Baltasar y Anette, y que Carlo se hiciera cargo de las ametralladoras situadas en la zona del copiloto del M577. Él se fue en busca de Helen cargando con una soga que rebuscó a la carrera. Viviana dudó ante la orden, para al final acelerar y girar en dirección contraria al hoyo, y encarar el este.

Cuando Simo alcanzó la cresta del pequeño desnivel, se encontró a unos treinta metros de la hormiga voladora, muerta, y debajo de ella al pobre Baltasar, que se agitaba, intentado salir de allí. En el lado opuesto, al frente avanzaban un puñado de hormigas, adelantadas a las decenas que venían detrás, a una distancia equidistante de Baltasar, tal vez algo más. Anette ascendía por el talud llevando a cuestas el arma inteligente. El francotirador podía quizá llegar antes que las hormigas; o mantenerlas a raya esperando refuerzos. O…Debía decidir la acción a llevar a cabo.



Simo Kolkka


El primer disparo acertó al blanco, pero no fue suficiente como para derribar al bicho. Sabía lo que tenía que hacer a continuación, a pesar de que no venía en ningún manual, ni se lo habían enseñado nunca. Una ráfaga, y un nuevo éxito. Esta será una buena anécdota que contar si llegamos vivos a casa... Bicho y hombre cayeron fuera de su alcance visual, así que empezó a correr en dirección a donde la trayectoria debía de haber acabado muy bruscamente. En cuanto llegó a la pequeña cima del desnivel lo vio. Baltasar se movía. ¿No era más fácil morirse? Ahora tendré que huir contigo a cuestas. Dos cosas incómodas a la vez. Sabía que no era lo que pensaba realmente, pero en algo tenía que pensar para abstraerse del ejército de hormigas asesinas que iban a su encuentro. Podría llegar hasta su compañero antes que el enemigo, pero escapar no sería tan fácil. Necesitaba saber si alguien le cubría las espaldas. Echó un ojo a su retaguardia, y creyó ver a Anette. Eso era todo lo que necesitaba. Empezó a disparar a la vez que corría. Cuantos más dejase fuera de combate antes de llegar, menos quedarían para perseguirle, y menos trabajo para Anette. Esperaba que su puntería diese lo suficiente de sí como para no hacer acabar la brillante carrera de Simo bajo fuego amigo. Antes de llegar a donde se encontraba Baltasar, dijo algo que tenía ganas de hacer hacía mucho tiempo, y dada la esperanza de vida actualizada de su compañía, sería sensato no posponer:

-
¡¡Vengadores, reuníos!!- después, dirigiéndose a través del comunicador a sus compañeros, pediría refuerzos.- Si no estáis demasiado ocupados nos vendría bien algo de cobertura por aquí.

En cuanto llegase a la zona de la colisión, empezaría por evaluar la situación. Quizás Baltasar pudiese andar milagrosamente. Lo comprobaría mientras intentaba quitarle la hormiga de encima. Si era imposible sacarlo antes de que las hormigas estuviesen demasiado cerca, buscaría cobertura en los accidentados, y dispararía. Si Baltasar podía moverse, le daría rápidamente la escopeta de combate.


- El Héroe Mas Poderoso de la Tierra ha venido a salvarte, pero tampoco es cuestión de que lo haga todo yo.- dijo a su compañero.


Si conseguía liberarlo, y Baltasar no podía moverse, pero sí disparar, trataría de cargar con él, pero de modo éste pudiese disparar a los perseguidores. A parte de eso, solo quedaba correr.



Dillon Frost


Rivers no dejaba de decir sandeces. Que lo dejasen allí si era necesario. Rivers siempre había sido una carga. De tener que haberlo abandonado cuando les resultase un inútil hace tiempo que lo hubiesen dejado en un asteroide perdido en la inmensidad del océano. No se lo dijo, la moral era importante para un marine.

-Calla ya, Rivers. Es un consejo médico.-Y luego masculló entre dientes.- ¿Por qué el veneno no le afectará primero a la boca?-No iban a dejarle allí. Tanto Simo como él tenían eso claro. Escuchó a Carlo por el comunicador. Que fuese hacia allá. "Joder, ni que fuese Dios omnipresente", pensó, crispado, no por Carlo, sino por la situación.-Aguanta un poco, Carlo. Mientras, trata de ser tú el ángel guardián.-No podía ir, porque hacerlo significaba dejar a Rivers ahí tirado. Una decisión desagradable. No dejó que los remordimientos le afectasen. Aún no. Tampoco el dolor emocional. Apretó el gatillo una vez. Todo lo que podía hacerle daño ardía con ese fuego. Sus ojos, dos esferas de negro ébano, reflejaban las llamas con total nitidez como si estas formasen parte de su alma.

Gracias a que Simo tenía una puntería de primera lograron escoltar a Rivers hasta el blindado. Durante aquella operación le pareció ver a las hormigas usando sus antenas para comunicarse y para señalarle a él. "Si, si, bichitos, aquí aún queda mucha Betsy para todos vosotros". Dejó a Rivers en el blindado como si fuese un saco de patatas. El veneno no tenía porque ser mortal. Muchos animales solo paralizaban a sus presas con él para poder cazarlos mejor. Otros, claro, poseían un veneno mortal. ¿Qué debía hacer? Era médico, no veterinario ni químico. Además, no era el más urgente. Carlo tenía feas heridas. Joe lo tenía mucho peor. Entró, gruñendo ante el comentario de Sandro. "Un loco en los cañones". Siempre había sido así.

-Tendrás que esperar, Carlo. No te quejes por tan poco.-Se acercó a Joe para atenderle. Debía suturar la herida para evitar que sangrase más. También desinfectaría la herida y evitaría que se gangrenase.-Será mejor que muerdas algo, Joe. Te va a doler más que cuando te lo arrancaron.-Luego miró a Carlo.- ¿Y Helen...?


En un hoyo. La única piloto que tenían ahora con dos manos estaba en un agujero. "Hormiguero. Ese sería el termino exacto". Benley dio órdenes. Irían a por Baltsar, Simo y Anette. Por lo visto Simo había hecho diana nuevamente. Dentro de nada tendría, al menos, un paciente más que atender. El cabo quería irse a buscar a Helen. Gran idea. Perder al único mando en una misión casi suicida. Le quitó la soga de las manos.

-Será mejor que yo me ocupe de eso.-Lo miró fríamente.-Si ella está herida podré atenderla. Si ella está peor podré darla paz.-Palpó la vieja Betsy.-La vieja Betsy y yo tenemos más posibilidades que ese cañón y usted. Y lo sabe.-"Además, cuando Carlo pidió ayuda yo no pude ir. Yo la metí en ese hormiguero", eso no lo dijo, solo lo pensó. Aún en esa situación seguía siendo distante.-No tema, Besty se mueve bien en los lugares apretados.-Saltó del blindado. Era la decisión más estúpida que había tomando en los últimos quince minutos. También la más justa.

Disparó un par de bocanadas de fuego al aire solo para decir "Aquí estoy. Venid a por mi". Avanzaría hacia el agujero poniendo mis ojos sobre el terreno y en cualquier dirección. Miraría el indicador de movimiento para ver por donde le cercaban las hormigas. Y si alguna le seguía por el aire o bajo tierra. Dispararía sin piedad, incluso de más, formando grandes barreras de fuego, barriendo la zona con lametazos de fuego salvaje. No dejaría de avanzar. Se cubriría las espaldas.

Si llegaba al hormiguero buscaría una roca sólida a la que atar la cuerda. De no haberla sacaría el cuchillo y o lo clavaría en el suelo o lo colocaría de tal forma el filo hiciese tope entre dos rocas. Usaría, tal vez, algún cadáver como tope o como "roca". Había que ser práctico. Miraría abajo, encendería las luces. Escupiría más fuego en todas direcciones, salvo en la de la soga, para cubrir su descenso. Encaró la oscuridad. Se estremeció. No le asustaba aquel sitio oscuro, ni siquiera los insectos, pero había contemplando un vacío sin luz hace poco y ya no podía volver a ver la oscuridad con normalidad. Tembló, dudó, se revolvió contra eso. Llevaba la antorcha del nuevo milenio. Que las llamas de los cadáveres iluminasen el camino.

-¡Ya voy Helen! Procuraré no pisarte.-Descendería por la soga hasta llegar a la mujer. Esperaba que aún estuviese viva y consciente. Al llegar a su lado examinaría sus heridas y vería si eran graves o no. Si eran graves tendría que atenderla allí mismo antes de cargar con ella como había hecho con Rivers. La idea de una camilla ahora mismo le producía carcajadas.-Bonito lugar para una reunión.-Bajo tierra y rodeados de insectos.- ¿Crees que podrás agarrarte a mí? Tendré que trepar contigo hasta arriba. Espero que estuvieses a dieta antes de esto.-Un extraño sentido del humor en una extraña situación. Ahí abajo bajaría el nivel de expansión de su arma. Solo podía disparar en una dirección. Hacia abajo.-Va ha hacer calor...pero nos iremos antes del bronceado especial. Si hay problemas, tendrás que cubrir nuestra salida.-La entregaría sus armas de mano*. La idea era cargar con ella a medias. No pesaba mucho, podía con ella. Helen debía agarrarse.

Treparía por la soga y se detendría en cuanto viese algo abajo. Entonces entrelazaría su mano y antebrazo izquierdo a la cuerda, dando un par de vueltas, mientras que con la diestra apuntaba y quemaba un poco de carne. El fuego en el túnel se expandiría con rapidez y puede que las llamas bloqueasen parte de él. Helen debía sujetarse a él. Luego seguiría subiendo. Ella se ocuparía de lo demás. No miraría arriba más de lo estrictamente necesario. No podía disparar sobre sus cabezas por dos motivos. Primero, porque todo lo que abatiese caería hacia ellos como una lluvia de fuego. Y segundo, porque quemaría la soga.

Una misión arriesgada, pero... ¿Acaso no lo eran todas?




Jake Rivers


Al final acaba desfalleciendo, esperaba que no ocurriese tan pronto, o que ocurriese antes aún. Le duele mucho el hecho de convertirse en una carga para los demás, poco más que un arma sin munición, es necesario regresarla al cuartel pero no vas a poder usarla de camino. Así se siente, molesto consigo mismo por dejarse herir tan tontamente. Sin embargo sus protestas no sirven de nada. Sabía que no servirían de nada, él habría cargado con los demás igualmente, pero estaría mejor algo más de sentido común por parte de sus compañeros.


Nota cómo le dejan dentro del blindado. Escucha voces, muchas, pero no las distingue con demasiada claridad. Parece que todos los sonidos se entremezclan en su cabeza, incluso le parece oír eco –eso no debe ser buena señal-. Tampoco está convencido de poder ver, a penas distingue siluetas, todo demasiado borroso. Tras recibir tantos disparos, alguna que otra puñalada, y unos pocos encontronazos con la metralla de las granadas enemigas, le parece curioso ir a morir envenenado por unos bichejos. Esto también era una guerra, no lamenta lo ocurrido. Uno puede morir en cualquier momento por estupideces mayores. Balas perdidas, desprendimientos, incluso por resbalar en mal momento. Lo importante es que se ha cargado a bastantes de esos insectos, ¿qué más puede pedir?


A pesar de todo, no va a cerrar los ojos a esperar el fin. Sabe poco de medicina, pero hay formas de frenar el avance del veneno. Lo ideal habría sido hacer un buen corte para que se filtrase una cantidad menor en su sistema circulatorio, pero él no habría sido capaz sin llevarse media pierna por delante, ahora debe ser un poco tarde. Puede frenar su propagación en cierta manera. Comienza a respirar hondo, concentrándose únicamente en el latido de su propio corazón y en el sonido de los pulmones al hincharse, en cada expiración y exhalación. Se calma tanto cómo la situación le permite, usando toda la sangre fría que es capaz de reunir. Sus pulsaciones descenderán progresivamente, su corazón por tanto bombeará menos sangre, de ese modo la parte infecta tardará un poco más en recorrer todo su cuerpo.

También lucha contra la inconsciencia. No quiere quedarse dormido, quizás sería la última vez que lo hace. Acuden a su mente recuerdos de viejas batallas, tal vez delirios, pero le da igual. Algunos de esos recuerdos incluyen a compañeros que ha matado hace… ¿horas?, ¿minutos?... ya no está muy seguro. Los maldice por desertar de aquella manera, sigue sin sentirse demasiado culpable, aunque si un poco triste. Debe ser otro de los efectos del veneno, sin lugar a dudas.

Escucha, entre los ecos de los sonidos y sus propios recuerdos, cómo piensan ir a por Helen – ¿No ha entrado Ghost también?- lo ignora completamente, su estado de conciencia era bastante precario cuando ha llegado hasta el blindado, igual que ahora. –una cuerda, van a usar una cuerda- Debe haber caído por algún lado. No recuerda muchos barrancos en la zona, ¿quizás uno de los agujeros de esos bichos? Si sigue viva es realmente dura, aunque eso ya lo sabe, todos son realmente duros. Trata de reunir algo de fuerzas para hablar de forma comprensible.

 –No les dejéis subir sin más, izadles vosotros- tardarán mucho menos y, además, tendrán una oportunidad de sobrevivir ya que podrán concentrarse en disparar, aunque vaya a ser un ascenso movido. –Esos bichos se han reorganizado ante el lanzallamas, de algún modo comprenden el poder de nuestras armas - o eso ha creído ver, pero podrían ser imaginaciones suyas –usad las más pesadas, misiles y granadas. No les haremos retirarse pero comprenderán que el ataque frontal les vale de poco… no sabrán lo que es la munición. Si se toman otro instante para cambiar de estrategia, habremos ganado tiempo para… largarnos de aquí-

Si crean un verdadero infierno, comprenderán que acercarse a ellos solo les lleva a la muerte. Encontrarán otra vía de ataque, seguro, pero quizás Dillon y Ghost ya estén a bordo para entonces. Él no puede moverse, le encantaría poder seguir disparando, pero no es así. Aprieta los puños con las fuerzas restantes, antes de recordarse que debe permanecer calmado o será peor. Si esos malditos bichos entran en el blindado, espera tener fuerzas para poder darle al gatillo un par de veces más, pero espera que los demás regresen a tiempo y puedan salir de aquí.



Helen


El infierno se había desatado, y demonios con forma de hormigas del tamaño de un pony les atacaban por todos lados. Helen se veía superada, puesto que tal cual había calculado, matar por completo a cada uno de aquellos bichos la ralentizaba su paso dirección al blindado. Finalmente las criaturas le dieron alcance y se le echaron encima llevándola al interior de un agujero donde cayó y cayó. Fue entonces cuando con un grito ahogado Ghost tomo total y absoluto control de su cuerpo. "La unidad Helen" como la llamaba ella, había sido desconectada y le quedaba muy poco. Tan poco, que estaba funcionando con la energía de reserva. Lo cual no significaba que funcionara igual que antes, sino con un voltaje mucho más inferior lo que le reducía movimientos y prestaciones.

Su primera acción fue apagar el micrófono de escucha. Lo que menos necesitaba era delatar su posición, y tenia la certeza de que aquellas "hormigas" eran más animales que insectos. Por ello, deducía que no seguían rastros de olor, sino no habrían ido a por ella ni la habrían herido. Y dedujo también que debían de ser sensibles a las vibraciones, tal cual lo era su blip a las corrientes de aire. Hizo un barrido de los sonidos que le llegaban con sus oídos, intentando oír a través del agujero y del túnel. Se preparo con su pistola, y utilizo únicamente su visor nocturno. Cualquier cosa que viniese sin emitir la conocida luz verdosa o de linterna comería el plomo de su pistola walther P99.


Esto si llega Dillon hasta mi posición


Oía el crujir de una cuerda sujetando algo muy pesado, dedujo de inmediato que solo podía tratarse de alguien que quería rescatarla como material militar. Se mantenía alerta, buscando por el sonido a sus objetivos. No podía confiar en su vista, ya que era muy irregular.

La unidad Dillon llego hasta ella y decodifico el mensaje que le transmitía;
-Bonito lugar para una reunión. ¿Crees que podrás agarrarte a mí? Tendré que trepar contigo hasta arriba. Espero que estuvieses a dieta antes de esto. Va ha hacer calor...pero nos iremos antes del bronceado especial. Si hay problemas, tendrás que cubrir nuestra salida.

- Afirmativo. Pero necesito energía. Tiempo de actividad y conexión restante 16 minutos y 32 segundos.

Le mostró su espalda, vería su sangre sintética y se replantearía si subirla o no. Demasiados problemas para una unidad sustituible. Sus habilidades de medicina eran totalmente inútiles con ella, lo cual activo la subrutina de sonrisa que salio intermitentemente.

- Yo zZZZzz.... disparé zZZzz hacia abajo zZZZZzz.


martes, 20 de marzo de 2012

Hay muchos traseros que patear 19


Helen y Benley se encontraron con que un buen puñado de criaturas nacían del agujero entre ellos y la nave. Tuvieron que recular, dejando más metros entre ellos y la Cheyenne. Helen se embadurnó con la sangre negra – la cara, no, llevas el casco, si acaso este -, ante la expresión extrañada del cabo, pero no obtuvo resultado alguno, las hormigas la acosaron igual. Notaron, lo mismo que  Rivers y la mayoría que los mejores puntos de impacto, los que las frenaban, eran la cabeza y al abdomen, sin embargo era precisa mucha munición para perforar su blindado cuerpo y dejarlas fuera de combate. Suficientemente duras como para ponerles las cosas serias a los marines. Benley probó con el lanzagranadas del M41A y desparramó articulaciones y vísceras por todas partes.


Rivers retrocedía hacia la nave, cuando la hormiga voladora se le vino encima desde atrás. La reventó con su fusil, tuvo que saltar a un lado para no acabar aplastado y rodó. Desde el suelo vio como las hormigas corrían a por él., las tenía encima. Lejos, dos de los bichos habían trepado a la nave, Simo tuvo ángulo para disparar a uno de ellos al que abatió, el otro se escurrió por el otro lado del casco, pero no era el único, desde la salida de los que atacaban a Benley y Helen algunos se dirigían al transporte. Junto con Joe abrió fuego hacia las dos voladoras, les salpicó su sangre oscura como las tinieblas y se estamparon sus quitiquinosos cuerpos contra el fuselaje.

Carlo y Baltasar tenían su lucha privada con otro enjambre de aquellos. Las dos granadas de fusión vaporizaron y desintegraron a los engendros que estaban próximos al hoyo y a las que aguardaban en el interior. Dejaron de salir por ese lado lo que les permitió retroceder y auxiliar a Helen y Benley. Era una batalla total, una nueva pesadilla, sin embargo esta vez se desarrollaba en el terreno de los marines, para lo que habían sido entrenados, para luchar contra cualquier clase de enemigo conocido o por conocer. Carlo y Baltasar lograron limpiar un pasillo por donde el cabo y Helen corrieron sin cesar de apretar el gatillo hacia la Cheyenne.

Simo y Joe se enfrentaron con las que intentaban trepar a la nave. Llegó Dillon con su querida Betsy barriendo y transformando en un infierno allá donde las llamas mordían y derretían piedras y rocas. Los exoesqueletos acusaron el ataque y las que no murieron abrasadas, retrocedieron, algunas incluso huyeron. Simo y Dillon alcanzaron la posición de Rivers, frenando el avance de los bichejos. Rivers, replegándose, se había visto casi rodeado en un momento dado y sorprendido por un costado una de las monstruosidades trató de atraparle con sus diabólicas pinzas, interpuso el marine el fusil, pero no pudo evitar que el largo y flexible aguijón se le clavase en el muslo izquierdo. El dolor ascendió lacerante como un relámpago hasta su cerebro. Pudo disparar varias veces acribillando la cabeza de la bestia hasta que justo el matasanos y Simo las hicieron de nuevo detenerse con las ráfagas de proyectiles y fuego.

Helen sintió el zarpazo en una pierna por detrás, derribándola en su carrera; mientras se giraba el brutal aguijón se hundió en su espalda atravesando el blindaje ACAP. El dedo se le quedó pegado al gatillo enviando al infierno a la artífice de su herida. Se puso en pie la marine, corrió unos metros, notó como la vista se le nublaba, Carlo saltó en su ayuda, y los dos, en un instante, quedaron encerrados en el centro de un círculo rodeados por las asquerosas hormigas. No corrió mejor suerte Joe, que junto a la rampa de acceso a la Cheyenne acosado por varias, se echó para atrás, lamentablemente desde el fuselaje descendió una de ellas que lo tumbó con sus patas golpeándole en la espalda y luego una de las tenazas le arrancó el antebrazo derecho: el soldado aulló dentro de su casco y casi pierde el sentido. El fusil de Benley vomitó fuego dando un ligero respiro a Joe. Los dos estaban amenazados por la riada sin fin de las hormigas, porque aunque una tras otra era muerta, asada, o quebrada en trocitos, su número les daba la seguridad del triunfo final y poco les importaba la cantidad de hermanas que fuesen abatidas.

Benley, de acuerdo con la mayoría, avisó a Viviana de poner en marcha el M577 y escapar de este horror. Viviana y Anette apuntaban a Sandro mientras era conducido al transporte blindado, negado el acceso a las armas por el médico. La frustración se leía en el rostro ceniciento del amotinado. Lo sentaron en su lugar cuando Anette tuvo que salir a la carrera; algunos bichos rompieron la protección de la cabina y se colaron en el interior de la Cheyenne. La decidida Anette los contuvo en el pasillo principal, corrió a la rampa de la bodega y abrió esta al exterior. Se encontró de boca con dos hormigas, disparando. Viviana arrancó rugiendo el motor, Anette vomitaba metralla manejando el Arma Inteligente M56A2, destrozando, esparciendo decenas de trozos de hormigas pro doquier. Tuvo que dar la vuelta pues las demoníacas criaturas avanzaban por la bodega desde las profundidades de la nave.


 El M577 apareció en el exterior, su paso cerrado por más de esas cosas. La torreta giró, su láser de repetición escupiendo una lluvia mortal y cegadora que transformó todavía más el terreno en una cacofonía de rayos, detonaciones y chillidos agudos procedentes de las gargantas de las hormigas destruidas. ¿Quién lo manejaba? El sargento estaba inconsciente, ¿había despertado? ¿O Tal vez Sandro, con una expresión retorcida por una mueca de satisfacción malsana en su rostro? Anette abrió la puerta deslizante entre ambas puertas y urgió a que todos entrasen rápido. No resultaba tan sencillo.


Helen se mareaba y junto con Carlo resistían desesperado en el centro de la circunferencia formada por un mar erizado de pinzas y antenas. Simo, Dillon y Rivers despejaban la zona norte; Jake sentía desvanecerse, todo le daba vueltas y las imágenes se le superponían, cayó al suelo pero no por eso dejaba de darle al gatillo. Benley arrastraba a Joe hacia el M577 apoyado en su retirada por Anette. Para como de males, Baltasar de improviso fue alzado en al aire por una de las que poseían alas membranosas, disparó el marine librándose de la presa, se dio en su caída contra una roca y escuchó un crack en su pierna, cuando la misma hormiga lo levantó de nuevo varios metros.

El vendaval de arena y tierra no ayudaba en absoluto, levantando fragmentos de piedras que hacían en ocasiones la visibilidad casi nula. Aunque muchas de las hormigas fueron contenidas, otras tantas seguían en su empeño y por los horizontes se aproximaba la marabunta.





Dillon Frost


Tenía demasiada tensión dentro. Había visto a otros hombres explotar por la misma situación. Esos hombres perdidos hacían explotar sus tripas, se pegaban un tiro o mataban a sus mujeres. Él sabía bien como dar rienda suelta a esa presión, como dejarla escapar mediante una válvula salvadora. Esa válvula era el gatillo de la vieja Betsy. La perdida de la nave, sus compañeros muertos, los locos, el aterrizaje, las palabras de Sandro, la desaparición de otros de sus compañeros, la frustración, la ira, el odio, la impotencia, el rencor, la locura...todo salía disparado cada vez que apretaba el gatillo. Y se consumían en las llamas. Y él quedaba limpio, purificado. Dio apoyo a Joe y a Simo. La vieja Betsy llevaba mucho tiempo inactiva. Quería algo de caña. Invocó a las llamas y pronto empezó a sentir el agradable aroma de la carne carbonizada.

-Bienvenidos a mi barbacoa. Menú del día: Hormiga.-Empezó a reír, de forma inconsciente, como un disco rallado, o un juguete roto. Esparció llamas allí donde estaban las hormigas. Algunas salieron asustadas. Se juntó con Simo. Formaban un buen equipo. Él podía acabar con esas criaturas en grandes cantidades. Simo no, pero tenía más precisión. Aquellas que escapasen a su furia roja serían abatidas con eficacia por su compañero. Solo no podría hacerlo. De estar solo, se vería como un loco con arma grande. En compañía de Simo eran un equipo mortal. Lograron llegar hasta Rivers.

-Dime, Rivers, ¿Te gusta la carne muy hecha?-No sonrió esta vez. Rivers estaba herido.- ¿Podrás caminar o llamamos a mamaíta para que te lleve en brazos?-Ahora no podía examinar la herida. Parecía grave*.-Solo es una picadura de mosquito.-Dijo, quitándole peso al asunto. No era biólogo, sin embargo conocía la existencia de ciertos insectos molestos que poseían veneno en sus aguijones. Es más, un aguijón sin veneno era como un revólver sin balas. Rivers lo tenía peor de lo que parecía. No dijo nada, ahora le necesitaba, cuerdo. Todo lo cuerdo que pudiese estar. Tenía que atenderle cuanto antes. De nuevo era una carrera contra el reloj.

Salió el M577. La caballería había llegado. Anette, en la puerta, disparaba, Viviana conducía. ¿Quién estaba usando la torreta? "Joder, Sandro. Joder". Solo podía ser él. No quedaba nadie más. Y cualquier otra respuesta atentaría contra la poca cordura que le quedaba. Había soltado a Sandro para darle no un arma, sino el arma más grande de todas. Al menos estaba dando buen uso de ella. Les dio un respiro. Solo unos. Esas chinches empezaban a resultar molestas.

Todo se complicó Benley tiraba de Joe. Estaban a punto de conseguirlo. Rivers también. Entonces se vino abajo. No su voluntad, pues seguía disparando, pero si su cuerpo. Su mente quería luchar, su cuerpo no podía más. Además, Baltasar salió volando. Intentó zafarse, cayó, se rompió una pierna, y lo volvieron a elevar. Demasiado lejos para él. Seguramente Simo ya lo había visto. Esta era una tarea que solo podía hacer él. Un tiro complicado; el objetivo en movimiento, usando de escudo humano a uno de sus compañeros, para colmo, en el aire. Se lo señaló a Simo.

-Hay que tener el brazo muy largo para llegar a ese. Yo te cubro.-Rivers estaba en el suelo.-Muévete, gandul.-No podía hacer otra cosa que imprecarle. Soltó el gatillo. Solo un momento. Activó el interruptor que colocaba a la vieja Besty en "Infierno". Su chica estaba cabreada. No era algo que él buscase, pero tenía mal genio. Al igual que te podía regalar los besos más ardientes también tenía una cólera casi divina, demencial. Esta noche había fiesta en la terraza. Había muchos invitados pero ella no estaba de humor. Él tampoco. Avanzó un poco para dejar fuera del arco de acción de su arma a sus compañeros.-Que nadie se acerque.-Se aseguró de que nadie estaba ni a su lado ni enfrente, ni en diagonal, solo detrás. Apretó suavemente el gatillo y dejó que el fuego de su arma fluyese, formando una barrera de llamas delante de él. Barrería la zona. Se movería con pasos laterales, protegiendo a Rivers y a Simo, y si podía, a Benley y a Joe. No podía ayudar a Rivers hasta limpiar la zona "Lo siento, chico". Si se daba el caso, se limitaría a cogerlo y a arrojarlo dentro sin muchas contemplaciones. No había tiempo para sutilezas.

-Las hormigas quieren arruinar nuestro picnic. Que gran error por su parte.-Prestaría atención al nivel de combustible de su arma. En ese modo no duraría mucho. Esperaba que fuese suficiente. La idea era dar algo de tregua. Esperar a que Benley trajese a Joe. Echar a Rivers dentro del blindado. Rescatar a Baltasar y luego ir a buscar a Carlo y a Helen, todos a bordo del blindado. Si el vehículo se colaba entre el mar de hormigas como una jeringuilla ellos podrían salir a tropel, dar fuego de cobertura, y recogerse en un visto y no visto.

Su idea, tosca y burda, era echar a los heridos dentro del blindado y recoger a los demás. Algo sencillo de no ser por aquella horda molesta de chinches. Además, tenía que atender a Rivers y ver las heridas de Joe. No sabía como estaban los demás. Muchas cosas podían salir mal. Simo seguramente acertaría su disparo. Si podía hacerlo, claro. Pero puede que Baltasar no sobreviviese a la caída. En cualquier caso no dejaría su cadáver allí. Rivers no podía llegar al blindado. Apenas eran tres metros. Pero lo que tenía en la sangre era bastante rápido. Carlo y Helen eran los más vulnerables. La ayudaría tardaría en llegar. Al menos esta vez podía descargar su frustración con aquella marabunta gigante.



Helen


Helen veía que le quedaba poco de existencia. Parecía como si atrajera la mala suerte, aunque otros como Miguel, el coronel y tantos otros era obvio que habían tenido una suerte peor. Aunque pensaba que faltaban minutos para decirle adiós al mundo. Estaba rodeada de aquellos seres, herida en dos ocasiones y su rodilla le impedía correr. Era obvio que una de las leyes de la evolución era que solo sobreviven los mas fuertes, los mas dotados. Y en su estado no era ni lo uno ni lo otro.

- Si me caigo, no me recojas Carlo. - le dijo entre gritos - Corre, porque haré estallar todas las granadas que tengo.

Tenia claro que a disparo limpio no iba a salir de esa. Dos metros le costaban 2,03 segundos, matar a menos de tres metros a aquellos bichos le costaba 1,8 segundos y le reducían la velocidad si no quería desperdiciar la munición o que alguna bala perdida le diese a sus compañeros. Tenia que usar algo más, pero ¿qué? Buscando a su alrededor se dio cuenta que su compañero tenia granadas, y ella también. Empezó a usar el lanza granadas hasta abrirse paso hasta el vehículo. Le importaba un pimiento tragarse tierra o lo que fuera. Las granadas combinadas con la munición perforante para las que se acercaran demasiado parecía perfecto. Rememoro las palabras del coronel; Somos marines, los chicos más duros del mundo. Como si fuera una pastilla de esteroides, saco fuerzas de flaqueza y aceleró el ritmo de su paso haciendo caso omiso del dolor de la pierna, de la espalda y del hombro. Ya tendría tiempo de desmayarse dentro del blindado, pero era importante llegar de una pieza dentro de él.

- Simo - le dijo por el comunicador - Baltasar está volando encima de La Cheyenne. Eso es para un profesional como tú. Corto.

A pocos metros del blindado, y bajo su cobertura, cogería si es posible alguna cabeza de esos bichos para analizarla cuando encontrasen algún respiro.


Jake Rivers


-Un maldito aguijón, ¿eso va a matarme? Ha sobrevivido a balas, explosiones, incluso peleas con armas blancas. Ha sobrevivido a una explosión de antimateria, al aterrizaje de la Cheyenne. Ahora le infecta el veneno, porque debe ser veneno, de una maldita hormiga mutante. Ni siquiera ha sido la maldita hormiga, ha sido su falta de reflejos. Se ha dejado golpear eso es todo. Sin embargo mientras quede vida en él podrá seguir apretando el gatillo, y mientras pueda apretar el gatillo va a matar a tantas de estas criaturas cómo pueda.

Dispara mientras puede, tratando de retroceder, pero no es él quien llega hacia sus compañeros sino que son sus compañeros quienes llegan hasta él. – Si, me gusta la carne tostada, Frost - sonríe con malicia – es el mejor modo de enviarlas al infierno, rodeadas de llamas- Si le quedasen fuerzas soltaría una carcajada. El pequeño momento de euforia no se debe a los delirios de todo hombre herido, ni a sentir placer cuando mata, jamás ha sido así (y desde luego por aplastar insectos no iba a cambiar). Es por ver cómo actúan todos otra vez. Marines, máquinas perfectas de guerra. Cuando uno es herido los demás le cubren, disparan hacia un mismo frente. Ojala todos lo hubiesen recordado en la independencia, ahora estarían más de ellos aquí.

Nota la falta de fuerzas, desfallece, sus huesos golpean contra el suelo. Sigue disparando pero le servirá de poco. Escucha los “ánimos” de Dillon, nuevamente vuelve a sonreír. Pero es realista. –Dillon, maldito cabrón- vuelve a intentar reír –Corre al blindado, estúpido. Soy el loco del misil, ¿recuerdas?, no te arriesgues tontamente- Si a él le pidiesen algo similar golpearía con la culata del arma al pobre desgraciado, pero ya le fastidia pensar en haber sido vencido por unos bichos sin conciencia alguna, le jodería mucho más llevarse a algún compañero a la tumba con él.

-Ahora levanta, Jake, levanta. Queda mucha munición en el arma-. El dolor es atroz. Recuerda unas palabras bien recientes en su mente, son tipos duros. Debe aguantar, al menos el tiempo suficiente. Estos estúpidos no van a dejarle tirado, o mueve el culo o hará que los maten a todos. Aprieta los dientes tanto cómo puede –Vamos, ¡Vamos!, levanta de una vez- Un último esfuerzo. De no conseguirlo tendrá que seguir disparando mientras algún otro pretende ayudarle a andar. No soporta la idea de convertirse en un estorbo, pero si se resiste sería peor.


Si consigue reaccionar, aunque sea un poco, va a vender muy caro su pellejo. Tiene que levantarse y seguir luchando, solo pide eso. –Mientras Dillon les da una cálida bienvenida, vamos a intentar abrir un pasillo- no son demasiados en esta zona, pero pueden montar un pequeño perímetro en movimiento entre ellos. Así cubrirán todos los flancos –Nos cubriremos mutuamente, una última carnicería - suena bien, una última batalla espalda con espalda – pero por todo lo que os sea sagrado, si no puedo seguir el ritmo dejadme atrás, imbéciles -
Trata de sujetar unos instantes el rifle con un solo brazo mientras saca una de las granadas – Las usaremos cuando se acerquen en grupos… pero no agarréis las de fusión - aprieta los dientes mientras intenta sonreír una vez más – Aquí el loco soy yo.


Disparará mientras vea que los bichos no se agrupan demasiado, para apartarlos de su camino. Tendrán que moverse tan rápidamente cómo puedan, avanzar siempre hacia el blindado… y desatar un auténtico infierno a su alrededor. Centrará su fuego siempre contra la hormiga más cercana, teniendo especial cuidado con las voladoras. Las granadas las reservará para los grupos o para cuando vaya a ser imposible contener a las demás. Si se mueven bien, de forma coordinada, conseguirán llegar hasta el blindado y entonces salir de allí. Eso implica cubrir los flancos que los demás dejan libres. Han jugado a este juego demasiadas veces, aunque fuesen enemigos distintos, saben cómo hacerlo.

De acercarse demasiado alguno de sus molestos anfitriones, tendrá cuidado de evitar sus golpes, pero esta vez todos. Son rápidas y tienen demasiada buena movilidad, no basta con evitar sus primeros golpes, hace falta evitarlos todos. Además, mientras lo hace es conveniente disparar. Estos monstruos parecen carecer de entendimiento individual, poco les importa correr hacia la muerte, por eso deben liquidarlos para evitar sus ataques.

Controlará mentalmente su munición para saber cuando debe cambiar el cargador, no quiere que le pille por sorpresa. En caso de quedarse absolutamente sin balas usará la pistola, dejando caer el rifle. Mientras haya vida en él va a arrebatar la de esos seres



Simo Kolkka


Mientras disparaba y avanzaba lentamente, el marine vio como una de las hormigas se lo ponía especialmente difícil a Rivers, tardando poco en acabar herido. No podían permitirse bajas dentro de aquella inferioridad numérica tan abismalmente absurda, y aquel zumbado con un juguete grande podía convertirse en una pieza importante del juego en aquel tipo de combate masivo a campo abierto. Antes de que pudiera hacer nada para ayudar al apurado compañero, unas hormigas de excursión por la superficie de la nave reclamaron su atención. Disparó a una, y la otra huyó rápidamente. Después, unió su fuego al de Joe para acabar con unas cuantas voladoras.

Poco después, Dillon se unió a la fiesta. Iba bien acompañado, así que pronto se acabó la diversión.

- ¡Ey Doc, ese era un último recurso! La señorita no debería de bailar toda la noche. Esos zapatos tienen que ser muy incómodos...

Las llamaradas barrían las filas de bichos como si fueran castillos de arena a merced de olas gigantes. Simo se limitaba a eliminar a aquellos que no quedasen lo suficientemente derretidos, que escapasen milagrosamente, o que llegasen desde zonas fuera de los ángulos de su compañero. Tardaron poco en llegar a Rivers. Se sumó a los comentarios del peculiar doctor:

- Es normal. El bicho ha debido de confundirlo con una bonita flor, y ha querido polinizarlo.

El M577 tardó poco en hacer aparición. La caballería. No había nada por que preocuparse, pensaba mientras veía a Baltasar volar por los aires. Antes de que Dillon dijera nada, ya sabía que le quizás le tocara hacerse el héroe. No tenía tiempo para sacar el juguete para niños mayores, por lo que tendría que intentarlo con la M41A1. No era lo ideal, pero era un arma relativamente precisa. Mas de lo que sabían aprovechar la mayoría de marines. Confiando en que alguien le cubriese, hincó una rodilla en el suelo, apuntó anticipando la trayectoria, vació los pulmones de aire, y rezó para que aquella maldita tormenta no hiciera que la bala fuera para el pobre diablo que estaba recibiendo una clase avanzada de vuelo. Había acertado disparos desde una distancia mucho mayor, y en condiciones similares, pero el equipo y el nulo margen de tiempo no ayudaban.


En caso de que el disparo acertase, y Baltasar solo tuviese que enfrentarse a la dura caída, correría hasta su posición. No importaba que no se moviera, o que la única forma de despegarlo del suelo fuera con espátula; intentaría llegar a su posición, y verificaría si seguía con vida o no. Si veía alguna posibilidad de que sobreviviese, lo cargaría a hombros y empezaría a ganarse el sueldo. Tiraría la M41A1, dejaría la escopeta a mano, y se acomodaría el rifle para poder cargarlos a ambos. Si eso último no era posible, dejaría su rifle, pero aquello sería una de las decisiones mas duras de su vida. Más le valía sobrevivir a Baltasar, si tenía que llegar a ese extremo. Si nada podía hacerse, aguantaría con todo el equipo, y correría hacia la nave, girándose de vez en cuando para ralentizar a sus perseguidores. Ya solo podía esperar a que todo se alinease a su favor mientras corría por su vida.



Carlo Balsani

Al oír lo que grita me Helen le grito enfadado no por las Hormigas sino por lo que ella me dice de su idea de auto sacrificarse.

- ¿Helen qué mierda se te ha metido en la cabeza? ¿Acaso te está afectando el golpe en la rodilla, o usar mucho tiempo el sombrero vaquero te ha cortado el suministro de oxigeno al cerebro? ¿Qué clase de respuesta es esa? Vamos a salir de esto juntos sin necesidad de que uno de los dos se quede. Tengo todavía dos granadas de fusión y parece que son efectivas contra estas hormigas super crecidas a base de esteroides. Un último esfuerzo, solo eso. Dillon te ayudará con tus heridas, chica maravilla. ¡Eso es, Dillon!, si él está en la nave puede ayudarnos desde ella con la vieja Betsy.

Uso el intercomunicador:

- Dillon, ven con tu chica, te invito a una fiesta....Bszzt La comida de hoy es hormigas fritas aderezadas con plomo y como entrada granada de fusión....Bszzt Tú traes el carbón para poder hacer la parrillada......Bszzt Venga ven rápido que mi pareja de baile está un poco cansada de la misma pieza que estamos tocando desde hace un rato.