lunes, 8 de octubre de 2012

Los Ángeles 2029. Lluvia Negra - 3




- Quieren joderle. Y no lo vamos a permitir, no. Mañana a primera hora esa comadreja de Calafan, ya sabe, el secretario del obispo Shelton Johens, se presentará aquí con testigos y el documento que le expulsa de forma inapelable de la Iglesia. Debe entregárselo en mano para que sea legal, ya conoce la normativa. El canalla grasiento del obispo ha firmado. Disculpe, padre, soy creyente, católica. Pero eso no excusa de llamar a las cosas por su nombre.

Le mostró su identificación. Rep-Detect, leyó el padre. Departamento de Detección de  Replicantes. Washington.

-No es una lectura muy amena.-Comentó el sacerdote, refiriéndose a la exposición del futuro que le reservaban. Devolvió la mirada a Ledna. Aquella mujer era peligrosa. Una Blade Runner. Cazadores de Bonificaciones. No le disgustaban estas personas ya que las máquinas no le agradaban. En estos tiempos difíciles las máquinas hacían las peores labores, y eso estaba bien, solo que algunos las usaban también para otras cosas. No eran humanos, carecías de sentimientos, de pasado, de recuerdos...de alma. Y los trataban como personas. Así que el padre tenía cierto aprecio por ese grupo policial que se centraba en retirar, retirar, nunca asesinar, a las máquinas que funcionaban del todo mal. Aunque si le hubiesen preguntado a él, tanto las máquinas como los que las creaban tenían la culpa. Habían perdido el norte.

-Tampoco hay excusa, señorita, o agente Blesvki, para usar esas palabras y ser descortés. Es cierto que la actitud del obispo y de su secretario no me parecen las más correctas, no obstante soy hombre de fe. La opulencia de mis colegas y su total falta de implicación con los más desfavorecidos solo significa más almas que salvar. No los tacho de pecadores aunque desde luego están equivocados. Creen en un error. Y no es justo insultar a alguien que se equivoca, pues entonces todos seriamos unos...veamos… dijo ¿Canallas grasientos?

- No es un insulto, padre. Es una realidad.

Entró la enfermera teutona. Ladró a Ledna, sus credenciales no le permitían fumar. Allí había enfermos. Ella respondió de forma seca:

- Dije que no nos molestaran.

- Avisaré al médico jefe de guardia.

- Telefonee también al alcalde. Déle recuerdos.

La enfermera se marchó como un expreso fuera de control. Ledna prosiguió una vez se esfumó. Se tomó su tiempo para una nueva, profunda, calada.

- Estoy aquí para ayudarnos mutuamente. Debe de aborrecer abandonar su parroquia, la labor que ha ejercido durante años. Si no le encuentran aquí, le buscarán de forma…amistosa. El obispado presionará, Washington nos da un par de días, tal vez algo más antes de que se ejecute su orden de exclusión y…excomunión - Tomachio sonrió ante la idea de la excomunión-.  Va en el paquete, dos por uno. Lo harán, alegando rebeldía y sin necesidad de hacerlo personalmente.

-Solo Dios puede quitarme este cargo. Podrán rasgar mis ropas y quemar mi alzacuellos, incluso firmar un papel absurdo pero mi fe es más espesa que la sangre y mi deber más pesado que esas infamias

La agente Blesvki se dirigió al armario, lo abrió. Allá estaba la ropa del paciente.

- Tenemos que irnos ya, padre Tomachio. Como le he dicho, he leído su expediente. Es usted un hombre íntegro, firme. Casi un patriarca bíblico. A mí no me molesta su tendencia a usar métodos expeditivos cuando es necesario.

Por primera vez, su sonrisa leonina destelló en la habitación. El cigarrillo se agotaba.

-No tan rápido, señorita Blesvki. Ha prometido ayudarme. Y se lo agradezco. Este es un mundo en el que ya no se puede confiar. La mentira se ha tornado real y lo falso es cada vez más una realidad. Confío en usted porque me agrada confiar en las personas. No creo que mienta. Eso me gusta pensar, que nadie miente. Me gustaría marcharme, si, pero antes necesito saber que quiere usted de un hombre como yo.

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