jueves, 8 de diciembre de 2011

LOS ÁNGELES, 2029 -3


Dante se liaba un canuto cuando las sirenas quebraron el aire nocturno y la gente que trapicheaba, vendía su cuerpo o arreglaba negocios por allí cerca se esfumó como la ceniza al viento. No era raro que esto pasara en esa zona, y así, la pareja esperó en el coche, con los sentidos totalmente aguzados.

Notaron que la fiesta era justamente allí mismo. ¿Tenía algo que ver con ellos dos y su historia?

- La puta de dios –farfulló Dante. Tiró el cigarrillo y puso en marcha el V-10, al otro lado de la entrada principal de la iglesia. Rugió igual que una bestia hambrienta y salvaje el motor.

Rayos azulados de luz procedente de un rotador a treinta metros de altura, iluminaron la plaza. Más sirenas, disparos sucesivos, una sombra que corría como una liebre y se metía en la parroquia. Luego varios policías con armadura de combate llegaron en persecución de quien quiera que fuese, desde una de las calles adyacentes y un par de V-10 hicieron acto de presencia lanzados a toda velocidad chirriando las ruedas en su brutal frenazo. Vomitaron más agentes de la ley armados hasta los dientes.

KD, como se hacía llamar Kate, miraba atenta  las correrías de la policía especial, preocupada por el coche. Era del modelo de la policía aunque muchos corporativos los usaban y, si bien era raro que uno de esos bugas estuviese en un barrio como aquel, tampoco era anormal del todo. Los ejecutivos tenían sus gustos raros. Así que podían pedir documentación o pasar de él. De todas formas, aquel dispositivo de agentes acorazados estaba por otras cosas. Kate se preguntaba qué leches de misión sería aquella de la que apenas sabía nada, solo esperar a dos tipos y una buena transferencia bancaria. Dante estaba silencioso, harto de aguardar sin entrar en acción, inquieto, dispuesto a largarse ya mismo. Sudaba, y las ganas de echarle un polvo a su compañera se le habían pasado al momento.

Sonó su móvil de muñeca, el código pactado apareció en pantalla, la comunicación era segura. Una voz de mujer, acento eslavo al otro lado:

- Cambio de planes. Si queréis la pasta, id al callejón este de la iglesia. Ya.

El ladrón de coches engranó primera, se mordió el labio superior y puso en movimiento, lentamente, al V-6.

- De acuerdo, en marcha y acelera. Tu conduces y yo disparo –dijo sin entonación alguna la asesina. KD sacó una de sus “gemelas” y la empuñó con firmeza, liberando el seguro.

Dante giró en la primera calle a la derecha. No dudó de las instrucciones recibidas, no sabía quien era la mujer que contactó, le valía el conocimiento del código. Con todo, también preparó su arma. El V-6 entró silencioso igual que una bestia agazapada en el sucio callejón, cubierta con una gruesa cazadora militar y pantalones anchos: la fugitiva del maletín negro que había huido por la puerta que le indicara el padre Tomachio. Sus mechones de cabellos sobre la cara no dejaban ver la misma. Se metió rápida en el asiento trasero, apenas se sentó dio órdenes:

- Arranca ya, vamos, ¿zsi? Please. La de la artillería, habrá que matar polis, ok, algún problema. Sube la paga el doble para ambos.

El fuerte acento de la Europa del Este no se le escapó a KD, que pronto supo gracias a su multi traductor implantado que debía ser, con mínima probabilidad de error, rusa. Asintió, esgrimió una sonrisa de lado, fúnebre, casi obscena.  Dos agentes abrieron de golpe la puerta del edificio que daba al callejón, con rifles automáticos y protegidos por armaduras. Uno de los rotadores extendía sus luces frías y azules al otro extremo de la vía buscando el objetivo.

La mercenaria vio a los dos policías, apuntó a uno de ellos y abrió fuego sin preguntas. Dos proyectiles reventaron el cráneo del agente después de traspasar el visor del casco. El otro repelió el ataque, las balas rebotaron en el blindaje, Kate apretó el gatillo de nuevo mientras el vehículo arrancaba quemando neumáticos. Sus disparos impactaron en la coraza del policía. Las ruedas arrancaron humo del asfalto. Emergieron desde la iglesia más efectivos policiales, que con sus rifles escupieron una lluvia horizontal de metal contra el coche.

- Dime qué está pasando chica, que quieren de ti. Y dilo rápido –preguntó ahora KD, sin dejar de disparar.

- Esto va de joder al personal cuanto más mejor –respondió la reciñen legada. .

El V-10 aceleraba por las calles en penumbra seguido por otro de la policía al que pronto se unieron un par más y en las alturas el rotador. El vehículo estaba preparado con lo último pero sus perseguidores también. La conducción de Dante hizo que uno de los coches policiales girara de mala manera en un estrecho callejón, evitara a una moto y no pudiera esquivar a un camión de transporte contra el que se empotró de frente. Pero el rotador seguía allí y los otros dos. La mujer de acento eslavo se quitó la chaqueta, llevaba una camiseta gris sin mangas, corta, dejando su vientre al descubierto. También se deshizo del pantalón ancho, debajo vestía un ajustado pantalón negro. Maldecía en su lengua, efectivamente rusa, que KD comprendió, juraba contra la policía, maldecía a la  mafia japonesa y a las corporaciones.

El rotador lanzaba ráfagas de metralla hasta que uno de sus cañones láser levantó el V 10 por su parte trasera, lo hizo volcar y dar varias vueltas de campana. Quedó boca abajo en medio de un cruce del desolado barrio, los pocos transeúntes noctámbulos huyeron aullando y los tres pasajeros salieron ilesos, solo alguna magulladura. Cerca las sirenas de la policía sonaban estridentes, mientras una voz metálica atronaba desde el rotador, conminando a que depusieran su actitud y se entregaran.

KD se sacudió polvo y cristales de  su gabardina, armada con las dos pistolas.

-Dante, lárgate con nuestra cliente. Yo los distraigo, que se centren en mí. Ya les daré esquinazo.


Parapetada tras el coche la asesina de hielo en las venas, vació ambos cargadores de sus dos pistolas contra los cuatro agentes que se cubrieron con la carrocería de sus v-6. Escupieron fuego y metal sus armas  contra los tres fugitivos, y el intercambio de disparos compuso una sinfonía desigual a la que se unió el rotador desde las alturas. Uno de los agentes fue herido en la pierna, otro recibió una bala en la mejilla que le salió por la nuca. Dante asintió a las palabras de Kate,  sin embargo la rusa tenía otros pensamientos en mente: acuclillada sujetaba el maletín y hundía la cabeza en el pecho .Un hilillo de sangre se escapaba del oído izquierdo. Dante tironeó de ella y también repelió la agresión policial con su pistola.

De pronto, el rotador empezó a girar un poco descontrolado luchando el piloto por mantenerlo estable, era como si una fuerza invisible pugnara por hacerse con su control. El policía a los mandos decidió elevarse y alejarse de allí un poco. Dante aprovechó para tironear de la chica y emprender la huída pero ella prefirió correr tras KD, que desparecía por una de las esquinas a toda prisa. Dante corrió en otra dirección, su huida terminó lo mismo que su vida y sus esperanzas,  con tres agujeros en el torso y un cuarto que esparció la mitad de sus sesos por la pared.

La rusa desenfundó la pistola que llevaba a la espalda en un arnés y el cañón negro vomitó fuego y muerte. Otro de los policías se derrumbó maldiciendo. Las dos chicas desaparecieron por las callejas y el agente especial que quedaba en pie prefirió esperar refuerzos. El rotador dio un par de pases, sin embargo no localizó a sus presas, las cuales desaparecieron, perdiéndose entre las calles desiertas.


...






Edwards caminaba cabizbajo, su silueta delgada recortándose en las escasas luces del alumbrado encendidas, pensando en su nuevo proyecto. Había terminado a última hora en el laboratorio, cenó fuera y regresó a su domicilio. Había escuchado un tiroteo a lo lejos, nada anormal en aquel barrio, más de una vez había pensado en mudarse, estaba ahorrando el dinero suficiente para ello, pero las comodidades con las que se había rodeado en su piso así como que todo el mundo iba a su rollo en aquel barrio sin meterse con los demás, le hacían retrasar la decisión. De cualquier forma, su pequeña figura aceleró el paso, suspiró al llegar a la entrada del edificio donde vivía, la familiar fachada cubierta de graffitis de diversa condición, desde escenas de sexo, enfrentamientos entre bandas y policía, o ángeles esgrimiendo látigos en el Infierno.

Estaba abriendo el portalón de la entrada principal con la tarjeta magnética cuando una silueta a la carrera tropezó con él y le derribó. Luego sintió el contacto del metal caliente en su sien. Una mujer en camiseta gris le encañonaba.

Los tres subieron al apartamento de Edwards. KD le quitó la pistola al tipo famélico. La chica del maletín lanzó este sobre el sofá azul, de piel artificial, vio la pantalla de ordenador encendida con un tablero de ajedrez, inclinó la cabeza a un lado, y tras un minuto tecleó un movimiento desconcertante para el ratón de laboratorio que era Edwars. Aquel movimiento abría unas posibilidades nuevas, inesperadas, en la partida. Luego ella se fue al baño y tomó una ducha dejando a los dos en medio del pequeño salón. KD vigilaba a través de las ventanas, las cuales ya había bajado su protección. Maldecía en su interior. La rusa estaba loca, se metía en la ducha,  pasaba de todo, las sirenas no dejaban de atronar y las luces hirientes de los rotadores no cesaban en su búsqueda. ¿Qué coño estaba haciendo ella, KD, allí, que no se largaba de una maldita vez?  ¿Y qué le sucedió al otro rotador? Se lamió una gota de sudor en el labio superior. Dante estaba fuera de juego, mejor él que ella. Miró al propietario del apartamento, quien parecía un conejo muerto de miedo.

- No temas; no hay motivo para matarte –tampoco lo necesitaba, pensó- Estás a salvo de momento, sólo necesitamos un…tiempo de reposo y desaparecemos.


Cuando la joven salió a los cinco minutos, desnuda, sin secarse, se sentó en el diván. Tenía pechos pequeños, caderas estrechas, largas piernas, depilada totalmente a excepción de una fina línea de vello azul en su pubis. Se fijó en  la mirada de Edwards, que seguía medio paralizado por aquella intrusión en su vida.

- No sex conmigo. Deja de mirar así y espabila. – Miró a KD, que sonreía, divertida y burlona hacia Edwars, que temblaba, incapaz de abrir la boca– Solo negocios. ¿Pareces tener agallas? ¿Te la jugarías con las mafias? ¿Las corporaciones? ¿Sí?


- Explícame todo y te diré. Habla y yo escucho –lacónica como siempre-Y por cierto, deberías taparte, creo que nuestro anfitrión está algo incómodo por la situación –la sonrisa brilló en su pálida cara.

Edwars continuó sin hablar. Su temor se lo impedía, y, en realidad, su mente estaba más concentrada en aquel movimiento de ajedrez que en lo que realmente sucedía s su alrededor. Quizá su comportamiento antisocial, apartado de todos, le ayudaba a aislarse de la situación actual. Estudiaba la pantalla y acabó por reconocer que era la mejor jugada que podía haber hecho. Miró de reojo a la mujer desnuda,  diciéndose a sí mismo que llevaba varios días intentando encontrar una jugada como esa y aquella hija de puta  lo consiguió en un minuto. ¿Quién era?


Observó un instante a las dos desconocidas y bajó seguidamente la mirada, bastante angustiado. ¿Acabarían por matarlo o lo dejarían tranquilo? Se temía lo peor. Un escalofrío recorrió su espalda, pero pronto desapareció al volver a levantar la vista. Miró el cuerpo desnudo, poco acostumbrado a hacerlo, a excepción de alguna prostituta en las calles. No reparó siquiera en los charquitos de agua que mojaban el suelo incólume de su piso. Se encontraba muy nervioso, jamás nadie subió a su apartamento, nadie entraba en su vida, no dejaba que lo hicieran. Y ahora  había dos mujeres armadas, dos criminales, sin duda alguna,  con unas pintas que verdaderamente le horrorizaban, y para acabarlo de arreglar una de ellas iba totalmente desnuda. Inclinó una vez más la cabeza, apesadumbrado, deseando que aquella locura y pesadilla acabase pronto. Muy pronto.


La mujer de la Europa del Este de levantó del diván. Paseó por el reducido apartamento como si estuviera sola. Husmeó en una habitación que tenía aspecto de laboratorio y despacho. Se puso el pantalón ajustado y una de las camisetas blancas del dueño del piso. Afuera sonaban las sirenas policiales.

- El dinero es una convicción. –Dijo con su intenso acento extranjero- Matar, otra. Vivir como un muerto otra más. Hay gente que quiere existir eternamente, o casi. Ya sabes, cápsulas cerebrales.



martes, 6 de diciembre de 2011

Hechicería y Acero



(Whosoran es un mercenario, rudo, cruel, grande y fuerte, lo llaman El Toro de Turán. No es hombre para tomar a broma).




Prólogo


El turanio despertó aterido de frío, a pesar de que la temperatura no era excesivamente baja. Aturdido, lo primero que vio fue la cabezota de un lobo a dos palmos de su cara. El animal permanecía tranquilo, mirándole indiferente. Te sentaste, observando alrededor: un claro del bosque de la taiga, rodeado de árboles y a cubierto de grandes peñascos. No se veía, al menos a simple vista, refugio, cabaña o cueva; el murmullo de un arroyo llegaba apagado, crepitaban los leños en una hoguera donde se cocía algo, olía bien, te abrió el apetito de súbito. Se trataba de un estofado de carne, patatas, bayas, sazonado con hierbas y hojas aromáticas. Un cántaro contenía agua muy fría; algunos cuencos, pan caliente y fruta componían el resto del ágape. Varios lobos, al menos unos cinco, estaban descansando indolentes, excepto uno, más allá, aparentemente de centinela.


La mujer, estaba a unos metros enfrente, sentada en el gran tronco de un árbol centenario abatido. Envuelta en su capa, su bastón apoyado al lado, comía apaciblemente de un cuenco. Había superado la juventud largos años atrás, sin alcanzar la vejez todavía. Era hermosa, esa clase de atractivo siniestro en cada arruga que perfilaba su boca y sus ojos grises de mirada oscura y malvada.Tu primer impulso fue quebrarle el cuello y el alma. Sin embargo algo más fuerte que ese deseo te lo impedía, y no eran solo los atentos lobos, sino que no podías, algo te sujetaba las intenciones, alguna fuerza poderosa te obligaba a respetarla. Tu mano izquierda estaba vendada, te escocía y ardía. La mujer te dirigió la palabra, fría y distante:

- Come, Whosoran. Ese es tu nombre, ¿verdad? Escuché que así te llamaban tus compañeros. Eres afortunado, hombre. Todos esos tontos están muertos. Solo quedas tú. Tendrás hambre y te necesito fuerte.

Disimuló una sonrisa.

-¿Adónde te dirigías con ellos? Se os terminó el viaje. Te agradezco tu valentía y que te ofrecieses voluntario – dijo sin ocultar la burla de su tono-Ahora tu destino está unido al mío. Durante un año...O menos, si mueres antes.


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(ahora la respuesta del jugador) 

Por Lord Arzzun

Whosoran

Miré mis manos y la miré a ella, incrédulo. Era incapaz de pensar en matarla, por mucho que lo intentase. 

¡Me has hechizado! ¡¡MIERDA!! JODERRR!! -grité a los cuatro vientos, indignado.

Luego, me dirigí hacia donde estaba la comida, todavía enrojecido por mi acceso de furia, frustración e impotencia. Me senté al lado de la bruja, intentando poner una y otra vez mi cuerpo en funcionamiento, intentando una y otra vez imaginármela con el rostro amoratado, la lengua hinchada y la traquea aplastada por mis manos... 

Frustrados mis esfuerzos, empecé a comer. Tenía hambre... y el estofado estaba bastante bueno. Escuché las palabras de la hechicera, incluidas sus pequeñas burlas. No pude enfadarme con ella. ¿Había salvado la vida a cambio de un año de trabajo como mercenario? Si lo miraba de ese modo, había ganado mucho. La hechicería se colaba en mi cabeza, urdiendo pensamientos que apartaban la hostilidad de mi mente. Me encogí de brazos, jurando solemnemente que cuando sus hechizos se debilitasen esta bruja no andaría más por los páramos...

Dime, mujer, ¿qué es lo que debo hacer? ¿A quien tengo que matar?

Rol narrativo, 2

¿Y qué es eso del rol narrativo? La mayoría de quienes puedan entrar en esta página seguro que son adictos al mismo. Je. Para el resto, un breve apunte: en el juego de rol asumes el papel de una personaje ideado por ti (se suele llamar personaje jugador en contraposición a los personajes no jugadores –los que maneja el master-), conforme a unas reglas del mundo (ambientación) donde se desarrolla la historia, dirigida esta por el director (o “máster”) de la partida. Hay decenas y decenas de juegos de rol con sus propios reglamentos, desde los más sencillos a los más elaborados. Y los que pueda crear el director mencionado de la partida, quien expone la situación inicial; los personajes de los jugadores se relacionan entre ellos, actúan, deciden, el master resuelve dichas acciones y continúa la historia. Imaginad una película, del género que queráis, los protagonistas, sus aventuras, desdichas, triunfos, amores y sinsabores. Pues lo mismo, alrededor de una mesa. Esto, desde luego, una visión personal del rol. Y muy minimalista.

En el rol narrativo se juega a través de foro, por correo electrónico, incluso chat o Messenger.  El director describe una escena (turno) y los jugadores reaccionan a la misma escribiendo cada uno su turno donde relata lo que harán sus personajes. El director resuelve el turno, escribe lo que sucede, y así sucesivamente. Las reglas suelen ser mínimas, basadas en la descripción de las acciones, lo detalladas que han sido y las posibilidades de realizarse, junto a una posible tirada de dados –relacionado su resultado con el reglamento que mencionábamos antes-.

Para muestra un botón. Así que iré colocando semanalmente el desarrollo de una aventura jugada hace algún tiempo, con pocos jugadores, tres en este caso. Los acontecimientos tienen lugar en Hyboria, el mundo de Conan, El Bárbaro, una ambientación de espada y brujería. Es una historia dentro de la partida Crónicas Mercenarias, que se juega actualmente –y desde hace unos años-, en el foro Nación Rolera. Su título es, precisamente, Hechicería y Acero, y el trío de excelentes jugadores, LordArzzun, Drakkon y Thorontir.

Sucede en los reinos helados del Norte de Hyboria, y arranca cuando uno de los personajes despierta en la cabaña de una bruja de los hielos, tras haber sido capturado por ella en una partida anterior, de la que, por tanto, este personaje desapareció para seguir su vida un rumbo bien distinto. Posteriormente se unieron los otros dos protagonistas por motivos que se verán en su momento.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Rol narrativo


  
Me gusta escribir. En particular, me fascina crear historias que compartir con otras personas, me entretiene, me divierte. Y cuando hablo de compartir no quiero decir desde el punto de vista escritor/lector, sino como creador-lector/lector-creador. Parece un trabalenguas. El rol narrativo trata de construir una historia en la que todos participen, desarrollándola, engrandeciéndola, conformando un flujo de ideas, acontecimientos y sucesos de ida y vuelta, aunque todo ello gire alrededor de un argumento básico, como un esqueleto al que hay darle sustancia, carne, vida. Por ello, a día de hoy, no diré que es el género que prefiero -pues considero que es un género literario en sí mismo-, ni superior a la novela, al cuento, al relato convencional, o a los libro-juegos, pero sí lo sitúo a su mismo nivel. Por supuesto, disfruto de todos ellos, pero con seguridad los que habéis jugado y narrado las vivencias de vuestros personajes, sabéis a qué me refiero. El rol narrativo te da la oportunidad de decidir en todo momento las acciones de tu personaje, las elecciones y decisiones que te gustaría realizase, o al menos intentar hacerlas.

No quedas constreñido a leer la vida de otros, sino a vivirla tú mismo.

Como punto flojo, por supuesto, está el hecho de que es abismal y absolutamente incomparable al alcance de una novela, ya que es una experiencia más íntima, reducida en número de partícipes a unos pocos. Y aprovecho para añadir que, todos, deberíais probarlo en alguna ocasión, por mínimos que sean vuestros deseos o aptitudes para escribir o imaginar. Si alguien, neófito en este mundo, tiene ganas, le apetece probar, que deje un comentario y seguro que alguna cosa podemos idear.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Hay muchos traseros que patear ;D 3


Se sucedieron las preguntas, comentarios y sugerencias de los marines, acerca de lo sucedido en el transporte, el estado de los posibles supervivientes, los afectados y los sanos. El capitán  puntualizó que no estaban allí para especular, suponer ni imaginar fantasías. Creía haberlo dicho claro: neutralización y eliminación de la amenaza, rescate y recogida de pruebas. Punto.  Era su trabajo, para eso les pagaban. Balsani soltó un reniego, asqueado de las corporaciones y su maldita forma de hacerlo todo.

-Cuide esa lengua, soldado Balsani – amenazó el sargento Ramírez.

El coronel miró ceñudo a algunos marines.

 - La mayoría de esa gente son civiles, que deben de estar viviendo la peor de sus pesadillas. Nada de gases, ni táser ni sónicas. Sus efectos pueden resultar gravemente nocivos. ¿Van a rescatarlos, recuerdan?  Si llega a ser necesario utilicen la culata, la morfina y el cerebro. Han sido entrenados para esto. Y si se encuentran con gente que tiene el cerebro frito, ya saben lo que deben hacer.

Joe preguntó, inocente, la forma de distinguir a los cuerdos de los afectados. Respondió al momento Rivers:

-Joe, los que no estén intentando arrancarte la piel a tiras, no están locos, así de simple.

El capitán advirtió a  Helen que podría llevar una pistola con munición somnífera, “vigile lo que hace, soldado”.

-Que se equipen todos con ellas. – Añadió el coronel -.


 Le dio la razón a Helen, una de los pilotos, acerca de que se enfrentaría con los más inteligentes, confiaba en que ellos lo serían más. Sobre los mapas, algunos de ellos llevarían un ordenador portátil minúsculo  con los planos de la nave. Se trataba de un transporte ligero civil, colonos, viajeros. Sin armamento, un único escudo deflector. Las armas a bordo serían las de los oficiales de la tripulación, pistolas, tal vez un par o tres de fusiles inferiores al M41A1, alguna escopeta.

Se desplegó el holograma: una nave de 105 metros,  cuatro cubiertas, un par de lanzaderas en el tercer nivel. En este se encontraban situadas las cámaras de hipersueño. Arriba, uno y dos, servicios y dependencias generales, y el puente de mandos. En la cuarta, bodega, mantenimientos, sala de energía y sistema de propulsión; por fortuna contaba con un puerto de atraque, donde ensamblarían las dos naves pudiendo pasar directamente de una a otra. 

Algunos de lo marines no ocultaban en sus miradas que aquello podía no ser lo que parecía. Pensaban en las maquinaciones de las corporaciones, una droga experimental, por ejemplo. Ninguno dijo nada al respecto.

- El capitán añadió algo más:

- Peinaremos la nave: cada cubierta, dependencia por dependencia, pasillos, corredores, todo. Llevarán también los vibrofilos.


Joe y Helen comentaron algunas ideas sobre inutilizar los sistemas de iluminación, el primero a favor, la segunda en contra. Verónica arrugó la nariz y negó con la cabeza; a Jesper, el otro médico, tampoco le gustó. Por el contrario, Kimberly mostró su amplia sonrisa de hiena asintiendo.

- ¿Han terminado de pensar por mí, los dos? Bien. Gracias por recordarme que yo tomo las decisiones –hizo una pausa, tomó aire-.Crearía confusión, Joe. Es sensato lo que opina la soldado McFersson. De todas formas, esperemos a ver lo que encontramos. Y, Ghost, no se impaciente, nos quedan algunas horas de viaje – concluyó el coronel -.

Terminó la reunión y los marines comenzaron a prepararse, alguien dijo que sería pan comido, otros se encogieron de hombros, muchos bromearon. No era demasiado estimulante la misión. Y lo peor es que retrasaba el permiso en la Tierra.


…


Un par de chasquidos metálicos, secos, cortos, seguidos de un tercero algo más largo y el Independencia quedó conectado por un pasillo umbilical de cinco metros de largo al Pegaso V, en el segundo nivel. El transporte orbitaba mudo en torno a Europa, uno de los primeros satélites en donde se llevó a cabo el proceso de terraformación. A lo lejos, la nave de vigilancia de la luna de Júpiter se mantenía a la espera. Os informaron que continuaban sin comunicaciones, si noticias. Sin nada nuevo.

En nueve horas vuestra corbeta había alcanzado el objetivo y los dos equipos estaban ya preparados para el abordaje y entrar en acción. A bordo restarían los cinco miembros de la tripulación, más el coronel, el sargento Kaplizki, cabo Linch, cabo Ramírez, Serena y Kart.

Las botas resonaron en el túnel, el sistema informaba que el aire era respirable sin fugas aunque algo viciado y la enorme y circular compuerta abrió sus dos hemisferios. Una luz azulada, menguante, fría, que mitigaba parcialmente la oscuridad, parpadeante a intervalos con destellos blancos, os dio la bienvenida, llenaba el espacio vacío de silencio anormal y acre. El grupo Alpha se desplegó, ellos se encargarían de las cubiertas tres y cuatro. La primera noticia fue que los ascensores más cercanos no funcionaban, Baltasar encontró un panel cuajado de cables e interruptores, comenzó a trastear. El grupo Beta, se desparramó luego por la segunda cubierta. Baltasar informó que el fallo procedía del sistema central, situado en la tercera. Los del Alpha descendieron por las primeras escaleras que encontraron. Próximos al puerto de enlace quedaron como apoyo Linch, Serena y Karl.


El equipo Beta avanzó por pasillos y dependencias varias, siempre acompañados de la luz de emergencia sucio índigo. Las fosas nasales se llenaron del olor ferruginoso de la sangre pegada a paredes y suelos. Paneles rotos, puertas desencajadas, objetos de mobiliario destrozados. Debió existir un escape en la zona de aseo y baños, el agua sucia inundaba varias secciones, el chapoteo de las pisadas rompía la quietud malsana. Encontraron varios cadáveres despatarrados, con golpes en el cráneo, en el tórax, una mujer con la cara reventada por un disparo. La voz del capitán por el intercomunicador avisó de lo mismo en el tercer nivel. Los Beta llegaron a los dormitorios de los pasajeros, encontrando más cuerpos inertes entre camas y muebles volcados y partidos. De momento solo víctimas y los sensores no señalaban movimiento.

En el tercer nivel el equipo Alpha informó que acababan de abatir a seis tipos rabiosos armados con varas de acero que se les habían abalanzado sin prestar ninguna atención a sus avisos. Uno era una mujer, y tuvieron que vaciar buena parte del cargador en cada uno de ellos. – Apuntad a la cabeza, chicos -, resonó la voz de la cabo Liao. El Beta sin novedad. Se escuchó a Mohamed, habían llegado a las salas de hipersueño; contaban cadáveres: quince en sus cápsulas, los tres niños incluidos. Las demás estaban en muy mal estado, algunas fuera de sus anclajes. Sangre por todas partes y decenas de cadáveres, contaron veintidós, algunos parecían que directamente por los efectos del error del sistema, otros más violentamente. No dio detalles. El pelotón Beta contabilizaba doce. Baltasar y Mohamed entraron en la sala de energía y avisaron de dos supervivientes, dos hombres de mediana edad, escondidos, asustados, con algunos rasguños, nada serio. Jesper les dio un tranquilizante a cada uno, que, entre balbuceos informaron que desconocían el paradero del resto. A través del intercomunicador el coronel ordenó que los evacuasen ya. Carlos Azul subió con ellos y Karl se adelantó para recogerlos.


Las pruebas básicas de las muestras de los cadáveres tomadas por Frost no reflejaban nada parecido a un virus. Las guardó para ser analizadas con mayor detalle más tarde.
Mientras tanto, la búsqueda del equipo Beta era estéril, hasta que detectaron movimiento en los sensores: ocho puntos rojos en el comedor - cinco en la misma sala y tres en otra adyacente -. Casi al mismo tiempo surgieron otras tres señales que indicaban presencia más adelante en el pasillo. El cabo De la Piazza envió a Benley, Helen y Rivers por el pasadizo y los demás penetraron en el comedor. La puerta estaba derribada, entraron para ver al fondo a cinco hombres golpeando de forma brutal con dos hachas y barras de acero una puerta que comenzaba a ceder entre quejidos del metal. Detrás se encontraban los otros tres puntos. Uno de los cinco iba armado con un rifle, otro llevaba una pistola en el cinturón. Estaban sudorosos, sucios, con sangre seca en la ropa. No repararon en la presencia de los marines, entretenidos como estaban.

Se prepararon para el primer asalto. Miguel dudaba si aquellos energúmenos eran los afectados o precisamente al contrario, huían de algo. Se situó como los demás en posición solo que con intenciones diferentes a los demás que tenían muy claro que se trataba de objetivos a abatir, cubriendo un lateral del comedor en previsión de problemas y observando su indicador de señales. Carlo preparó por si acaso la pistola con los tranquilizantes. El resto aguardó nos segundos. El sargento lo tuvo claro, De la Piazza dio las indicaciones oportunas con la mano y se ejecutó la orden. Frost abrió fuego el primero, a un tipo delgaducho, el que llevaba la pistola. No falló, las piernas del sujeto fueron el blanco y se derrumbó con mirada de sorpresa y dolor. Joe agujereó el cráneo del que manejaba el rifle y el resto de soldados dispararon sus armas abatiendo a los otros cuatro, destrozando sus cuerpos, saltando trozos de carne, hueso y empapelando las paredes de sangre y trozos de vísceras. Corrieron luego, Sandro le incrustó la culata en la frente al herido en las piernas, pero este no se desmayó, pugnaba por golpear a alguien con la barra que llevaba y disparar su pistola. Lo inmovilizaron con esfuerzo y Dillon le inyectó droga como para tumbar a tres rinocerontes. Se desmayó el tipo y el matasanos se ocupó de sus extremidades, inmovilizándolo por completo. Ya tenían a uno de los descontrolados. Estaba resultando fácil.

Adelante por el corredor, Helen escuchaba como susurros acallados y algún ligero gemido varios metros más allá. Se adelantó unos metros, sin embargo el pasillo estaba vacío. Benley miró hacia arriba, a los conductos de ventilación y servicio, señalando con su rifle hacia lo alto. Ghost, gracias a su sentido auditivo especial, escuchó los gemidos antes que ninguno.  

- Están ahí delante señor. - dijo con voz audible para sus compañeros. - Puedo oírlos desde aquí.

Caminaba lentamente apuntando con el rifle ocupándose de su lado derecho y adelante. Confiaba que Rivers haría otro tanto con su lado izquierdo y adelante también. Tenia la pistola de narcóticos en el estomago, sujeta la funda al arnés. Tenia la certeza de que iba a usarla muy pronto. Vio de reojo que Benley miraba arriba y ella de un hito miro también.

- Cabo, no querrá que nos metamos en ese agujero de ventilación, ¿verdad?

-Si han subido allí, no deben estar demasiado fuera de si. Además, no parecen los gritos de alguien enloquecido. Quizás sean supervivientes –señaló Rivers. No le hacía gracia alguna meterse en el conducto de ventilación-  Tanto si son supervivientes como si no, tenemos órdenes para ellos ¿verdad? va a haber que subir. Me parece que soy demasiado grande cómo para hacerlo yo, debería cubrir por aquí mientras sube alguien... menos voluminoso.

Benley mandó silencio con un dedo en la boca a la vez que asintió con los ojos al comentario de Helen acerca de que los tenían delante y el de Rivers sobre la posibilidad de que se tratase de supervivientes. Tenía lógica esta apreciación, aunque podrían haber oído a los marines y haberse escondido para atacarlos unos cuantos de los alterados. ¿Serían capaces de mantener tanto sigilo si eran locos furiosos? Hum.

El pasillo estaba vacío y a pocos metros delante las señales. Arriba, tras la rejilla de un metro de ancho que discurría a lo largo del lugar, debían estar las personas que se ocultaban, en los conductos auxiliares. En ese momento se escucharon las ráfagas de disparos procedentes del interior del comedor.

Avanzaron despacio por el corredor. Resonó la voz del coronel: “Benley, delante a diez metros hay una reja, una vía de acceso a los conductos”. Pasaron debajo de la posición de las tres señales, que no se movieron. Ghost escuchó con atención, respiraciones agitadas fue lo que recogieron sus oídos. Llegaron al punto de acceso, y a Helen le tocó subir, obtuvo la temida respuesta a su pregunta:

- Eres la más delgada, Helen. Y la que mejor voz y labia tiene, así que arriba. -Susurró Benley con una sonrisa astuta. Helen se encaramó al cabo mientras Rivers vigilaba. Los tres estaban cerca de una primera intersección a la izquierda que llevaba a la enfermería. Más adelante, un segundo giro, a la derecha, conducía a las escaleras que ascendían al primer nivel y bajaban al tercero. Rivers detectó movimiento hacia la derecha, lejos, en la zona de las escaleras, cuatro puntos, informó de ello y el sargento de la Piazza envió a Sandro y Miguel como apoyo a Benley y los suyos cuando su grupo examinaba la puerta interior del comedor. Frost se encargaba del inconsciente loco, le colocaron sujeciones a modo de esposas macizas, de una sola pieza de metal, codificadas, en muñecas y tobillos del loco reducido. Dillon le colocó una pulsera y le monitorizó. Se sentía así más seguro. Joe terminó una derivación en el panel de entrada logrando que se aperturase con graves chirridos lo suficiente para que un hombre pudiera pasar algo apurado. Una estancia pequeña, a oscuras totalmente, fue regada por la luz azulada de emergencia del comedor. El sargento de la Piazza se identificó y esperó. Silencio. Volvió a hacerlo y parte de su cuerpo penetró en el cuarto en tinieblas, enfocando con la luz del casco. Fue saludado por tres tiros de pistola cuyas balas se incrustaron en el metal de los paneles de la puerta. El marine se retiró, y volvió a la carga con su saludo un tanto crispado:

- Repito. Somos Marines Coloniales. Sargento De la Piazza. Hemos venido a rescastarles. No les haremos ningún daño. ¿Pueden entenderme? Les consideraremos una amenaza si no salen de su escondrijo con las manos en alto. Ya.

La respuesta fueron dos disparos más desde las profundidades interiores.

- Muy sutil, sargento – ironizó por el intercomunicador el coronel -. Que algún otro diplomático de su grupo pruebe.

Verónica vigiló al desequilibrado inconsciente mientras Joe y Carlo se situaban para dar cobertura al médico. Había que arriesgarse. Dillon probó suerte, entró adelantando su corpachón:

-Mi nombre es Dillon Frost. Soy médico.-Ni marine, ni militar. Tampoco otro civil asustado. Un médico. Nada de jerga profesional que pudiese asustarlos más, nada de considerarlos hostiles o de entrar a la fuerza. Solo un médico. No empuñó su arma. Se aseguró de que alguno de sus compañeros vigilase al loco.-¿Algún herido?-Esperó respuesta. Su tono de voz era frío pero profesional, el hombre al que uno confiaría el crecimiento de sus hijos.-Les sacaremos de aquí. Hemos venido a salvarles. Podría haber más dementes en la nave, estarán más seguros entre nosotros.-Respiró hondo. ¿Una prueba de fe? El sargento había tenido suerte. Prendió una bengala.-Voy a entrar.-Se asomó con cautela, no quería hacer movimientos bruscos. Dentro no había luz pero desde allí si que podrían ver su silueta. Alzó las manos. Entró.

Nadie respondió. Frost se la jugó y entró con el maletín en alto. La bengala recubierta de un material incandescente iluminó estanterías, armarios empotrados, una mesa con un ordenador, cajas amontonadas. Una voz de varón algo temblorosa pero firme le saludó:

- Levante los brazos y camine despacio. Muy despacio. Le estoy apuntando.

Dillon lo hizo. A los pocos pasos vio a un hombre escondido tras el montón de cajas con una pistola sostenida por ambas manos. Miedo en sus ojos y determinación. La voz del matasanos parecía haberle convencido.

- ¿De veras son marines? Santo Dios, no puedo creerlo. Ha sido una pesadilla, ¿sabe? Una locura.

Salió de su escondrijo, era un hombre de tez demacrada, de unos cuarenta años, adornada su cara con una espesa barba de días. Luego aparecieron tras él una mujer de edad similar, que se abrazó al sujeto, trémula, y un chico de unos veinte años, espantado. No necesitaron calmantes, solo su esposa, estaban bien, un tanto hambrientos, le entregaron la pistola a Dillon. Afuera, se apartaron lo más posible del desmayado irracional. Verónica les hizo tragar unas cápsulas energéticas.


Entretanto, no lejos de allí, Ghost trepó, empujó la trampilla, con cautela; no sucedió nada. Había que arriesgarse, asomó el casco, subió, enfocó la linterna y una sombra a varios metros al frente se removió ocultándose más hacia el fondo. La marine prestó atención, respiraciones contenidas. Entró por completo en el conducto, más ancho que el enrejado, más de metro y medio, y lo suficientemente alto para permanecer en cuclillas o desplazarse a gatas.

Estaba claro que usar la linterna le permitía ver mejor las cercanías, pero delataba su posición allí donde fuera. "¿Quieres jugar al escondite, no?. Pues juguemos." Se dijo a sí misma como si la sombra pudiera oír dentro de su mente. Empezó a gatear silenciosamente. Con los tobillos en el aire, levantando las rodillas y las manos en cada paso. Arrastrando únicamente los dedos meñiques por los bordes, para tantear en la oscuridad. Al llegar a un recodo se quedo quieta, a fin de determinar nuevamente donde oía la respiración forzada o los latidos de corazón. Y suavemente empezó a cantar;

Ya se duerme el niño...
Bajo su ventana
Dos pícaros grillos
Cantan una nana.
A la linda nana
Ya se está durmiendo...
Que ruede la luna
Que lo haga en silencio.
A la linda nana
De ojitos cerrados,
El sueño más lindo
Se arropó a su lado.
A la linda nana
Que ya se durmió,
La última estrella
Recién se prendió.

El objetivo de la canción era trasmitir calma, paz y tranquilidad. Todo ello sumado abrirían las puertas de la confianza.

-Tranquilos, soy Helen, marine de rescate. ¿Quienes sois vosotros? No quiero haceros ningún daño, y me gustaría sacarles de aquí.


Abajo se quedó el cabo Benley, con Miguel, Rivers y Sandro, a los que indicó que cubrieran las escaleras, de dos tramos y dos metros de ancho. Allí no había nadie, pero arriba las señales eran claras. Subieron por los escalones, con Sandro delante, Rivers tras él, el último Miguel. Los puntos se aproximaban, Sandro llegó al descansillo y continuó. Apareció de súbito a la carrera un grandullón con la ropa destrozada, ensangrentada y la cara desencajada por la locura, con ojos de insana efervescente. Lanzó un pesado cilindro de acero, del diámetro de una rueda de coche y casi dos metros de largo. Rebotó en las escaleras, Sandro se apartó y escupió muerte su M41A1. El demente se empotró contra la pared, acribillado; la réplica no se hizo espera,  cuando asomó el cañón de un rifle por la esquina disparando contra los tres marines.

Aunque estaba casi inerte el loco del cilindro, Sandro le arrojó un poco más de metal en la cabeza transformándola en pulpa. El objeto metálico rebotó en las escaleras, siendo esquivado por Miguel y Rivers, que lo vio pasar delante de sus narices. La respuesta al tono imperativo de Jake fue más disparos desde la esquina, una lluvia horizontal sin ton ni son que iba de un lado a otro, oscilando, imparable. Los tres marines abrieron fuego contra el agresor, agujerando las placas de metal de las paredes, los protectores de la esquina, barriendo toda la zona.

Miguel y Sandro ascendieron a toda prisa los últimos escalones, bajo la protección de Rivers. Disparaban sin cesar, y al llegar arriba justo Jake derribó a la amenaza que asomó incomprensiblemente abandonando su posición a cubierto. El marine no soltó el gatillo mientras convertía en papilla a la mujer que manejaba el rifle. Sandro y Miguel lograron avanzar, terminaron el trabajo de Rivers y abatieron a otros dos hombres que, desesperados, aullando, gritando frases inconexas se lanzaban contra ellos con una silla uno y con las manos desnudas el otro. El tiroteó acabó pronto, Rivers informó, Sandro apuntilló:

- Ya lo ve, coronel. Métalos en una lata y tendrá carne para perro.

-Avancen por el sector sur del nivel uno hacia el centro –crujió la voz del coronel-.

La expedición de Helen terminó bien. Como poco la canción de cuna tuvo el efecto de que aquellas personas escondidas se detuvieran a escucharla, sin duda sorprendidas. La marine avanzó aguardando la huida, o un disparo que le volara los sesos. Nada de eso sucedió, gateó decidida, las sombras se aclararon, los bultos tomaron forma. Allí se encontraban tres muchachas de veinte o poco más años, de caras y cabellos morenos sucios, revueltos, los vestidos desgarrados, dos de ellas, gemelas, descalzas, con pupilas que guardaban un miedo atroz. La que quizás estuviese más serena o entera, contestó:

- Nuestra madre nos cantaba esa nana. Está muerta, nuestro padre también. Mis hermanos. Todos están muertos. ¿Quienes son ustedes? Hemos oído disparos cerca.

Las lágrimas apenas contenidas aparecieron en sus cansados ojos, Ghost se presentó, les dio ánimos, todo había terminado, no debían tener miedo. Acto seguido bajaron de allí con la ayuda del cabo Benley.



Comentarios

Podéis observar que hay dos partidas narradas actualmente. En Los Ángeles 2029 intercalo los turnos míos como director con los de los jugadores, dándole la forma de un relato largo.  En la de Marines, casi toda la exposición se trata de la resolución a las acciones de los jugadores, descrita por mí, salpicada  por fragmentos mayores o menores de los compañeros que participaron y algún turno que otro turno entero de ellos. Si hay alguien interesado en leer toda la historia de los Marines, este es el enlace:


De la otra, no lo hay, pues desapareció el foro donde se jugó, Inforol.  

Aprovecho para mencionar a los jugadores, algunos compartieron muy poco tiempo, otros estuvieron hasta el final. De la primera, Ragman711,  Didantee, Morkai, Coca, Belakor, Sunne, Gazak.  De la otra: Drakkon, Helen, Ragman711, rj, Drakkan, tanuky, Ragna.


jueves, 1 de diciembre de 2011

LOS ÁNGELES, 2029 -2



Ricco Leone pensaba que Jacob era un iluso por dudar todavía de él. No se daba cuenta que cada paso que daban por las asquerosas calles de su barrio era un paso que lo acercaba a la Familia. Los Leone necesitaban al mejor y Jacob lo era. O al menos era un buen mecánico y no hacía preguntas. Un gran punto a su favor. Sin embargo no tenía esposa ni hijos, hay quien decía que no tenía amigos. Así que lo único que podían ofrecerle sería dinero, drogas y mujeres. El paraíso. Nadie lo rechazaba. O al menos nadie que rechazase un trabajo para los Leone seguía vivo demasiado tiempo.

Aquellas calles le traían recuerdos a Ricco, también las conocía, las había pateado durante su adolescencia  regresado tiempo atás. Miró uno de los muros y vio una leve grieta. Él sabía como se produjo, lo recordaba. Fue hace más de seis años. En un tiroteo. A modo de flash back le vinieron imágenes de aquel día. Una auténtica masacre. Mató a seis él sólo. Desgraciadamente los primos Jackie, Tom y Bale murieron. Malditos matones de tres al cuarto. Si quería dedicarse al negocio lo mínimo que podían hacer era hacerlo con estilo.

- Lo tendrás todo. Materiales de primera calidad, un taller libre de deudas...Y no tienes que  cambiar nada de su forma de ser, ni de vestir. Tan sólo reparar y preparar coches y aparatos de los Leone exclusivamente. Y algunos trabajos especiales, ya sabes de lo que hablo.


Jacob escuchaba, apuraba su café, sentado frente a Ricco, que no había tomado nada. Reflexionaba: su libertad, su alma, a cambio de una buena vida. Cuando la familia llama, tú obedeces. Estaba tentado a responder que sí.

Desde la barra, Jeremías, el dueño y conocido del “Alemán”, como se le llamaba a Jacob por su ascendencia germana, los miraba curioso y preocupado. El italiano desentonaba con el lugar, igual que un tiburón en una pecera. En otra mesa, cerca de ellos, había una mujer de no más de cuarenta años, algo ajada, de mirada triste y ausente, masticando con calma su bocadillo; más allá dos tipos de pie al lado de otra mujer, uno negro, un armario de casi dos metros, el otro más bajo pero fornido dentro de su abrigo de paga de una año, con gafas de montura gruesa. La chica junto a ellos iba vestida con pantalones anchos, cazadora del ejército abultada, cabellos azulados revueltos que le caían sobre la cara, una máscara anti polución. Apenas le vieron el perfil

Las cosas pasan cuando menos te lo esperas, eso es sabido. Jacob  iba a darle su respuesta a Ricco, cuando el hombre de las gafas se desplomó cuan largo era gritando como un animal que descuartizaran. Al otro no le dio tiempo de desenfundar su pistola su cuerpo estalló en llamas de repente, se tambaleó y cayó entre alaridos desgarradores. La tipa se giró hacia el mafioso y su acompañante, ambos apenas tuvieron tiempo a reaccionar, se acuclillaron. Luego algo extraño sucedió: las mesas y sillas salieron volando, un ariete invisible los golpeó y derribó lo mismo que a Jeremías., al otro lado de la barra. Se hicieron añicos vasos, botellas y platos, y la chica pasó corriendo largándose con un maletín negro. Ricco y Jacob sufrieron como el paso de un aspirador en sus cerebros. Aún aturdidos, en el suelo, trataron de escabullirse hacia la salida, cuando se oyeron las sirenas, los gritos de alto, un tiroteo. Parecía que hubieran estado esperando a la fugitiva; una emboscada, pensó Ricco, que se deshizo rápido de las dos pequeñas cápsulas de éxtasis líquido a las que era aficionado y tiró a un rincón su pistola automática.

Entraron a saco agentes del servicio especial de la policía y de las corporaciones. Colocaron neutralizadores de láser y haces de rayos azulados sellaron la zona, todo en un visto y no visto. Nadie podía salir de allí. La ropa de los dos estaba rota en algunos sitios, la mujer del bocadillo temblaba y gritaba histérica, le dieron dos hostias. Jeremías gemía en el suelo, mientras que los dos hombre yacían muertos, uno todavía humeante su ennegrecido cuerpo después de que lo apagasen los agentes especiales.

Jacob miraba atónito a Ricco. Su restaurante favorito se acababa de ir a la mierda, una tarada se lo había cargado, lo que le hizo preguntarse ¿quien o qué rayos era la chiflada de la mascara? No les puso un dedo encima a ninguno ni la había visto desenfundar arma alguna. Si le daban tiempo él mismo hubiera sido capaz de fabricar una granada de aturdimiento con la suficiente potencia para provocar el mismo efecto...

Comprobó el estado del italiano, lo único que le faltaba era que la mafia le echara la culpa en caso de que la hubiera palmado, eso sí tendría maldita la gracia; de ofrecerle empleo a pedir su cabeza en la misma tarde

-¿Qué ha pasado aquí? –preguntó, aturdido todavía.

Pero Ricco tan solo se encogió de hombros, tan extrañado e inquieto como el Alemán. Una chica que salía huyendo con un maletín, un tipo muerto en el suelo de pronto, y otro que, ante sus ojos, sufrió una combustión espontánea. El italiano se levantó y comenzó a sacudirse el traje, la faltaban un par de botones y un cristal le había hecho una raja bastante fea en la chaqueta. Se identificó ante los agentes de la ley, igual que Jacob. Les leyeron los derechos y obligaciones de los testimonios y los sacaron de allí. Afuera, escucharon con nitidez los disparos, las sirenas y vieron el rotador de la policía y sus haces de luces a veinte metros sobrevolando  la iglesia. Los sanitarios les atendieron las pequeñas heridas y cortes, e intentaron tranquilizar a la mujer del bocadillo, y luego, un tal sargento de Brigada Especial Morrison, con armadura de combate, casco, pistola al cinto y rifle de asalto en la mano, los saludó y preguntó qué había pasado exactamente. Jacob se desentendió de los requerimientos del policía e inquirió a su vez:


- Eh ¿por que rayos anda la poli cargando como locos contra esa iglesia?

Morrison lo ignoró e insistió: Ricco tomó la palabra:

 Agente, no sé que ha ocurrido. Simplemente entramos y la mujer, bueno, creo que era una mujer, llevaba una máscara de gas. Como le decía, algo donde estaba la mujer explotó, fue como una bomba de aire que nos tiró de espaldas. Y entonces salió corriendo. Nada más -Habló con calma. Estaba acostumbrado a lidiar con policías y no le imponían miedo alguno. Sabía que por esta noche no indagarían mucho más.

El sargento Morrison introdujo las tarjetas identificativas en una pequeña maquina solo algo más gruesa que la propia tarjeta y la colocó en la ranura del data teléfono  portátil. Los datos bailaron en pantalla, de Jacob nada anormal, no así de Ricco, nunca había sido detenido pero las autoridades sabían bien quien era. Arqueó una ceja, devolvió las identificaciones, y esperó. Jacob no abrió más la boca, interesado en lo que sucedía en las cercanías de la parroquia, o quizá por el shock debió pensar el agente. O realmente porque seguía pensando en la propuesta del Italiano.

- Nada más, eh? Bien, seguiremos en el Departamento De Justicia. Mis hombres les acompañarán. Como acabo de decirles, podemos retenerles veinticuatro horas. De paso nos dirás que hacías aquí, Italiano.

No era algo intrascendente, aquellos no eran policías corrientes, sino la Brigada Especial de Máxima Seguridad, los BEMS. Ya se había olido Jacob que había algo anormal en el despliegue de armamento y polis. De nada sirvieron las protestas, en unos minutos Jacob, Ricco y la mujer estaban sentados en la parte trasera de un rotador de la policía de Los Ángeles. En calidad de testigos, naturalmente, como les recordó uno de los efectivos sonriendo de oreja a oreja. El mismo que les pasó un detector e incautó una llave inglesa del mecánico. Vieron como a Jeremías lo trasladaban en camilla hasta una ambulancia, inconsciente.


…


En el interior cavernoso de la iglesia, las sirenas de la policía rompieron el sermón inútil  que el sacerdote Tomachio estaba dando a Mara. “Esperanza", pensaba Mara, lo mismo que se leía en brillantes letras azul eléctrico con un fondo estridente de Fluke, ese grupo de Hashed metal que tanto esta pegando en la música. Esperanza es mi palabra de hoy... se me ha juntado con aquella otra que me dijo ese espectacular y casi único espécimen de hombre que una vez vino a mi en una tarde de lluvia y pestilente congestionamiento... “Me llenaste de felicidad cariño..."

Cariño... ¿Felicidad? Las habré oído diez mil veces de muchas más bocas. Pero, descubrí que de estas personas. de esas situaciones... tienen un sentido distinto. y antes no me había dado cuenta. ¿Como se le podrá llamar a esto que estoy pensando?  Inversión, tal vez.

Sus errantes pensamientos fueron interrumpidos por la estridencia del sonido que ascendía en decibelios. Demasiado ruido, y demasiado cerca. Incluso les pareció oír ráfagas de un arma de cierto calibre. Escucharon el ruido de la puerta exterior abrirse y luego la interior, más pequeña, de golpe. Se giraron y vieron plantada en pie una silueta, parecía que de mujer, embutida en una gruesa cazadora de guerra y pantalones anchos. Los mechones de cabellos sobre la cara no dejaban ver la misma y la mascarilla anti polución menos aún. Sujetaba un maletín negro. El sacerdote notó que el aire se cargaba de una energía extraña. La figura se adelantó a buen paso hacia él. Entonces el padre pensó que tal vez el Maligno venía en su busca, pues conforme avanzaba esa persona por el pasillo central, los bancos de uno y otro lado se alzaban y eran lanzados contra las paredes como piezas de dominó. Mara tuvo que saltar casi hacia el otro lado para evitar ser golpeada. La mujer se detuvo, respiró hondo y aquel desastre se paró. Se acercó al padre, su rostro medio oculto, sudoroso, pero el brillo en sus ojos delataban a alguien desequilibrado; miró fugazmente a Mara, hizo una genuflexión, después habló: la voz sonó apagada, grave, a través de la máscara, con fuerte acento eslavo y urgencia:

- Padre, ¿hay otra salida trasera? ¡Tiene que haberla! ¡Vamos, dígame dónde, por favor!

Fue Mara la que respondió, mordiendo cada palabra que pronunció, primero en un murmullo para sí, luego en voz alta:

- Perra entupida... entupida perra regraciada –despacito, casi un verso amargo-Perra desgraciada entupida de mierda... de mierda entupida, perra maldita-

La replicante parecía que iba a caer en un bucle. El padre Tomachio intervino. Si la mujer de la máscara podía lanzar los bancos por los aires también podría lanzar a Mara.

-No te han herido. Gritar e insultar ahora no tiene sentido. ¿Si no has sufrido daño porque enfardarse? Todo está bien.-Posó sus ojos en la mujer de la máscara.-Por el pasillo, hay una puerta que lleva al callejón. También hay escaleras que llevan a los tejados. Huir solo sirve para volver a encontrar el problema más adelante. En el mismo pasillo están mis aposentos. Puedes esconderte ahí...les diré que saliste por atrás y pasaran de largo.-Luego desvió su vista hacia la otra mujer.-Puede que los policías vengan buscando problemas. Si tienes asuntos que resolver con ellos también sería oportuno que te escondieses en el mismo lugar

Se había sentido un poco asustado al ver avanzar aquella figura, y luego cuando los bancos volaron contra la pared. se rehizo, y ni siquiera se le ocurrió llevar sus manos al arma que llevaba oculta bajo su chaqueta. Nunca era hostil, ni siquiera cuando lo eran con él. Solo en contadas ocasiones. Estaba algo enojado, había puesto su iglesia patas arriba, y ahora le pedía ayuda. Claro, que aquella mujer no parecía saber lo que hacía, no parecía haberse dado cuenta de ese "poder" que tenía. ¿Ciencia, poderes mentales? No importaba.

La enmascarada no escuchó a Mara, y esta bufó mirando al techo cuando el cura la regañó y  soltó algo de su rollo propio de sotanas y les brindó una solución a las dos. La mujer se quitó la máscara y reveló unos ojos grises de mirada turbia y perturbada. Una boca de labios generosos se veían claramente entre la maraña de cabellos, sonriendo enigmática.

- Es un ingenuo padre. Me buscarán hasta debajo de sus alzacuellos. Vigile lo que les dice. Gracias.

Se dispuso a marcharse por el pasillo, miró a la puerta de entrada, Mara la observaba con una mirada tan demente como la de ella, pero de otra clase. La replicante giró nerviosa entre sus manos la tarjeta de identificación, y decidió arriesgarse, y se quedó allí.

-No te inquietes ni sudes, gordito –tenía la costumbre sin motivo de llamar “gordito” a Tomachio, el cual no tenía atisbo alguna de gordura en su recio corpachón. Se puso a canturrear y a leer la Biblia como si nada sucediera. La mujer de la máscara extrajo un móvil negro de sobrio diseño de vanguardia, de uno de los laterales del maletín, pulsó una tecla, esperó unos segundos, atenta a la puerta. Un código, una voz al otro lado y ella alzó su voz:

- Cambio de planes. Si queréis la pasta, id al callejón este de la iglesia. Ya.

Guardó el aparato, se iba, pero otra vez se detuvo. Abrió otra sección lateral del maletín negro, y metió en el bolsillo de la chaqueta del padre Tomachio el objeto que acababa de sacar: una barrita delgada, negra, punteada con muescas.

- Guárdelo bien, padre, por favor. Regresaré a por él.

El sacerdote miró aquel objeto y antes siquiera de que lo hubiese guardado en el bolsillo interior de su chaqueta, la desconocida Se fue corriendo, pasó por la puerta de la habitación del sacerdote y se largó por la salida de la calleja. Mara entretanto leía el libro sagrado mascando las palabras en voz alta, siguiendo su particular alucine. Los pesados pasos retumbaron afuera, las voces. Entraron los agentes de policía, en tropel, una auténtica  horda uniformada. Aquello parecía un hormiguero de comandos armados hasta los dientes. Tomachio decidió ponerse del lado de la fugitiva, ¿acaso no lo había hecho ya? Desconfiaba de la autoridad establecida, corrupta, amoral, envenenada por el poder.

Se puso delante de los agentes interpretando el papel de atribulado sacerdote, alterado, nervioso, asustado. En su interior permanecía en calma. Nunca perdía los estribos. Nunca. Eso cría. Si lo fingía era...simplemente porque le gustaba actuar, como en aquellos programas de la tele.

-¡Agentes, agentes!¡Miren lo que le han hecho a mi iglesia!¡A mi iglesia!-Agarró a uno de los policías por el chaleco.-¡¿Es que no lo ve?!¡Está todo por los suelos!¡¿Quién va ha pagar todo esto?!¿Quién?Oh, en nombre de Dios.¡Y esas armas!?Esta es la casa de Dios. ¡Las armas deben permanecer enfundadas!

Gritaba y gesticulaba. Pensaba con firmeza que la policía, el gobierno, la economía, son cosas que nada tienen que ver con la iglesia. lLas leyes y preceptos sociales, las normas, son solo cosas creadas por los hombres. El Padre Tomachio solo tenía por verdad la Palabra de Dio. El hombre era imperfecto, no era nadie para crear leyes. S atrapaban a aquella mujer de la máscara y la metían en la cárcel, no se redimiría, no se arrepentiría de sus pecados, solo albergaría rencor y odio. Sin embargo, en libertad siempre podrían cambiar las almas. En libertad. Por eso mismo protegía también a Mara. la prostituta joven y alocada. ¿Por qué? Porque era el guardián, y eso era lo que quería hacer y ser: el guardián..


Mara continuaba leyendo la Biblia, no atendía a razones, se encogía de hombros. Enseñó su identificación, la comprobaron con la central, y la sacaron fuera, junto con el sacerdote. Los efectivos de la policía especial se desparramaron entre tanto por las dependencias de la iglesia, en busca de la sospechosa.

Un policía increpaba al padre Tomachio:

- ¿Dónde lee en mi uniforme que ponga gilipollas, padre? Nosotros somos los buenos, la fugitiva ha asesinado a dos hombres, presumiblemente a otros dos personas y quien sabe a cuantos más. No me haga perder el tiempo y déjese de hacer el idiota.

Otro agente empujaba a Mara, que empezó a decir incoherencias y a resistirse, desafiante, rabiosa, se. debatía sin lograr soltarse.

-Déjenla. Sufre de ciertos bloqueos mentales –argumentó el sacerdote.

El otro miró divertido al sacerdote:

-Seguro que es una yanqui. Una puta drogata de mierda. ¿En su casa cada uno hace lo que quiere, eh padre? Se la ha buscado jovencita, ¿qué tal se la chupa?  Qué feo. Poco me importa, de momento se vienen con nosotros. En calidad de testigos.


Les soltó el rollo de los derechos y obligaciones  de los testigos, entre ellos que los podían retener veinticuatro horas. Habló con alguien por el intercomunicador en la oreja:

- Ok, te envío a dos. En la iglesia, sí. El cura y la puta que se tira. Los demás  continúan la persecución.

El detector descubrió la pistola del padre, y se la llevó otro guardia con la documentación de ambos y la mochila de Mara. Se oían las ráfagas lejanas en la parte trasera del edifico de la iglesia. Al poco, se encontraron los dos en el interior de un rotador de la policía, junto a una mujer y dos hombres, Jacob y Ricco, camino de la Corte de Justicia, sobrevolando el espacio aéreo de la lúgubre y sórdida ciudad de Los Ángeles.-.