domingo, 24 de marzo de 2013

Ilian 4



Me colé dentro del piso, figurándome que el centinela contemplaba el  meneo de mi prieto culo preso de unos Jeans mal lavados. Me calé las Rayban, harta ya de tanta guasa con mi careto.


En el interior del reducido apartamento -comedor-cocina barra americana, un baño y un dormitorio, me saludó Pedro. Su figura de Quijote me salió al paso, a veces no sabía si era un hombre o un fantasma. Su cabello negro acosado por las entradas brillaba de sudor. Se tapaba la boca, nariz y su feo bigote con un pañuelo blanco de seda. En la mano derecha la cámara de fotos. Las paredes, el suelo, el techo, todo estaba pintado con sangre y su formato convencional redecorado con sesos, tripas, y demás órganos desparramados y troceados. Humanos, deduje con mi habitual perspicacia a través de los cristales oscuros de las Rayban.

Hasta a mí  me afectó aquella sin razón.


-¿Qué coño ha sucedido aquí? –pregunté con voz cavernosa. Parecía que alguien hubiese reventado salpicando todo con sus restos orgánicos.

-Cuéntamelo tú, que para eso eres la experta –me miró de arriba abajo-.Vaya jeta gastas, inspectora. No tienes edad para esa marcha –guasón, el tío.

-Pillé un pedal impresionante. 

-¿Y follaste? – ya estaba, la preguntaba insidiosa de siempre.

-Vete a la mierda.

-Yo tampoco. Mi mujer dice que saque algo de músculo si quiere que la monte. Está obsesionada con esos tipos de la tele.

-Mujer inteligente –asentí con saña.

-Ya. Para mí que me la da con algún tipo. Si pillo a ese cabrón se la corto.

- Deja a tu mujer en paz que es una santa y no se como aguanta a un tipo como tu a su lado con esa pinta y diez centímetros en máxima erección –Me ofreció su habitual sonrisa socarrona. Eso era lo bueno de Pedro, encajaba cualquier broma sin inmutarse. Lancé un vistazo al matadero-Joder. Esto parece mi cocina –señalé a la vez que encendí otro cigarrillo. -.



-Ya te dije que te iba a gustar. No se qué leches tienes de estómago. 

- Siempre has sido una nenaza, Pedro. ¿Y los de la científica?

- Se les pinchó una rueda. Tardarán un rato. El forense está en un atasco. Y el juez se puso en marcha hace diez minutos.

Me paseé alrededor, esquivando el amasijo de vísceras, procurando no pringarme entre la mesa patas arriba, las sillas volcadas y una mesita de cristal que ahora resultaba un retorcido puzzle. Menudo asco de día estaba teniendo... Y para colmo cuando aquella puta vocecita debía auxiliarme dando su opinión y aportando información se callaba la muy perra. Suspiré encogiéndome de hombros y observando tras las enormes gafas rosadas el escenario del... ¿Crimen? ¿Orgía? ¿Sacrificio?

Calculé que todo aquello pertenecía a dos cuerpos, a pesar de estar troceaditos como si de ingredientes de ensaladilla rusa fueran... Cantidad de sangre.... Estoy  hasta los mismísimos ovarios de escenarios así, aunque no tan bestias, pero....  Venga nena...  Utiliza esa sesera....” Noté  una arcada que disimulé divinamente como siempre hacía. No fue por el nauseabundo olor, calor y color rojo, sino por los churros de antes. 

-Podías haber abierto las ventanas, joder. Necesitas que te lo digan todo como a los niños de párvulos... Quizás un poco de ésta papilla le vendría bien a alguno... Deben haber neuronas por ahí huérfanas deseando entrar en alguno de vuestros solitarios cerebros....” - comenté mientras paseaba por el piso.

- Bueno, qué me cuentas. Cuando dieron el aviso y quien... Quien ha entrado y salido del escenario.  ¿Sólo tú? ¿Has encontrado documentación?  Mierda, estaba durmiendo a pierna suelta. Jodido Gálvez.

- Gálvez será un gilipollas cabrón, pero el tío tiene sentido común, y sabe que eres la mejor. Por eso te hemos llamado.

Malhumorada saqué unos guantes de mi cazadora, a los que le faltaba un dedo en la mano derecha.

-No, no he pasado aún por la oficina y no, no he podido hacerme con otro par de guantes ¿Vale? Ahórrate tu jodido discurso y empieza a cantar de una puta vez. Cuando antes lo hagas antes podrás pirarte y pillar a tu mujer en fraganti.

- Nadie ha tocado nada hasta que llegaras tú. Yo he husmeado algo y sacado fotos. Sobre el aviso, fue una anciana de esta misma planta. 

Sí, aquella carnicería la componían probablemente lo que quedaba de dos personas enteritas unas horas antes. Vislumbré tres húmeros completos, y los demás era papilla con tropezones. El vómito subió una vez más hasta mi garganta y corrí cagando leches al cuarto de baño. Después de descargar medio estómago y vida en el váter, me dediqué a mi trabajo. Busqué unas pastillas en el armario, y tragué un par de píldoras azul-violeta que me sonaban. Curioseé, ya puestos, y lo encontré todo en su sitio, incluida una caja de condones, de la cual me apropié. Total, nadie la echaría a faltar.

- Todo limpito ahí dentro –le dije a Pedro.

Traté de no pisar nada y me fu abriendo paso como una exploradora en un campo de minas. Entre un amasijo de repugnantes restos sanguinolentos asomaba algo. Lo aparté con el boli y descubrí una carterita de mano, de piel negra y buena factura. Para mí la quisiera. Descorrí las cortinas y a la luz infernal que penetraba por los ventanales de la terraza comprobé su contenido: aalbergaba la documentación de, quizá, la inquilina del habitáculo y posible presunta víctima, a saber, Andrea Lamirez del Copón. Unas monedas y billetes, treinta y cinco euros. Diversas tarjetas, de metro, Visa, seguridad social, de una farmacia, con su nombre impreso en ella, el carné de una biblioteca, del gimnasio, del club Drink and Company –vaya nombrecito de marras- y una foto de un tío fachoso de unos cincuenta años, desnudo, su figura recortada a la orilla de una playa. Eso sí me dio nuevas.

-¿No estarás embarazada? –Preguntó, jocoso, Pedro.

- De tu puta madre –fue mi réplica, cáustica y apropiada.

En la foto, el tío aquel pasaba el brazo por la cintura de una chica menuda, poco más de veinte años, también desnuda, de senos altos, piernas cortas y adulteradas las caderas de ligera celulitis; sonreía la muchacha con sus ojos luminosos. Salí a la terraza, y el sol casi me mata de nuevo. Macetas y una planta de maría. Me asomé a la barandilla, con cierta agilidad se podía saltar de un piso al otro de al lado; bajar o trepar.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Ilian 3


Con la seguridad de que el ascensor no funcionaría, entré en el vestíbulo estilo rococó veneciano –lo recordaba de las revistas chorras que ojeaba en el dentista-, dejando atrás a los dos agentes consolándose mutuamente por su falta de estómago; Mi agudo instinto no me falló, topándome con el inevitable cartel de fuera de servicio, y con el inspector Gálvez, alias el Halitosis. El tipo me caía tan bien como unas hemorroides peleonas. Tan alto como cabrón, gustaba de meter cizaña. Se limpió las comisuras de la boca con un pañuelo impoluto y  le sonreí amistosa, extrañada por su presencia. Apagué la colilla del Marlboro en su humeante café y él me devolvió una mirada de asesino psicópata desde más allá de los cristales de sus gafas. Me encantaba hacerlo y ver su odiosa cara contraída por la rabia reprimida.

 -¿Qué cojones haces aquí? –le escupí a modo de amable saludo.

- No te encontraban y Pedro se sentía solo –respondió con sorna –Me dio tu móvil.
 
-¿Como me iban a encontrar? Es mi día libre gilipollas. Y deja ya a Pedro, lo tuyo es acoso con él. ¿Acaso te has cambiado de bando o es que nunca has estado en otro?

“Más alto que un pino y más tonto que un pepino, jajajaja... ¿Te acuerdas? Te encantaba decirlo de pequeña.”

- Si quieres te lo cuento luego. Te pongo a cuatro patas y te lo voy explicando –respondió, ácido.

Le mostré el dedo corazón de la mano derecha levantado. En él llevaba el anillo de casado de mi padre. Lo echaba muchísimo de menos pero la vida es una mierda envuelta en papel de plata por los de arriba que pretendía anular las mentes de todos los ciudadanos ignorantes y analfabetos que creían que serían mejores comprando cualquier mierda vomitiva que anunciaban por la caja tonta.

-¿Qué tenemos? 

-Sube y diviértete, zorra.

No era precisamente mi amigo. Se nota, ¿no? Mantuve un par de segundo el dedo delante de su fea cara de goblin.

-Lávate la boca, o, mejor, dale un trago a la botella de lejía... Sería la única manera de que no apestaras incluso callado... Mamón.

Trepé hasta el séptimo, igual que una potrilla en busca de su azucarillo prometido. En la puerta abierta de entrada al apartamento un poli  cincuentón y barrigón vigilaba. Lo conocía superficialmente, un pesado que siempre que me lo encontraba me pedía una cita. Un tipo que no se desmoralizaba. A  verlo mis hombros cayeron en picado y una mueca de frustración se dibujó en mi cara.

- Hola, Ilian. ¿Mala noche, eh?  Lo de ahí dentro no mejorará tu día. Una bestialidad. Oye, ¿cuándo vas a aceptar salir conmigo?

Al escuchar la sempiterna pregunta, la poca sangre que me quedaba tras el esfuerzo, empezó a fluir con rapidez, más incluso que tras la ascensión. Me ponía de los nervios aquel hombre. Parecía no cansarse nunca. Otro gilipollas más en la cola de la enorme lista que ya tenía.

-Cuando rebajes esa barriga y te depiles las ingles. ¿Es que no te cansarás nunca? No eres mi tipo, ya te lo dije y sí.... Una mala noche...” -contesté a desgana mientras me adentraba, con la delicadeza de un tanque, al escenario.

“Es amable, educado, trabajador,.... ¿Que tiene de malo?” –siseó la tostona vocecilla.

-”Uuuuuys, me vas a volver loca....” – me dije a mí misma entre dientes, rabiosa

Me quedé en el recibidor unos instantes. Husmeé. El olor a podredumbre tiraba para atrás. Igualito que mi colada. MI instinto, mi sexto sentido se puso en marcha sin apenas dictarle la orden. Se me agudizaron las pupilas, se entrecerraron los ojos para captar imágenes imposibles para el resto. Mi olfato canino absorbió olores demasiado sutiles de difícil descripción y  mi piel se preparó para sentir aquellas sensaciones tan asquerosas. 

La voz calló.  Siempre esperaba en aquellas situaciones, siempre permanecía a mi lado como una presencia etérea pero tangible.  En su momento asaltaría mi mente divagando, dando ideas, encaminándome hacia el camino correcto a seguir....O todo lo contrario, la muy cabrona.

sábado, 16 de marzo de 2013

Ilian . 2




Con un chirrido agudo de frenos se detuvo el buga de forma brusca a la entrada de una callejuela donde los rayos del sol peleaban duramente por abrirse paso entre las sombras. Con determinación abrió la puerta del coche y la cerró sin delicadeza alguna. De él se apeó una pava que conservaba un buen tipo a pesar de su desordenada vida y de las ojeras de cadáver que lucía como semáforos. 

O sea, yo.

Con mis jeans ajustados que marcaban un culo que podía dar guerra toda una noche. O al menos eso pensó uno de los dos jóvenes polis que montaban guardia en el portal arcaico de un edificio vetusto y que un día fue elegante, de aspecto vagamente modernista. El otro agente miraba su vómito, el segundo del día al que me enfrentaba, verde cenagoso, con restos de desayuno, con tanta atención y desconcierto igual que si fuera el último trabajo del pintor de moda; su compañero lo consolaba mofándose de él, aunque la expresión de su rostro revelaba que poco le faltaba para  también él descargar su estómago en las baldosas gastadas de la entrada.

Una risa incontrolada surgió de mi garganta para después cortarla en seco.

-Mierdecillas –murmuré, mientras encendía otro cigarrillo. Alcé la voz-  Soy la agente Ilian del cuerpo especial de asuntos especiales, valga la redundancia. -¿Qué cojones decía?-

Le dio una palmada en la espalda al novato. Me echó una mirada de desaprobación.

-Ya sabemos quien eres -y me señaló con la mano que subiera:
 
- Séptimo piso.

Su mirada no se atrevió a pasar de mis ojos a pesar de las ganas que tenía de darme un repaso. Y acabó por hacerlo. No se me pasó por alto esa mirada de curiosidad y morbo, a la que tan acostumbrada estaba ya. Maquillé mi cara pálida de una sonrisa perversa, y me subí  los jeans un poco más para marcar cuerpo y dejé entrever parte de la camiseta que mostraban a las claras que mis pezones no solo eran grandes y duros sino que además iban precedidos de un pecho que aunque no exagerado sí era firme todavía a pesar de superar la treintena de largo.
 
Dudé si me iba a tomar la molestia de subir o era preferible que el agente me contara la película y luego irme a beber una Coca-Cola al bar de la esquina, que no tenía el cuerpo para historias raras. Pero el deber es el deber, y para eso me pagan.
 
 “Es hora de que subas pequeña... Tú ya no tienes nada en tu estómago así que... Adelante, además estás acostumbrada a esos escenarios en los que tanto disfrutas mirando... Venga, ponte en marcha...” -dijo suavemente aquella voz que me acompañaba de por vida. Cerré los ojos.  Hacía mucho tiempo, había intentado localizar en sus recuerdos al dueño o dueña de aquella cantinela que la taladraba desde el accidente. Sabía que tarde o temprano reconocería al propietario pero de momento esa parte de mi cerebro se negaba a darme la respuesta. Suspiré, aburrida de mí misma y de mis tonterías.

-”! ¡Mierda! Debo dejar el Cacique, o acabaré en un psiquiátrico antes de tiempo...” – dije en voz alta. Los otros me observaron, sonriendo de forma esquiva.

”Supongo que nada agradable me espera ahí arriba “Y menos con el imbécil baboso de Gálvez...” 

- ¿Podrías describirme el escenario con detalle, agente?

Una arcada seguida de otra me subió hasta la garganta. Me hizo sentir aún más viva. Y más echa polvo. Sabía que provocaría el nuevo espasmo en el estómago del más imberbe pero que también al hacerle recordar el lugar pasaría lo mismo con el “curtido” en experiencia. Dicho y hecho. Ambos hombres doblados ante mí decorando el suelo de bonitos colores.

-”En fin, ya veo que no será posible... Gracias de todos modos...” -añadí con algo de sorna en el tono de voz.

“No, no son gilipollas, ni lerdos, ni blandos, ni.... Son personas, ¿Te acuerdas de lo que significa esa palabra?

”¡Cállate de una puta vez....! Necesito concentrarme y no tengo ni el estómago ni la cabeza demasiado finos.” -advirtió entre dientes,  mientras buscaba en uno de mis bolsillos aquel frasco milagroso que conseguía que pocos minutos con tan solo una diminuta pastillita, devolverle a la normalidad.  Se la tragó sin agua, como siempre...

martes, 12 de marzo de 2013

Ilian. 1



¡Hola!

Regresamos, girls and boys.   Y para ello, de momento, un relato en entregas. Estilo ligero a la vez que bizarro, escenas surrealistas en una historia desmadrada preñada de violencia, investigación, sexo y cachondeo. O algo así. Fue una partida entre Iasbel y yo (desarrollada a partir de lo que iba a ser un librojuego), para echarnos unas risas y cambiar el estilo. Lamentablemente se quedó en, digamos, un primer capítulo. Ahora la cuelgo  en plan, como he dicho, relato. He rebajado un poco el tono, porque se nos fue un poco la olla. Je.

Espero que al menos también os arranque una sonrisa.





1
 
El zumbido insistente se esforzaba por retorcer y torturar la gelatina amorfa que era mi cerebro en ese momento. Me di media vuelta en la cama y oculté  la cabeza bajo la almohada. El hijo de puta al otro lado del teléfono no colgaba. Alargando un brazo acerqué el móvil a la oreja:
 
-¿Qué cojones pasa? – una voz aguardentosa, la mía, me sorprendió y asustó incluso a mí misma.
 
- Hostia, tía, son las doce. ¿Qué coño haces? ¿Dónde estás, en la cama todavía? -Era el capullo de Gálvez. Un buen tipo en general, pero eso, algo capullo. Nadie es perfecto. Ni siquiera yo. Ya ves.
 
- ¿Las doce de la mañana o de la noche? –fue la pregunta como respuesta que salió de mi boca.
 
-Joder, como anda el personal. Vístete ya y ven. Esto te va a encantar.
 
Gálvez me dio una dirección que garabateé en un pañuelo de papel. Luego me soné los mocos en él. Me puse en pie y el apartamento giraba, o el mundo entero. O tal vez revivía la Metamorfosis,  transformada en peonza. Arrastraba una resaca del quince.  El tono de Gálvez era urgente, así que pasé de la ducha, cosa que me hizo suponer que más tarde lo lamentaría. Por parte algunas hallé unas bragas limpias  así que me puse los jeans a pelo, una camiseta sin mangas –joder, necesitaba un depilado con urgencia-  el pistolón en su funda a un costado del cinturón del pantalón y la chupa de piel.
 
Me
cepillé los dientes con el café frío de ayer y salí cagando leches. La luz dorada de un sol cañero me dejó ciega y me aclaró el tiempo horario del día.
 
Salí corriendo del portal, disparada hacia la
panadería de enfrente donde me entretuve media hora desayunando churros con chocolate. Empecé a mojar y tragar, entretanto se cerraba el agujero dimensional en medio de mi cabeza.

“En los escasos minutos de lucidez... ¿Minutos o segundos o milésimas de segundos?... Bah, para que concretar algo tan insignificante.... Bien, piensa, encuentra de nuevo el hilo..... Si, eso.... Cuando aquella especie de luz de mierda interfiere en tu cerebro, te indica que no debes seguir adelante, que debes parar....”
-”!Cállate ya!” –grité, sin ser realmente consciente de ello hasta que la camarera, por llamar a aquella gorda de bigote espeso y negro de alguna manera, se giró de golpe asustada.
Alcé la mano y esbocé una sonrisa que quería ser una patéetica disculpa, para volver a mojar el churro en mi chocolate espeso y caliente, tal y como me gustaba.
Desde muy pequeña hablaba conmigo misma, o tal vez no, quizás era la voz de la conciencia, como solía decir mi madre, la que le decía lo que no hacía correctamente. !Y un carajo! Había aprendido que la voz era yo misma,  que me castigaba por la vida que había escogido llevar y con la que tan a gusto me sentía a pesar de que todo me diera vueltas aún y que el estómago estuviera a punto de decir: !Estoy aquí idiota! ¿Acaso no te das cuenta de que no puedo con ésta bomba de relojería?
Acabé mi desayuno con toda la tranquilidad del mundo y salí al exterior de la tienducha. Respiré profundamente y  encendí un cigarrillo. A la primer calada todo pareció acelerarse a mi alrededor y un sudor frío me invadió de pies a cabeza. Me doblé ligeramente y en la misma puerta de la cafetería vomité.
-”!Lo siento... ! No me ha sentado bien esa bazofia que servís...”-dije acabando la frase en voz baja y encaminándome hacia el coche.
Me senté ante el volante y esperé a que se consumiera el cigarro, paladeando cada calada. Me puse a toser, primero como una posesa, luego se calmaron los espasmos, tras la tempestad llega la calma.
-”!Mierda, tengo que dejarlo!
“Mentira, guapa, no lo vas a dejar nunca, para una cosa que te da placer, porque anoche ya me dirás... Menudo gilipollas...”
Una sonrisa afloró a su boca. Se pintó los labios frente al retrovisor y le dio al gas. ¿A dónde coño iba? Joder, sí, Gálvez. Una sonrisa afloró a mi boca. Se pintó los labios frente al retrovisor y le di al gas. Arranqué y la dirección del coche chirrió, me encantaba aquel sonido, debía ir al mecánico pero no encontraba tiempo para ello.
“Esto te va a encantar...”- dijo. El muy perro pretendía saber que era lo que a ella le gustaba o no. Se iba a enterar como no fuera realmente así... No era su turno, había pedido un día de fiesta... “Y menuda fiesta te diste”
-”!Joder que te calles!” -gruñí parada en el semáforo con la ventanilla abierta. Sonreí al conductor del coche de al lado que me miraba complaciente, y me dirigí hacia donde mi compi me había indicado.
-”Más te vale que merezca la pena Gálvez... Porque si no te vas a cagar...”


domingo, 24 de febrero de 2013

Desde los infiernos

Hola

Parece abandonado el blog. Pero no. Estoy en una fase que escribo poco, apenas unas letras de las que alimentarme. Orcos y trolls me asedian -y princesas en peligro con alma de alien- . Confío en volver a la carga cuanto antes.

Un saludo

jueves, 6 de diciembre de 2012

Ayudar Jugando, XII jornadas benéficas

Hola!

Una pequeña actualización. Os dejo un enlace, una propuesta para el fin de semana, XII Jornadas Benéficas por la sonrisa de un niño, Ayudar Jugando, en Barcelona. Os animo a todo/as a ir, el ambiente es genial y no os decepcionará. Y vuestra colaboración, recordad, se traducirá en una sonrisa ;-)

Un saludo

http://www.ayudarjugando.org/

sábado, 10 de noviembre de 2012

Los Ángeles 2029 -Lluvia Negra 11



El padre Tomachio estaba decidido a jugar fuerte. Sus palabras fueron acompañadas por la acción, se marchó y regresó, henchido de buenas razones, poderosas, con la verdad de Dios en su boca, una pantera negra rugiendo bajo su mano en el volante, y acero frío cargado de metal hiriente en la otra. Escuchó disparos apagados por el chirriar de las ruedas, ráfagas metálicas una tras otra y detonaciones cuyos ecos se perdían en los sonidos de la ciudad vuelta a renacer. Frenó bruscamente patinando y girando el coche y apuntó su Ejecutor a la vez que ordenaba con palabras impregnadas de autoridad clerical. Cerca del vehículo agresor había tres cuerpos inertes derrumbados en el suelo mezclando su sangre con la lluvia recién caída. A un lado, atrás, el arma de Ledna escupía fuego desde un colador que un día fue un coche. Un tipo le disparaba con un subfusil que volteó apuntando ahora al sacerdote. Tomachio apretó el gatillo expendedor de castigo y redención por dos veces, alcanzando la segunda la mano del sujeto. Aulló el individuo y rebotó contra la pared cuando la Blade Runner aprovechó para meterle otro proyectil bajo el hombro. Ledna le lanzó una mirada a Tomachio mezcla de enfado, comprensión, resignación y asentimiento y corrió con precaución hacia la esquina. Miró y regresó saltando como una tigresa hacia el caído:

- ¡Padre, vigile la calle!


La poca gente que transitaba por allí había desaparecido, solo algún curioso miraba desde lejos. De los ocupantes del otro coche volcado no había señal. El padre vio que Ledna preguntaba algo al único superviviente del ataque, sentado apoyado en el muro, humeante su hombro y hecha pulpa la mano. El herido respondió lo que fuese que no gustó a la chica, quien replicó con una detonación de su arma en la rodilla izquierda del tipo. Los gritos de dolor y angustia se elevaron hasta el sucio cielo ceniza de Los Ángeles:

- ¡Que te jodan, zorra! ¡Hija de puta! Eres policía, no puedes hacer esto, cabrona!!

La expresión de Ledna era tan letal como el pistolón que sujetaba. Su mirada lo decía todo. El otro no se amilanó, escupió, y le dedicó nuevas sutilezas. Ella, impasible, hizo que la otra rótula fuese historia. Luego, puso el cañón caliente en el codo:

- Puedo seguir.

El hombre se derrumbó. Se escuchó su canción: el jefe de seguridad de la Tyrell, John Leder, los tenía contratados como sicarios para asesinarla. No era el primer trabajo, desde luego. No, no sabía nada más. Lo juraba. No hacían preguntas, mataban y ya está. Ni idea de las cápsulas. ¿Replicantes? No, no los había visto. Aunque mencionó a un sujeto algo extraño, que les acompañó en algunos asuntos, bastante alto, pelo largo, negro, ojos azules; nada hablador, te hacía sentir mal su mirada, como si te helase el corazón. Le había visto dispensar muerte sin pestañear. Claro que eso tampoco era destacable. Empezaba a perder el conocimiento.

Lejanas, se acercaban estridentes sirenas. Ledna escudriñó las alturas. Luego registró al herido, estaba limpio, solo algo de dinero. Se dirigió al V10 con sus largas piernas de gacela. Se le notaba crispada, un poco alterada, cierto destello de miedo diluido en su temple y determinación.

- Vamos, padre.

Tomachio se acercó a uno de los moribundos. Este apenas pudo entreabrir los ojos desenfocada la cara del sacerdote. Detrás. Ledna, su figura transpiraba impaciencia. El sacerdote le dio la extremaunción al hombre apretando con fuerza su mano. Cerró los ojos, escupió sangre y murió. Como siempre, era duro separarse de una oveja de su rebaño. Era duro fallar, saber que a pesar de todo el esfuerzo, de sus intenciones, siempre fallaba. Una vida perdida era un cruel golpe que debía resistir. Porque de hundirse entonces no podría salvar a nadie más. Y eso si sería una verdadera derrota.

-Ve con Dios, hijo mío. Encuentra la paz que no hallaste aquí.

-Son asesinos, padre. Usted podría estar ocupando su lugar ahora. Debemos irnos.

Se puso en pie.

-Asesinos…forman parte de mi rebaño. No tiene sentido salvar al hombre iluminado. Esa no es mi misión. Yo me ocupo de los perdidos, de los descarriados. Tengo que hacerles ver la luz. Y no lo conseguiré de esta manera.

La Blade Runner echó una ojeada a la calle principal. Ni rastro de los ocupantes del otro vehículo, sin embargo las sirenas atronaban cada vez más cerca y dos luces distantes en el cielo señalaba la posición de sendos coches voladores de la policía.

- No puede hacer nada más por ellos. La policía no tardará en llegar, tengo privilegios clase A y usted va conmigo, así que no le sucederá nada. Pero nos retrasarán. Tenemos algo que hacer, ¿recuerda? Y el tiempo corre en su contra.

El cura miró con tristeza al hombre de las dos piernas destrozadas.

-No era necesario. Hay hombres malos y hombres crueles. Seguro que él era frío, un sádico, un hombre violento. Pero aún tenía solución. Él y sus compañeros.-Se sacó el rosario del bolsillo y lo colocó en la mano del hombre. Ledna le urgía a marchar.-Para ti, hijo mío. Necesitas a Dios más que yo. Espero que esto te haga recapacitar.-El herido acabó por desmayarse. Tomachio se giró hacia su compañera. La observó. Ella también era fría, una sádica, una mujer violenta, una asesina. A pesar de su ética y los valores que creía haber visto en ella había matado sin compasión. También la salvaría a ella. ¿Si no, por qué Dios la había hecho cruzarse en su camino?

Corrió hacia ella, con esa mirada singular, de pena, de rabia, de desespero. Ledna leyó en sus ojos lo que pasaba detrás de ellos, las pupilas de él la traspasaban. Su cabellera blanca la agitaba el viento que barrió a ráfagas imprevistas las calles encharcadas de lluvia negra y sangre. Brillaban sus ojos. Ojos hermosos de mirada que delataba que estaba demasiado acostumbrada a matar. ¿Androides, humanos?


Ledna le devolvió una mirada triste acompañada de una sonrisa inescrutable:

- Ese horror no es obra mía, padre. Protegía mi vida y la de usted. Seguramente habré salvado otras. Me mira con desaprobación. Lo lamento. No es agradable quitar la vida humana. Nunca lo es. Ni tampoco la de un replicante.

Eso no gustó al sacerdote. La comparación de la vida humana con la de un replicante. Se detuvo en seco frente a la mujer.

-No. No es lo mismo. No vuelvas a decirlo, hija mía, pues mi alma se horroriza al pensar que igualas la obra de Dios con la del hombre. Mira a tu alrededor. Toda esta sangre, todo este escenario de destrucción. Todo el horror que acabas de crear no puede compararse al hecho de pulsar el botón de off de una lavadora.

Se pusieron en movimiento. La policía encontraría al hombre, le interrogaría. Sabrían que había sido él. Después de todo les había dejado una prueba evidente; su rosario. No se arrepintió de ello. Aquel gesto era necesario para intentar salvar un alma. Y cuando de eso se trataba el padre no consideraba los daños colaterales. En particular si estos iban contra su persona.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Los Ángeles 2029. Lluvia Negra



Ledna no pudo evitar una sonrisa. O tal vez ni siquiera lo intentó. El apasionamiento de su acompañante la sorprendió, no tanto por el mismo, pues parecía conocer parte de su carácter por su expediente, sino por la singular visión que tenía de la piedad y de la salvación de almas. Su tono fue serio cuando tomó la palabra:

- No se emocione ni acelere, padre. No quiero que resulte herido, ni en cuerpo ni espíritu. Si es posible. En mi compañía ya está usted en peligro. Si me ayuda con Enka, recupera su iglesia. No debe embarcarse más en este asunto. Aunque algo me dice que ya es tarde.

Le miró. Sus ojos buscando más allá del sacerdote que tenía delante. Un hombre que solo veía negros y grises en la vida.

-Hija mía, un hombre que permanece ciego y quieto ante los horrores tan claros que me ha mostrado solo puede ser un agente del malvado pues la pasividad y esa ceguera son propias de cobardes. Si estoy aquí es gracias al Señor y ahora que me ha mostrado el camino no puedo rechazar recorrerlo solo porque mi integridad corra peligro. Muchos hombres buenos, mejores que yo, murieron como mártires por la causa. Y no hablo de santos o de los hombres de los que mencionan las escrituras. Hablo de personas de carne y hueso como los antiguos misioneros cuando llevaban la palabra de Dios a tierras de salvajes y hombres que tenían más semejanza con bestias que con personas racionales. Y muchos murieron, por eso la causa es fuerte. Porque la sangre de sus fieles seguidores la sustenta así como la nuestra alimenta nuestro cuerpo. Y no puedo negar ese hecho. Sería negar mi vida misma. Aunque agradezco tu preocupación, hija mía.

Le sonrió con bondad. Como un padre que escucha que su hija le pide que no corra demasiado con el coche.


- Enka no es una santa; ni esta es su cruzada. Puede que me haya malinterpretado. A ella le interesa el dinero. Ha vendido, que sepamos, cinco de esas cápsulas. Es un mal bicho, hágase a la idea. Lo incluyó en su juego de psicótica, y, por alguna razón, parece haberle tomado cariño. Seguramente debido a su educación católica.

-Enka no es una santa, ciertamente. ¿Y quién lo es? Solo es otra oveja perdida. ¿Vendió las cápsulas?-Suspiró.-La raza humana siempre termina decepcionándome. Pero no estoy aquí para juzgar, solo para perdonar...y redimir almas. Pensó que sería divertido incluirme en su juego ¿psicótico?-No sabía lo que significaba eso. Que estaba loca, seguramente. Pero esa era una cualidad necesaria para sobrevivir en ese mundo tan gris.-Así que jugaré, me saltaré unas cuantas normas y puede que gane la partida.-Llegó con la parábola hasta el final.


Ledna apagó la pantalla.

- No son “amigos”. Y la idea de invitarles no me parece adecuada. Debemos deshacernos de ellos –al parecer Ledna carecía de sentido del humor.
-Entonces razón de más para invitarlos a comer.-Era una lástima no poder hacerlo.


El V10 tomó una calle a la derecha, entró en una nueva Avenida. Las torres de infinitos pisos del centro, el Shinjuku, se veían al fondo, al norte, elevándose como modernas torres de Babel. Ledna aceleró; de súbito sucedió algo inesperado. De una calleja a la izquierda surgió rugiendo una furgoneta blindada que golpeó al vehículo que os perseguía, le hizo dar un trompo y luego varias vueltas de campana hasta empotrarse con el muro de un edificio. Había cesado de llover repentinamente. Ledna se puso tensa. Un segundo coche apareció atrás a vuestra izquierda.

- Sujétese, padre.

Las cosas se torcieron pronto –pensó Tomachio- La violencia en aquella ciudad era como una enorme ballena y ellos el pobre Jonás. Era imposible no ser devorado por ella. Más con fe hasta la ballena de violencia le parecía un simple pez de acuario.

La policía pisó a fondo el acelerador, bajó la ventanilla automática, tomó su pistola, para luego frenar de golpe, soltó el pedal justo cuando el nuevo vehículo perseguidor se situó a vuestra altura. Ledna descargó tres disparos, detonación y fuego que quebraron los cristales de la ventanilla del acompañante del otro coche. Ella giró el volante golpeando al automóvil, lo sacó de la calzada, se tragó un pilón y volteó espectacularmente de frente, quedando como una cucaracha boca arriba. La furgoneta se acercó y abrió fuego, proyectiles que rebotaron en el blindaje del V10.

- Tome. Si me sucede algo, llame a este número. Pregunte por Dikicson. Y llévese mi maletín.

Le tendió una tarjeta azul con un número de teléfono. Él la cogió como si estuviese ido y asintió.

Los de la furgoneta se lo tomaban en serio. El nuevo proyectil fue poco menos que un misil en miniatura, silbó al rebasar al V6, para estallar contra un semáforo, las llamas y las chispas iluminaron la calle mojada y castigada por la lluvia. Ledna volvió a acelerar, derrapó zigzagueando al girar por una calle lateral y detuvo el vehículo en seco.

- Estos van a por mí, estoy segura. Las noticias corren muy deprisa cuando existen filtraciones. ¿Sabe conducir? Nos vemos en ese restaurante -el padre suspiró mientras cogía el volante a toda prisa, de forma mecánica.

Ledna saltó del coche y corrió en dirección contraria. La furgoneta giró en ese instante. Ledna descargó su arma contra las ruedas delanteras, el conductor no supo controlar el vehículo y este chocó contra la pared, cayendo de costado. La pistola de la Blade Runner vomitó fuego y muerte en esta ocasión volando la cabeza del primero que salió con el rifle aquel. Tres más abrieron las puertas arrojando otra clase de lluvia horizontal y metálica sobre la chica, que se parapetó tras un vehículo aparcado.

El sacerdote parecía aturdido ante toda la acción que sucedió entonces, la persecución, los disparos y, de nuevo, la muerte. La muerte siempre estaba presente en todas sus acciones. En realidad estaba contemplando toda la escena, toda aquella locura bajo plomo y fuego. ¿Es que no podían pararse a hablar para solucionar sus problemas? Cuando un padre ve a dos de sus hijos pegándose tiene dos opciones, o dejar que se maten o dejarle ver quien manda ahí, quien es la autoridad, el poder supremo. Y ese era Dios, y él era su representante.

Consideró que eran muchos contra ella. Él, como si estuviese paseando por el campo, llevo el coche dos calles más allá donde se detuvo con pulcritud y ajustada perfección.

-Oh, señor, siempre me envías a los más tarambanas. ¿No hay nadie plácido en tu pequeño reino? ¿Ningún alma mansa? Supongo que no. Así debe ser.-Amartilló la escopeta, la dejó al lado del asiento del conductor. Dejar a Ledna sola ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Claro que también consideraba que volvería por los hombres de la furgoneta. Con ella podría negociar, con ellos no. Tendría que aplicarles, como solía decir, una de cal y otra de arena, solo que la de cal sería muy, muy severa.

Así su arma de mano y bajó todas las ventanillas del coche, dio marcha atrás y volvió al lugar del tiroteo. No había rezado sus oraciones. Aceleró, llegó al lugar del tiroteó, torció con brusquedad a la vez que soltaba el acelerador y tiraba de la palanca de freno, dejando el v10 de tal forma que se apeó por la puerta del lado seguro.

Se agachó tras el coche, sin temer, sin temblar.

¿Cuántas veces se había enfrentado a algo así? En verdad no tenía miedo, porque estuviese loco, porque disfrutase del peligro o porque la muerte fuese una redención que ansiaba, no. En verdad no creía que aquella gente pudiese matarle pues a pesar de ser pecadores un hijo no mata a su padre por que si.

-¡En nombre de Dios, soltad las armas!

No tenía placa, no pertenecía a ningún comando. Dios era toda la autoridad que necesitaba.